El armario (3)

Leandro Colmenares Rodríguez (Bogotá, 1982). Escritor y docente. Autor de El nombre y el abismo (2025). Ha publicado cuentos, artículos y ensayos en revistas y espacios culturales independientes. Su trabajo explora la condición humana, la violencia simbólica y las tensiones entre memoria, ética, tecnología y lenguaje.

Ha acompañado procesos de formación literaria y escritura creativa en contextos educativos, donde combina la lectura crítica con el trabajo con jóvenes lectores y escritores. Cree —con cierta terquedad— que la literatura sigue siendo una forma de resistencia al ruido, a la prisa y a la lógica utilitaria.

El armario (3)

Leandro Colmenares Rodríguez

 

10

Las clases eran los martes y jueves a las nueve de la noche en la trastienda del local. Al principio Édgar llegaba con el contrato de Alba bajo el brazo, como si fuera un talismán. Aurelio le daba un texto corto —un relato, una crónica, a veces una página de un libro viejo— y le pedía que lo leyera en voz alta. Édgar tropezaba. Se detenía en las comas. Volvía a empezar. Aurelio no lo corregía. Solo le preguntaba: ¿qué está haciendo este texto con usted?

Al principio Édgar no entendía la pregunta. Creía que Aurelio le preguntaba de qué trataba el texto. Pero no. Aurelio le preguntaba qué pretendía el texto. Qué quería de él. Qué estaba dispuesto a hacerle creer.

—Lea esto —le dijo una noche, y le dio un relato de un hombre que volvía a su pueblo después de años y descubría que ya no reconocía nada.

Édgar lo leyó. Le gustó. Se lo dijo.

—¿Y qué está haciendo el texto con usted? —preguntó Aurelio.

—Me está poniendo triste.

—¿Y por qué quiere ponerlo triste?

Édgar pensó.

—Porque quiere que yo entienda algo.

—¿Y qué quiere que entienda?

—Que el pueblo ya no es el pueblo. Que el hombre ya no es el hombre. Que todo cambia.

Aurelio asintió.

—Bien.

Las semanas pasaron. Édgar empezó a leer más rápido. Ya no tropezaba tanto. Descubrió que algunos textos lo hacían reír, otros lo hacían pensar, otros lo dejaban incómodo. Aprendió a distinguir cuándo un texto quería convencerlo y cuándo quería contarle algo. Aprendió a notar cuándo una palabra estaba en el lugar equivocado. Aprendió a buscar los huecos.

—Un texto es como una casa —le dijo Aurelio una noche—. Tiene puertas, ventanas, pasillos. Y a veces tiene sótanos. Usted tiene que aprender a caminar por la casa. A abrir las puertas. A mirar por las ventanas. A bajar al sótano.

—¿Y si el sótano está cerrado?

—Entonces busca la llave. O pregunta quién la tiene.

Después de los relatos vinieron las crónicas. Aurelio le daba textos de periódicos viejos, de revistas que ya no existían, de libros que nadie leía. Édgar aprendió a distinguir la voz del que escribe. A notar cuándo un cronista estaba contando lo que veía y cuándo estaba inventando lo que quería ver. Aprendió que la verdad también se puede escribir de muchas maneras.

—La crónica es el género más peligroso —dijo Aurelio—. Porque parece que está contando la verdad. Pero toda crónica es una versión. Y toda versión tiene un dueño.

Después vinieron los ensayos: textos de filósofos, de periodistas, de escritores. Édgar aprendió a seguir un argumento. A notar cuándo un argumento se sostenía y cuándo se caía. A distinguir entre una opinión y una tesis.

—Un ensayo no es una opinión —dijo Aurelio—. Es una opinión que se defiende. Y para defenderla hay que saber qué dice el otro. Hay que leer al otro. Aunque no esté de acuerdo.

Y después de los ensayos vinieron los contratos. Los contratos eran otra cosa. Los contratos no querían contar nada. Los contratos no querían hacer pensar. Los contratos querían ser firmados. Y para eso, usaban todas las herramientas de la literatura: la repetición, la elipsis, la ambigüedad, la distracción. Un contrato era un texto somnífero. Y Aurelio le enseñó a Édgar a no dormirse.

—Mire esta cláusula —le dijo una noche, señalando un párrafo—. ¿Qué hace?

Édgar la leyó. La leyó otra vez.

—Está redactada para que uno se canse —dijo—. Es larga, repite lo mismo con otras palabras, y al final le dice a uno que acepta todo lo anterior.

—¿Y por qué querría el contrato que uno se cansara?

—Para que uno no llegue al final.

—¿Y qué hay al final?

—La trampa.

Aurelio sonrió.

—Eso es leer un contrato.

Las clases dejaron de ser clases. Se convirtieron en algo más. Aurelio le invitaba un trago. A veces era aguardiente, a veces era ron, a veces era una cerveza que Aurelio guardaba en una nevera vieja en la trastienda. Se sentaban en dos sillas de madera, con el mostrador de por medio, y hablaban. De libros, de política, de la vida.

Una noche, después de varios tragos, Aurelio se quedó callado. Miraba el vaso. Lo giraba entre los dedos.

—¿Qué pasa? —preguntó Édgar.

—Nada —Aurelio bebió—. Que a veces me acuerdo de cosas. De mi trabajo anterior.

Édgar no dijo nada. Aurelio se sirvió otro trago.

—¿Sabe? Esta cosa viene de lejos —dijo—. De la pandemia. ¿Usted se acuerda?

—Más o menos. Era un niño.

—Yo trabajaba en una universidad y en una empresa de seguros. —Aurelio se rio, sin ganas—. ¿Puede creerlo?

Se quedó callado. Édgar esperó.

