Memoria 112
12.11.2025. Estar plomizo. Había quedado con Juan en que hablaríamos hacia las 6.30 pm, que para él es hora de almuerzo y camina regularmente por el River side, a pocas cuadras de su oficina. En la tarde, después del almuerzo, fui con mi mujer a la peluquería, teníamos cita a las 3.30, lo que duraría un par de horas. Le había dicho mi mujer que, a la salida, la invitaba a comer la ‘mejor milhoja de Medellín’ (Las tres), según el chef Álvaro Molina. Dijo que sí, no la vi tan entusiasmada, pero podía ser una equivocada percepción mía. Ella quería un bretzel (en Suiza encontramos unos fantásticos) de la panadería alemana en frente del salón de belleza, y yo no quería ese tipo de pan ni pastelería, pues esos productos me parecen de regular calidad, con excepción del bretzel. Para complacerla, dije que sí, aunque tuvimos un pequeño intercambio de palabras y entré en el salón de belleza casi de malas pulgas, un tanto fastidiado.
Al salir de la peluquería, la panadería alemana estaba cerrada, pues los lunes no abre, y no lo sabíamos. Fuimos a buscar la milhoja; vi contrariedad en el rostro de mi mujer, yo también estaba contrariado. Como no encontrábamos la pastelería a pesar de estábamos muy cerca, le dije a mi mujer que nos fuéramos, no había ninguna necesidad comer ninguna milhoja, que la sentía sin disposición y sin buena voluntad. Habíamos dejado el carro en un parqueadero a 2 cuadras y yo me quería ir. Ella cambió de actitud. Le pregunté a un domiciliario por la pastelería, me indicó que estaba a menos de 1 cuadra.
La famosa milhoja (originalmente viene con una capa de merengue encima, que no quisimos), era bastante grande, según el formato en cartón, y la armaban al instante, lo que nos pareció bastante original, y pedimos una para los dos, cortada en dos mitades. La empleada trajo para cada uno una torre de crema pastelera de unos 10 cm de altura x otros 8 o 10 cm de largo y unos 5 o 6 cm de ancho que nos dejó bastante sorprendidos. Aquella crema escondía la milhoja que consistía en capas harinosas, muy dulces y secas. Mi mujer pidió una soda, yo un café cortado. Comenzamos a hacer la crema a un lado (curiosamente, mi mujer y yo dejamos la misma cantidad), y medio cominos la masa hojaldrada, con desagrado. Cómo está el café, dijo mi mujer. Muy mal hecho, dije. Todavía allí, cada uno con un plato rojo con enormes restos de crema grumosa y súper dulce, mi mujer dijo que iba a poner una queja, o quejas: el local, vetusto, sucio y mal tenido; las dos empleadas, que afirmaron que era “la mejor milhoja del mundo”, sólo hablaban entre ellas, y el local, repito, estaba muy mal llevado, la milhoja, absolutamente espantosa, el café, horrible, etcétera. Y aparte de eso carísimo. Como cosa rara, no dejé propina.
Salimos hacia el carro quejándonos de la pésima experiencia. Ya eran las seis de la tarde y quería que mi mujer manejase rápido para llegar a tiempo para hablar con Juan, y seguía fastidiado, pero decidí no hablar y no decir nada y sí más bien contestar con monosílabos. Cada vez que iba a reprocharle algo, me callaba. Había trancón en la vía El Poblado y ya eran las 6 pm. Íbamos a llegar después de las 6.30. Llegamos en 15 minutos, dijo mi mujer, no sé por qué. Y sí, llegamos en 15.
Hablé con Juan 1h, como es casi habitual, cada semana. Me confirmó que venía con su mujer a finales de 2026, hablamos del viaje, etcétera, y que tocaba planearlo con bastante detalle.
Cuando acabé de hablar con él, seguí imprimiendo mi novela Vergüenza, y seguía fastidiado. Mi mujer estaba en su estudio. Imprimí hasta las 8.30, y me fui a ver tv, Justify, serie que muestra la ordinariez, imbecilidad y la baja condición de cierta criminalidad norteamericana, cosa que mi mujer no resiste, le parece horrible. Yo me río. Vi tv solo, hasta las 9.30, mi mujer se había ido a leer a la cama. No sé si ya el fastidio se había transformado en otra cosa, en un no sé qué indeterminado que me alejaba de mi mujer, mucho. Leí hasta las 10.40 pm, Canadá R. Ford, que leo por tercera vez, y estoy seguro de que no habrá otra lectura, ni relectura de este autor, que tanto me gustaba. Mi mujer había apagado su luz a las 10. Cuando cerré el libro apagué mi luz, y supe que no me dormiría pronto.
