Memoria 121

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Memoria 121

 

 

05.02.2026 Continuidad de las formas dispersas III. Preguntas por la técnica novelesca. Coetzee. Creo que he dado con lo que necesito para reescribir esta novela. Ayer finalmente descargué los archivos de la USB, entre los que estaban viejos proyectos de un libro de cuentos y esbozos de capítulos sueltos de lo que sería esta novela. Descubrí qué estaba buscando cuando, al abrir un archivo de junio 2016, inconcluso, mal escrito y pensado a medias y abandonado porque entonces no supe cómo seguir, me di cuenta de que buscaba un cierto tono y un cierto ritmo narrativos, al tiempo que un comienzo distinto para mi novela. Anoche y en la madrugada, se me pasó por la cabeza modificar radicalmente la estructura y meterme en el problema de la polifonía narrativa, pero lo dejé pasar porque la polifonía ya está muy manoseada y deseaba conservar los núcleos esenciales de los tres personajes principales y sus historias desde puntos de vista no manipulados (es el gran problema de la polifonía narrativa). Sin embargo dudé, podría ser interesante, pues al fin y al cabo lo que pretendía era una forma de coro a tres voces, lo que estaba a medio camino entre la simpleza y la riqueza armónica. Pero, ¿iba a echar mano de las estructuras musicales si ni siquiera domino el tema? No, no iba a ser tan tonto.

Después de dar muchas vueltecitas, creo que no me preocuparé demasiado por imponer una cierta técnica a mi novela. Los textos me salen mejor cuando no los planeo demasiado y dejo que el alma del relato se abra y siga su camino. Ya se verá; solvitur ambulando… 

***

En Verano, Coetzee lleva la arquitectura polifónica (usa lo musical) a un nivel literario que, cuando leí esta novela en 2014 –aún no daba clases en la universidad, y cuando asumí la Cátedra Coetzee este libro tenía especial importancia– me asombró al punto de pensar que estaría bien usar este tipo de arquitectura en un proyecto que tenía en mente. Pero luego, pensándolo detenidamente, debía reconocer que no sabría cómo podría alcanzar y sobrepasar semejantes alturas, aunque los recursos utilizados (el cahier, el diario, la entrevista, la confesión, etcétera) sí los podría manejar con cierta destreza. Mas, por principio, ¿no debería sobrepasar al maestro y superarlo desarrollando una técnica o técnicas nuevas que supusieran un salto? Sí, pero, ¿qué recursos nuevos –¿los había?– aparte de la intertextualidad o de aquellos de la metaficción podría usar sin convertir mi novela en una especie de pastiche o de colcha de retazos espantosa? Seguro, si me ponía investigar un poco hallaría muchos recursos expresivos necesarios para mi novela, pero, ¿eso era lo que los relatos de mi novela exigían? ¿Mi propósito inicial fue contar aquellas historias dándole protagonismo a un conjunto de técnicas y de recursos expresivos para lograr una arquitectura novedosa? Realmente no.

En muchas entrevistas y ensayos Coetzee ha dicho y escrito que es un ‘escritor profesional’. Un escritor profesional no necesariamente es un artista, aunque muchos artistas de primera línea lo sean. La verdad es que no sé si John sea un artista o no. Es demasiado frío, es demasiado calculador, es un ‘hombre de madera’ (¿un Pinocho ya adulto y ridículo?), lo dice en Verano, con poca pasión y mucho control de todos los elementos visibles de un relato. Para la muestra, no es sino echarle un ojo a esta novela en la que exhibe sobradamente el dominio de las técnicas literarias para armar el relato polifónico (en clave de Dostoievski, que es un precursor de la inserción de la técnica periodística en la literatura de ficción –en Diario de un escritor– y esto Coetzee lo sabe muy bien), usando: el diario personal, el cahier, el diario literario, la entrevista periodística –abierta y cerrada–, la confesión laica al estilo del hombre de Rousseau y del subsuelo, la autobiografía, la metaficción, la sustracción de campo, el no desarrollar una trama única sino, justamente, al ser una polifonía, cada relato tiene la suya, aunque, como ocurre en Diario de un mal año, hay varias tramas transversales (referencias cruzadas), desplazamientos del punto de vista, incursión en el coro a 6 voces de un narrador externo, etcétera. Ya no recuerdo qué otras artificios profesionales orquestó.  

De nuevo la pregunta: ¿Coetzee es un artista o es un profesional de las letras de primera línea? Me inclino por lo segundo. Ningún profesional, por excelente que sea, puede controlar todo lo de un relato. Por lo general, cuando se esfuerza demasiado en ello, el resultado acaba siendo artificioso y un lector atento puede ver lo que llamamos las ‘costuras’ y empiezan a abrirse roticos o rotos en lo que –también Coetzee habla de ello en Diario de un mal año– técnicamente se conoce como la ‘autoridad narrativa’. Esta se gana, dice, desde la primera palabra escrita hasta la última. Y ocurre que cuando un escritor, como el buen arquitecto quiere dejar todo perfectamente acabado, algo no fluye (alguna forma, algún material, algún espacio muerto, como le sucedía R. Salmona) o queda mal tapado. La perfección sólo existe en la mente, es un ideal y pertenece al mundo de las ideas.

