Memoria 25

Memoria 25

 

 

15.10.19. Escribir. Consideraciones sobre el estilo, la autonomía y los sueños. En la madrugada, dando vueltas bajo el edredón, mientras buscaba contacto con las suavecitas piernas de mi mujer, buscando su mano, siempre estoy buscando contacto físico con ella, estuve pensando en la escritura. La cuestión de escribir; escritura y lenguaje; mi escritura; pensaba en esas cosas. Y en el estilo. ¿Cuándo comencé a forjarme un estilo? No lo recuerdo. Supongo que, desde la preadolescencia, tiene poca importancia. Los entrevistadores y los críticos flojos dan poca importancia al estilo y demasiada a cuándo es que uno empieza a escribir. En el depósito del apartamento hay dos o tres buenas cajas llenas de manuscritos de lo que he escrito e impreso por mi cuenta. Lo que está ahí, que puede ser visto y tocado, es lo que cuenta. Además, desde que remplacé la Underwood modelo 1973 por un computador en 1997, tengo incontables archivos, incluso en discos de 3 ½, minicd cd, cds, memorias USB, etcétera. ¿De qué ha servido todo eso? Mucho se habrá perdido para siempre. Lo que realmente importa, más allá de si sirven tales archivos (en sentido artístico y utilitario), es cómo la práctica constante de la escritura ha obrado en el desarrollo de mi estilo. Es una cuestión compleja. Antes que hablar de ‘escritura creativa’, el caballito de batalla en la universidad donde trabajo y de otras facultades, nada suena mejor y nada es más acorde con estos tiempos de modas y palabras rimbombantes, de fácil aceptación entre el vulgo, como se decía antiguamente para hablar de la gente con poca educación o sin ella. Antes que hablar de escritura ‘creativa’, deberíamos hablar de escritura autónoma. ‘Crear’ es un concepto contaminado por la ‘creencia en algo’. Como que ese dios cristiano ‘creó el mundo a partir de la nada’, lo cual, como se sabe, es imposible. Como que un poema sale de la inspiración del poeta iluminado. Un cuento, una novela, de un narrador ‘genial’. Nada contamina y nada distorsiona más más y más que el lenguaje religioso. Parafraseando a Wittgenstein, el verdadero problema de la filosofía y del lenguaje es el significado de las palabras. Sin embargo, decir escritura autónoma implica un concepto más sofisticado e intelectual que decir ‘escritura creativa’. Nadie va a cambiar este concepto, pues lo ‘creativo’ sirve para todo, hace sentir a los seres comunes, ordinarios y sin ideas, burdos y pequeños, como dioses del Olimpo. 

El concepto de escritura autónoma es más interesante. Lo limito a cuánta autonomía tiene un escritor para narrar una historia original. Más del 90% (el 99% de pureza en la autonomía, sólo Kafka), digamos, es posible en autores de primera línea. ¿Cuánta autonomía tuve yo para escribir, digamos, esas tres cajas llenas de manuscritos que nunca serán publicados? Poca. Mejor dicho, muy poca. Digamos, ¿un 30%? ¿Por qué? ¿No estaba tratando durante todos esos días y noches de ser ‘creativo’? Sí, me sentaba con la mejor voluntad del mundo a escribir esas novelas, cuentos y poemas de pacotilla. Creí que creaba algo. La curiosa verdad es que, en mi pequeña cabecita rondaban, de arriba abajo, de derecha a izquierda, los autores clásicos que admiraba. He admirado y me han deslumbrado en épocas diversas J. R. Jiménez, R. Tagore, Hamsun, James, Chéjov, Cortázar, Onetti, H. Böll, Rulfo, Faulkner, Kawabata, Vargas Llosa, Carpentier, Coetzee, Dostoievski, Kafka, etcétera, etcétera y etcétera. Y cuando me he sentado a escribir, siempre algo de ellos me ha rondado. Sobre todo, lo que es terrible, el lenguaje, la estética y el estilo. En mis clases de la universidad enseño que un escritor sin estilo no es nadie, y si escribe best sellers, es un simple imitador. El conde Buffon afirmaba que el estilo es el hombre. Flaubert hizo que sus obras fueran un ejemplo del dominio del estilo. Bouvard et Pécuchet es una demostración de cómo una obra literaria puede sostenerse por la potencia del estilo. El estilo está en función del tono y del ritmo narrativo; es decir, del modo como el escritor usa las palabras. ¿Cuáles palabras? Las de su idioma natal, las que oyó mientras chupeteaba la teta de su madre y su madre le cantaba, le susurraba y le hacía mimos. Las primeras que balbuceó cuando empezaba a soltar la lengua. En esas palabras, en el modo como está construida cada frase y cada oración, cada párrafo narrativo o argumentativo, cada capítulo de la historia individual, está el tono y el ritmo de un escritor. Esto es único e irrepetible. El problema radica, para el escritor, en recuperar ese tono y ese ritmo, apropiárselo, hacerlo suyo, transformarlo en lenguaje propio. Hay escritores (¡qué envidia!) que lo encuentran de inmediato, sin la menor dificultad (Rimbaud, Faulkner, Dostoievski, Defoe, Tolstoi). Otros que demoran un poco (Conrad, Güimaraes Rosa, Kafka). Otros un poco más (Saramago, P. White). Los demás nos demoramos mucho, pues hemos transitado por caminos distintos a los de la literatura o hemos carecido del talento, la inteligencia y de la sensibilidad suficientes. 

