Memoria 138

Memoria 138

 

 

23.04.2026 ‘Conocer al otro’. Tropezar con la misma piedra. Es sumamente particular que uno se relacione con una persona con cierta regularidad durante, pongamos, más de 10 o 20 años, crea que la conoce, y de pronto ver que no es tan así. Esto es frecuente en el caso, por ejemplo, de los ‘amigos’, tema al que le dedicado bastantes líneas desde que dejamos de ser amigos Oscar Arcos y yo; a veces me sigue rondando el por qué. Por mi parte, es particularmente extraño, primero, que él creyera que yo lo había ofendido a propósito, cuando eso conscientemente jamás tuvo lugar, pues durante más de 30 años de ‘conocernos’ creí que me conocía lo suficiente como para saber que yo jamás lo haría. Y viceversa. Primero, porque creí que lo ‘conocía’ lo suficiente, después de tantos años, como para imaginar o querer ofenderlo de alguna manera, y segundo, porque nunca esperé de él una reacción tan violenta al suponer en mí dobles intenciones, al punto que me dejó atónito. Y, por otro lado, lo que es sorprendente, es que yo tampoco lo ‘conocía’ como para pensar que tenía suficiente sentido común para entender una situación de esta naturaleza, en suma, una situación en la que habría cabido una ‘explicación’ sencilla. 

Pero, ¿qué es conocer al otro? Y, ¿cuánto me conozco como para que mis palabras y mis acciones no sean mal interpretadas por personas que aprecio de manera genuina?

En realidad, no sé cuánto conozco a las personas con las que me relaciono o me he relacionado durante años. A pesar de que es un coloquialismo eso de ‘sí, yo conozco a esa persona’, tal expresión está tan llena de matices como de una profunda verdad. Se conoce a alguien de vista, pues uno ha visto a esa persona algunas veces, y la reconoce en cualquier lugar. O porque le han presentado a esa persona y se cruzan algunas palabras con ella. Porque, por el motivo que sea, se establece una conversación en la que puede haber o no algo en común: vecindad, gusto por algunas actividades: deportes, algo cultural, alguna bebida o comida, ser de una clase social similar o por la procedencia geográfica, etcétera, o porque, definitivamente, hay tantos temas en común que ambas personas se quieren acercar más, en el borde de, consciente e inconscientemente, querer ser amigos, tener relaciones sexuales, comerciales, de conveniencia o de afecto, en cualquiera de sus variantes. 

Es probable que esto último sea lo más común y lo menos entendido. Todas las relaciones humanas tienen una intencionalidad (sexual, según Freud), pero habría que tomar esta afirmación con más cuidado y menos teóricamente, por decirlo así. No con todas las personas con las que uno se relaciona a lo largo de la vida se ha querido tener algún interés sexual, aunque sí algún interés emocional y/o intelectual. Esto último, porque se siente admiración por las personas bien formadas intelectualmente, pero con el correr del tiempo, esta admiración se transforma en indiferencia y tal indiferencia muta en admiración por las personas cuya inteligencia es superior. Al menos, es mi caso.

Pero estar en una posición de desventaja o de superioridad impide relacionarse en igual de condiciones con el otro y así empezar a conocerle. ¿Cómo iba a ser si no? De hecho, la verdadera amistad viene de ahí. Si como conocido de alguien me creo en condiciones inferiores o superiores a esa persona, no es posible que haya amistad, y mucho menos se puede decir que se conoce a esa persona como para saber realmente quién es. Por eso, para que pueda haber una verdadera amistad se necesita que en la relación haya igualdad. ¿Cuál? La que acabo de mencionar: no puede haber amistad si me siento inferior o superior, bien como hombre, como persona, como intelectual o como alguien que tiene tales o cuales cualidades, valores, sentimientos o emociones. Y bueno, ¿esta es una condición sine qua non para conocer a alguien? Claro que sí. No puede haber apertura de parte y parte si no hay principios de igualdad. Pero hay algo más: también se necesita cierta inteligencia y cierta sensibilidad para querer conocer al otro, pues no necesariamente el fin haya de ser la amistad. Alguien puede conocer a otra persona y no querer ser su amigo o su amiga. Por muy interesante que la otra persona pueda ser, hay ciertas formas de ser, costumbres y gustos que impiden que, por nada del mundo, se la quiera conocer, como se diría coloquialmente, ‘más a fondo’. Pero, ¿las personas cercanas? Por ejemplo, ¿conozco realmente a los integrantes de mi familia? Sólo y superficialmente a los más cercanos, y porque hemos tenido durante toda la vida una historia común que nos une. Yo, ¿quiero conocer a otra u otras personas lo suficiente como para establecer una amistad? Me parece que no tanto. No siento tantos deseos de que me conozcan ni de conocer a otros, más que superficialmente. ¿Por qué? 

