Memoria 140

Memoria 140

 

 

04.05.2027 Cotidiano. Esta mañana, mientras organizábamos el desayuno, me quedé por unos segundos mirando a mi mujer mientras ella sostenía la sartén de hierro, ya un poco fría, y barría los residuos con la brochita del café. Tres o cuatro veces por semana mi mujer prepara, en esa sartén que compré especialmente para ella, pues decidimos deshacernos de las sartenes de teflón y ahora usamos de hierro (salvo la sartén de las crepes), la granola de su desayuno. Por lo general, ella y yo comemos diferente, muy diferente: ella es vegetariana y yo omnívoro, y aunque esporádicamente consumo carne roja, ya no forma parte de mi dieta regular, y coincidimos en los vegetales, cereales y algunos carbohidratos, aunque a ella no la seducen tanto. En fin, como yo soy el encargado de la cocina, y a ella no la atraen demasiado las ollas, yo lo disfruto. Es parte esencial de nuestra relación, pues cada vez que preparo algo, lo hago pensando en que debe quedar sabroso y bien presentado, pues son maneras de expresar lo que siento por ella. 

El punto es que eso de limpiar la sartén, esa sartén con la brochita del café, es algo que hago yo, ella no, y es algo a lo que llegué después de intentar limpiar la sartén con una servilleta, que acababa dejando desagradables pelusas de papel en el fondo. Y, en sentido contrario, ¿cuántas y qué cosas hago yo mecánicamente en el día a día de la misma manera que ella? No lo sé. Lo que sí sé es que ella y yo somos muy diferentes, y no sólo con el tema de la comida que, en vez de separarnos nos une. Del 100% de las veces que vamos a un restaurante, el 90% de las veces ella sale insatisfecha, así ella haya escogido el sitio, pero ambos coincidimos cuando deseamos beber un café fuera de casa. Ella prefiere ir a pie antes que en carro, y se siente enjaulada cuando sólo por un día no sale de la casa y va al menos a la caminadora del gimnasio por una 1 h. Yo no, no me considero un tipo ‘activo’, para nada. Yo hago un esfuerzo para no anquilosarme por estar sentado aquí durante horas y horas, y lo máximo que hacía, antes del incidente de la piscina, a la que no sé cuándo regresaré, era 30 minutos de natación, tiempo que reduzco a 15 minutos entre semana de lo que llaman gimnasia pasiva, por hacer algo, y bueno, me le mido a hacer largas caminatas con mi mujer, a donde ella quiera. Pero también somos diferentes en cuanto, por ejemplo, al uso del teléfono celular. Yo lo detesto, y es regla que no recibo llamadas antes de las tres de la tarde, es raro que llame a alguien, cada ocho días hablo con mi hijo que vive en NZ y cada 15 o cada tres semanas hablo con mi hermana que vive en EU. Este año sólo he hablado con mi amiga de Londres una sola vez, y fue con el propósito de contarle a ella y a su marido que estamos editando el libro que tradujeron para mí, y bueno, nos contamos un par de cosas. Mi mujer hace uso extensivo del teléfono todo el día y parte de la noche. Su estudio es muy distinto del mío, aunque las habitaciones son básicamente idénticas. En fin, hacemos las cosas de manera diferente, muy diferente. Ella hace cosas que yo jamás haría, y viceversa. Tenemos lógicas tan distintas que diríase opuestas. Aunque en el fondo, no lo son tanto. 

Y sin embargo, la veo esta mañana haciendo lo mismo que yo hago, de manera mecánica, y de mirar hacerlo, me lleno de ternura hacia ella. La vi ahí parada y sentí que ella era frágil. Había llovido en la madrugada, pero el domingo había sido particularmente caluroso, con temperaturas de 32 grados, y el sol alcanzó a llegar hasta la cocina, tanto que a las 5 ½ casi me escondía mientras cocinaba el almuerzo-comida, bebía una coronita fría y evitaba poner los alimentos del lado del mesón que alcanzaba el sol. Esta mañana ella tenía una camiseta vaporosa blanca y un chicle negro ajustado que la hacía ver muy linda, y encima un saquito peludo de lana azul oscuro. Se había recogido el pelo como todas las mañanas, y acababa de tostar los cereales y semillas de su granola.

Cuando ella esporádicamente va a Bogotá por algún asunto familiar y me quedo solo por unos días, no preparo nada especial, como en restaurante o hago una gran olla de arroz con pollo para la semana y ya está. Desde que la conocí, he modificado muchos de mis hábitos, aunque he profundizado otros, y he adquirido los suyos. Hace poco más de una semana, tuvimos una desavenencia y cancelamos un pequeño viaje a Guatapé, que iba a durar dos días. Ese día no cociné para ella, aunque lo habría hecho si ella lo hubiera querido. Mientras iba a pie al restaurante, pensé mucho en ella, en que es mi mujer, la mujer que yo elegí y con quien vivo porque quiero, y que así hayamos discutido un poco, lo esencial está ahí y nos une de una manera profunda, más de lo que ella y yo sospechamos o imaginamos. Desde que comencé a vivir con ella, no me he imaginado vivir con alguien diferente. Que ella haga algo de manera mecánica, ¿significa tal grado de compenetración y me llena de ternura por eso que nos hace inseparables? ¿Cuánto más nos imitamos uno al otro, hasta que grado nos hemos integrado?

A veces este tipo de preguntas pueden ser inquietantes, otras, son una consecuencia lógica del día a día que resuelve de manera tranquila, amorosa, y fluye de manera natural.

Y sin embargo. Sin embargo, por su natural sentido de resistencia a hacer lo que un hombre le dice que haga, mi mujer no toma en cuenta los consejos prácticos que le doy y más bien me reta. Por ejemplo, ahora que tiene gripa, la encontré en la cocina preparando un mejunje de mandarina, limón, miel y jengibre. Te sugiero, le dije, que no calientes demasiado el jugo de mandarina, pues la vitamina C de esas tres cositas que tienes ahí se empieza a degradar a los 30 °C, y si la dejas hervir, pues… Pues yo tengo mi propia manera de hacer las cosas, ¿sabes?, dijo. Me quedé mirándola. Su respuesta, agresiva, más bien me dio risa, aunque no la expresé abiertamente. ¿No te ibas a preparar un café?, dijo. Tampoco dije nada, la vi de reojo apagar el fogón y echarle al agua caliente el jugo de limón y mandarina y jengibre que iba a hervir. 

Mientras estaba en el balcón bebiendo mi cafecito, se acercó por detrás, de buen humor, y dijo, me quedó buenísimo.

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