 Por ejemplo, en Infancia y en Juventud, al ser libros ‘autobiográficos’ (dejo por fuera la discusión) hay tantos elementos invisibles, que John Coetzee, el autor, no el narrador, intenta ocultar, detalles de su biografía que cualquiera que haya leído la biografía oficial escrita por Kannemeyer y revisada por Coetzee (sólo abarca hasta 2011), lo puede constatar. De ahí que en especial esas dos obras sean una singularidad, se perciben desequilibradas, con raras sustracciones de campo y cortes narrativos bruscos, nada de lo que uno esperaría del total ‘control arquitectónico’ de sus otras producciones, y eso, precisamente, es lo que hace que esas dos obras se acerquen más a lo que un artista haría. Es evidente que en esos dos libros hay muchísimas emociones encontradas, no resueltas, no visibles, al punto que vuelve a retomar este problema unos 10 años después en Diario de un mal año (2007) y luego otra vez en Verano (2010). Coetzee es un admirador incondicional de Bach y ha intentado tocar en el piano algunas de sus piezas. Todo parece indicar que Coetzee puso la amplitud de sus conocimientos musicales finalmente en Verano para preguntar al lector y preguntarse a sí mismo si es o no un buen ser humano, como padre, como hijo, como amante y como persona, sobre todo, pero su arquitectura novelística es tan sofisticada, tan fría e impersonal, que no lo resuelve; el dilema moral si él, John Coetzee, es o no una buena persona permanece, continúan sin respuesta. Como escritor, por supuesto que es uno de los grandes, de eso no cabe la menor duda, aunque, al ser un ‘hombre de madera’… 

Poniendo la obra de Coetzee en la distancia, lo que uno ve desde su primera novela, Tierras de poniente (1974) hasta esa horrible trilogía de Jesús (2013-2019) (¡más de 40 años haciendo piruetas y ni una sola obra realmente personal!), ah, y los Cuentos morales (2018), es un majestuoso y talentoso e inteligentísimo derroche de todo tipo de arquitecturas narrativas, eso nadie lo pone en duda, y justamente, en lo de la trilogía de Jesús y sus Cuentos, hay tanta técnica que no parece haber mucha técnica, pero el resultado, a punta de ‘hiper profesionalismo’, son bodrios, con perdón de John. Estos 4 libros son mecánicos, sin alma, por mucho que sus duchos narradores se esfuercen al máximo. En lo personal, con lo de esa trilogía, entendí que John está agotado como escritor profesional y ya no me interesa ni cinco. Aunque admire muchísimo toda su obra ficcional y ensayística anterior y a veces la relea con sorpresa y gratitud. Es triste que, como también le pasó a Vargas Llosa (también lo admiro) y a García Márquez, cuando un escritor se agota en su ‘profesionalismo’, quiera seguir haciendo bulla y figurando. Parece que ganar el Nobel es una maldición, o ¿es culpa del marketing y de la publicidad?

El artista profesional sabe mantener un equilibrio 50/50 entre el arte (lo subjetivo, la emoción, lo imperfecto, lo que se escapa, lo no previsto) y la técnica (lo objetivo, lo calculado, el control de las pasiones y de las líneas de fuga). Sin este equilibro la Literatura se estanca, se empantana, pierde oxígeno y allí la vida tiene dificultades para ser y tener alma. Un buen ejemplo es mucha de la literatura del Nouveau roman. Si bien los escritores del Boom latinoamericano estudiaron y experimentaron con las técnicas conocidas hasta ese momento (en La casa verde (1966) Vargas Llosa explora todas las formas del diálogo y las que no descubre las inventa), actuaron como ‘intelectuales’, pero también como ‘artistas’ en un sano 50/50 (no todos, claro) y dejaron semejante legado. Ahora que recuerdo mis tiempos de la Universidad, lo que vi allí es que a estos escritores no se les estudia de manera juiciosa desde el punto de vista de las arquitecturas narrativas, los profesores dictaban simples cátedras trasplantando mandatos del Instituto Caro y Cuervo (o de alguna maestría de esas) de una literatura hispanoamericana canonizada por una crítica de escritorio y expertos de pacotilla.     

