Memoria 99
05.02.2025 La muerte y yo. Esta mañana, cuando yo recién me había despertado e ido al baño a orinar, me recosté de nuevo y enlacé los dedos sobre el pecho, como suelo hacer cuando me he despabilado y quiero recuperar el sueño. Mi mujer aún no se había levantado a hacer sus ejercicios de yoga y supuse que dormía, pues había hecho muy poco ruido y no creí haberla despertado. ¿Qué hora era? El cielo debía estar nublado, pues por los resquicios del black out no entraba una luz plena sino como filtrada por un velo. Debían ser las seis o algo así, eso significaba que tendría, con suerte, un par de horas de sueño. Pero casi enseguida mi mujer se levantó con el mismo sigilo que yo y fue al baño. Yo permanecía bocarriba en la cama, con las piernas juntas y estiradas y los dedos de las manos enlazados sobre el pecho. De pronto pensé que, de ella verme al salir del baño, pensaría que estoy muerto y le causaría una fea impresión, pues es muy sensible, y de pronto pensaría que yo estaba amortajado. De modo que desenlacé los dedos y aunque dejé una mano sobre el pecho, puse la otra bajo la cabeza desmañadamente, me ladeé, entrecerré los párpados y recogí un poco la pierna derecha. Pensé que mi mujer regresaría a la cama y se acomodaría a mi lado, pero me miró de reojo para comprobar que yo dormía y salió del cuarto. Eso significaba que era hora e iría a hacer sus ejercicios, cosa que debía tomarle unos 45 minutos, y que ya debían ser al menos las 7.20. observé el reloj. Las 7.13 am.
Desde que tengo uso de razón he pensado en la muerte. Lo que me llama la atención, pues en casa de mi madre la televisión –a finales de la década de 1960 la tv en Colombia era pacata e ingenua– llegó cuando yo era un preadolescente. Quizá fuera que a los 10 u 11 años había hurtado de la biblioteca de mi padre Ilíada y Odisea (creo haberlas leído como algo fabuloso, fantástico y heroico, lejanísimo, que está muchísimo más allá del mundo común en el que vivía), pero, supongo esas lecturas en las que hay muertos, dioses que mueren y resucitan y almas en pena, me impresionó lo suficiente como para obsesionarme con el tema de la muerte. En mi casa había tal ambiente gris, de cierta desesperación cotidiana y poco alegría espontánea y continua en general, que moldeó mi ánimo de tal manera que me impelió a ser reflexivo y fatalista. La cosa empeoró ya en adolescencia, cuando un vecino falleció y fue motivo de morbo en la barrio durante esos días. Curiosamente, yo creía que nuestra familia era muy afortunada e incluso invulnerable, pues durante años nadie había fallecido ni había ocurrido alguna desgracia que lamentar, como sí había sucedido cuando yo era estudiante de bachillerato y uno de mis compañeros de curso, durante la noche, sustrajo el revólver de su padre, puso periódicos en las paredes, en la cama y en el piso y se pegó un tiro en la cabeza. Como suele suceder, durante el suceso, cuando ocurren ese tipo de cosas, uno hace un poco de retrospectiva. Desde ese día y al día de hoy, lo recuerdo alto, grueso, de pelo liso claro y muy callado sentado en su pupitre que daba a una ventana del segundo piso, desde donde se veía el patio de recreo, y, a lo lejos, los cerros orientales, con la mano izquierda soportando la mejilla izquierda que pesadamente caía.
Cuando yo tenía 16 años y estaba en el colegio, Ligia, una hermana de mi padre, trajo la noticia de que mi padre estaba postrado en una cama a causa de un aneurisma y, después de unos 10 años de haberse ido de la casa, quería vernos. Por entonces él tenía 53 años. Esto lo he narrado en varios escritos, en especial en Los amores destrozados y Continuidad de las formas dispersas, etcétera, y no voy a ampliar nada de lo sucedido en los pocos meses que sucedieron a su fallecimiento. Durante algo más de un año, la muerte de mi padre me dejó indiferente. Pero, de ahí en adelante entré en una espantosa depresión que me llevó bastante tiempo superar. Creo que la muerte de mi padre tuvo tal impacto en mi vida que la transformó por completo y acabó por moldear mi carácter y mi personalidad.
