Memoria 88
24.10.2024 Ficción / realidad. El diario. Mi mujer y yo almorzaremos hoy con Gladys, mi hermana menor, y su marido, Oscar. Esta mañana, mientras mi mujer hacía sus ejercicios diarios, pensé en que hoy escribiría sobre mi hermana. Pero enseguida me llené de prevenciones. ¿Y si escribo algo, no sé qué, que en algún futuro la hiera? Ya me ocurrió con mi examigo Oscar Arcos el año pasado, que me retiró su amistad al sentirse ofendido por algo que yo escribí en 2019 y publiqué en mi página. El asunto el examigo es que él ya conocía el texto de 2019 y no se sintió ofendido entonces, al contrario, celebró el texto y hasta le pareció de ‘alto vuelo’ (palabras suyas, aunque es propenso a la hipérbole). ¿Por qué se ofendió y no quiso oír mis razones ni recibir mis verdaderas y sinceras disculpas por aquella ‘ofensa’ involuntaria? Es un enigma tal que ahora, un año después, no es que me duela haber perdido una amistad de unos 30 años, sino que me ha llevado a pensar sobre lo extraño que es, a la larga, el uso del lenguaje y sus interpretaciones y la superficialidad de casi todas las relaciones interpersonales, pues parecen ser una cosa y son otra. Ayer, cuando escribí sobre mi mujer y yo en una situación anodina, me esforcé por el uso del lenguaje. En mi cabeza resonaba una frase suya de hace, quizá, un par de meses, cuando me dijo que no publicara en la compilación de la Memoria de un escritor pasajes que tuviesen qué ver con nuestra vida personal e íntima. Le respondí entonces que no tenía problema con eso. Que leyera la compilación y me dijera qué textos debía excluir y lo haría. Ya la compilación está publicada y ella no me ha dicho nada. De modo que ayer, resonaba eso que me dijo, y me cuidé de no escribir nada que revelase nuestra vida íntima. Eso derivó en que, sin querer, estaba omitiendo y ocultando detalles detrás de las palabras, y, a la hora de la verdad, es lo que, desde hace muchos años hecho. Y lo he hecho porque tomé una consciencia nueva de la literatura y de lo que es una narración dirigida al público. Finalmente, ¿al público qué le importa mi vida íntima o la de mi mujer? Desde entonces he dicho, de manera paradójica antes que contradictoria, que la verdadera literatura proviene del mundo interior del escritor, no de afuera, del bagaje que lleva dentro y ha madurado a lo largo de los años –con excepción de los genios, claro está–, pero, entonces, si día a día soy más consciente del lenguaje, ¿por qué a medida que esto sucede tengo más habilidad para esconderme que 20 años atrás? Cuando entonces escribía, tenía la concepción de que la literatura es un arte a través del cual yo podía expresar lo que pensaba y sentía. Es más, cuando empecé a escribir siendo adolescente, tenía la idea de que ponía literalmente en el papel, mis pensamientos y mis emociones y estaba empeñado en demostrar que sólo allí estaba la trascendencia, sin contar que yo creía ser absolutamente sincero, cuando la verdad es que había extraído de este o de aquel otro autor ideas e imágenes de las que me apropiaba para defenderme del medio en el que vivía. En otras palabras, estaba viviendo en una ficción que no era mía. Se trataba de una ficción que había atravesado mi vida desde que leí Odisea a la edad de 10 años hasta que hice el viaje al Orinoco en 2004. Si yo había vivido durante esos años en una ficción, ¿de qué materia estaba hecha mi vida cotidiana, la que llevaba día a día con todas las personas que me rodeaban empezando con mi hijo y mi mujer de esa época, y terminando con mi familia cercana y amigos? No es gratuito que justo durante esos años haya escrito una ‘literatura’ con escaso dominio ficcional y del lenguaje y los resultados hubiesen sido de tercera categoría. De ahí que tampoco sea gratuito, que justo este año, cuando le eché un ojo a los manuscritos de entonces para destruirlos, de entre 6 cajas de cartón repletas de resmas de manuscritos, sólo haya rescatado unas 100 páginas. De 20 años para acá, ¿qué ha sucedido? ¿He sido capaz de usar el lenguaje para ver la realidad? Es probable que sí. Lo que ocurrió durante y unos años después de mi viaje al Orinoco es que hubo un desgarramiento –bastante largo y doloroso, por cierto–, desgarramiento que duró hasta hace poco, cuando empecé a ver todo lo que he escrito a lo largo de, justamente, los últimos 20 años. ¿Por qué? Si la literatura de buena calidad está hecha sí o sí por aquel escritor que tiene un dominio experto del lenguaje, y la literatura no es más que ficción que simula la realidad, ¿en dónde se encuentra tal realidad? ¿Qué es, entonces, lo que tal literatura representa? Para escribir mis libros he acudido no sólo a mi bagaje, sino a sucesos de la realidad de la vida cotidiana, pero los he tergiversado o usado a mi acomodo. Y mientras más pienso en la novela que tengo en el tintero desde 2019, Lorenza Pedrini, más me convenzo de que, mientras menos investigue, mayor libertad tendré para escribir. Lo que es paradójico, pues incluso lo enseñé en la