Importa que he llegado a un buen nivel de autonomía en la escritura, eso me alegra mucho. Me he sacado de la cabeza el sonsonete de mis maestros. Durante los años en que escribí enamorado de los maestros obtuve poco reconocimiento. Pero entonces no sabía de qué se trataba la escritura. No más allá que inventar cuentos y novelas con ‘temas originales’ y ‘trascendentes’. Por otra parte, esa práctica de escribir con la cabecita llena de fórmulas de otros, ¿qué le hizo a mi literatura? Muchas veces he pensado que lo mejor habría sido educarme en una carrera que me hubiera llevado profesionalmente, a estas alturas, a un nivel directivo-comercial. Tener buenos ahorros, trabajar para otros y sentarme a esperar por una pensión y luego convertirme en un patriarca. Es decir, haber estudiado una carrera como medicina que me hubiera convertido en un obrerito útil a la sociedad. El profesional exitoso, decente, que paga impuestos y forma una familia típica a la que hay que darle palmaditas en la espalda. ¡Guák! El problema es que en mi niñez descubrí a Homero, no tenía un padre que le hiciera contrapeso y las cosas cambiaron en mí para siempre. Desde ese momento ya no podía ser el abogado ni el médico que pensé iba a ser en mi adolescencia, siguiendo los pasos de mi padre ausente o de mi ideal profesional. Quizá no fue simplemente Homero ni aquella ausencia de un padre. Ya había dentro de mí esa semillita que me hacía ver el mundo y mi entorno de un modo particular, con una sensibilidad enfermiza, en la que eran importantes las palabras. Desde la primaria, me fascinaron las palabras entonces extrañas. Saurópsido, sátrapa, atorrante, badulaque, ramonear y otras muchas (sabía sus significados, pero sonaban a insulto porque a quienes se las decía desconocían tales palabras) que usé contra los que me matoneaban. Me negué al amplio repertorio de palabras impropias y soeces que circulaba en la escuela, palabras que todo el mundo utilizaba. La semilla maleada venía conmigo. O se plantó en un momento dado durante el embarazo de mi madre. Eso quiere decir que, por mucho que me hubiera convertido en abogado o médico, estaba el germen del deseo de usar las palabras a mi modo. No sé qué ocurrió en los años en que no encontré mi estilo, por decirlo así. ¿Lo estaba buscando? Quizá se atravesaron muchos libros diversos y muchas formas de leer. Quizá no valoré de manera correcta lo que leía. Quizá estaba buscando otra cosa.

¿Qué le ha hecho a mi estilo la práctica constante de escritura? Me ha liberado de infinidad de culpas y traumas que se habían fijado en mí desde la infancia. ¿Me ha liberado? Creo que sí, en cierto sentido, ha sido bastante efectiva la catarsis. No me ha importado que mis escritos sean reconocidos o no. Muchas veces he sentido alivio cuando, al cabo de unos meses, retomo una novela o un cuento que creía ‘perfecto’ y he enviado a un concurso y no ha ganado. Y encuentro que ese trabajo es pésimo. Alivio, alivio, un gran alivio de no haber sido publicado, de yo no haber quedado en ridículo. Tengo un alto sentido de la vergüenza. Publicar un cuento o una novela es mostrarse a sí mismo. Dame lo que escribes y te diré quién eres, es mi lema. Mi policía interior me prohíbe rotundamente mostrarme como alguien mediocre. Ha importado cómo, con cada nuevo autor (siempre estoy a la caza de libros nuevos) confirmo, niego o alimento mi visión de mundo y de escritura. Ello me devuelve al centro de lo que pienso. 

La escritura autónoma, como ahora la llamo, no es simplemente arte. Es también puro ejercicio profesional practicado con el más amplio sentido moral. Es moral porque la autoridad narrativa se ejerce sin dejarse influenciar por nadie. Lo mismo que un ingeniero cuando en su laboratorio, mientras se ducha o cuando conversa con un colega, encuentra una solución propia, inédita, independiente, a un cálculo o a un problema complejo. Pero eso no lo convierte en artista. ¿Por qué? Porque su intencionalidad no es elaborar una ‘obra de arte’ sino solucionar mediante la asociación de ideas preconcebidas e imaginaciones un problema de orden fáctico. La cultura popular dice que Kekulé en 1865, al no poder comprender la estructura de la fórmula del benceno, soñó su conformación ‒la distribución alternada de los átomos de carbono formando un anillo. Eso no lo convierte en artista, claro está, lo convierte en un científico obsesionado con un problema. Por mi parte, jamás he soñado con fórmulas de escritura, sino con relatos largos que me encantaría escribir porque me parecen fabulosos y llenos de ingenio. Muchos, al despertar, se los he narrado a mi mujer, pues me parecen maravillosos, incluso a ella le gustan. A veces me pregunta, cuando cree ver ciertos simbolismos evidentes y para ponerle cacumen a la cosa: “¿Y qué diría Freud?” A veces me dejo llevar por el cientificismo de Sigi. 

La experiencia me ha enseñado que, al escribir los sueños, casi siempre resultan idiotas.

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