Memoria 110
08.10.2025 Dar las gracias. Banalización del lenguaje. El best seller. Esta mañana se nos pegaron un poco las cobijas. Era más o menos media hora tarde para mi mujer, que finalmente anoche decidió ir a Pilates a pesar de que tiene cierto principio de gripa. Nos habíamos despertado un par de veces durante la noche, llovía de manera pausada y la ciudad parecía tranquila, así que finalmente dormimos profundamente.
¿Te vas a duchar?, le pregunté, y después de dudarlo dijo que sí. De manera que fui a la cocina y organicé lo del desayuno, que usualmente hacemos juntos: poner la mesa (mantelitos, platos, servilletas, cubiertos), poner a calentar a fuego lento mi bebida de avena y semillas que dejé desde la noche anterior en la nevera, moler café, medir lo de mi café en la prensa italiana, medir una porción de nueces de Brasil y trocearlas con cuchillo para mi avena, lavar los dos mangos del desayuno, pelarlos y porcionarlos en cada uno de los dos pequeños bol, uno para cada uno, tarea esta última en la que estaba cuando ella llegó y le dije, siéntate, está listo, come tu fruta tranquila. Sólo faltaba el café de ella, que prepara en la máquina de expreso, todos los días. Cosa que hizo.
Como es habitual en nosotros siempre que el uno hace algo por el otro, el otro da las gracias, casi de manera mecánica. Esta vez, quizá porque ya eran las 8.30 y su clase de Pilates era a las 9.00 –el gimnasio queda a 5 minutos a pie desde nuestro apartamento– y estaba estresada, no escuché que me diera las gracias, aunque no las necesitaba, pensaba en otra cosa, en que yo amaba a esta mujer por lo que era, con todas sus cualidades (que son muchas) y defectos, que a la hora de la verdad no son más que particularidades que aprecio de un modo especial, no como lo verían otras personas.
Cuando ella terminó de comer la fruta se levantó y sacó del congelador un bagle para terminar de desayunar cuando regresara, a las 10, y se preguntó a sí misma si preparaba el bagle en la sartencilla de las arepas o si en el tostador y finalmente se decidió por el tostador, que está guardado en la estantería baja a la izquierda de la cocina, y se iba a agachar para sacarlo, cuando dijo, ¿esto qué es? En ese momento yo estaba comiendo mi avena caliente (el día estaba gris y la temperatura un poco baja) y dije no sé, no lo puedo ver y no me voy a levantar. ¿Qué es esto? Repitió. Pues recógelo, dije un poco fastidiado, ven y termina tu desayuno, se enfría tu café. ¿Qué necesidad tienes de recoger eso ahora?, agregué. No iba a interrumpir mi avena para ver un poco de polvo y un grano de maíz pira en piso.
Trajo el recogedor y limpió y cuando venía a su puesto con el tostador le dije sin poderme reprimir: Te levantas tarde, te duchas, vienes y está todo listo para que salgas tranquila y a tiempo, no me das las gracias y sí molestas por un poco de mugre en el piso y pretetendes que lo atienda, no seas desconsiderada. ¡No me hables de ese modo!, dijo, No seas desconsiderada, dije, no había ninguna necesidad de molestar por un poco de mugre que sabes bien después de que te vayas voy a barrer (es una de mis tareas), y levanté el índice igual que hace ella cuando quiere enfatizar en algo. ¡Pues claro que sí te di las gracias! ¡Gracias, gracias, gracias!, dijo, cogió su taza de café y se fue al estudio a terminar de organizarse para salir, ya faltaban 10 para las 9. No se trata de dar la gracias, repliqué en voz un poco más alta, sino de practicarlas.
Tranquilamente, seguí desayunando. Me es intolerable, una vez sentado a la mesa después de organizar todo minuciosamente, levantarme por alguna tontería. No estaba molesto, sólo pensaba si yo le había hablado de mala manera. En las relaciones de pareja, cuando se llega a los malos tratos a través del lenguaje, las cosas pueden llegar a situaciones muy desagradables e hirientes. Reflexioné y decidí que no le había hablado de manera desobligante, quería hacerla caer en cuenta en su falta de reciprocidad, ni siquiera quería las ‘gracias’, sino que me dejara desayunar tranquilo, pues había hecho lo necesario para lograrlo. Además, tampoco había necesidad de sacar un tostador antes de las 9 si se va a utilizar a las 10 pasadas, sin contar, cosa que ella sabe, que yo paso la escoba una vez terminado el desayuno.
Dar las gracias no es más que un acto de reciprocidad, nada más.
Cuando lo reclamé y ella contestó de manera sarcástica, pensé que uno da las gracias, pero dar las gracias, tanto como pedir perdón, excusarse por llegar tarde, dar un pésame o proferir un saludo cortés a alguien que no nos gusta o nos es indiferente vaciándolo de contenido ético y dejando apenas su contenido semántico, era la esencia de las fórmulas establecidas para que haya un pacto de convivencia y de comunicación mínima en la sociedad.
¿Por qué ‘dar las gracias’, que expresa gratitud por algo que se recibe, bien sea material o inmaterial, tanto como otras fórmulas que proliferan en la sociedad contemporánea, ya si siquiera sirve para convivir con cierta tranquilidad?
Era cierto que me había fastidiado un poco por su comentario del mugre en el piso y por pretender interrumpir mi desayuno. Yo estaba de buen genio, pero un poco sorprendido por su explosión sarcástica, como si yo le reclamara algo más (no haber hecho su parte). Curiosas las relaciones de pareja, me decía bebiendo mi café, siempre llenas de sobre entendidos que pueden resultar falsos. Naturalmente, cuando mi mujer iba a salir para su clase, me dio un beso y me miró a los ojos para saber si estaba bravo. Y se fue tranquila.
Pero, ¿por qué, insisto, dar las gracias ya no es ni siquiera una fórmula de conveniencia? No lo es porque después de la Segunda Guerra mundial ha habido un liberación del lenguaje tal, en todos los aspectos de la vida, que en los últimos 80 años el lenguaje se ha desvalorizado, o mejor, ha sido sobre sobre explotado por el marketing y la publicidad. Una de las muchas pruebas, es que toda la segunda mitad del siglo xx estuvo marcada por la proliferación de publicaciones orientadas por la publicidad con el propósito de influir en el ciudadano común, ‘de a pie’, aquel que sólo es uno más, pero que es decisivo a la hora del consumo masivo.
La literatura, por supuesto, no ha escapado a la desvalorización del lenguaje. Durante los últimos 80 años, lo que hemos visto, a nivel mundial, es el final de las grandes corrientes literarias, como el surrealismo, que entregó su último aliento a los paladines del Nouveau roman, una corriente que tampoco vivió mucho y le pasó la antorcha a la ‘nueva literatura latinoamericana, que a su vez se agotó en la década de 1980, cuando la publicidad entró de lleno en un periodo de transición –década de 1990– y consolidación de alianza con el marketing, al tiempo que se desarrollaban rápidamente los medios de difusión digitales.
Esta consolidación de la dupla publicidad/marketing se dio a través de un lenguaje que debía ser sencillo y de fácil recordación, repetitivo y simple (como la gota de agua en la frente de la famosa tortura china) y con campos semánticos ojalá unidimensionales, comunes a todo el mundo (el ciudadano ‘de a pie’), callejero y desprevenido. Características de las que se aprovechó un tipo de literatura que venía desarrollándose desde mediados del siglo xix, con la industrialización norteamericana (aunque sus raíces europeas son algo más lejanas) y encontró su forma definitiva desde finales de la Segunda Guerra mundial: el best seller…