Memoria 139
El escritor como intelectual. Rubén Darío (1867-1916) tiene el mérito de no sólo de ser un gran poeta (pocas producciones suyas me gustan, pero eso no tiene ninguna importancia), sino de ser el primer escritor que puso a Centroamérica, y por extensión a América latina, en el escenario literario e intelectual europeo. Quizá Andrés Bello (1781-1865), su obra filológica y su Código de derecho civil de Chile, y José Martí (1853-1895) –más conocido como político en España y Estados Unidos que como escritor–, tuvieron alcances continentales y fueron dignos precursores, pero nunca nadie antes había logrado que los europeos miraran hacia acá en busca de talentos semejantes a Darío, lo que no sólo ayudó a quitar el estigma (todavía, quizá más que nunca, lo tienen) de éstas ser naciones fracasadas, atrasadas, incapaces de pensar por sí mismas y de pensarse como grandes naciones, y vieron que aquí se estaban gestando, más allá de los procesos sociopolíticos y militares, cambios culturales a los cuales había que prestar tal atención que podría infundir respeto intelectual. Naturalmente, antes que Darío, hubo otros intelectuales latinoamericanos a los que mirar con respeto desde el Río Grande hasta el río de La Plata, pero su voz (otra excepción J. Vasconcelos, 1882-1959) no alcanzó los decibeles de la de Darío. Con Darío, todo el siglo xx estuvo marcado por incesantes producciones literarias latinoamericanas de primera fila que se equiparaban y hasta superaban las de los europeos. España y otros países nunca, creo que lo dije en otra Memoria, podrán pagar la deuda literaria con que los escritores del Boom rescataron su estancada y anquilosada literatura. Porque fueron estos escritores los que revitalizaron a Europa, le dieron un nuevo aire, nuevas formas de abordar lo distinto y lo que emergía de aquí, de Latinoamérica, tras 400 años largos de experimentación colonial.
Los escritores latinoamericanos –que además de español hablaban los idiomas de los europeos y eran versados en su cultura–, no sólo eran escritores de ficción, poetas, ensayistas impetuosos, vitales, sino que tenían posturas políticas contestarias frente a Latinoamérica (como todos los escritores del Boom latinoamericano), y frente a Europa. Posturas que iban más allá de lo político, para adentrarse en la esencia del legado étnico y sociocultural europeo en Latinoamérica. No sólo la poesía, la narrativa y el ensayo cuestionaban todo con una fuerza inusitada, sino que aquellos intelectuales hablaban duro desde los micrófonos en donde estuvieran y sentaban una posición intelectual ante lo que sucedía, y dejaba de suceder.
Es probable que Ángel Rama (1926 – 1983), Alfonso Reyes (“El Regiomontano universal”, 1889 – 1959) y Octavio Paz (1914 – 1998) hayan sido los intelectuales latinoamericanos lo bastante lúcidos e influyentes como para ser los últimos en pensar con la necesaria, suficiente y autorizada independencia de criterio, pues García Máquez (1927-2014) coqueteaba con Fidel Castro y Carlos Fuentes con la izquierda en general. Infortunadamente Vargas Llosa (1936-2025), tras el fracaso de sus aspiraciones presidenciales en Perú (década de 1980), dejó de ser el intelectual serio que era, para ser uno más que dice cosas en docenas de periódicos, revistas, radio y tv, el hombre que se dedicaba a hacer comentarios predecibles, repetitivos, cómodos y blanditos (toda su combatividad de los años 60 – 80 simplemente se fue al diablo). Muchas veces lo pensé: mejor habría sido que se hubiera quedado callado, que reflexionara de verdad, publicara menos tonterías y dejase de lado su arrogancia. Habría dado en el clavo de lo que estaba y está pasando, estoy seguro de ello. En sus buenos tiempos fue toda una lumbrera.
Todavía quedan algunos escritores que hacen puente entre el final del Boom (década de 1980 y la primera y segunda décadas del siglo xxi) que actúan como narradores, poetas y ensayistas, pero que no tienen suficiente autoridad intelectual; parece ser que al carecer de una oportunidad histórica superlativa (son incapaces de ver lo que ahora mismo está pasando) para elevar su voz. Pero, ¿cuál voz? ¿Por una nueva Latinoamérica? ¿Es que los tiempos han cambiado tanto que los verdaderos intelectuales han desaparecido, o mejor, se dejaron absorber por el marketing y la publicidad como le pasó a Mario? Digo oportunidad histórica porque el problema político, social y cultural en la Latinoamérica de aquella época, estaba servido en bandeja de plata: la Revolución cubana y el imperialismo gringo, que, entre otras cosas ha estado ahí desde el siglo xix hasta hoy, eso no ha cambiado en absoluto. Ha mutado.
Esto último parece decirnos que los intelectuales de hoy, como no tienen un asunto de semejante naturaleza (la Revolución cubana), son tan flojos. Es una falacia que hoy no exista en Latinoamérica un problema sociopolítico de envergadura para que los ‘intelectuales’ se deleiten escribiendo libros, artículos y dando encendidas conferencias. Lo tenemos ante nuestros ojos, nos domina, pero no queremos verlo.
Tengo la imagen de hace unos 20 años de uno de nuestros ‘intelectuales’ –por entonces visible en Colombia, hoy llegado a menos–, conferencista profesional de cuando yo trabajaba en una universidad y fue invitado a hablar con motivo de la posesión de un nuevo rector. Fue lamentable verlo y oír su discurso basado en el ‘deber ser’ y, claro, en cómo él había creado una novela que acababa de publicar (no era el propósito). Lo mejor: la cifra que cobró por aquellos 45 minutos bien medidos. No digo que no tenga derecho a un buen emolumento. Digo que no tiene derecho a la autopropaganda en un escenario de esa índole. Pero bueno, es uno de esos intelectuales –novelista, poeta, ensayista, conferencista, candidato político fallido, etcétera– que tenemos. ¿Y los demás? Nay mucho más; éste y los otros son paturritos literarios. Pero existe un puñado de mujeres y de hombres que se dicen intelectuales, lo malo es que son cajas de resonancia de los pensadores del primer mundo, nada más. Colombia es tierra de poetas poco disciplinados en su producción, por cierto, y de muchos novelistas que se creen grandes y luchan denodadamente por tener sus libros en las vitrinas de las librerías y en las góndolas de los supermercados. A veces, uno u otro publica con cierta regularidad en los periódicos de mayor circulación, pero la cosa no pasa de ahí. Son griticos tibios de prosa prosaica, escritores de rosca en busca de algún premio o puesto que les dé visibilidad; en fin, lo de siempre, lo mismo. La pobreza de siempre.