Leandro Colmenares

 

Leandro Colmenares Rodríguez (Bogotá, 1982). Escritor y docente. Autor de El nombre y el abismo (2025). Ha publicado cuentos, artículos y ensayos en revistas y espacios culturales independientes. Su trabajo explora la condición humana, la violencia simbólica y las tensiones entre memoria, ética, tecnología y lenguaje.

Ha acompañado procesos de formación literaria y escritura creativa en contextos educativos, donde combina la lectura crítica con el trabajo con jóvenes lectores y escritores. Cree —con cierta terquedad— que la literatura sigue siendo una forma de resistencia al ruido, a la prisa y a la lógica utilitaria.

La temperatura exacta

 

Leandro Colmenares Rodríguez

 

 

Al principio fue una tontería. Ella decía que tenía frío y él sudaba. O al revés. No discutían por eso. Solo se miraban raro, como si el cuerpo del otro hubiera empezado a habitar otra estación.

Vivían en un apartamento pequeño en Querétaro, en un octavo piso desde donde se veían los cerros pelados y, más abajo, el valle seco que cambiaba de color según la hora. Antes dormían pegados. Ahora la cama parecía partirse sola durante la noche. Ella amanecía envuelta en la cobija, tiritando; él dormía destapado, húmedo, con el pecho ardiendo. Compraron otro ventilador. Después otra cobija. Después un humidificador. Nada devolvía el equilibrio.

Una madrugada ella despertó porque él estaba llorando dormido. No hacía ruido. Solo tenía lágrimas bajándole por las sienes. Le tocó el hombro y lo llamó en voz baja. Él abrió los ojos lentamente, confundido. Cuando ella le dijo que estaba llorando, él se secó la cara como quien descubre humedad ajena sobre su propia piel.

Dijo que no había soñado nada. Pero mentía. Ella lo supo por el olor. Empezó a notarlo semanas después: los sueños dejaban olor en la habitación. Cuando él soñaba con su infancia, el cuarto amanecía impregnado de tierra mojada y gasolina. Cuando soñaba con su padre muerto, el aire adquiría un olor metálico, parecido al de las monedas viejas. Una noche soñó con el mar y las sábanas quedaron húmedas de sal. Ella no dijo nada al principio. Pensó que estaba cansada. Hasta que empezó a pasarle a ella también. Soñó con un perro que había tenido de niña y él despertó oliendo el hocico tibio del animal entre las almohadas. Otra noche soñó que estaba perdida dentro de un supermercado vacío y, al abrir los ojos, toda la habitación olía a frutas podridas y detergente.

El apartamento empezó a llenarse de presencias químicas. Compraron velas. Después inciensos. Después un purificador de aire. Nada servía. Los olores atravesaban todo.

Una noche él despertó sobresaltado. Ella lo sintió enseguida: sangre. No una sangre metálica cualquiera. Sangre caliente. Recién abierta. Los dos se incorporaron al mismo tiempo y buscaron por el apartamento: el baño, la cocina, debajo de la cama, las tuberías. Nada. El olor seguía ahí, vivo, respirando. Entonces ella recordó el sueño. No quiso contarlo. Había visto unas manos pequeñas flotando bajo el agua oscura de una tina. No sabía de quién eran. Solo recordaba el sonido: alguien respirando del otro lado de una puerta. Él la miró fijo. Ella negó con la cabeza demasiado rápido. Y él entendió. No preguntó más. Pero desde entonces empezó a mirarla distinto.

Las semanas siguientes los sueños empeoraron. Ya no eran recuerdos ni lugares reconocibles. Eran cosas que ninguno lograba explicar bien al despertar: texturas, temperaturas, la certeza de una presencia que no tenía forma. Él dejó de contarle los suyos. Ella tampoco preguntó. Empezaron a dormir con la luz del baño encendida. Después dejaron de tocarse. No fue una decisión. El cuerpo simplemente dejó de encontrar el camino.

Una madrugada ella despertó temblando. Tenía la mano de él alrededor del cuello. Sin apretar. Solo descansando ahí, como si incluso dormido hubiera necesitado comprobar algo. Él retiró la mano enseguida y pidió perdón, pero no parecía despierto del todo. El cuarto olía a antiséptico, a sábanas recién cambiadas en una habitación vacía. Ella quiso llorar, pero algo peor la detuvo: también reconocía ese olor.

Días después encontraron humedad detrás del armario. La pared estaba negra. Llamaron al administrador. El hombre revisó las tuberías durante casi una hora. Antes de irse, preguntó cuánto tiempo llevaban viviendo ahí. Cuando se lo dijeron, levantó la vista hacia la pared húmeda.

—Sí —murmuró—. Ya empezó.

Ninguno entendió qué quiso decir. El hombre guardó las herramientas despacio. Luego explicó, sin ironía, que había apartamentos que se dañaban cuando la gente permanecía demasiado tiempo adentro. Como frutas olvidadas.

Esa noche discutieron por primera vez en meses. No recordaron cómo empezó. En algún punto él dijo que ya no sabía cuándo estaba pasando algo real entre ellos. Ella se quedó callada. El silencio quedó suspendido entre los dos. Entonces el cuarto empezó a calentarse. No gradualmente. La temperatura saltó de golpe. Ambos comenzaron a sudar. El vidrio de las ventanas se empañó desde adentro. Apareció el olor. Venía de ellos. Los dos lo reconocieron al mismo tiempo: mar. Sal. El olor de las lágrimas antes de llorar, cuando todavía están adentro.

Él empezó a llorar primero. Ella después. No se abrazaron. Solo lloraron juntos en la oscuridad caliente del cuarto, y afuera Querétaro seguía igual, indiferente, con sus cerros y su valle seco. Durante los días siguientes dejaron de dormir. Él permanecía despierto viendo televisión sin sonido. Ella caminaba por el apartamento de madrugada tocando las paredes. El olor ya no desaparecía nunca. A veces infancia. A veces sangre. A veces mar. A veces antiséptico. A veces algo que ninguno reconocía. Un olor sin memoria. Como si el apartamento estuviera procesando algo que todavía no había ocurrido.

Una noche él la encontró parada frente a la ventana abierta. Querétaro se extendía abajo, gris, con los cerros recortándose contra el cielo y algunas luces encendidas en otros edificios. Ella le preguntó si todavía la amaba. Él tardó demasiado en responder. El cuarto cambió de temperatura antes de que abriera la boca. Ese pequeño retraso, ese segundo donde el cuerpo no supo qué hacer, había enfriado el mundo. 

Él se acercó despacio y dijo que sí. Pero el aire no reaccionó. Se quedaron mirando la ciudad. Levantó la mano como si fuera a tocarle el hombro, pero se detuvo más abajo. Apenas apoyó los dedos sobre su vientre. La piel de ella estaba fría. Como algo que ya tomó su temperatura definitiva. Retiró la mano despacio. Ella no lo miró.

A la mañana siguiente el portero los vio salir con maletas. No discutían. Ni siquiera parecían tristes. Parecían sobrevivientes de algo que no tenía nombre todavía. Les preguntó si viajaban. Ninguno respondió. El portero esperó un momento. Luego, sin saber bien por qué, se apartó para dejarlos pasar.

Salieron al pasillo. El ascensor tardó en llegar. Durante esos segundos ninguno buscó al otro. Solo miraron fijo las puertas metálicas. Cuando se abrieron, entraron. El portero alcanzó a sentirlo antes de que las puertas se cerraran: sangre.

Después el ascensor descendió. Y el olor permaneció un momento más en el pasillo vacío.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.