Memoria 90

Memoria 90

 

 

29.10.2024 Ayer en una tienda de ropa, sentado esperando a que se probara un pantalón y una blusa, mi mujer varias veces vino hacia mí del vestier para preguntarme cómo le quedaba aquella o esta otra talla. Entraban y salían mujeres de diversas edades de los probadores y se miraban en el gran espejo que tenían enfrente y consultaban con una amiga o alguna familiar sobre cómo les quedaba esta o aquella prenda. Sentada al lado mío había una mujer con una amiga, al menos eso pensé porque sus fisonomías y todo en general no parecía emparentarlas. De estar sólo con mujeres en un vestier, sentí aprehensión de estar en el lugar equivocado, en un sitio en el que no debía porque era de dominio femenino. Las mujeres salían descalzas, algunas sin medias siquiera, se miraban en el espejo, se alzaban las camisetas o blusas, se ajustaban un pantalón o abotonaban o ceñían un vestido a sus pechos y caderas, se daban media vuelta e intentaban apreciar cómo se veían por detrás, si se les formaban arrugas o bolsas y volvían al probador y se ponían otra prenda. Entre tanto, las dos chicas a cargo, controlaban el número de prendas permitidas por persona y recibían y organizaban de nuevo lo que las clientas no querían, charlaban entre ellas y compartían un enorme cono de vainilla recubierto de chocolate. Pasaban, me miraban y miraban a la señora que estaba a mi lado y me sonreían, primero de manera profesional y después de manera cómplice, pues se dieron cuenta de que yo me di cuenta de que estaba prohibido comer cono o comer en un lugar en el que hay infinidad de prendas nuevas y es fácil tener un descuido y mancharlas. No sé cuántas veces había venido mi mujer a preguntarme cómo le quedaba un pantaloncito corto o uno largo azul que quería, y había regresado al vestier. La mujer sentada a mi lado se volvió y dijo con acento paisa: usted es muy paciente, qué envidia. Yo ya había reparado en ella y no me sorprendió que me dirigiera la palabra, sino lo que dijo y la manera como me miró. Como soy mirón, un mirón sobre todo de las mujeres, ya había advertido que estaría entre los 65 y los 70. El pelo, que debía ser castaño estaba teñido de rubio, un rubio brillante y bonito y bien peinado. Estaba maquillada para tapar las arrugas y parecer joven, pues era un maquillaje espeso, pero lo más sobrio posible. Llevaba unos bonitos aretes, collar asomado a una blusa blanca de algodón manga larga con listones rojos, azules y rosados que le sentaba bien; pulseras doradas en las muñecas, las uñas largas y pintadas de rojo y un pequeño reloj dorado. Llevaba una falda blanca a la altura de las rodillas, ni holgada ni ceñida con cinturón de cuero trenzado, y en uno de los tobillos una coqueta pulserita de chaquiras y oro, también a la moda. No usaba medias. Llevaba tenis de marca impecablemente blancos con listoncitos azules y rojos. Estaba sentada muy derecha con las manos sobre el regazo y observaba a su compañera pagar en la caja, administrada también por aquel par de chicas. La mujer a mi lado tenía la voz ronca, como de antigua fumadora y por su cuerpo esbelto y su actitud directa de pronto pensé que sería una de esas mujeres mayores sola. Había observado de manera discreta su piel y su modo de moverse de mujer acostumbrada a ser inspeccionada. El rostro, los brazos y las piernas estaban hermosamente bronceadas. Las piernas tenían la bella forma de las mujeres esbeltas y espigadas que, al menos yo, reconozco enseguida, y ella, por la altura de su falda, parecía estar muy orgullosa de su figura y de sus piernas a pesar de que, por la edad, tenían los músculos un tanto descolgados y se le formaban arrugas al sentarse. Seguro, pensé, debe hacer algún ejercicio con regularidad para tratar de mantenerse en forma.