La verdad profunda es que, a lo largo de la vida conocemos a tantas personas y de diversa índole, en infinidad de escenarios y situaciones, que resultan ser muy cercanas, un poco distantes o muy lejanas con los que nos habría gustado interactuar, pero, viéndolo de cerca, sólo hay una o dos personas con la o las que uno quiere compartir su tiempo (que para mí es muy valioso), su vida y/o permitir que a uno realmente lo conozcan, y viceversa. Pero que esto ocurra no es tan frecuente como pareciera, es casi excepcional. Parejas y amigos íntimos hay por millones y conviven y se relacionan durante años. En tal conocimiento intervienen, de manera superlativa, menos algún tipo de amor, como en la amistad, que se unen y refunden en algo que se llama sentido común, intuición. Pero para que esto último tenga lugar, se necesita de inteligencia y sensibilidad, y estas cualidades son menos frecuentes aún. El sentido común, al ser, como se dice, el menos común de los sentidos, se da por descontado, pues se necesita de cierto grado de inteligencia y de sensibilidad para ejercerlo con naturalidad. Pero el dicho popular es muy sabio: es más frecuente el tropezar con las misma piedra: equivocarse, juzgar mal, sobre o infravalorar, olvidar, ignorar, permitir que las emociones dominen el comportamiento, asumir una posición de superioridad o no superar el sentimiento de inferioridad, y la vergüenza, claro está. Este tropezar con la misma piedra, es un no-aprender de la carencia y del error.

Creo que, en fondo, cuando se hiere a un amigo o amiga de manera inconsciente, es porque, a lo largo de esos años (10, 20, 30, etcétera), en el fondo de nosotros mismos había algo que nos hacía desconfiar de esa persona: sus valores básicos, sus intenciones, su inteligencia, su sentido común o su inteligencia, y ese actuar inconsciente nos protege de una confrontación no deseada, y a la vez nos libera de cierta culpa moral. 

***

Siguiendo el hilo de estos razonamientos, ¿por qué las pocas personas que me ‘conocen’, en realidad no me conocen? ¿No he sido lo bastante abierto, lo suficientemente directo y claro en mis comunicaciones verbales y no verbales? ¿De qué lado hay algún desequilibrio como para que surjan malinterpretaciones? ¿Es que doy por descontado que tienen tanto sentido común como yo y en realidad no tienen el necesario y suficiente? Es verdad que en las relaciones humanas no puede haber un equilibrio perfecto. No si hay algún tipo de superioridad o de inferioridad. ¿A qué me refiero? No puede existir un perfecto conocimiento del otro no porque, también como se afirma coloquialmente, ‘el ser humano es insondable, complejo’, sino porque el desequilibrio se manifiesta de diversas maneras: desconfianza, miedo, inseguridad, vergüenza, falta de sentido común.

Por ejemplo: alguien que quiere ser mi amigo (a) no me cuenta algo porque lo considera vergonzoso y cree que será juzgado (a), incomprendido (a), rechazado (a). No es que el ser humano sea insondable. Lo que sucede que la inmensa mayoría de las personas sienten vergüenza por algo que sucedió o que sigue sucediendo en su vida y simplemente se lo guardan, como el fracaso, por ejemplo, o la poca autoestima. Lo curioso es que lo que es vergonzoso para alguien, puede ser comprensible, lo más natural del mundo o una tontería para otra persona. ¿Es debilidad? ¡Claro! Falta fuerza interior tanto para reconocer un error o carencia como para comprenderlo en su verdadera dimensión, pues a la hora de la verdad, para que un error o carencia sea calificados como tales, existen demasiadas condiciones. Sin ’errores’ y carencias no sería posible la vida humana, pues se necesitan de ‘errores’ y carencias para que la evolución tenga lugar. Sin carencias y sin ‘errores’ –éstas son condiciones necesarias y suficientes para aprender– el humano no estaría en donde está. Pero falta fuerza; es decir, de nuevo, inteligencia, sensibilidad, sentido común. Sí, sentido común: se necesita mucho para admitir que se cometen errores y se tienen carencias, que somos, en suma, seres comunes y corrientes, nada especial.

Que una persona sea especial o no, se relaciona, justamente, con la conciencia del error y de la carencia, que están a su vez en la base del comportamiento ético y moral. 

El conocimiento entre las personas es difícil porque la vergüenza opera como un disparador de otras emociones y sentimientos que se traducen en comportamientos: reservarse ante los demás, defender a ultranza de la vida privada, agresividad y aislamiento, altivez, infravaloración de sí, abulia, etcétera. 

Fracasar: suma de errores y carencias no admitidas. No haber estado a la altura de lo que los padres y familia, compañero(a), conocidos o de sí mismo esperaba. Y seguir haciéndolo. El fracaso es hijo de la vergüenza y padre de los errores de los que no se aprende, y una y otra vez, se tropieza con misma piedra.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.