Memoria 141

Memoria 141

 

 

19.05.2026 Sobre migrar. Ayer mi mujer y yo caminamos hasta Otraparte donde nos tomamos entre ella y yo 3 tres cervezas. Yo pedí además una canasta de empanaditas de iglesia, que contiene 10 unidades y ají casero. Estuvimos charlando un rato sobre la necesidad de tener un pensamiento independiente y ese tipo de cosas. Estuvimos allí algo más de una hora, luego pagamos y nos fuimos. A mitad de camino, recordé que había dejado la cachucha en uno de esos ganchos que ponen bajo las tablas de las mesas para que las señoras cuelguen su bolso al resguardo de los ladrones, y nos devolvimos bajo un sol más o menos intenso (la temperatura había bajado un poco) de las 4 de la tarde, pero debo confesar que habría preferido no devolverme, me sentía cansado y ya no quería caminar más. Mi mujer que me conoce bastante bien dijo, nos devolvemos en taxi, no te preocupes.

Ya de regreso en casa, descansé un poco leyendo unas páginas del libro de Sadin y faltando 20 para las 5 me puse a organizar el almuerzo: quiche de espinaca para mi mujer, costillas de cerdo teriyaki casero para mí, que acompañaría no sé con qué. Me puse a trabajar mientras mi mujer, como acordamos, haría una siesta. La verdad, con cierto tipo de platos, prefiero trabajar solo, que ella no se meta ni opine, en eso soy muy egoísta. Preparé primero el relleno y lo dejé reposar en la nevera y puse a calentar el horno. Me afané de que no alcanzara a preparar bien la masa base, pues ya eran las 5.25 y habíamos quedado de almorzar a las 6. El horneado debía ser de unos 30-35 min, estaba sobre el tiempo, y no había hecho nada más. Metí a cocinar la quiche a las 5.33 y lavé los trastos, como siempre. 

Entonces me empecé a sentir mal. Me dolía la boca del estómago, sudaba y sentí deseos de vomitar, pero no soy un vomitón, muy pocas veces en la vida lo he hecho, no creo que hubieran sido más 4 o 5 veces, no recuerdo. Bebí un vaso grande de agua fría y seguí trabajando, pero me sentía pésimo. Faltando 10 para las 6 llegó mi mujer, y me preguntó, ¿cuánto falta? Doce minutos, dije, aunque la quiche sale en 5 y hay que dejarla reposar unos 7 minutos. Pero yo no tenía deseos de comer, casi tenía arcadas, pero no dije nada. Casi siempre, cuando como algo que me cae mal –le eché la culpa a las empanaditas de iglesia–, lo mejor es comer algo de buena calidad, y listo. Eso creí. Sólo me serví 1/3 de la porción y ½ papa dorada, y me obligué a comer. 

Sorprendida por mi plato tan magro (esas costillas son mis favoritas), me miró y le dije que las empanaditas me habían sentado mal. La quiche te quedó muy rica, ¿no quieres probar? No, gracias, dije. Y comenzamos a echarle pestes a las empanaditas. Me preparó una jarrita de hinojo fresco en tisana, que lo bebí poco a poco mientras veía una esas estúpidas series de tv mientras ella estaba en su estudio. Ya al rato me sentí mejor y pude ir a darle una dentellada a una de esas costillitas, que son infalibles.

Abrí los ojos esta mañana antes de la 7, aunque me había despertado un par de veces, y me puse a pensar en lo de anoche. No me sentaron mal las empanaditas, las he comido varias veces, sin problema, simplemente me estresé porque tenía demasiado trabajo encima y el tiempo corría, como si tuviera a una clienta en un restaurante de lujo esperando. Manía de perfeccionista.

***

¿Por qué me estresé de esa manera al punto de sentirme mal físicamente? No sé por qué, pensé en el concepto de migrar y en el desarraigo. Es probable que lo del desarraigo me haya venido estos días que ha habido temperaturas altas –hasta 32 °C–, mi mujer y yo sudemos como nunca, y bebamos y bebamos vasos de agua. Ayer, literalmente, la reata del delantal de cocina que colgaba de mi nuca, estaba empapada, y cuando me pasé un grueso papel de cocina por el cuello salió muy mojado, escurría agua de debajo del pelo de la nuca como de uno de esos líquenes del bosque lleno de agua. Y lo que se viene con el tan anunciado super fenómeno del niño, que, para peor, ya no llegará en septiembre, sino a finales de mayo, dicen. 

