Leandro Colmenares Rodríguez (Bogotá, 1982). Escritor y docente. Autor de El nombre y el abismo (2025). Ha publicado cuentos, artículos y ensayos en revistas y espacios culturales independientes. Su trabajo explora la condición humana, la violencia simbólica y las tensiones entre memoria, ética, tecnología y lenguaje.
Ha acompañado procesos de formación literaria y escritura creativa en contextos educativos, donde combina la lectura crítica con el trabajo con jóvenes lectores y escritores. Cree —con cierta terquedad— que la literatura sigue siendo una forma de resistencia al ruido, a la prisa y a la lógica utilitaria.
Método San Juan
Leandro Colmenares Rodríguez
El edificio de Producciones Caribe Internacional olía a humedad, cigarrillo y aire acondicionado viejo. Desde el piso treinta y dos, la playa parecía una postal deteriorada: hoteles color durazno, un mar demasiado brillante bajo el sol de enero. En las paredes, discos platinados convivían con televisores CRT encendidos sin sonido. En las fotografías, todos los muchachos parecían versiones distintas de la misma persona.
El visitante coreano observó una fotografía en particular. Cinco adolescentes vestidos con pantalones metálicos ajustados y camisas abiertas saludaban desde un escenario lleno de humo rosado. Hizo una pregunta. El traductor habló:
—Pregunta si ellos fueron los primeros.
El puertorriqueño sonrió.
—No. Fueron los primeros que funcionaron.
Afuera, un anuncio holográfico parpadeó sobre la avenida costera: PUERTO RICO: DONDE EL FUTURO BAILA.
El visitante traía un traje gris demasiado oscuro para el Caribe. Sobre la mesa de vidrio ahumado dejó una libreta negra y una grabadora portátil japonesa. El traductor permaneció de pie entre ambos como alguien que no sabe bien de qué lado está.
—Ustedes creen que vendemos música —dijo el puertorriqueño.
El traductor tradujo. Silencio.
—Nosotros no vendemos música. Vendemos alivio.
El traductor repitió la frase. Había algo extraño en decirla en otro idioma: ganaba precisión, como si el coreano fuera un lenguaje más honesto para ciertas verdades.
—Las canciones son secundarias. Lo importante es que las muchachas crean que esos chicos podrían amarlas.
El visitante asintió lentamente. El puertorriqueño señaló las fotografías.
—El público nunca se enamora de personas. Se enamora de funciones. El tímido. El rebelde. El dulce. El elegante. Cuando uno envejece, entra otro.
El visitante hizo otra pregunta.
—Pregunta si el público acepta el reemplazo.
—El público acepta cualquier cosa si la transición está bien coreografiada.
El traductor sintió una pequeña presión en el pecho mientras repetía aquello en coreano. No era desacuerdo. Era reconocimiento.
El puertorriqueño abrió un cajón y sacó varias cintas VHS etiquetadas con marcador rojo. GENERACIÓN 4. GENERACIÓN 5. GENERACIÓN 6. Las dejó sobre el escritorio como expedientes clínicos. El visitante pasó los dedos por los bordes de plástico negro. Otra pregunta.
—¿A qué edad comienzan?
—Doce, trece. A veces antes.
—¿Y cuánto dura el entrenamiento?
El puertorriqueño encendió un cigarro.
—Eso depende de cuánto quieran escapar de donde vienen.
En los televisores, varios adolescentes bailaban sincronizados bajo luces tropicales. Sonreían incluso mientras sudaban. El visitante los observó unos segundos.
—No parecen cansados.
El traductor tradujo. El puertorriqueño soltó el humo hacia el techo.
—Porque entrenamos eso primero.
—¿El baile?
—La alegría.
Silencio. El tipo de silencio que no pide ser llenado.
—El secreto está aquí —dijo el puertorriqueño, señalando las cintas—. Juventud permanente. Nunca permitir que el público vea deterioro.
El visitante respondió algo breve. El traductor tardó apenas un segundo.
—Dice que la disciplina debe sobrevivir al talento.
La lluvia comenzó a golpear el ventanal. Suave al principio, como si pidiera permiso. El visitante abrió la libreta. Habló más tiempo esta vez. El traductor tardó un poco más en empezar.
—Dice que en su país el gobierno cree que los astilleros y los automóviles salvarán la economía.
