Memoria 107
21.08.2025 Anoche estuve leyendo a Agamben, del que, al hablar de la simplificación del trabajo productivo, extraje lo siguiente: se trata de liberar al hombre de tal necesidad y “asegurar a éste el acceso a la dimensión que le corresponde: para los griegos, la vida política; para los modernos, la posibilidad de dominar las fuerzas de la naturaleza y, por consiguiente, las propias.”
De donde colijo:
Si para los griegos lo esencial en la sociedad era la dimensión política del hombre –si es un ser político es un ciudadano, no un bárbaro ni un esclavo y tampoco un mero ente biológico–, para el hombre moderno ha sido un objetivo propio y social dominar las fuerzas de la naturaleza y las propias, pero en la modernidad tales esfuerzos han devenido, gracias al avance de la técnica y a la instrumentalización del hombre por la máquina, en el despojo de la dimensión política del hombre convirtiéndolo, primero en esclavo de su tiempo, de sí mismo y en esclavo de la máquina.
“Aristóteles, dice (Agamben, p. 162) […], si los instrumentos, como las legendarias estatuas de Dédalo, pudieran cumplir su obra solos, ni los arquitectos necesitarían ayudantes ni los amos esclavos.” Lo que es una tautología. Sin embargo, ¿esto no trae implícita la potencia de que las máquinas devengan en Dédalos en cuyos laberínticos pliegues (tornillos, chips) ya no haya amos ni esclavos sino meros arquitectos que no necesariamente son amos ni esclavos sino simples constructores del universo que por definición lleva implícito el concepto de construcción y por ende, de macromáquina? Es decir, ¿demiurgos? En ese caso, por un lado, las máquinas no serían imperecederas, sino elementos de un universo que ofrecería un refugio para el hombre ya expulsado de la Tierra, agotada ya. Y por otro, equiparar a los arquitectos con el demiurgo es negarle a la naturaleza del universo su carácter autopoiético. Lo que sería un contrasentido. Se ha entendido que la ‘naturaleza’, lo ‘natural’, sólo es propio del planeta tierra, no de Marte ni de Neptuno, p.e., lo que niega la existencia de otras clases de ‘naturaleza’ y de biologías, cosa que se ha venido pensando y debatiendo desde la década de 1950.
Las máquinas están sobrevaloradas, al punto que, en la época contemporánea se les considere artificiales. Hacia finales de la Edad Media, en Europa comenzó a tomar fuerza el concepto griego (se estaba descubriendo la obra de Aristóteles, celosamente guardada por las escuelas catedralicias de principios de la Alta Edad media) de máquina, de artificio, de cosa artificial de la que el hombre se servía para facilitar la vida cotidiana.
En más de 1.000 años en sí el concepto de máquina no ha cambiado mucho, aunque sí, ostensiblemente su capacidad y su desempeño, y si bien el hombre la ha utilizado para dominar la naturaleza, aún está muy lejos de lograrlo. El día que lo logre, si lo logra, será indistinguible de la máquina.
Pero hay una coda bifurcada, por decirlo así. Concebir la estructura del universo como una máquina hiper compleja no sólo es reduccionista, por mucho que se haya sustentado que el armazón universal obedece a leyes más o menos conocidas y a una muchísimas leyes desconocidas, pero el concepto de ‘ley’ es definido por el determinismo, que es un principio del mecanismo. Y todos estos conceptos sólo valen para la ciencia de la Tierra, y algunos vecinos.
Por otra parte, si bien el universo es un ente hiper complejo, sólo conocemos una fracción miserable (¿el 1%?) de lo que realmente es, y hacer generalizaciones teniendo como modelo la máquina concebida y elaborada por el hombre, es tanto como decir que el tiempo transcurre igual en la tierra que en Plutón, cosa que hasta un niño de primaria sabe que no es así.
Cualquiera puede apostar a que en un futuro más o menos cercano, en la Tierra predominarán los arquitectos de máquinas y cada vez seremos más dependientes de ellas, pero eso no significa que el universo o una mínima fracción vaya a hacerlo. No, el universo jamás dependerá de la máquina. Sería muy ingenuo creer en el eslogan “Conquistaremos el universo”. El universo, por su naturaleza autopoiética, nunca será conquistado, nunca.
El humano es demasiado tonto y arrogante.