Memoria 89
29.10.2024 Medellín. El domingo 27 mi mujer y yo nos fuimos a quedar en la finca para ahorrar al menos un par de horas en el viaje a Medellín. Saldríamos el lunes ‘temprano’. Tras un duro sábado y domingo de preparativos, llegamos a la finca como a las 8.30 pm., o algo así. La familia Meyer estaba en frente de la chimenea enfrascada en un juego de mesa, cuyo nombre he olvidado. Ellos se despidieron hacia las 9.30 y mi mujer y yo nos fuimos a descansar casi en seguida. Nos acomodamos en el cuarto que fuera de Inés, que tiene dos camas individuales unidas. No descansamos mucho. A las 5.50 am. mi mujer dijo que nos levantáramos a las 6.00, le dije que sí y me quedé recostado de espalda, esperando, con mi mano tendida hacia ella que la besó con suavidad muchas veces. Dormité no sé cuántos minutos, pero al rato dijo ella que se ducharía y me quedé ahí haciendo pereza, esperando a que ella saliera. Nos sentamos a desayunar a las 7 pasadas y por mucho que corriéramos no íbamos a salir ni a las 7 ni a las 7.30 am. Finalmente salimos de la finca a las 8.10. El viaje en general fue con poco tráfico, con unas 6 paradas y tranquilo. No tenemos ningún afán, dije muchas veces a mi mujer, aunque yo quería llegar a Medellín con luz día. En realidad, nos rindió mucho en tramos como Guaduas, en donde el tráfico es infernal y el paso muy desagradable por lo roto de la carretera, la enorme cantidad de vehículos de todo tipo, en especial tractomulas, y lo impresentable de los negocios de mala muerte de todas la vida. Sólo empleamos, como cosa inaudita, 2 h, cuando lo normal es el doble. ¿Es por ser lunes que el tráfico es bueno? Finalmente llegamos a Medellín entrando por Rionegro a las 4 pm, todo un récord, lo normal hubiera sido mínimo 2 o 3 horas más, con parada técnica de 30 minutos en la Ruta del sol, antes de Doradal. A la altura de Doradal mi mujer me preguntó por la palmita. Compramos la palmita en Medellín hace tres años para regalársele a Inés, pues le encantaban las matas. La idea era devolverla de manera simbólica de nuevo a Antioquia, cuando llegáramos al límite de los departamentos. Pues ocurrió que se quedó en el poyo de la entrada principal de la casa de la finca, caímos en cuenta luego de analizar posibilidades. Buscamos un vivero y compramos una mata bonita que sea de la región y hacemos el ritual para dejarla, dijo mi mujer. No encontramos un vivero sino hasta la salida de El Santuario, en donde compramos por $12.000 un hermoso bore morado, pues lo había visto durante el viaje y me había gustado mucho.
Hicimos el ritual después de pasar el Túnel de oriente.
Al llegar al Airbnb, descargamos la camioneta que venía al tope y nos fuimos a buscar comida. Estábamos cansados, hambrientos y sedientos. Mi mujer estaba hosca y ocultaba mal su enfurruscamiento porque el apartamento en Setai, aunque muy bonito, impecable y bien ubicado, resultó ruidoso y ella quería, como yo, que fuese tranquilo. De regreso, tras comprar algunas cosas básicas, vinimos, nos duchamos y nos metimos a la cama, muy cansados. Una cama que, dijo mi mujer, debe ser como de 1.20, aunque yo la había mirado y dije que no, de 1.60. No, es de 1.20 o 1.40, dijo decepcionada. Ahora que lo dices…, pero el colchón es firme, como me gusta.
No me levanté descansado, el ruido de la avenida 2ª me despertó hacia las 5 am. y ya después estuve entre la vela y el duermevela y tuve pesadillas insoportables. Nos quedamos entre la cama casi hasta las 9, raniando y tratando de organizar nuestros tiempos. Luego preparé un cafecito estilo ristretto con café Bourbon amarillo en la máquina de espresso que trajimos Bogotá, y quedó exquisito.