Cuando ella me dirigió la palabra, sonreí con amabilidad y miré sus ojos castaños, grandes y directos. Llevaba pestañina negra, y encima, las cejas altas y bien depiladas. Sí, le respondí a la mujer, yo la acompaño a todo e incluso le ayudo a encontrar lo que busca. Pues mi marido, dijo la mujer, nunca me acompañaba. No le gustaba. Se quedaba afuera de la tienda sentado en algún lugar viendo el celular y esperando a que yo lo llamara para ir a pagar. ¿En serio?, le dije. Me imagino que tampoco la acompañaba a hacer mercado, por ejemplo. No, que va. Era lo mismo. Odiaba los supermercados, se quedaba afuera vitriniando o en un sofá esperando a que lo llamara. Pues a mí sí me gusta hacer mercado, a la que casi no le gusta es a mi mujer. Tampoco era capaz de fritar un huevo, ¿verdad?, dije. ¿Qué come que adivina?, dijo. ¿Sí ve por qué digo que qué envidia un hombre como usted? Una se da cuenta de eso. En ese momento vino mi mujer y miró a la mujer de reojo. La mujer a mi lado le dijo que la prenda le quedaban bien, yo también aprobé y mi mujer regresó al vestier. Lo que importaba al final, dijo la mujer a mi lado, es que pagara las cuentas. ¿Se separaron?, dije. No, falleció. Y cuando dijo esto, su compañera que ya había finalizado la compra se volvió, sonrió a la mujer y hablaron algo entre ellas y se alzaron y se dirigieron a la salida. Un momento antes, la mujer dijo con una suave sonrisa. Adiós, que te vaya bien, guapo. Igualmente, respondí.

***

Anoche, antes de acostarnos, como a las 11.30 pm, mi mujer, que siempre está atenta al entorno, dijo que había oído disparos y se puso a mirar por la ventana para saber de dónde provenía el ruido. Quítate de la ventana, le dije, de pronto te peina una bala. Ella me miró y se puso a hurtadillas, me dijo algo, que ya no recuerdo, pero estaba molesta. Esta mañana durante el desayuno me comentó que había habido una balacera en Medellín. ¿Ah, sí? Cuéntame, dije divertido. Pues la mafia italiana había ofrecido $3.000.000.000 por un capo del narcotráfico al que la policía le había echado mano. De película. El tipo se había hecho el enfermo para que lo trasladaran a una clínica y durante el trayecto una banda criminal intentó liberarlo. Al parecer, no tuvieron éxito y sí más bien enviaron al tipo a una cárcel en Bogotá. ¿Y sabes cómo lo cogieron aquí en Medellín? Ni idea, dije. Pues se tomó una foto en la tumba o en el museo de Pablo Escobar y la subió a las redes. Los malos además de ser malos son brutos, dije. Siempre dices eso, dijo. Pues es la verdad. Sólo a un bruto que es buscado por la policía internacional se le ocurre subir su foto a redes. Tienes razón. Yo sí quiero ir al museo de Pablo Escobar, dije. Pues yo no, dijo mi mujer con desagrado. Eso me parece lo peor. ¿Quieres que hablemos de eso?, dije, y dije porque ya habíamos tocado el tema días atrás y a ella le había fastidiado. No quiero hablar de eso, no me interesa, me parece de lo peor. Pues es todo lo contrario, dije. Pues mira, contestó. Coges el carro, me dejas en un centro comercial, me llevo un libro y mientras tú vas y miras te espero, dijo. No conozco ni manejo tan bien la ciudad como tú, dije. Más bien al revés, me dejas allá y vuelves por mí a una hora fija. Pues no, no pienso colaborar con tu morbosidad. No es morbosidad. Pues entonces coges un taxi, y ya. Ya lo había pensado, dije. 

A mi mujer, que tiene una moral y una ética de acero, le repugna todo lo que tiene que ver con cualquier forma de criminalidad, inmoralidad o falta de ética. Así la formaron en su familia y en el colegio, y así ha actuado toda la vida, rechazando todo lo que huela a cualquier tipo de falta de honestidad. Sé que en ella pesa mucho su origen europeo y la formación luterana de sus ancestros que se ha trasladado a la familia de generación en generación. Pero no es que mi mujer sea luterana, ni mucho menos, hay en ella cierta dosis de creencia católica, que no la manifiesta abiertamente porque sabe que yo soy un ateo rabioso y recalcitrante. También está que se formó dentro de la cultura suizo-europea, y su familia se distingue también por sus principios. También está en sus genes, por supuesto, y en su visión de lo que debe y no debe ser, y son cualidades que yo valoro sobre manera. Pero hay en su rectitud una alta dosis de prejuicios: los de una persona que creció rodeada de privilegios de todo tipo. Privilegios que no sólo le han permitido, paradójicamente, ser abierta frente lo que está por fuera de la colonia suiza, pero, al mismo tiempo, cerrarse frente a lo que le produce temor, temor a perder los privilegios que tiene y a los que no renunciará jamás.

 

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