Memoria 102
25.03.2025 Tres sueños. En lo profundo había convenido con alguien asesinar a mi hermano con golpes de garrote. La decisión la había tomado yo. Mi hermano dormía en una cama estrecha en la habitación de al lado y era un hombre adulto con el que no había hablado. De hecho, no he hablado con mi hermano desde 2010, cuando fue de Ibagué a Bogotá a visitar a mi madre que estaba en una UCI y todos creíamos entonces que fallecería, al punto que entre los hermanos firmamos un documento para que en la clínica no se diera más asistencia mecánica. Uno de esos días llevé a mi hermano al apartamento en el que yo vivía con mi mujer; mi mujer en ese momento estaba en España, visitando a una amiga. Tuve una discusión con mi hermano. Lo acusé de cobarde por no estar más al tanto de mi madre. Mi madre resistió y se recuperó y a los pocos días mi hermano regresó a Ibagué. Desde entonces no lo he visto ni he vuelto a hablar con él. Es cierto que con alguna frecuencia pienso en él y en su familia, y en cierta medida me siento culpable por haberlo acusado, a él, un hombre muy religioso que no hacía mucho tiempo se había convertido al judaísmo.
Salí de esas profundidades escabrosas bastante asustado y triste por tener dentro de mí semejantes imágenes y me acomodé y volví a esas honduras detestables. Esta vez ya había sucedido lo del asesinato a golpes y yo sabía que sería descubierto; pero no había sido yo el asesino sino el determinador, alguien que actuaba por interpuesta persona -un hombre-. El daño ya estaba hecho, aunque no tenía la absoluta certeza y deseé con todas mis fuerzas de mi interior que estuviera vivo. Él seguía acostado, pero sin señales de violencia y daba la impresión de que dormía de espaldas. Nunca, en ambas ocasiones, le vi la cara. Sobresaltado, no quise saber más de esos momentos horribles, me dije que quería ver y sentir otra cosa y me vi a mí mismo tratando de acomodarme en una especie de sofá estrecho que me serviría de cama, tenía un par de almohadas y cobijas. Me senté muy asustado cuando entró un hombre de unos 35 años, de pelo negro y complexión media, que me miró muy serio y yo supe que era mi asesino. Lo señalé con el dedo índice de la mano derecha y le pregunté de manera enfática: ¡¿Quién es usted?! Me dieron permiso de dormir aquí dijo y se me quedó mirando fijo como si me fuera a atacar. Estaba de rodillas en el suelo como si buscara acomodo en el piso en donde, ahora lo descubría, había una persona durmiendo. Imaginé que dormiría profundamente bajo las cobijas y eso me protegería de que me matara. Pero caí en cuenta de inmediato de que me mataría durante el sueño y no me atreví a acostarme. Miraba al hombre a la cara. Estaba como a metro y medio de distancia y miré la almohada. Pensé en la navaja suiza y caí en cuenta de que me defendería poniendo la almohada como escudo y me giraría cuando el hombre me lanzara la primera cuchillada y yo le respondería hundiendo mi navaja varias veces en su estómago. En cierto sentido, saber eso me dio ánimos. Era algo positivo.
Al salir de nuevo de esas profundidades, entre asustado y ya más tranquilo, me dije que ya estaba mejor. Eran las 5:30 de la mañana cuando volví del baño y vi a mi mujer completamente estirada, con la cabeza a los pies de la cama y sin cobija encima. Últimamente duerme en esa posición para recibir de la ventana un poco de aire frío durante la noche calurosa. Me acomodé con cuidado de no perturbar su sueño, aunque se había fijado que yo había ido al baño y volvía y se tapó un poco, pero dejó su pie izquierdo por fuera de la cobija. Lo acaricié durante un momento hasta que ella lo movió en señal de que mi mano estaba caliente. Casi al instante un pájaro comenzó a cantar de manera firme, alta y sostenida. El cantó duró al menos 15 minutos y era como si estuviera a unos metros de nuestra ventana. Nunca en la ciudad -sí en la selva y en el campo- había escuchado el canto de ese pájaro, le dije a mi mujer durante el desayuno. Tiene una técnica vocal impresionante, dije a mi mujer. Durante todo el tiempo del canto no parecía tomar aire y sí que sus pulmones tenían una capacidad asombrosa. Siempre con notas altas y agudas, matizadas con sonidos bajos. El canto del saludo al nuevo día, pensé en la cama. Sin embargo, durante el canto lago e intenso, llegué a desear que se callara: me producía cierta angustia al tiempo que total desconcierto por semejante canto y por la potencia inaudita de sus pulmones. Finalmente, cuando ya clareaba, se alejó cantando, y a medida que el sonido se apagaba, yo entré de nuevo en el sueño, calmado ya.
***
El estado de ánimo para escribir ha sido más o menos un desastre. He escrito muy poco y tampoco siento verdadera necesidad de hacerlo. Lo que he escrito, ha sido más o menos por inercia, aunque he tenido un par de momentos buenos, pero no más. Como cuando escribí el ensayito sobre la amistad y cuando revisé mi novela El Hachero. A propósito de las pesadillas violentas de esta madrugada, debo decir que cuando releí el capítulo de la matanza −en la que hay un garrote de teca− me quedé muy impresionado por la violencia asesina que describo. ¿Yo fui capaz de escribir esta matanza tan espantosa? Casi no lo podía creer y todavía me sorprende. Claramente mis pesadillas, lo pensé esta mañana mientras acariciaba el pie de mi mujer, tienen que ver con que no me he logrado quitar aquella escena de la cabeza (la terminé de revisar el viernes pasado, hace 3 días). En el escrito de Francisco de Paula Muñoz, en su El crimen de aguacatal, los asesinos no usaron un garrote, sí un hacha y armas blancas mal afiladas. ¿Por qué cambié el hacha por una hoz e introduje un garrote fuerte? Superficialmente, pues para darle mayor brutalidad a los crímenes. Y porque, por lo que se desprende del libro de F. de P. Muñoz, jamás sabremos la verdad de lo que sucedió esa noche del 2 de diciembre de 1873. No sólo porque los autores tergiversaron la verdad, sino por las mismas razones de las mentiras que dijeron. Lo único cierto es que ejercieron un tipo de violencia extrema y seis personas fueron asesinadas. Pero hay algo más. ¿Por qué no elegí otras armas? Pero ¿qué otras como machetes, un azadón, el barretón? El subconsciente trabaja de manera inescrutable.
También es verdad que al aumentar la brutalidad de aquel ataque real al convertirlo en una ficción, es para llamar más la atención de un público cada vez más insensible que se ha venido acostumbrando a la brutalidad.