Memoria 87
23.10.2024 Reproches. Educación sentimental. Hoy, miércoles, se nos pegaron las cobijas y nos levantamos una hora más tarde. Cuando me levanté al baño creí ver que eran las 6.30, hora en que acordamos mi mujer y yo abrir el ojo y comenzar a pensar en levantarnos. Casi al momento mi mujer se levantó y empezó a hacer cosas. Pensé en cuál era el afán de levantarse si hoy no iba a hacer estiramientos y tenía clase de pilates a las 8.30, así que tenía tiempo de sobra. No abrí el black out y me quedé en la cama rumiando mi aburrimiento porque mi mujer estuviera haciendo tanto ruido. Al rato comencé a abrir el black out eléctrico de a pocos, sin ganas de que entrara luz al cuarto. Esperé a que fueran las 7 para levantarme. Cuando calculé que ya era hora, abrí el black out y miré el reloj eléctrico en la cómoda. 7.42 am. ¡Carajo!, pensé y vi pasar a mi mujer al baño para ducharse. Durante todo ese rato había estado rumiando el modo de echarle en cara que se levantara a hacer cosas cuando no había ningún afán. Le iba a reprochar que yo ya le había dicho que no me iba a levantar antes de las 7, por qué no me dejaba descansar y ella sí se levantaba a hacer ruido. Mientras se duchó, fui a la cocina a organizar el desayuno. Constaté la hora y sí, se le había hecho tarde para su cita. ¿Y por qué pone una clase a semejante hora, cuando aún no ha terminado la hora pico y se va a meter en un trancón? Buenas palabras para el reproche, pues, por mí, yo habría seguido en la cama durmiendo a pierna suelta. Sí, tenía ganas de reprocharle su manía de estar corriendo, como cuando iba al trabajo. Preparé mi fruta despacio y todo lo hice despacio, a propósito, reprochando en silencio sus afanes. No alcanzo a tomar el café, dijo cuando vino a la cocina en traje de ejercicio y un poco agitada. ¿Y cuál es el afán o qué? Tengo mi clase, dijo. Cuándo será que dejas tus afanes gratuitos, dije. No te entiendo, dije de modo desabrido. Dejé que desayunara sola, a propósito. Pero ella tenía muy buena actitud y finalmente cogió sus cosas y se fue. Después de su clase se iría con Mimi a la finca para acompañarla y dar los primeros pasos para el arriendo de la casita a Marcia y Rafael. En fin. Al despedirse, alegre, me dio un par de besos en la boca.
La verdad de todo esto es que estaba fastidiado porque yo, yo, siempre ese yo egoísta que leyó hasta pasada la medianoche, quería cerrar los ojos y olvidarse del mundo, y mejor hacerlo abrazado a mi mujer. La verdad es que tenía ganas de reprocharle a mi mujer cosas absurdas −afortunadamente refrené la lengua y me di cuenta a tiempo− como que no me deje descansar. Pero no tengo derecho de reprocharle nada, y sí más bien debería reprocharme a mí mismo leer hasta muy tarde y, a causa de ello, levantarme con malas pulgas. En otra época, no me habría callado ni habría tenido la capacidad de entender que estaba en mí el fallo y no en ella, la cosa habría acabado en una discusión agria y ella se habría ido dolida por mi mal genio y habría sido un día jarto, en el que, al final, le tendría que ofrecer disculpas por mi comportamiento agresivo, egoísta e irracional. ¿Esta conducta de ahora es el resultado de una educación sentimental? Siguiendo a Flaubert, desde que leí el libro hará más de 40 años, siempre he creído que los sentimientos se educan (cosa tan contraria al romanticismo). Educarse sentimentalmente, creo yo, va más allá del principio de alteridad. Yo me ubico en medio de las circunstancias que vive mi mujer para ‘comprenderla’, tratar de ‘entenderla’ y ‘tolerar’ sus comportamientos. Soy enemigo del concepto y del uso indiscriminado de la palabra ‘tolerancia’. Mientras preparaba la fruta despacio para que ella desayunara sola, también me sonreí por dentro porque en todo eso había un juego. Vi que el mango era demasiado grande e iba a sobrar, de modo que lo puse en una cajita hermética para que se llevara una buena porción, pues sé que no se resiste a esa fruta. De modo que no es que practique mi capacidad de alteridad con ella. Que ella se llevase la cajita con fruta sin que yo se lo dijera verbalmente −simplemente la había dejado sobre el mesón−, significa que hay sobre entendidos en nuestra relación, y hay un nivel de comunicación no verbal, no explícito, no declarado, que no sólo es casi automático, sino va más allá de nuestra comprensión mutua. Hay una multitud de signos que indican un haber aprendido a vivir juntos, ha habido una ‘educación sentimental’ mutua, llena de sobre entendidos según los cuales ella sabe cómo me comportaría o lo que haría frente a una situación, y casi, casi lo que yo diría. Y viceversa. Que ella sepa de tanto de mí y a veces parezca que le aburre o la satura o simplemente no le interesa mi cháchara, podría interpretarse como que la relación ha entrado, después de, digamos, los últimos 5 años, en una especie de relación complaciente, muelle, de pareja ya en los 60 años se ‘tolera’, no se ama y viven juntos por costumbre y conveniencia. Pero no es así. Creo que ella me conoce bastante y sabe lo suficiente de mis cualidades y de mis defectos como para haber interiorizado que soy la persona con la que tiene una relación de igualdad humana, una igualdad que pasa por encima de la alteridad e incluso del amor (nos amamos, sin duda) y nos ubica en una posición sólida frente a nosotros mismos y a quienes nos rodean, frente a nuestros proyectos (como dejar esta ciudad e irnos a otra) y frente a cada uno de nosotros con lo que queremos hacer de manera individual.
Sin duda, La educación sentimental de Flaubert es una obra que marca un antes y un después de cómo han de entenderse las relaciones humanas.
Esta mañana, mi mujer al salir con aquella cajita de fruta hacia su clase de pilates, no era más que eso. Una afirmación de su individualidad, una individualidad en la que yo no tengo ninguna cabida, así como ella tampoco tiene cabida alguna en lo que escribo, así cada uno comparta con el otro dichas individualidades. Que ella cada día se afirme, sólo tiene que ver conmigo en la medida en que yo, yo, el yo egoísta, no se interponga en su camino haciendo reproches idiotas. Y yendo más lejos, ¿es porque nos amamos que somos capaces de tales cosas, o somos capaces de tales cosas porque tenemos la suficiente inteligencia para ello? ¿Es una combinación de ambas cosas? Es probable. Lo cierto es que, digamos, en los últimos 5 años, he aprendido a ver a mi mujer más de cerca y de un modo más amplio, con todas sus cualidades y sus comportamientos que no me gustan y aún me sacan de quicio, cosa esta última que poco a poco más bien me produce la sensación de estar con una persona especial, que tiene otras cualidades. ¿De dónde ha salido ese ‘verla más de cerca y de un modo más amplio’? Del estilo de relación que tenemos, sin duda, que es abierto y sincero, y porque también valoro su forma de ser, sobre todo en las minucias, minucias que me gustan y que su madre y algunas personas de su familia muchas veces han visto como defectos. También es cierto que vivimos tiempos nuevos, que nos obligan, sí o sí, a educarnos…