Memoria 122

Memoria 122

 

 

06.02.2026 ‘Grandes ideas’, ‘pensar en grande’. Del vacío espiritual. Dostoievski siempre estuvo enfocado en comprender al pueblo ruso y, sobre todo, centró su atención en sus valores. Desde la publicación de Pobres gentes, en 1846, y hasta 1881, año de muerte, se preocupó por la vida material y moral no de los zares y de aquellos de la corte, sino del pueblo. Él mismo, irónicamente, y debido al escaso dinero que ganaba con sus escritos, se autodenominaba ‘escritor proletario’; es decir, aquel que se identifica con el pueblo y su destino. Mantener al pueblo ruso en mente, fue una constante a lo largo de su vida y guio cada palabra que escribió. Los valores éticos y morales, la justicia social y las motivaciones individuales en medio del mundo social, constituyen líneas rectoras de pensamiento en todos sus escritos. Pensar en valores cristianos (no necesariamente encarnados en la religión cristiana) y en el futuro de Rusia que no dejaba de comparar con la decadencia materialista europea, para Dostoievski, era pensar en grande, en los grandes problemas a los que se enfrentaba su país, pues su país, antes de ser de los nobles, era del pueblo, de la gente.

Sospecho que, de vivir en la Rusia del presente –materialista y violenta, que proviene de un pasado ortodoxo espiritualmente rico–, Dostoievski sufriría un colapso, vería a su país mucho peor que a Europa: la detestaba por ser horriblemente utilitaria y decadente.

Pero Dostoievski era ingenuo. Pretender basar el desarrollo de una sociedad teniendo como norte el ‘amor’ y la ‘fe en Cristo’, es absolutamente irreal y retardatario. Negar o condenar la industrialización imparable a la que se veía abocada Rusia, carecía de sentido. ¿Él mismo no se benefició viajando por Rusia y Europa (Alemania, Italia, Inglaterra), por ejemplo, en tren y en barcos de vapor en vez de ir a caballo o a pie? Y, por otra parte, ¿él mismo no fue testigo de importantes cismas (liberación de los siervos, atentados anarquistas al zar, juicios muy sonados a los que estaban en contra del régimen) que enfrentaron crisis de valores sociales? Sin embargo, en otra cosa Dostoievski sí tenía razón y lo reflejó en sus libros: que la presencia de grandes líderes espirituales con firmes valores éticos y morales que buscan una conciencia superior, una que se asimilase a la de Dios era indispensable para el pueblo. No era tan importante la fe en una doctrina, sí más bien el ejemplo que da un individuo (un santo) de la potencia moral de la fe en esa doctrina. El resultado a corto y a largo plazo de esto, es evidente, no es que todos deban ser santos o ascetas, sino que inspira sentimientos y emociones nobles, altruistas, en las que prime el principio de consideración (alteridad) y de respeto por el otro y su individualidad.

Ahora, me pregunto 160 años después y siendo colombiano, ¿no nos hemos enfrentado desde, digamos la Independencia de 1821, a los sistemas de valores éticos y morales con sus correspondientes antivalores? Quizá, me arriesgo a pensar, justamente la imposición doctrinera de la fe devino (doctrinera: la doctrina católica impuesta de manera violenta y/o siempre chapucera; doctrinal: impuesta de manera rígida, dentro de un cierto estándar de calidad), en crisis espiritual y esta crisis degeneró a su vez en una crisis de valores. Seudo santos y santas, seudo mártires, seudo misioneros y misioneras, beatos y beatas a rajatabla abundan por decenas de miles, pero grandes místicos y líderes espirituales en Colombia no existen y no han existido. ¿Dónde están, a lo largo de, pongamos, estos más de 500 años, esos faros espirituales que iluminen a la sociedad con sus altos valores religiosos, éticos, morales, de verdadera fe en Cristo? O bueno, en cualquier otro ser superior o fe, da lo mismo. Si al pueblo no se le educa en la vida laica como debe ser para ser un profesional, y en vez de ello se le medio adoctrina en una seudo fe religiosa o política (cuyo verdadero propósito es la rapiña material) en la que creen y siguen ciegamente porque no hay ninguna otra luz que guíe, pues, ¿qué tenemos? No defiendo de ninguna manera que la ‘fe en Cristo’ hubiera sido o es la salvación. Digo que la aplicación violenta y/o chapucera de la doctrina católica en Colombia trajo como consecuencia lo que tenemos: pocos valores, muchísima violencia, pocos o ningún valor verdaderamente espiritual, y mero materialismo ramplón del que se aprovechan docenas de seudo pastores y pastoras de la vida moderna para hacer indecentes fortunas personales.