Esta mañana, por ejemplo, durante el desayuno, mi mujer me preguntó cuáles eran mis obsesiones, y antes de que yo contestara por lo raro de la pregunta a esa hora de la mañana, dijo: “No me vas a decir que ser perfeccionista”, y se rio. A lo que yo le contesté con una pequeña pesadez de estirpe freudiana, que ella captó enseguida y sonrió. ¿Mis obsesiones?, pensé. ¿La muerte? ¿Mi padre? Al convertir a mi padre y a mi madre en sujetos de ficción en mis relatos y novelas, les he dado una vida que, seguro, jamás tuvieron, no exactamente como yo narro y describo. Todo lo que sé de él proviene de terceras personas (mi madre, mis hermanas) y de vagas imágenes casi carentes de una verdad comprobable. Tampoco hay escenas continuas ni un relato coherente en mi memoria. Ni siquiera hoy, cuando hace más de 10 años hice un trabajo de retrospectiva e introspección para quitarme la obsesión de no haber tenido un padre y recopilé todo lo que pude sobre él.
¿Me quité tal obsesión? Arriba dije que la figura del hombre que fue mi padre moldeó mi carácter y mi personalidad, pero eso no significa que me sienta mal por su ausencia. Es probable que mi padre haya sido un hombre perfeccionista, como lo soy yo y eso me fue transmitido tanto en los genes como en su escaso legado. En la casa donde nací y crecí había una biblioteca de madera quizá de 160 de alto por otro tanto de alto y dos puertas corredizas de madera y vidrio, que debió ser costosa al final de la década de 1960 cuando la adquirió, no sé de qué modo. Debía tener 5 o 6 entrepaños, más la parte de abajo y la llave la administraba él, y cuando ya no volvió, alguien la abrió con un gancho y ya quedó abierta. Mi padre mantenía su biblioteca ordenada y allí tenía hermosas ediciones de libros clásicos, y, a veces, los domingos nos leía algunas páginas en voz alta. También recuerdo a mi padre como a un hombre alto, delgado, bien plantado, bien peinado con Tricófero de Barry, bien peluqueado y muy bien vestido con traje de paño, camisa blanca almidonada por mi madre y corbata impecable, y siempre usaba zapatos de marca. Esta mañana, cuando mi mujer me preguntó, lo que pensé es que sí, soy perfeccionista. Me obsesiona que todo esté limpio, ordenado y en su sitio, y traslado esa forma de ser tanto a donde vivo, a mi escritorio como a mis escritos. Ya dejé atrás hace tiempo mi obsesión por coleccionar libros y tener una inmensa biblioteca. Detrás de mí hay una biblioteca con 6 entrepaños de 70 cm., que iré reduciendo poco a poco hasta dejar lo esencial.
En cierto modo imito la vieja y ya desaparecida biblioteca de mi padre en la que había lo esencial de la literatura clásica. pero, yendo más allá, mi perfeccionismo me está conduciendo a leer no sólo la literatura (de ficción y de no ficción), sino a una síntesis de mi pensamiento, una síntesis de mi comprensión de las personas, de los lugares, del mundo y del universo, y eso me tomará el resto de mis días.
Un año después, cuando ya me había graduado del bachillerato, supe de otro suicidio: el de Andrés Caicedo, que había llegado de Cali (¡qué coincidencias!) para terminar el bachillerato hacia mediados de año. Era un excelente estudiante, y según nos dijo, en Cali sólo tuvo profesores universitarios. Me parece que era hijo único y vivían en una buena casa de 2 pisos y bien amueblada. Lo sé porque para el cierre del año escolar y de nuestra graduación, había hecho una tremenda fiesta un viernes en la tarde aprovechando no sólo que nos habían dado la tarde libre en el colegio, sino la ausencia de sus padres. “Estoy seguro de que las vacas piensan. Pero ¿mientras rumian qué piensan?”, decía con convicción; siempre salía con ese tipo de cosas. Era más alto que el promedio, muy delgado y con el pelo crespo, era educado, leía libros que yo nunca había visto, nunca se metía en problemas y sí más bien, con su inteligencia hacía quedar mal a más de un profesor del colegio. Nunca fui su amigo ni ninguno de nuestro hermético grupo de 6 amigos tampoco lo fue, era considerado un bicho raro. Tampoco lo invitamos a nuestro grupo, para nosotros no había demostrado suficientemente su valía y ya era tarde porque acabábamos el bachillerato y cada uno cogería un camino diferente, como al final sucedió. Pero, naturalmente, eran celos, celos tontos de adolescente. A los pocos meses de graduarnos me llegó la noticia de su suicido. Citó a uno de sus tíos en una cafetería, habló con él no sé durante cuánto tiempo, puso cianuro simulando que era azúcar y murió allí en pocos minutos.