Me desperté a las 3.38 am, y me quedé completamente despabilado. Pensé mucho en mi mujer y yo, en nuestra relación, pero no lograba descubrir qué era lo que me pasaba, por qué estaba tan lejano e insensible con ella, si ella seguía sólida a mi lado, como siempre. Ya ha sucedido otras veces, pero ésta la sentía diferente, más anfractuosa, tortuosa, cerrada, no sé. Me levanté a las 4.35, después de mil vueltas. Preparé café, como de costumbre. Quería trabajar en un pequeño ensayo, aprovechar las horas antes de ir, como habíamos planeado, a la Central Mayorista, a comprar verduras y frutas y, sobre todo, a conocer. Trabajé mal y de malas pulgas, sintiendo que era un escrito idiota y mal pensado, mal estructurado y mal escrito, y a las 7.30 lo dejé ahí y me fui a organizar desayuno mientras mi mujer hacía pilates.
Quedamos en salir hacia las 11 am. Cuando acabamos de desayunar, a las 9, aproveché para seguir imprimiendo, cosa que hice hasta las 10.30, cuando me fui a duchar y a vestirme para salir, y yo seguía, ¿cómo decirlo? Plomizo, un plomo líquido e impenetrable.
Llegamos fácil a La Mayorista, pero percibí a mi mujer tensa, sin verdaderas ganas de estar allí. Ya adentro, tras muchos intentos de parquear (quería hacerlo donde no se podía por ser zona de carga y descarga, y se empeñaba en ello), buscamos un parqueadero cubierto. Le volví a decir a mi mujer que mejor nos fuéramos al apartamento, no veía en ella buena voluntad, quería hacer la vuelta rápido, le dije que yo no tenía ningún afán. Yo seguía plomizo, por decirlo así. Compramos de mala gana algunas cosas, luego fui a Amazonas a buscar pescado (uno de los objetivos) y ella se quedó en el carro, ya hacia la salida, hablando por teléfono. Fue un verdadero fastidio intentar salir de la zona: mucho tráfico, carros parqueados en la vía, camiones y camioncitos, gente, etcétera, y mi mujer muy molesta porque no encontraba cómo salir.
Yo seguía siendo una masa informe de plomo.
Nos pasamos de la oreja del puente para el retorno por donde habíamos llegado, lo que fue motivo de nuevo fastidio, pues tocaba ir hasta Viva Envigado, lejos, y con tráfico. Iban a ser la 1.30 pm, yo estaba harto, monosilábico y con hambre. No tenía ganas de llegar a cocinar, y la perspectiva de la proteína no era buena. Te invito a almorzar en Viva, ¿quieres?, dije. Ella lo pensó unos minutos y aceptó. ¿Dónde?, dijo. Donde quieras, me da lo mismo, aunque imaginaba un suculento plato de carne. Entramos a un restaurante, Mundo verde, con énfasis en comida vegetariana, que a mi mujer le gusta. Por fortuna, habían cambiado la carta, mi plato estaba suculento.
Seguí con el ánimo plomizo.
De regreso, me puse a imprimir, hasta que terminé.
Ya no estaba ni estoy feliz con mi novela. No porque crea que no hice el trabajo que debía hacerse. Sino porque, a pesar de semejante trabajo de 20 años o un poco más, tuve la certeza de que era inútil. Completamente inútil.
Hacía calor, sudaba. Me fui un rato al balcón, y me puse a mirar la ciudad, a esa hora, las 8.30 p. Mi mujer, que había estado en su estudio, vino y le dije que viéramos algo de tv. Me sentía mental y físicamente agotado, y lleno de desesperanza. Necesitaba dormir largo y profundo, lo necesitaba, y sabía que era la única solución a la horrible masa plomiza que me inducía pensamientos negros, horripilantes, y me puse a leer a R. Ford tras beber un par de tragos de whisky. Estaba ya por terminar el libro, en que detecté demasiados errores. Apagué la luz a las 10.20 y caí profundo, hasta la madrugada, cuando me levanté al baño. Bebí medio vaso de agua, y volví a la cama. Al rato me dormí con la imagen de los pies de mi mujer en frente de mí, en la cuasi oscuridad del cuarto. La cobija estaba levantada.
A la hora del almuerzo, cuando iba a organizarlo y prepararlo, abracé a mi mujer por detrás y le pedí que me perdonara. ¿Por qué?, dijo. He estado odioso contigo, me salió espontáneamente. ¿Y por qué estabas odioso? No importa, ¿me perdonas?, le dije, y la besé en la nuca y olí su perfume natural. Y luego nos dimos un beso en la boca.
¿Odioso?, me dije, ¿de dónde saqué eso?