Memoria 131

Memoria 131

 

 

05.03.2026 Morir en la arena, de L. Padura. Hace un par de días terminé de sufrirme esta novela que, como he dicho en otras ocasiones, me regaló mi mujer que hizo que Padura mismo la autografiara para mí, y en siete líneas casi ilegibles, se alcanza a leer “Para el colega Germán”. ¿El colega?, supongo, claro. No debo ser desagradecido. Le prometí a mi mujer que escribiría algo sobre este libro, pero no pienso dedicarle ningún ensayo, ¿para qué? ¿Un libro así merece un ensayo? Tampoco lo sé, peco de prepotente, pero no me dan ganas. En todo caso, sí puedo hacer comentarios irresponsables en el sentido de que No sigo ningún método analítico, y sí más bien me guío, lo he hecho últimamente, por el mero gusto o disgusto de la lectura. Un gusto sí informado y refinado a lo largo de los años, eso sí. 

No es que no haya disfrutado un poco la lectura de las historias de este libro. Lo que pasa es que, apenas empecé a leer, sentí desaliento, pero me dije que había que darle la oportunidad de que el narrador (y Padura) me dieran lo que yo quería, a saber, un análisis de la vida en Cuba hoy, como lo prometen las leyendas promocionales, y claro, calidad narrativa, que es lo primero que yo quiero cuando cojo un libro, y más cuando es de un escritor famoso y con 18 libros más publicados. Pero a medida que leía sentía el impulso de dejarlo. Ya de entrada, es inmensamente aburrido y usa un lenguaje ‘habanero’ mezclado con la gramática tradicional de colegio junto con los tonos de García Márquez y de Hemingway, más algunos cultismos gratuitos y un intento fallido de trasladar la oralidad, sobre todo en los diálogos, a lo literario, lo que se decanta en una horrible mezcolanza lingüística, a fuer de intentar ser ‘fácil de leer’, ‘para llegarle a la gente y mostrar la realidad cubana’, sin ningún estilo. Pero bueno.

También comencé a sentir falsedad en las dos voces narrativas dominantes, la del narrador omnisciente (todopoderoso que no sólo sabe de los actos, los pensamientos y los sentimientos íntimos de los personajes que pretender ser de ‘carne y hueso, reales’ como quiere hacer ver en la “Advertencia y agradecimientos’ que cierran el libro), y la del escritor fracasado Raymundo Fumero. ¿Por qué comencé a percibir tal desequilibrio narrativo? Pues, por varios motivos. Primero, no entendía lo del narrador omnisciente. ¿Por qué hay un narrador innominado y otro que es, como se dice técnicamente, ‘narrador protagonista y/o testigo’? Uno podría decir que para mostrar dos puntos de vista distintos, dar verosimilitud y hacer narraciones realistas, casi fotográficas, casi documentales y en todo caso entrener. Claro todo eso puede hacerlo un buen escritor, nadie dice que no. El asunto es hacerlo bien. Segundo, a tal punto está mal desarrollada esta técnica o recurso, como se quiera, que lo buscado se refunde, se pierde, a saber: usar una historia fuerte (la de Geni), para narrar muchas otras (la de Rodrigo, Nora, Humbertico, Aitana, etcétera). ¿Por qué? ¿Cómo es eso que existe un narrador omnisciente que lo sabe todo y un narrador personaje, por definición limitado, que es más humano, mientras que el omnisciente es una especie de dios, que tampoco devela lo que el lector quiere saber u omite por ese tonto jueguecito ficcional para que el lector sea ‘macho’ en el sentido de Cortázar (¡!) y descubra o construya qué fue lo que pasó en realidad? Es evidente que este planteamiento y su solución son tan manidos como precarios. La absoluta regla de oro de toda narración es que se debe respetar la lógica interna del relato. Punto y se acabó, lo demás es puro abuso o creer que el lector es un tonto. Para rematar el asunto, ni siquiera entre uno y otro narrador hay diferencias en el uso del lenguaje: usan exactamente la misma mezcolanza de enunciados, de tonos, de ritmos, muletillas, de propósitos y de giros dialectales; en fin de estilo. Pero bueno. También por ahí, mal.

