Memoria 86

Memoria 86

 

 

21.10.2024 Hoy me desperté a las 5.30, fui a orinar y a beber un vaso de agua, pues estaba sediento. De afuera venía bastante claridad y parecía que ya había amanecido. Volví a las cobijas y cuando los pies de mi mujer buscaron los míos me di cuenta de que no estaba dormida. Me puse de medio lado e intenté dormir, pero estaba espabilado. Me sentía sin fuerzas, anhelaba cerrar los ojos, descansar, y pensé en levantarme cuando ella lo hiciera. No dormí, a pesar de que todo estaba en silencio. Al rato, cuando ya debían ser las 6 pasadas, mi mujer, que no es afecta a la pereza ni menos hacer el vago bajo las cobijas, se levantó y como no volvió a la cama entendí que iba a hacer sus ejercicios cotidianos, de modo que tenía media hora, quizá 40 minutos para dormir. No pude. Me sentía desalentado, con la cabeza hueca. En una semana estaríamos viajando hacia Medellín, pero no sentí ninguna emoción y más bien me puse a pensar en las cosas que guardamos en la minibodega y al fin qué íbamos a hacer. Creo ser un hombre abierto a lo que venga y al cambio, y creo que sé adaptarme a las circunstancias, como lo he hecho desde que me separé de la otra mujer en 2003 o 2004, ya no sé. Lo que he sentido desde hará un año es incertidumbre. ¿Es miedo? Seguramente lo es. Mi mujer se ha tomado todo esto como una gran aventura en la que están los cambios que ha anhelado desde que era adolescente, como ir a vivir a Medellín, donde, lo principal, el clima, es mucho mejor que el de Bogotá, la gente tiene sentido de pertenencia, es cálida, hay buenas zonas verdes y sitios de calidad para vivir. Entonces, ¿a qué le temo? 

En un momento dado abrí el black out, el día estaba tan luminoso y me sentía tan desalentado que lo volví a bajar. Y me quedé. Ahí, boca arriba, mirando el techo, oía como mi mujer hacía cosas en la sala y en la cocina, recogía la loza lavada por mí la noche anterior. ¡Qué mujer si tiene energía, dios mío!, pensé, ¿por qué no viene y se mete en la cama? Lo que era un imposible. A la 7.05 abrió la puerta y tenía una cierta expresión de felicidad y una energía contagiosas y dijo: Tú ya habías abierto el black out. Le contesté: ¿Sí? No creo. Y volvió a preguntar y yo volví a evadir, hasta que vino y me dio un beso en los labios y dijo que desayunáramos, lo que me sorprendió, pues la noche anterior habíamos acordado que lo haríamos hacia las 9, y yo ya me había imaginado levantarme, preparar un café y sentarme en el sofá de la sala con el computador sobre las piernas, a esperar a que fueran las 9 para desayunar con ella. Mejor, pensé, así no se parte la mañana. Ella había puesto música barroca, lo que me gusta mucho. Pero no fue tan sencillo. Ella se había acostumbrado en el trabajo cosa que ocurrió pos pandemia a llevar la leche de almendras en un termo y el cereal con nueces en un frasco y a desayunar sobre las 9 am. ¿Vas a desayunar ahora? Le dije. Eran las 7.20. Yo ya había organizado la fruta, los cafés y mi poteca de agualeche con avena, chía y linaza molida. ¿Y el cereal o granola de ella? Sólo vi el frasco de vidrio sobre el mesón, vacío, y lo dejé ahí. Después de que comiéramos la fruta y ya estaba el café preparado, se levantó, midió la granola en el frasco y la cantidad de leche de almendras y lo puso en un bol. Comenzó a comer con desgano y cuando a la mitad dijo: Esto se ve mucho. ¿Parece sopa?, dije. Sí, me dio risa y a ella también. Te doy permiso de que uses tu frasco. Sé una mujer feliz, le dije, no te obligues a nada, de ahora en adelante no.

Si ella no estuviera aquí, hoy sería un día desastroso y no habría tenido fuerzas siquiera para escribir nada.

***

El sábado en la noche vimos un concierto del DJ Rüfüs du Sol, el de Mayan Warrior -Burning man, 2024. No lo había visto en mi vida, mi mujer tampoco, pero nos llamó la atención la música. Luego investigué un poco porque nos pareció no sólo espectacular el montaje, sino porque el concierto era en un desierto, el de Black Rock en Nevada. Lo que más me interesó fue que en el concierto nadie bailaba como tal. La gente, de pie, se movía al ritmo de una música electrónica que sonaba más o menos a lo mismo, durante todo el concierto y miraban embelesados y semi extáticos a los dos hombres que movían botones en una consola enorme. Los DJ estaban vestidos con camisetas corrientes y cachucha y gafas oscuras y por momentos se decían cosas entre ellos. La gente ya no baila, le dije a mi mujer. Ya no se forman parejas ni grupos ni despliega alegría festiva. Es como si la fiesta como tal hubiese transformado para siempre su sentido, como en las grandes discotecas modernas en las que se consumen grandes cantidades de inductores químicos. La gente se para ahí, no se desplaza ni grita ni se desenfrena ni derrocha alegría, sólo mueve el cuerpo quedamente y fija la vista en los dos hombres comunes mientras siguen la letra de canciones con mensajes de ‘si no quieres no lo hagas’, ‘¿qué es la estupidez humana?’, ‘la vida es simple’, ‘no te esfuerces’ y cosas por el estilo. Miles de personas, ¿cuántas, 100.000?, ¿300.000?, no lo sé, atrapadas por un sonido monotónico y con letras que invitan a una especie de contemplación, a la inactividad y al cese o cancelación del tiempo y de toda acción; en el fondo lo mismo que las fiestas tradicionales. Parecía una secta. Me llamó la atención el concepto del Burning man y, según supe después, lo que sucede durante 7 días antes del día del trabajo (¡!) en ese desierto: no hay propaganda ni patrocinadores, no venden comida ni artículos de ninguna clase y todos los montajes son efímeros y cada quien duerme y hace su vida en su carpa. Al final de esos 7 días la gente se lleva su carpa y su mugre o recoge lo dejado por alguien y el desierto debe quedar limpio. Esa parece ser una de las formas colectivas de cancelación del tiempo de trabajo, familia y producción más puras que tenga noticia. Durante siete días esas personas abandonan hogares y trabajos y se van a escuchar música, a hacer lo que les da gana, pero viviendo pacíficamente, en comunidad; allí no hay lugar para las disputas. Una comunidad solidaria, tranquila, en una ciudad construida cada año para ese evento en el que todo es quemado y luego el desierto debe quedar sin rastro del paso del ser humano en ese lugar. Típico de la cultura estadounidense…

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