Memoria 123
09.02.2026 Lazos familiares. Una historia común. Desde mi niñez y hasta el comienzo de mi vida adulta, siempre creí que la familia estaba ahí y que, de alguna manera había algo indestructible en ella. La no presencia de mi padre –del que tengo muy vagos recuerdos y poco agradables– y la fuerte presencia de mi madre y de mis siete hermanas –mi único hermano hombre, al irse de la casa cuando yo entraba en la adolescencia, se convirtió con el tiempo en una sombra– hicieron que el núcleo familiar se sintiera sólido, a pesar de todo. Las únicas diversiones que nos permitíamos eran las fechas de cumpleaños, lo del día de la madre, la semana santa, navidades y ese tipo de fiestas, que servían para que nos reuniéramos, comiéramos y conversáramos, pocas veces durante ese periodo venían a la casa de mi madre vecinos o amigos, y también pocas veces éramos visitados por alguien de la familia. Aunque sí ocurrió, por supuesto, pero no de manera recurrente y sí más bien esporádica. Por ese entonces yo seguía sintiendo que la familia estaba ahí, que era un ente hacia al que yo podía mirar, aunque internamente, por ser el único hombre presente, en vez de acercarme, me alejaba. Que siguiera intuyendo, creyendo, dando por sentado que ese ‘ente’ o familia permanecería, también venía del hecho de que, en todos estos años, ¿20, 30, 40?, sólo había habido un deceso de importancia en la familia: el de mi padre, cuando yo tenía 16 años, pero casi desde ese mismo instante mi madre se encargó de desprestigiar su memoria –seguro se lo tendría merecido–, y pronto en el corazón de tal ‘ente’ más o menos quedó en el olvido. Aunque claro, cada uno y cada una tenía y tiene bien guardado lo suyo.
El caso es que, a pesar de todo, cuando mi madre vivía y era un centro de ese ‘ente’, ‘entelequia’, ‘cosa’, que era la familia, lentamente, con los años –excepto mi hermana menor– cada una y cada uno cogió su camino. Al final, todas mis hermanas se casaron o se emparejaron y formaron familia, y por la razón o las razones que fueran, al tomar cada quien su camino, sólo algunas mantuvieron el lazo con mi madre. En las familias hay toda clase de historias, unas más agradables que otras. Se supone que los tiempos difíciles en las familias y en las relaciones entre las personas en general, se ponen a prueba la calidad de los sentimientos que les unen, así como la calidad de las razones que son transversales a tales sentimientos, pero no es una regla. En el caso de mi familia, al ser numerosa y a pesar de haber atravesado por bastantes dificultades, con los años se ha dispersado. Bien sea porque algunas de mis hermanas y mi hermano se fueron de Bogotá –mi mujer y yo nos vinimos a vivir a Medellín hace algo más de un año–, bien sea porque los sentimientos y razones que anudaban los lazos fueron insuficientes, por simple desinterés por la vida de los otros, por egoísmo o incomprensión, por resentimientos nunca superados (celos, odios, prepotencia, envidias, falsas percepciones), por simple falta de sentido común y de generosidad, por presunción y engreimiento de origen provinciano (mi padres son de origen campesino, y no porque uno se haya educado en la ciudad no quiere decir que tal origen se borra con la primera y la segunda generación), sentimientos estos últimos, en la misma dirección, transmitidos a algunos de sus hijos, bien sea por estas y otras razones esa cosa llamada ‘familia’ casi dejó de serlo. Hoy sobreviven las familias aisladas, sólo muy pocas de mis hermanas se hablan o se frecuentan entre ellas. Que yo sepa, sólo mi hermana que vive en Estados Unidos desde hace más de 20 años, es la única que está más o menos al tanto de lo que sucede con lo que queda de la ‘familia’, y, si está en sus manos, ayuda generosa y desinteresadamente a los demás.
Yo mismo no puedo decir que haya ‘luchado’ por mantener los lazos familiares, aunque en los últimos años sí he intentado tender puentes, soldar algunas relaciones, pero cada vez es más difícil. Parece que, en el caso de nuestra familia, ha sucedido lo mismo que con los llamados amigos: poco a poco quedan en el camino, también por la razón o las razones que sean. Lo cierto es que los sentimientos y los intereses se debilitaron y dejó de primar el sentido de lo familiar, el sentido de llevar los mismos genes que los de nuestros padres, así como sus apellidos y todo lo vivido en común años atrás. Eso, lo que llaman herencia intangible, no fue ni ha sido suficiente para mantener una unión.
No puedo, por otro lado, dejar de observar que, al no haber habido nunca en la familia nada de valor material (una herencia importante, bienes, mobiliario, etcétera) y al tener cada uno que enfocarse en conseguir lo suyo para vivir, también hizo que nos dispersáramos. Creo que, como familia, hemos fracasado al no lograr elaborar una historia común, aunque debo reconocer que mi hijo y algunos de mis sobrinos mantienen contacto entre ellos a pesar de vivir en países en donde ahora residen, trabajan y tienen una familia. La distancia no ha sido impedimento para estar ahí y formar parte de esa cosa cada vez más atomizada llamada ‘familia’.
Mi madre se quejó en sus últimos años con amargura ante el olvido en el que la tenían mi hermano (se fue a vivir a Ibagué, y la visitaba esporádicamente) y algunas de mis hermanas: “Todos tan ocupados”, decía con dolor. Lo cierto es que la distancia y el estar cada uno en lo suyo no es impedimento para interesarse por algún familiar y saber cómo le va, o bueno, no debería serlo.