En la estructura es donde uno puede ver con más claridad el por qué técnico de tal desequilibrio. Pues resulta que Padura hace una colcha de retazos con los capítulos. Como hay dos historias, una narrada por ese narrador dios y otra narrada por Raymundo, Ray, para abreviar, como en el libro, las costuras son demasiado burdas como para que un lector medianamente atento no vea que Padura escribió por aparte dos historias y como le daba pesar echarlas a la basura porque le parecían perfectas y arrancar de cero decidiéndose por uno de los narradores, escogió la vía cómoda: intercalarlas, cosa que han hecho cientos de miles de escritores de todos los tiempos. El problema, es que hay que hacerlo bien, y no cualquiera lo logra (yo mismo lo he hecho), la mayoría fracasa en el intento, como sucede con esta novela. Para rematar, resulta que la voz del narrador dios, como es dios, por definición esa voz es una promesa de verosimilitud, una autoridad, pero al serlo, por paradoja, para quienes no nos dejamos meter los dedos en la boca con esa clase narradores (tercera persona del singular) sabiondos y por lo mismo inverosímiles, sabemos que son falsos, y se necesita maestría para que la autoridad narrativa se imponga y se gane al lector, cosa que debe hacerse desde la primera palabra del libro. Por desgracia, ese narrador dios se encarga de desacreditar al otro narrador, a Ray, que narra en primera persona, al decir, por boca de las criaturas creadas por él, que Ray es un escritor mediocre de novelas policiales, un fracasado que a duras penas pudo vender en España 200 ejemplares y, de paso, lo mantiene su hijo que es millonario y vive como tal, aunque su padre sigue en la miseria. ¿Cómo es eso? ¿Cómo es que una narrador insulso y sin autoridad desacredita a otro narrador que tiene una voz más verosímil? ¿Sólo porque es omnímodo? ¿Con qué derecho, además? ¿Dónde está, repito, la lógica interna? Demasiadas fallas en esta novela fallida. 

Para la muestra los botones: resulta que el narrador omnisciente tiene la tarea de conquistar al lector con las series o secuencias en grupos de capítulos, así: 2, 4, 3,3,3,2, 1, 1, lo que suma 18 capítulos. Mientras que a Ray le tocan las series: 2, 1, 1, 1, 1, 2, 1 y el Epílogo, lo que nos da 11 capítulos. Tampoco estaría mal una distribución desequilibrada de esta naturaleza, pero como el narrador testigo, Ray, no es secundario, aunque lo parezca, resulta ser más interesante que los protagonistas (Rodolfo, Nora, Geni), pues en él hay una carga dramática muy interesante, compite con ese dios narrativo que por saberlo todo, dice cosas insulsas y sin importancia, tontas, que me obligaron a leer saltando párrafos y muchas páginas. Y para colmo de la vanidad: Padura se introduce como personaje al escribir una página de Agradecimientos y Advertencia. ¿Es que, como escritor de larga data que es, no sabe que incluso los colofones forman parte del libro, que no son simplemente un añadido inocente? Supongo que sí sabe, no creo que sea tan despistado; aunque bueno, con tantos descuidos… A lo mejor se cree también un investigador sociológico que agradece a quienes le han ayudado en su trabajo. 

Esta distribución, sin embargo, que aparenta ser natural, en realidad es una chapucería. El autor tenía dos historias por separado que no supo ensamblar, lo que es sorprendente en un escritor que se da el lujo de vivir de su escritura. El resultado, si uno mira esta distribución, es que la novela, a punta de cojear, finalmente cae y rueda miserablemente en el fango. Ya para ya dejar eso de la arquitectura chueca y baldada de la novela, es inconcebible que no haya pensado en la simetría, lo que es una muestra más de la falta de rigor en este trabajo. Tampoco se entiende que, si su narrador Ray ha sido sistemáticamente descreditado, éste cierre el libro. La ‘Advertencia y los agradecimientos’, no son más que palabras huecas que intentan dar verosimilitud a un libro que no la tiene. Es pataleo de ahogado o mera tontería.

También leí a saltos porque es repetitivo y baladí, garciamarquiano (usa las mismas estructura de Crónica de una muerte anunciada, por ejemplo, y el tono de otras novelas), y a lo Hemingway, con escenas de noveloncito, llenas de lugares comunes, un poco de sexo otoñal, bebetas de ron y quejadera por el fracaso del sistema de gobierno. Otra cosa desesperante son las referencias librescas obviamente a Hemingway –pero nunca a García Márquez–, a Orwell, a W. Irving, al infaltable Martí, a Cinema Paradiso, a Un Mundo feliz. ¡Uff, de principiante!

¿Y qué decir de los personajes? Son estereotipados, incluso Geni, que prometía ser interesante, con alguna profundidad, se deshace como un puñado de arena. El único personaje medio bien trazado, es Ray. Es el más sólido, los demás son meras caricaturas. 