Mi madre falleció mi madre hace 9 años (estaba, como mi padre, postrada en una cama, y tenía 92 años), pero fue un deceso esperado e incluso deseado, a diferencia de los suicidios y de la muerte inesperada y prematura de mi padre. “Deseada”, he escrito a propósito de mi madre, y ahora pienso que, al ser escrita esta palabra que expresa un deseo, un sentimiento y un modo de pensar con respecto a una persona, suena brutal. Y es brutal. ¿No es brutal desear, por los motivos que sean, la muerte de una madre? Es cierto que había llegado a un punto de no retorno en cuanto a su salud y expectativa de vida, y no se podía valer por sí misma, pero, tampoco justifica semejante deseo. Quienes la rodeamos durante los últimos años (mi hijo, mis hermanas, mi hermano que vino a verla), expresamos lo mismo. Ya estaba bien, debía morir. Con cierto facilismo sentimental, casi desde que era adolescente he pensado que ella escogió su camino y que yo no puedo ni quiero hacer nada al respecto. Es probable y casi seguro que mi padre se haya hartado de ella a pesar de su belleza y hermoso cuerpo porque año tras año estaba embarazada; y por sus convicciones religiosas nunca abortó ni usó los métodos anticonceptivos que él le traía. ¿Mi padre se habría quedado de ella haber planificado? Mi padre era un hombre muy ambicioso. Según mi madre cuando se conocieron ella era una niña bien y él un arriero que no sabía leer ni escribir y ella le enseñó, pues se había educado en Manizales en un colegio de señoritas. Pero justamente yo, que he sido desde mi adolescencia un ateo radical, he condenado duramente las creencias de mi madre y, por ello, la he juzgado negativamente. Las consecuencias de sus creencias, que a su vez moldearon su personalidad, su carácter y su forma de ser, se reflejan en el modo como condujo su vida y cómo vivió sus últimos años, al punto que todos sus hijos, todos, acabamos deseando que muriera porque ya no había esperanza de vida para ella.
Entre 1977 y 2016, no volví a experimentar la muerte de familiares íntimos ni de amigos muy queridos. A cambio, sí me introduje a plenitud en el mundo en el mundo de la literatura (está llena de muertos), y en el mundo de violencia que ha tenido y tiene lugar en Colombia, pero esa es otra historia. Sólo hasta 2023 viví los últimos días y el deceso de la madre de mi mujer, y en ese caso, a pesar de que tuvimos cierta cercanía en los últimos años, no me produjo tanta impresión quizá por yo considerar que había vivido una vida excelente, más plena y llena de alegrías desde su niñez hasta la separación de su marido –que acabó marcándola por el resto de su vida–, y luego rodeada de toda la familia, una familia muy generosa con ella, en todo sentido.
Pero ¿siento una atracción morbosa por la muerte?
Creo que no más que cualquier otra persona. Finalmente, sólo soy una persona común que siempre ha pensado en su muerte. Desde los 16 años, cuando falleció mi padre y viví unos años muy desgraciados, he pensado y considera el suicidio, sé que considerarlo es de por sí una idea morbosa. Con el tiempo, no volví a considerarlo; es más, he vivido tales buenos periodos de vida que la he casi, casi desterrado del todo. Es más, desde hace unos años no he vuelto a pensar en ello, pues he sabido comprender mi pasado y a las personas que entonces lo habitaron. Pero desde el postramiento de mi madre me dio la lección de que uno ‘debe vivir sólo hasta que es capaz de valerse por sí mismo y estar lúcido’, pues creo que uno no debe ser una carga física ni moral para quien o quienes viven con uno. Incluso lo he expresado en voz alta.
Pero ¿seré capaz de hacerlo? Hace unos días estuve pensando en cómo voy a morir. Me gustaría no darme cuento de eso, pero por lo que veo no será así, no es muy factible que me dé un ataque cardiaco, aunque queda la posibilidad de un derrame cerebral. Creo que no soportaría ninguna enfermedad terminal ni ningún ‘tratamiento’ que yo sé sólo retrasa un poco acabar en la tumba. No soy amigo de la expresión ‘mientras haya vida hay esperanza’.
En todo caso, por el momento, es mejor dejar de lado semejantes pensamientos.