universidad y todavía lo sostengo: el escritor sí o sí debe estar perfectamente informado y tener conocimiento pleno de lo que va a escribir, de lo contrario no hará buena literatura. Ahora mismo, por ejemplo, no puedo dejar pasar que yo pienso mejor escribiendo que hablando. Es decir, el encadenamiento de imágenes, ideas, conceptos, sucesos, me sale mejor cuando escribo que cuando hablo. Sócrates hablaba magníficamente y desconfiaba de la escritura. Pero de eso hace más de 2400 años, y sé que a muchos oradores les sucede lo mismo. Pero un excelente orador es un experto en las palabras, igual que un escritor. ¿Existe alguna diferencia en lo que cada uno considera ‘realidad’? No lo creo mucho. ¿La realidad supera la ficción, como enseña Defoe? Desde Thales, pongamos, hasta Heidegger, el pensamiento en occidente ha sido eso, el pensamiento, el pensamiento representado por palabras orales y escritas, pero ese pensamiento no es acorde con la vida cotidiana. A una hetaira o prostituta griega, por ejemplo, poco debió importarle el pensamiento de Sócrates sobre la sexualidad humana, por ejemplo. Y al fin de cuentas, ¿qué movió más al mundo, el pensamiento de un Sócrates o el comportamiento y las acciones de una prostituta griega de la época? ¿Cuál es, entonces, la realidad del pensamiento versus la realidad de la vida ordinaria? Muchas veces, en la maestría, puse a leer a los estudiantes El banquete como si fuera una novela –lo que resultó muy provechoso– pues todos los mitos que allí se encuentran pueden ser leídos como ficciones. Por otro lado, La guerra del Peloponeso, de Tucídides, ¿puede ser leída como una ficción? Pues claro. En la época de Platón, los mitos que este pone en boca de Sócrates formaban parte de la vida como pensador y para él formaban parte de su realidad. Cosa que hoy leemos como filosofía (palabras que fabrican conceptos) o como ficción. Y si en filosofía, como dice Deleuze, lo que importa es la fabricación de conceptos, ¿de qué realidad la filosofía está hablando? Fabricar es ‘construir’, ‘crear’, ‘manufacturar’, y en su raíz está faber, artesano, constructor. La palabra ‘fabricar’ es usada por Deleuze deliberadamente, lo que indica, a fuer de ser obvio, que este filósofo consideraba que, al menos en lo que toca a la filosofía, esta no es más una construcción burda, la que haría un artesano; un artesano que entra en la misma categoría de aquel del que se habla en todas las artes y oficios desde la antigüedad, que no es otro que el Demiurgo, un ordenador universal del caos. Yendo en la misma senda, este ser ordenador, no es otro que el constructor de una ficción. Desde este punto de vista, vivimos en una ficción, bien sea desde el orden del pensamiento llamado fuerte, con fuertes construcciones teóricas o bien sea desde del orden del pensamiento débil, con débiles construcciones teóricas, poco o mal informadas, de donde deriva un sin número de opiniones. ¿Cuál de los dos órdenes de ficción es en el que vivimos? ¿Cuál es preferible? La verdad es que muchos teóricos del pensamiento han venido advirtiendo desde hace más de un siglo, que un grupo poderoso dueño de los recursos para llevar a cabo macro pensamientos fuertes, son los que han impuesto una ficción aterradora que es la ‘realidad’ consumista que vivimos. Desde los primeros tiempos del psicoanálisis de Freud, lo esencial para el terapista era que el humano afectado por algún tipo de dolencia psíquica que no lo dejaba vivir en paz, era y ha sido que la persona elabore una historia para sí misma en la que se sienta cómoda y feliz, independientemente de si quienes lo rodean le creen. Lo esencial de este enfoque, es que, en el fondo, no necesariamente la versión que la persona elabora de sí es la misma de la realidad oficial y que lo suyo, entonces, es una ficción. A la última pregunta de arriba, mi mujer y yo pensamos que es preferible vivir una ficción dentro del pensamiento fuerte. Pero estar dentro es sumamente difícil. Hoy, existen demasiadas informaciones falsas que pretenden pasar por el grupo de pensadores, llamémoslos ‘constructores de una narrativa enfocada en la vida’, que está por fuera del consumismo, y han inundado el mundo con pseudo narrativas dirigidas exclusivamente hacia el consumo. ¿Cómo diferenciar a los constructores de una narrativa enfocada en la vida, de aquellos que no lo son? El libro, puesto que soy escritor, paradójicamente, de nuevo con las paradojas, está en medio del consumo y de la vida. ¿Podría ser mi pensamiento lo bastante potente para que mis ficciones entren en el circuito de las narrativas de la vida? Quisiera que así fuera, pero lo dudo. Mi pensamiento no es original ni potente. Tampoco soy un narrador de primera fila. Creo que me bastará con estar alerta y hacer un verdadero trabajo de abandono de toda culpa, que es el principal vector del modelo consumista.
Con todo esto, creo que lo mejor es no escribir nada acerca de mi hermana ni de su marido. ¿Para qué? A final de cuentas, ¿qué derecho tengo?