¿Y qué de la leyenda promocional de ese libro en la contraportada?: “… Padura vuelve a ofrecernos una novela magistral, de rabia y frustración, pero también de amor y segundas oportunidades, que explica prodigiosamente cincuenta años de la historia de su país.” Ya dije que no veo ninguna magistralidad (palabrería del marketing y la publicidad) y tampoco hay nada prodigioso, a no ser la chambonada magistral y prodigiosa de la novela. Tampoco abarca 50 años, sino desde 1959 –incluso hay alusiones a los años 20–, siempre está presente la fracasada y destructiva seudo Revolución cubana. Tampoco en el relato de la novela hay rabia y frustración. La ‘rabia y la frustración’ existen sólo cuando –puesto que se está generalizando–, la inmensa mayoría de un pueblo cifra sus esperanzas en grandes ideales que luego son traicionados. Si bien las ‘promesas del hombre nuevo cubano’ sí fueron traicionadas, también es verdad que en el libro los personajes principales (Rodolfo, Nora, Geni, Ray), y muchos otros (familiares y amigos) sólo son capaces de ver degradación y miseria por todas partes y de lamentarse por el sistema. No se ve por ninguna parte que esos grandes ideales, promesas y esperanzas hubieran comenzado a hacerse realidad y afianzase como un modelo, como un ideal para la nación, y luego fueron traicionados. Funciona igual que en la vida cotidiana: para que un amor sea traicionado, primero tiene que haber amor. Más bien lo que uno ve es que muchos personajes casi desde el principio, fueron críticos del sistema. Unos críticos tibios que acabaron agachando la cabeza o yéndose la de la isla, pero estos críticos, carecen de peso específico no son representativos, simplemente no les gustaba el comunismo, y bla, bla, bla.

Por lo demás, ¿cuál es la mirada de los dos narradores sobre su entorno?: siempre idéntica, dejada, pasiva, contemplativa, monótona: pobreza, desidia, ruina, suciedad, carencias, escasez de comida, de medicamentos. Mostrar eso todo el tiempo no es mostrar magistralmente rabia y frustración. Eso lo lee uno en un periódico. Que los personajes, con excepción de la hija de Rodolfo (Aitana) y Humbertico (hijo de Ray, que es millonario, y una caricatura de lo es el sistema), sean unos frustrados, es distinto, pues sus personalidades son mediocres. Todos los personajes de este libro pueden vivir perfectamente en cualquier país del tercer mundo con modelo capitalista y no habría ninguna diferencia. 

¿Dónde está entonces esa traición? Padura por estar viendo la superficie no la ve. No es capaz, él como narrador vive de manera cómoda en La Habana. Es incapaz de ver más allá de la mentalidad colonizada por el comunismo del cubano que permitió la imposición de un modo de vida y por comodidad nunca ha hecho nada, nada para intentar cambiarlo. Es decir, tampoco hay ningún viso de análisis de un pensamiento poscolonial del comunismo. El cubano, en esta novela es pasivo, facilón y conformista, es aquel mendigo que se acostumbró a recibir una moneda a cambio de obediencia. ¿Es así en realidad? Lo dudo muchísimo. Ya en 1997 un Pedro Juan Gutiérrez, menos famoso que Padura es capaz de mostrar fuertes rasgos de este pensamiento poscolonial. Pero bueno, Padura es un autor prodigioso, dice la contraportada del libro.

¿La Revolución convirtió a la población escolarizada de entonces –por entonces Cuba tenía la taza de alfabetización más alta, extensa y avanzada de América latina: 80%– en idiotas útiles? Es probable que la visión de Padura en la que la mayoría de sus personajes fueron y han sido críticos del sistema sea acertada, pero no que la imposición de ese tipo de comunismo haya sido tan fácil. En sólo 5-6 años el gobierno de Castro limpió con mano dura y eficiente (ayudados por la KGB) la rebelión anticomunista de Escambray apoyada por la CIA, en la que murieron entre 3.600 y 7.000 anticomunistas. ¿Qué bien para el régimen, no? ¿Y no dizque ‘explica prodigiosamente cincuenta años de la historia de su país’? Ah, claro, los intentos fallidos por repeler la dura represión durante estos ‘50’ años no están por ninguna parte. A, y de lo mal que lo pasa la gente no habla, ¿no? O de pronto es verdad que el único problema de Cuba es el abastecimiento de comida, medicinas, energía, y que si tuvieran esto sería el mismísimo paraíso.

En realidad, cosa que Padura tampoco nunca muestra, es que la Revolución cubana fue un duro proceso de reeducación importado de Rusia, una Rusia que conocía perfectamente los métodos de Stalin que no hacía mucho fallecido, en 1953, y estos métodos fueron perfeccionados por Jrushchov y su áulicos. Paradójicamente, los revolucionarios ya en el poder, no permitieron nunca más que otros intentaran revolucionar la sociedad con sus anhelos y sus ideas. La única revolución era la de Fidel, un dictador criminal de la misma colada de Stalin, ¿o no?, era lo que él dijera y se acabó la historia. Pero, a lo largo de estos casi 67 años, ¿ha habido otras ideas, otras revoluciones? No, por supuesto, en el libro de Padura eso ni existe. Ah, ¿no era el tema? ¿Entonces cuál era? El libro es pura y dura quejadera de la superficie de lo que el autor ve a su alrededor: un estado inepto, no las razones profundas del fracaso. Ah, ¿en dónde y cómo se indaga eso? En calle, hablando mucho con la gente, claro está. Y ¡ay! Si la culpa de ese fracaso no viene de adentro, de los gobiernos y de la sociedad cubana , ¿de dónde iba a venir sino del Imperio?

Pero qué. A fin de cuentas, ¿qué se puede esperar de una vedette de tacones desparejos?

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