Memoria 108

Memoria 108

 

 

24.08.2025 Un aeropuerto. Houston, domingo por la tarde. Tengo en frente de mí a una pareja que parecen ser personas mayores de 60 años, ‘retiradas’. Hablan colombiano. Hace unos minutos él ha sacado una gran hamburguesa comprada (lo sé por el empaque en papel de aluminio grueso y nuevo con logos), y la mujer un paquete más grande también en aluminio de cocina, pero lo de ella es pollo y papas cocinadas, de apariencia caseras, y hasta mí llega el olor a guiso. Ambos están vestidos para viaje, como es común aquí entre los viajeros. Ambos llevan tenis nuevos de marca. Él tiene el pelo casi al rape peinado hacia adelante, usa pantalón ‘cómodo’ color verde militar con bolsillos a casi a la altura de las rodillas y las perneras descuelgan arrugadas sobre los tenis, pues le vienen una talla grande. Camiseta tipo polo rosada de manga corta, y un maletincito canguro del que ha sacado los pasaportes y los boarding pass suyos y la señora que lo acompaña, comprobando su existencia por enésima vez. Los tenis de la mujer son blancos. Viste un pantalón ancho azul oscuro y camisa vaporosa blanca de manga corta y con volutas en los hombros. El pelo teñido de negro le roza las mandíbulas de manera rara, como mal cortado. Ambos son feos y muy mal hablados, se han tomado selfies mientras tragaban los bocados sin masticar y decían duro que venía viajando desde Canadá. Los maletines de mano son grandes, de lona, nuevos y ordinarios, como ellos dos. Me ha desagradado verlos comer y su pantomima. La señora chupaba los huesos del pollo cogiéndolos con dos dedos, y templando rigurosamente el dedo meñique. No he podido cambiarme de puesto, el gate está repleto y huele a comida por todas partes. Falta más de 1.30 h para el abordaje, afuera hace sol y un avión de United tamaño estándar es carreteado por el área de aparcamiento con un carrito; lejos, otros aviones igualmente se mueven. 

Viendo a estos dos personajes, decidí no abrir el libro que pensaba leer (Agamben), pues demanda cierta concentración y con tanta bulla y otros distractores es imposible. Nada más atrás hay sentada una pareja joven que habla paisa y comen, nadie cesa de comer, casi. Como me repugnó la pareja de personas mayores que tengo enfrente –ahora cada uno con el celular en la mano y con aspecto de satisfechos–, pensé que nunca, nunca iba a llegar a semejante decadencia, que nunca me iba a vestir así, y que nunca iba a comportarme como una persona ordinaria y estúpida. ¿Por qué una persona estúpida y ordinaria? Porque uno no puede andar por la vida imitando el comportamiento de los demás, ni puede comportarse en público como si fuera dueño de educación y de buenos recursos económicos cuando no tiene ni uno ni otros. Es claro, por la cara, la apariencia, el modo de hablar, el comportamiento y el equipaje de esas personas (ahora mismo el hombre se saca la comida de los dientes con la uña del dedo meñique de la mano derecha y chupa entre los dientes, bien repantingado en la silla, mientras ve la pantalla del celular), que son personas muy ordinarias. ¿Y yo por qué diablos me comparo con ellos? No es que quiera hacerlo. Lo que sucede es que me es inevitable observar a personas más o menos de mi edad para no ser y no comportarme como ellas. 

¿Es el modo de ‘vigilarme a mí mismo? Cuidar de sí mismo es igual que usar de mí y de mi cuerpo de tal manera que pueda presentarlo en sociedad. Un ejemplo rústico: vestir adecuadamente, no comer basura, como tantísimo he visto en EU. Un ejemplo no rústico: mantener siempre la mente alerta para no copiar el pensamiento de otro (s) y dirigir mi vida hacia un arte de la existencia; es decir, seguir perfeccionando mi escritura y leer cada libro más concienzudamente, ser más crítico con mi vida cotidiana y cuidar más a mi mujer, en el sentido de no atosigarla cada día con mi presencia y mi existencia, y hacer casi como un ‘desprendimiento’, aunque no sea en sentido profundo, sino todo lo contrario. Esto último obedece al deseo de que ella no sufra tanto mi ausencia cuando yo fallezca, a pesar de que no planee hacerlo pronto, sino dejar que la vida siga. Cuidar de mí mismo, dije arriba, también es usar de mi cuerpo y de mi ser para presentarme en los colectivos en donde me observan. ¿En realidad ‘me observan’ o es pura vanidad? Como yo hago con los demás al mirarlos superficialmente para hacerme una idea de quién o quiénes son, los demás hacen lo mismo conmigo. ¿Qué clase de tipo soy? ¿Qué parezco? No sé si me basta. De ahí que cuide de mí aspecto. Sé que a muchas personas mayores –lo he visto bastante en los aeropuertos europeos, colombianos y de aquí–les importa poco su apariencia y son descuidadas. ¿Descuidar el aspecto físico es propio de la vejez más o menos avanzada? Por otro lado, es curioso que las personas chabacanas y ordinarias sean obsequiosas. Por mi parte, mi actitud en general es de autosuficiencia y odiosa, no socializo con nadie ni sonrío a la gente en general, solamente a las personas que prestan diversos servicios: guardias, policía, dependientes de negocios, etcétera. Tampoco cargo morrales ahítos de mercancía ni paquetes de comida envuelta en papel de aluminio y si quiero comer algo y tengo los recursos entro a un restaurante decoroso y como lo que quiero. Tampoco me gusta caminar por el aeropuerto comiendo un helado ni bebiendo un refresco o una cerveza ni mucho menos llevo un vaso con un impotable café de Startbucks.   

De acuerdo con lo que he escuchado desde que me senté aquí, la gran mayoría de los pasajeros son colombianos, paisas, dicharacheros, amigables, sonreidores y comelones, abundantes y burdos, ansiosos de mostrar a los demás que han viajado por ‘todo’ Estados Unidos y otros países. 

No sé de dónde saca la gente, hoy, por ejemplo, tanta simpatía con sus vecinos de asiento que conocen apenas de vista. ¿No sería mejor que se callaran? ¿Qué sucedería de ocurrir una catástrofe y nos viéramos todos confinados el tiempo suficiente para que el agua y los alimentos se acaben? ¿Este vecinito simpático no atacaría violentamente a esa mujer por sus chupados huesos de pollo y restos de guiso y papa cocida? ¿Ah? Y, por otro lado, ¿no sería mejor esta salita de espera menos olorosa a carnes y grasas y gaseosas y más calmada con cada uno metido en lo suyo, sin afán de alardear de lo que no es ni tiene frente a personas que quizá no volverá a ver en su vida?

Qué aburrido, diría alguien. Seguro que sí, muy aburrido, pero acaso menos tonto, menos hipócrita y más con los pies en la tierra. Y bueno, ¿los pies en la tierra? Tal vez, de no tenerlos, tendría que ir a comprar comida chatarra (hamburguesa, perro, sánduche, paquetes de fritos, donas, helados, etcétera), pero me indigestaría. 

   Ya quiero regresar a mi mujer, a mi casa y a mis rutinas, a las cosas que conozco y a las que deseo volver a ver.

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