Memoria 130
05.03.2026 De los reales y falsos recuerdos y el raro funcionamiento de los sueños. Y Cóndores no entierran todos los días. Estaba en una papelería intentando sacar la fotocopia de un documento y debía utilizar una máquina en la tenía que depositar un billete de $2.000 para que funcionara cuando desperté. Fui al baño y miré la hora en el celular: 7.14 am, hice pipí, bebí un vaso de agua y cuando regresé al cuarto mi mujer estaba en su baño, me metí bajo el edredón y la esperé. Pero desde que miré la hora de manera inesperada tuve una extraña sensación al recordar –no sé cómo ni por qué, tendré que preguntarle a Freud– algunas escenas de 3 años atrás, por esta misma época, más o menos, de la madre de mi mujer. Eran escenas dolorosas de cuando ya el cáncer de seno estaba avanzado y había perdido la capacidad para valerse por sí misma. A mi mujer la afectó muchísimo y yo intenté estar todo el tiempo que pude acompañándola, sirviendo de algo. Pero sobre todo el recuerdo de dos escenas, una en su apartamento y otra en la su finca cuando yo la cargué para ayudarla a bajar de la camioneta, me llegaban de manera repentina, directa, dolorosa, casi al punto de revolverme el estómago.
Cuando mi mujer regresó de su baño dijo que iba a hacer sus ejercicios. Le dije que sí, que le sentaría bien, pero sin dudarlo, de manera inesperada se metió conmigo bajo el edredón y me abrazó. Así como acabo de escribirlo en el inicio de esta Memoria, le conté lo de mi sueño, y cuando llegué a la parte de mis recuerdos sobre su madre, le dije que mejor no hablar de aquellos dos momentos dolorosos, y lo dejé así. Ella guardó silencio. No sé por qué dije que durante mi preadolescencia, adolescencia y posadolescencia, mi madre fue una mujer muy amargada que no sólo estaba a cargo de nosotros 9 sino que debió sentirse traicionada y violentada por mi padre en todo sentido: en lo amoroso, en lo personal, en lo físico, pues algunas veces le pegaba, y, por supuesto, en lo económico, que era una de las cosas que más la mortificaba. Mi mujer me dejó hablar y me preguntó a qué edad había muerto mi padre, ella creía que a como a los 70, y le dije que no, a los 53, aunque no estaba seguro. Pero era por ahí. Luego me preguntó si yo había asistido al funeral, le dije que no. Que lo había visto desde el otro lado de calle. Mi padre se había ido a vivir con una jueza cuando yo era preadolescente (¿8 u 11 años?) tampoco sé con exactitud. Pero en seguida caí en cuenta de que ese recuerdo era falso, era un recuerdo literario: ver el ataúd desde el otro lado de la calle rodeado de gente extraña (su otra familia y amigos), es una escena que construí con cuidado para mi novela Los amores destrozados con el propósito de aumentar el dramatismo. Para mí era más dramático no ver el cadáver que verlo, pues al no hacerlo no habría catarsis. En realidad lo que pasó, recordé después, es que fui con mis hermanas al velorio en la funeraria, lo vi en el ataúd y me impresionó mucho que sobre el labio superior afeitado tuviese unas gotitas como de sudor. ¿Por qué se superpuso el falso recuerdo de semejante evento de mi vida sobre el ‘comprobable’? Los recuerdos son sólo eso, recuerdos, pero esta mañana llegaron de manera dolorosa. Al rato volvieron al lugar que le corresponde.
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¿Hasta qué hora leíste anoche?, dijo mi mujer. Como hasta las 11 y media, dije. ¿Y sabes? Me sorprendió muchísimo el arranque. Es muy bueno, está muy bien escrito, me encanta el punto de vista, el escenario y cómo va introduciendo personajes. Me recordó Cosecha roja, de Dashiell Hammett. No sé si Gardeazabal lo leyó en la década de 1960, diría que el arranque es igual, pero dudo que lo haya sacado de Hammett. Se siente demasiado auténtico como para que haya tomado la idea del punto de vista de allí, es sorprendente. ¿Es del 74?, dijo ella. No, del 71, tienes buena memoria. Lo leí en la universidad, dijo ella. Yo en el colegio. Conozco bien la historia, es inolvidable, pero claro, no recordaba la calidad de la prosa. Para tener 26 años cuando la publicó, me parece que es genial, vamos a ver si se sostiene. Sospecho que sí. Tiene mucha fuerza. ¿No la volviste a leer? No, dije, pero me quedé pensando. Es casi seguro, pero no puedo asegurarlo, que la releí cuando cursaba el pregrado. Y todavía no lo recuerdo. Tampoco creo que la haya releído después, por aquella época tenía otras lecturas. Lo que sí sé es que hoy leo muy distinto a cuando tenía 20 años.