Memoria 137

Memoria 137

 

 

13.04.2026 La tragedia de Belinda Elsner. Hace más de una semana terminé de leer esta novela corta de Germán Espinosa. Debo decir que la había leído hace algo más de dos años y en aquella ocasión no me gustó ni me disgustó, me pareció que la novelita no estaba del todo mal. La volví a leer ahora con el propósito de seguir el rastro histórico del relato policial colombiano, de modo que la lectura fue más atenta. El primer obstáculo que encontré nada más empezar, fue el tono narrativo de sonsonete poético, aunque felizmente contrastado con un tono irónico, haciendo contrapeso, aunque no siempre lo logra. El segundo obstáculo, fue el lenguaje, que me tenía entre sorprendido y fastidiado. Sorprendido, porque no podía creer que G. Espinosa, con la fama que tenía de ‘intelectual’, de ‘conocedor del idioma’, hiciera tan mal uso del lenguaje, como traer a cuento cultismos (y tecnicismos), arcaísmos y extranjerismos de manera inadecuada, y fastidiado, porque justo estos malos usos del lenguaje funcionan como piedras con las que uno se tropieza al leer. ¿Cómo era eso? ¿Mi lectura de hace dos años fue tan superficial? Sí, fue más bien rápida e irresponsable, sintiendo cierto respeto por el escritor a quien alguna vez estreché la mano y lo oí hablar con tono autoritario. Y bueno, pesaba mucho La tejedora de coronas, que hace más de 30 años, cuando la leí, me sorprendió bastante, aunque por entonces leía a Carpentier y no podía dejar de ver su influencia directa en Espinosa. Pero, en fin, lo cierto es que ahora me daba mucha pereza escribir algo sobre La tragedia de Belinda Elsner. Siento el peso de la abulia cuando le veo encima de la mi mesita de noche. Pero hay algo más de fondo: creo que he perdido el impulso de continuar con el rastreo, lectura y análisis del relato criminal policial en Colombia. Ha habido una larga pausa desde que terminé la primera parte de Topología del relato policial criminal y me estanqué con La vorágine, y de eso ya van a ser dos años… 

Fuerza, me falta fuerza. Hay días en que no puedo levantar ni una coma. Supongo que, al ser este un trabajo como cualquier otro –en modo alguno es nada especial, y sí más bien incómodo–, tengo derecho a no sentir ganas de trabajar.

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