Memoria 132

Memoria 132

 

 

20.03.2026 Cóndores no entierran todos los días. Retomando las lecturas que debí hacer hace más de un año, cuando releí La vorágine y escribí el ensayo La vorágine: el crimen perpetuo, una novela inconclusa y seguir con mi rastreo de la novela criminal detectivesca para completar la tercera parte de mi Topología del relato criminal policial, me embarqué, con muchas dudas, pues ya conocía el tema del libro, en Cóndores no entierran todos los días. Las primeras tres páginas realmente me sorprendieron agradablemente, al punto que le dije a mi mujer que me recordaba el arranque de Cosecha roja, de Dashiell Hammett. Esas tres páginas me parecieron magistrales: muy bien escritas, frescas, duras, envolventes, bien pensadas. Y las releí otra vez para confirmar lo que estaba viendo, mientras me preguntaba si Gardeazabal en la década del sesenta había leído a Hammett. Pronto me di cuenta de que no. Sólo semejaba en algo importante: en que es la ciudad, Tuluá, el lugar donde se enseñorea el crimen, así como en Personeville/Poisonville, la ciudad de Hammett y al principio de la novela de Gardeazabal pareciera que Tuluá es también un personaje, pero no.

Mientras leía me fui desinflando, o mejor, el libro se fue desinflando: el potente aliento inicial se va malgastando a medida que las páginas se plagan de nombres y nombres de las personas que habitan Tuluá y de hechos criminales protagonizados por León María Lozano, el pájaro criminal célebre en la historia ultraviolenta de Colombia. El relato de los incontables hechos de sangre (se le atribuyen a este personaje 3.579 muertos) evidentemente no tiene asomo de comparación con la técnica elíptica y precisa de Hammett, y en cambio sí exhibe un estilo de narrar similar al de los cuadros de costumbres de J. A. Silva y de su padre, Ricardo: pensamiento provinciano decimonónico, basado en anécdotas y escenas de la vida cotidiana en el campo y la ciudad, y en vez de ir al corazón de los hechos (ya han pasado más de 130 años desde Ricardo Silva), su producto es un cuadro de costumbres y el retrato de un criminal infame. Además, para rematar, Gardeazabal adopta el tono y el ritmo narrativo de García Márquez, lo que se entiende para 1971, año de la publicación de Cóndores, pues el huracán de Cien años de soledad (1967) lejos de aplacarse se convertía en ciclón y muy pocos escritores locales (y extranjeros) pudieron escapar a su influjo, pero ya visto 55 años después, la cosa cambia. Personalmente, veo poco mérito en un escritor que imita a otro. No es sólo falta de creatividad y de carácter, sino facilismo. Por otra parte, el libro de Gardeazabal, de tan enumerativo, se vuelve monótono, y obviamente no existe ningún detective que quiera limpiar la ciudad, como en Cosecha roja, y aunque eso ya lo sabía, me sorprendió ver que, en Cóndores, Tuluá es un excelente ejemplo de lo que sucede en Colombia: la impunidad proviene de un Estado débil, que no le interesa el bien común sino sus intereses mezquinos, como ahora mismo sucede. Pero bueno, de esto, ya me he quejado en otro escrito, no voy a redundar en ello. Lo único cierto es que, como temía cuando cogí este libro, es que no era lo que estaba buscando. Es una novela de la Violencia, que está bien, digamos, nada realmente excelente y sí más bien floja, pero bueno, está ahí, es lo que tenemos. No sé si todavía esté en los programas oficiales de los colegios ni si sea un libro ‘obligatorio’. Supongo que habrá una ‘edición crítica’ conmemorativa cuando Gustavo fallezca. En todo caso, es mejor que exista a que no. Por lo que parece, será uno más de esos libros de la ya conocida literatura colombiana que sirven para hacer una sumatoria de la mediana cultura e intelligentsia nacional.

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