No sé si al migrar del altiplano boyacense –de Bogotá a 2.600 m de altura– a esta ciudad a unos 1.550 m, no sólo con temperaturas más altas sino con una cultura completamente distinta, pero profundamente colombiana, mi mujer y yo hayamos medido todas las consecuencias. Me apresuro a decir que ni ella ni yo estamos arrepentidos, ni mucho menos, sino que esos cambios que implican migrar obviamente entrañan el desarraigo, e incluso cambios fisiológicos. No sé tampoco si estaba ‘arraigado’ en Bogotá, en donde nací, me eduqué, trabajé y compartí con los amigos de la época y algunas de mis hermanas; ciudad que creía conocer muy bien en las 4 direcciones, pero con todas las transformaciones y el súper crecimiento de finales del siglo pasado y de lo que va de este siglo, ya no puedo afirmar que la conozca. Una cosa era la Bogotá de las décadas de 1980-2000, con algo más de 4 – 6.5 millones de hab., y otra cosa en 2024, cuando mi mujer y yo decidimos venirnos a vivir aquí; creo que ahora ronda los 12 millones, es decir, el tamaño de la ciudad de hace 40 años se multiplicó por dos, y se multiplicó por 5 la inseguridad, los atracos, la suciedad, el desorden y la ausencia de cultura ciudadana, en fin.

Hasta ahora, mi mujer y yo estamos conociendo Medellín, y nos gusta muchísimo. Ella se desenvuelve en la ciudad mucho mejor que yo. Sale casi todos los días, hace cosas, va al gimnasio y a pilates, se ve con amigas, va a conciertos y vive la vida cultural de la ciudad, mientras yo prefiero estar aquí sentado en lo mío –aunque procuro ir a la piscina cada vez que puedo, mejor los días entre semana–, y no es que me sienta arraigado ni desarraigado, pues mientras pueda trabajar en mis libros, leer y estar tranquilo, lo puramente ambiental me resbala, como se dice. Por eso me encanta cocinar, mantener la casa como tacita de plata (mi mujer, claro, hace lo suyo) e ir a mi ritmo. ¿Y mi mujer? La semana pasada dijo: lo único que me hace falta de Bogotá es la familia, lo demás no. Por mi parte, yo no extraño nada de Bogotá. Quizá solamente ir a almorzar esporádicamente con Juan Orozco, amigo desde mis tiempos de estudiante universitario o una vez al semestre con mi sobrino David Rubio o con Camilo Castillo, excompañero de trabajo en la U. 

Pensé en mi familia: mi abuelo materno, migró de Támesis, Antioquia, a Neira, Caldas, y allá conoció a su esposa, mi abuela que, según mi madre, era española, pero lo dudo. Mi padre migró de El Líbano, Tolima, a Caldas. Él y mi madre, tras ir de un pueblo a otro, migraron a Bogotá en donde arraigaron y fundaron una familia numerosa, 9 hijos. Tras el fallecimiento de mi padre, casi veinte años después mi madre migró a Facatativá y luego regresó a Bogotá. Myrian (¿se escribe así?), o Miryam o Mirian o Miriam, mi hermana mayor, migró con su marido a Manizales cuando tenía 2 hijos pequeños, allá arraigó y tuvieron 2 hijos más, de los cuales la mayor vive en Suiza y la menor en Canadá, los dos hijos, mayor y menor, ahora viven en Manizales, aunque se educaron en Bogotá; hace más de 20 años no la veo. Yenny, la segunda hermana mayor, migró del sur al norte de la ciudad, y allá vive con su marido; tuvo 2 hijas. El arraigo de ella, sin embargo, lo constituye el Centro de la ciudad y Chapinero, sitios que visita con regularidad; sus dos hijas pronto migraron: una intentó arraigar en España, pero al cabo de unos años volvió a Bogotá; su hermana arraigó en Alemania, allí se casó y formó un hogar, aunque no tiene hijos. Ilse, la tercera hermana, migró de Bogotá a Facatativá con su marido y 3 hijos; luego compraron un finca en Mesitas del Colegio, en donde vivieron unos 2 años o algo así, luego regresaron a Facatativá. Al separarse de su marido, migró a Apulo, en donde vivió algo así como 10 años (seguro me equivoco), de allí uno de sus hijos la convenció de ir a Santa Rosa de Cabal, en Risaralda, y de allí, fue a vivir a Pereira, en donde ahora vive confinada en un hogar para personas mayores que sufren problemas de memoria inmediata. Mi hermano Libardo, a los 17 o 19 años migró a Manizales a donde mi hermana mayor, luego de algunos años se distanciaron y él se fue a vivir La Dorada, Caldas, en donde intentó arraigar y formar familia, pero acabó migrando a Ibagué, desde 2011, no he tenido noticias consistentes sobre él ni de su hija; de su hijo mayor sólo sé que no vive en Ibagué. Stella, la quinta hermana, a los pocos años de casarse y formar familia, migró a Facatativá, y allá vive. Su hijo mayor migró a los EU con su mujer e hijo; ella y el niño de devolvieron al cabo de unos 2 o 3 años, y él se quedó con otra mujer. La sexta hermana, Amparo, migró a los EU hace más de 20 años casada con un gringo y allá formó un hogar, arraigó a su manera, aunque ella dice que se devolvería a Colombia si su marido fallece antes que ella. La séptima hermana, Cristina, migró del sur de la ciudad, al noroccidente, formó una familia, tuvo 3 hijos, la menor migró a Australia, y allá está, desde hará unos 3 años, creo. Yo, bueno, ya se sabe, mi hijo migró a Nueva Zelanda en 2020 y allá se casó con una kiwi y arraigó. Mi hermana menor, Gladys, migró primero, arrastrada por las circunstancias, a Facatativá con mi madre, en donde vivieron algo más de 15 años, luego regresaron a Bogotá. Tras fallecer mi madre en Bogotá, mi hermana menor por fin pudo tener un compañero y formar su propio hogar en el norte de la ciudad. 