—¿Y él qué cree?
El visitante respondió sin apartar la vista de las cintas.
—Cree que las personas prefieren soñar antes que conducir.
El puertorriqueño lo miró de otra manera. Por primera vez desde que había llegado, el hombre no era solo un cliente.
—Mire alrededor —dijo—. Este país no tiene petróleo. No tiene industria pesada. No tiene soberanía. Lo único que tenemos es gente que sabe sonreír incluso cuando todo se está cayendo.
El traductor repitió la frase más despacio. El visitante la escuchó con los ojos fijos en la lluvia. Luego hizo otra pregunta. El traductor tardó en hablar.
—Pregunta qué pasaría si comenzaran más jóvenes.
El puertorriqueño frunció el ceño.
—¿Más jóvenes que trece?
El visitante continuó hablando, despacio, sin énfasis. El traductor cerró los ojos apenas un instante.
—Dice que antes de desarrollar personalidad completa sería más fácil moldear respuestas emocionales.
La lluvia golpeó el vidrio más fuerte. El puertorriqueño dejó el cigarro en el cenicero. No lo apagó. Solo lo dejó ahí, humeando solo.
—Nosotros trabajamos con bandas —dijo—. Televisión. Discos. Revistas juveniles.
El visitante respondió de inmediato. El traductor no lo miró.
—Dice que las chicas podrían funcionar mejor en ciertos mercados. Más publicidad. Más permanencia emocional.
—Las chicas son otra cosa —dijo el puertorriqueño—. Habría que controlar más cosas.
No dijo cuáles. El visitante tampoco preguntó. Siguió hablando con la misma calma con que habría pedido un café.
—Dice que las chicas funcionan mejor cuando parecen inaccesibles y vulnerables al mismo tiempo.
El puertorriqueño lo miró. El visitante sostuvo la mirada sin esfuerzo, como quien no sabe que está siendo evaluado, o como quien sabe que no le importa el resultado. El puertorriqueño recogió el cigarro. Lo apagó esta vez.
—Los admira —dijo el traductor, porque el visitante seguía hablando—. Dice que ustedes no trabajan con bandas. Trabajan con identidad.
Nadie habló durante varios segundos.
—Un rostro correcto puede vender idioma. Ropa. Cosméticos. Turismo. Valores nacionales.
El puertorriqueño no respondió.
—Dice que el monopolio de los rostros occidentales está por terminar. Que el mercado de la nostalgia y el deseo puede mudarse de hemisferio.
El puertorriqueño soltó una risa breve, sin calor.
—¿Desplazarse hacia dónde?
El visitante respondió algo corto. El traductor miró las fotografías de adolescentes perfectos en las paredes. Miró los televisores. Miró la lluvia cayendo sobre los hoteles del litoral. Pensó en su hija. Tenía once años. Le gustaba bailar.
—Dice que algún día las muchachas francesas podrían llorar por muchachos asiáticos.
El puertorriqueño rio.
—Quisiera ver eso.
El visitante no rio.
—¿Y qué gana el gobierno con todo esto? —preguntó el puertorriqueño.
El visitante respondió sin pensar demasiado.
—Divisas. Turismo. Estabilidad emocional.
Y luego, después de una pausa:
—Dice que un país pequeño puede sobrevivir si consigue que el resto del mundo quiera parecerse a él.
Nadie habló.
—Dice que incluso el cine y la literatura pueden entrenarse.
En uno de los televisores apareció un grupo distinto de adolescentes. Mismos pantalones. Mismas sonrisas. Misma coreografía. El visitante señaló una fotografía colgada detrás del escritorio. Cinco adolescentes. Sonrisas blancas. Miradas que habían aprendido a no revelar nada.
—Pregunta qué pasó con ellos.
El puertorriqueño observó la foto un segundo. Solo un segundo.
—Crecieron.
El traductor repitió la frase en coreano. El visitante asintió despacio, como confirmando algo que ya sabía. Abrió la libreta negra. Escribió brevemente. El traductor alcanzó a ver la página antes de que la cerrara. No era una palabra. Era una cifra.
En los televisores los muchachos seguían sonriendo. Afuera, el anuncio holográfico seguía parpadeando sobre el mar. PUERTO RICO: DONDE EL FUTURO BAILA. La lluvia no había parado.