En general, es justamente la preeminencia de los valores materiales del mundo de las cosas por encima de los valores éticos y morales lo que domina la sociedad moderna y la vida cotidiana de las personas. Y entonces uno se pregunta, una vez más, ¿el materialismo dominará en el futuro cercano por encima de los valores éticos y morales? ¡Pues claro! Se supone que valores como respetar al otro, por ejemplo, es poner unos límites relacionales para conservar la individualidad y el derecho individual a la libertad del ser. Cuando la individualidad es socavada, por ejemplo, por la publicidad invasiva, el deseo de libertad personal se destruye al ser sustituido por algún elemento del mundo de las cosas, como, por ejemplo, por el anhelo de comprar la libertad mediatizada por la comida y el vestido, la vivienda, el teléfono celular, el carro, el paquete de vacaciones en un lugar ‘exclusivo’. Pues esas cosas, que provienen de la publicidad y del mundo de las cosas, lo contienen todo: un estándar de vida, una forma de aceptación social, un modo de autosatisfacción personal que es mejor pagar a plazos… Da estatus social ser poseedor de una tarjeta de crédito dorada o diamante, ¿O no? Aparte de a dos personas, no conozco a nadie más que no sea un feliz poseedor(a) de una tarjeta de crédito. Nadie o casi nadie vive simplemente con el dinero que puede gastar en efectivo, no a plazos, con intereses. Vivir a plazos, intentar vivir por encima de las posibilidades e intentar paliar la angustia de la deuda que jamás cesa mediante la asistencia a una ‘iglesia’ doctrinera, de parroquia o de garaje (en la práctica son lo mismo), devela la profundidad del vacío espiritual heredada del siglo xx. Lo siniestro, es que nunca sabremos cuál será el verdadero fondo de ese vacío ni eso a dónde nos llevará. No auguro nada bueno: estamos en una época en la que la economía de mercado ha profundizado sus raíces, y si ahora mismo tenemos que pagar por un vaso de agua cuando viajamos en avión, no falta mucho para nos cobren por la calidad del oxígeno. Nunca antes en la historia de la humanidad, el mundo de la vida y el mundo espiritual, había sido mercancía de la economía de mercado.

Ahora bien, sin valores, sin límites para lo que uno puede y debe hacer, como respetar la individualidad del otro, las sociedades –comenzando con la unión de dos personas para formar una pareja–, se destruyen, pues dichas relaciones se basan no en el amor, sino en lo que yo tengo que aportar materialmente para que la relación funcione. En el fondo, las parejas que fracasan no saben sortear esta condición (la del amor tasado en valor económico) de la modernidad.  

Quizá sea un principio importante, para escribir una gran novela, centrarme en nuestras relaciones con el mundo de las cosas; es decir del marketing y la publicidad. Pero, eso de novelar la cosificación del humano desde la revolución industrial del siglo xviii, tampoco es ninguna novedad. Por otro lado, ya escribí una novela en la que protagonista es indiferente al mundo de las cosas, y acaba dejando ese mundo atrás. 

A lo mejor el afán de pensar en lo inmediato y la ausencia de una verdadera herencia espiritual y cultural en nuestro país, es lo que nos ha impedido pensar realmente en grande.

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