De mi mujer, hija de inmigrantes (padre español, madre suiza), sólo digo que finalizó sus años universitarios en París, pero luego regresó e intentó formar una familia; uno de sus hijos vive en España y el otro en Londres. La mayor parte de sus sobrinos ha migrado fuera del país.

Lo que queda claro de todo esto es que no es lo mismo migrar que arraigar. Arraigar es echar raíces y apropiarse de las claves de la nueva cultura a la que se llega, poder trabajar, relacionarse con los lugareños, tener amigos y conocidos, y aprender a gustar de las costumbres cotidianas: modos de uso en las casas y del mobiliario urbano, modo de comportarse frente a situaciones, conocer y aceptar de manera natural la distribución urbana y sus reglas, el carácter del lugareño, su lenguaje coloquial y el lenguaje profesional o de negocios, gustar de la comida local y sentirse cómodo incluso con lo que el pueblo, ciudad y país no ofrecen y uno había estado habituado.

Curiosamente, para migrar también hay un edad: mientras más joven se es, hay mayor capacidad de conocimiento, aceptación y adopción de lo distinto, aunque la cosa cambia de modo radical si quien migra no sólo es joven (menor de 35) si ha tenido un aprendizaje previo de la ciudad, del idioma y de la cultura a las que se quiere insertar, pues entra ganando, pues hay un gran terreno recorrido. Es probable entonces que no lo vean como a un inmigrante, ni que se sienta como un inmigrante, aunque, quiéralo o no, siempre lo será.

Cuando no se domina el lenguaje al uso, coloquial y profesional de una cultura que no se conoce, el choque es mayor y quizá más traumático. No hay que perder de vista que la lengua que uno habla, y parece ser tan fácil de usar para la comunicación cotidiana (que mil veces más difícil que la comunicación profesional), está llena de signos, significados, giros y sobreentendidos que no necesariamente tienen lugar en otro idioma, eso para no hablar de la pronunciación y el lenguaje no verbal, que es complejo. Hace muchos años, durante mi primer viaje a París creyendo que mi francés era suficiente para comunicarme más o menos bien con cualquier franchute, me sentí humillado porque el parisino simplemente no tolera que los recién venidos no tengan acento parisino y simplemente no responden o usan el inglés, un inglés que no es londinense ni neoyorkino, y sí es más bien nefasto.

Por mi parte –cuando lo consideramos con mi mujer hace algo más de 2 años, antes de decidirnos por Medellín–, creo que habría costado muchísimo trabajo adaptarme a la cultura y a la sociedad suiza o española. Mi hijo, que vive en NZ, se ha adaptado de un modo impresionante. Su inglés, cuando llegó a allá, distaba mucho de ser excelente, de hecho, la disculpa para migrar era perfeccionar el idioma en una universidad de allá. Supongo que sus ventajas competitivas hicieron lo suyo: inteligencia, perseverancia y capacidad de enfocarse en algo y sacarlo adelante como sea, capacidad de adaptación y facilidad de expresión oral, excelente oído y capacidad para hacer prospectiva, independencia de criterio y fortaleza ante las adversidades. De no tener estas ventajas, habría fracasado y estaría en Bogotá, o quién sabe si en Medellín, difícil saberlo. No quiero imaginarlo.

También supongo que mi demonio perfeccionista, aquel que me aguijonea con su trincho para que yo cumpla con mis cometidos, hace que se me revuelva el estómago ante la idea de fracasar, y en el caso de haber migrado a Europa, me habría impelido a adaptarme, a arraigar teniendo como reto el conocimiento cada más profundo de la cultura local. Lo que no sé, es cómo me sentiría emocionalmente, pero creo que me habría costado muchísimo adaptarme, no lo sé. Mi mujer y yo hicimos lo correcto al venir aquí, hoy ya no veo, ni de lejos, viviendo en España o Suiza, esto es lo mío, aquí me siento muy cómodo, y sé que mi mujer es feliz, y no es sólo por el clima, sino por la ciudad en sí, su cultura y la gente, que tiene otra mentalidad. El estilo pensamiento andinocentrista es, viéndolo desde aquí, demasiado provinciano. 

Lo que también es imposible de poner en perspectiva, es qué habría pasado con mi literatura si hubiese migrado…

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