Memoria 111

Memoria 111

 

 

12.11.2025 El estilo. Antier empecé a imprimir Vergüenza, nuevo título para la novela que antes titulara Perturbación. En mis archivos, la novela aparece ‘terminada’ en septiembre de 2018, época en la que daba clases en la universidad y en horas libres buscaba un salón en el que hubiese un computador y escribía. Por aquella época quedé feliz con el resultado y creí que había escrito una novela maravillosa, extensa (554 p.) y bien hecha. 

Tuve como norte una pregunta que nunca antes me había formulado: ¿Qué estoy novelando? Cuando me dio por poner el tema a mis compañeros profesores-escritores (si se habían formulado alguna vez esta pregunta a la hora de escribir), la verdad es que ninguno lo entendía, lo que mí me parecía sorprendente, y casi me confirmó que yo había hecho un hallazgo literario y estaba en lo correcto. Pero no porque haya una buena pregunta de por medio significa que uno va a escribir bien; sin embargo, tener un norte semejante, una gran cuestión de fondo, ayuda, y mucho.

¿Qué estaba novelando? Una época, que en aquel momento arrancaba en 1945 y acababa en 2018. Un lapso histórico específico que abarcaba la vida de varios personajes y que sólo tenía un significado para mí. Un significado tan especial como egoísta, que no tenía en cuenta exactamente el mismo contenido histórico del oficial. Había un grueso de acontecimientos históricos verificables, pero sólo me interesaban en cuanto a su contenido dramático, no factual, nada más. Tampoco deseaba escribir una novela ‘histórica’ ni con ‘sustento histórico’, no me interesaba. Mi objetivo en escribir una historia creíble que se insertara con facilidad en la historia oficial, pero no como una variante de esta, sino como una historia cualquiera, sin pretensiones de ser otra cosa.

Aunque con la pretensión más ambiciosa de hablar de acciones, sentimientos, formas de ser de la vida de personas vivas de una época a las que no necesariamente las afectan de manera directa los hechos históricos.

Y claro, todo lo que comporta un universo narrativo íntimo.

Hoy, casi exactamente 7 años después, sé que estaba parcialmente equivocado. No lo estaba en cuanto a la pregunta fundamental, pues guio la escritura de cada palabra. Tampoco lo estaba en cuanto al material base narrativo escogido: mi historia (ficcionalizada) personal y la de mi madre, ni en cuanto a la estructura, que fue un dolor de cabeza, el lenguaje, los personajes y los escenarios (han sido los de todas mis ficciones desde que comencé a escribir a mediados de la década de 1980); tampoco estaba equivocado en cuanto a lo que pretendía: hacer un lienzo novelando la historia de Colombia en sus últimos 80 años, a mí manera, haciendo caso omiso de eventos históricos fundamentales, como el 9 de abril y la Violencia, pues si lo hacía, el sólo hecho de mencionarlo, contaminaría lo ficcional de la historia. La novela no tiene por qué apegarse a la historia oficial, pues no es un libro de historia, sino una mera ficción. 

Eché mano de Kafka. A pesar de que vivió la Primera Gran Guerra europea, en ninguno (a duras penas la menciona de pasada en sus Diarios) de sus escritos, habla de la Guerra ni ésta es jamás un tema, ni siquiera una anécdota, por la sencilla razón de que Kafka siempre supo (de ahí su genialidad) que nunca la palabra hablada ni escrita expresaba el pensamiento, y lo escrito no era más que una ficción en la que el ser humano siempre se debate entre lo ‘real’ y la simple vida cotidiana, que va más allá de los hechos históricos. En fin. 

En cambio, estaba parcialmente equivocado, no sé cuánto, en el cómo estaba diciendo (redactando) lo que quería narrar. Es decir, no acababa de afinar aún el modo de entonar, o lo que es lo mismo, me faltaba tonada para encausar adecuadamente el estilo. ¿Por qué? Si bien escribí el primer gran borrador de la novela en 2017 (por entonces la titulé La vida leve), aún arrastraba el estilo de 2004, cuando escribí Escucho sus pasos que vuelven, que es el germen más lejano de esta novela. ¿Cuál era ese estilo? Ninguno, carecía de un estilo completamente definido, pues aún tenía problemas de expresión: ¿qué palabras debo usar si quien habla es campesino o si no tiene educación? ¿Debo trasladar al papel el lenguaje inapropiado (insultos, vulgaridades, chabacanerías, etcétera)? 

Esto particularmente era un problema muy serio en mi novela, pues tenía un personaje iletrado, violento y rabioso, resentido socialmente y aparte de eso escritor de sus memorias ultraviolentas de violaciones, desmembramientos humanos, torturas extremas, etcétera. Inicialmente, para dar verosimilitud, había hecho un capítulo en el que ponía apartes del libro de este criminal. Y los ponía porque estaba empecinado en que debía ser así, sin reflexionar a fondo sobre el por qué me obstinaba creyendo que debía ser de ese modo. En realidad estaba mezclando estilos, formas de expresión que desequilibraban el texto, que contaminaban y convertían la novela, a pesar de todas la bondades, en una novela fallida, es la verdad. 

¿Qué debía hacer? Lo descubrí con sencillez este año cuando la revisé de nuevo y me di cuenta de que la novela estaba plagada de morralla; es decir, de estilos, de maneras y tonos y ritmos de decir las cosas. Sin más, haciendo la vanidad a un lado, empecé a cortar la maleza. Ya no dudé sobre el lenguaje: muchas páginas y párrafos y oraciones completas simplemente fueron eliminadas, como debía hacer. En esta poda eliminé más de 35.000 palabras, y reescribí no sé cuántas.

De modo que antier me puse a imprimir, como para significar que ya ‘no cambiaría nada’ a futuro, no en el futuro próximo, a menos que una persona (editor) muy enterado me convenciera de hacer cambios. Por el momento lo veo improbable.

El caso es que me tocó imprimir página por página, pues quería por ambos lados para ahorrar papel (450 p.), lo que hizo el proceso muy lento. Había empezado en la mañana…

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