¿Debo hacer un inventario de las técnicas de la polifonía (hacer una revisión a fondo) y poner tal inventario a mi servicio de manera ‘profesional’, calculada, con el propósito de imitar los coros musicales para mi novela Continuidad de las formas dispersas? Eso de sentarme a hacer un inventario de técnicas es para los escritores profesionales y los críticos, no para mí. Y hacer lo mismo o intentar superar el trabajo de Coetzee es una soberana pendejada, pues si ya lo hizo él, no tiene ningún sentido imitarlo ni emularlo ni hacerle guiños que nunca va a ver y sí más bien quedo como un bobo que hace morisquetas. Todas las imitaciones salen mal. Ya me pasó cuando intenté imitar el tono narrativo de Desgracia en Olfato de perro y fue un amargo desastre. Pero bueno, me parece que ya dije que me avergüenzo (¡mea culpa!) y es un horrible pecado literario, pero también traté de enmendarlo 15 años más tarde (en 2025) cuando la reescribí y retitulé como Cierta ira y cierta calma.

El asunto es que, desde, justamente, 2016 – 2017 cuando escribí Continuidad de las formas dispersas, decidí que NO voy a jugar a inventarme técnicas literarias. Hay tantas que la IA las usa a su antojo, con solvencia y éxito, y las seguirá perfeccionando. Ya he dicho en varios escritos más o menos recientes (a propósito de László Krasznahorkai, el Nobel 2025) que el problema del uso de las arquitecturas y técnicas narrativas se agotó a principios de los años 1980 y a estas alturas, 45 años después, a pesar de que un Coetzee en cada obra pone en juego el ingenio, la inteligencia, el talento, el conocimiento, es decir, el ‘profesionalismo’ del escritor, tales retos no me interesan. 

En todo esto hay una tremenda lección que sustenta lo que afirmo en mis Memoria 114 y Memoria 115: que si bien la experimentación literaria se agotó a principios de los años 1980 y aún muchísimos escritores siguen experimentando y jugando a las técnicas narrativas apelando a la desmemoria o a la ignorancia del lector (para experimentar es indispensable dominar las técnicas, no deslumbrarse con ellas), también es verdad que se sacrificó el contenido, la esencia pura del relato, su transparencia, y lo que uno como lector acaba leyendo es un libro lleno de espejismos y malabares como la trilogía de Jesús y Tango satánico de Krasznahorkai, por ejemplo y, la verdad sea dicha, son ‘libros de madera’, sin verdadera sustancia. ¿No es mejor entonces, en sana lógica, dominar las técnicas, sí, y más bien centrarse en el relato y dejar que éste se exprese a través del escritor y su narrador de manera natural, humilde, sin pretender el autor demostrarle al mundo todo lo que ha estudiado durante años (la teoría, las técnicas, una sabiduría), y trabajar en la esencia de lo escrito? Dostoievski, ya decidido a publicar en formato de libro su mejor obra, Diario de un escritor, no tenía la menor idea de la forma que esta obra iba a tener. 

Me parece mucho que ese provinciano y sesgado concepto de Cortázar del ‘lector macho’ vs. el ‘lector hembra’ hace demasiado tiempo ha pasado de moda, sin contar que hoy ya no tiene ninguna justificación creer (una estúpida creencia) que las mujeres son incapaces de leer un ‘libro inteligente’, ni que éste sólo es para una elite culta dotada para desentrañar técnicas sofisticas, y con poder adquisitivo, por demás. ¡Lo peor es que en aquella época todos aplaudíamos apasionadamente a Cortázar!, pero bueno, pecadillos de juventud. Más bien, antes que calificar a éste o a aquél de lector pasivo o no, debería verse que el tipo de lector que quería Cortázar era al que le gusta la literatura como juego, y el libro como objeto lúdico. En fin. En todo caso, a las mujeres también les gusta jugar.

Cuando Coetzee ganó el Nobel en 2003, Carlos Fuentes dijo sin ningún sonrojo de John que era un escritor para escritores, o sea, para gente enterada de la cosa, culta, en pocas palabras, para ‘lectores machos’; ¡ay Carlitos! A la hora de la verdad, es eso, y eso le pasa a Coetzee. Me parece verlo de pie, alto y perfectamente vestido de traje y corbata, serio, muy serio, como en medio de un ring de boxeo esperando contendor, y dándome su mano rígida, fría, sin fuerza, de ‘hombre madera’, que no se inmuta.  

***

Pero del dicho al hecho hay muuucho trecho.

Nada más comenzar a leer aquellas 6 páginas que había abandonado hace  unos 10 años, recordé por completo toda la trama de la novela, pues la tenía medio borrada, y vi que, justamente esas páginas tenían el tono y el ritmo que quería, sin contar que allí había un personaje muy potente que sería transversal en los otros dos núcleos narrativos…

Ahora que veo lo que debería hacer en cuanto a la técnica y al estilo, no puedo arrancar. Ya mañana y casi hasta final de mes, estaré en otra cosa. Luego viene la dichosa semana santa. Tendré que trabajar entre horas.

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