—De un día para otro, todo el mundo tuvo que descargar aplicaciones. Para entrar al trabajo. Para entrar al centro comercial. Para pedir una cita médica. Para pagar una cerveza. Para todo. —Aurelio bebió—. Y cada aplicación venía con un contrato. Un contrato larguísimo. Complicadísimo. Que nadie leía.

—¿Nadie?

—Nadie —Aurelio lo miró—. ¿Usted leyó el contrato de la última aplicación que descargó?

Édgar no respondió.

—Nadie lee —Aurelio se encogió de hombros—. Uno acepta y ya. Acepta y entra. Acepta y trabaja.

—¿Y nadie intentó parar eso?

Aurelio se rio. Esta vez con más ganas. Pero era una risa fea.

—Sí. Hubo intentos. En 2025. En 2027. En 2029 —negó con la cabeza—. Cada intento fracasaba. Porque las empresas decían que los contratos eran necesarios. Que sin ellos no se podía garantizar la seguridad. Que sin ellos no se podía garantizar la salud —bebió—. Y la gente les creía. Porque la gente tenía miedo.

—¿Y qué pasó en 2030?

—En 2030 se intentó regular —Aurelio dejó el vaso sobre el mostrador—. Se creó una ley. Pero la ley no prohibió los contratos. Solo los hizo más largos.

—¿Y entonces?

—Entonces apareció “Sí”, la solapada con voz dulce.

—Sí.

—Sí. La asistente virtual —Aurelio la imitó—. No se preocupe. Yo le resumo el contrato. Yo le digo lo que dice. Usted solo acepta.

—Y la gente le cree.

—La gente le cree —Aurelio bebió—. Porque Sí es amable. Porque Sí tiene una voz que tranquiliza.

Aurelio se sirvió otro trago. Le temblaba la mano.

—¿Usted sabe qué es Sí? —preguntó.

Édgar lo miró.

—¿La asistente virtual?

—No —Aurelio negó con la cabeza—. Sí no es eso.

—¿Entonces qué es?

Aurelio bebió. Se limpió la boca con el dorso de la mano.

—¿Usted sabe qué es un reloj?

Édgar se quedó callado. Aurelio lo miró.

—No me refiero a la hora. Me refiero a lo que le regalan a uno cuando le regalan un reloj.

Édgar pensó. Luego habló. Despacio. Recordando.

—“Cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido. Una cadena de rosas. Un calabozo de aire. No te dan solamente el reloj. Te regalan —no lo saben, lo terrible es que no lo saben—, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo. Algo que es tuyo pero no es tu cuerpo. Que hay que atar a tu cuerpo con su correa como un bracito desesperado colgándose de tu muñeca”.

Aurelio lo miró. Tenía los ojos rojos.

—Siga —dijo.

—“Te regalan la necesidad de darle cuerda todos los días. La obligación de darle cuerda para que siga siendo un reloj. Te regalan la obsesión de atender a la hora exacta. Te regalan el miedo de perderlo. De que te lo roben. De que se te caiga al suelo y se rompa”.

Aurelio asintió. Luego continuó. Con la voz pastosa. Con la vista baja.

—“No te regalan un reloj. Tú eres el regalo. A ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj”.

Se quedó callado. Édgar no dijo nada.

—Eso es Sí —dijo Aurelio—. Sí no es su asistente virtual. Usted es el asistente de Sí. Sí le da la cuerda todos los días. Sí le dice qué pensar. Sí le dice qué firmar. Y el smartwatch es la correa. La correa que lo ata a ella. El bracito desesperado que se cuelga de su muñeca. Sin el smartwatch, Sí no sabe nada de usted. No puede medir su pulso. Ni su respiración. Ni sus pupilas. Y si se lo quita, no existe.

Édgar miró su propio smartwatch. La correa negra. La pantalla apagada.

—Yo tengo uno —dijo.

—Todos tenemos uno. Y no me lo puedo quitar, porque si me lo quito, el sistema no sabe que estoy vivo.

Aurelio se pasó la mano por la cara.

—Miden todo. El pulso, la oxigenación, el estrés, la calma. Son algoritmos. Si tu pulso se acelera, el sistema dice que le gusta. Si tus pupilas se dilatan, dice que confía. Uno puede decir que no, pero el sistema tiene los datos. Y para el sistema, los datos son más confiables que la memoria, que la voluntad o que uno mismo.

Édgar apretó las manos.

—Por eso su esposa —dijo Aurelio—. Que en paz descanse. Ella no firmó nada. Pero el sistema leyó sus datos. Y los datos dijeron que sí.

—¿Y yo?

—Usted certificó. Usted puso el sello. Fue el eslabón que faltaba.

Édgar miró el vaso. Luego miró a Aurelio.

—¿Y usted cómo sabe todo esto?

Aurelio no respondió de inmediato. Se sirvió otro trago y se lo tomó de un golpe.

—Porque yo también trabajé para ellos —dijo, con la vista baja—. Yo fui uno de los que entrenó a la IA. Era experto en lingüística aplicada. Le enseñé a redactar contratos. Le enseñé a usar las palabras correctas. Le enseñé a cansar al lector.

Se quedó callado. Parecía más viejo. Más cansado. Tenía los ojos húmedos.

—Yo también trabajo para ellos —dijo Édgar—. Yo sello esos contratos. Certifico que la gente entendió sin haber leído. Todos los días. Once, veinte veces al día —levantó el vaso—. Así que no se avergüence, don Aurelio. Aquí no hay nadie exento.

Aurelio lo miró. Luego tomó el vaso. Brindaron. No dijeron nada más.

 

 

11

Dos semanas después, en el trabajo, le tocó certificar otro contrato. Una mujer mayor, sola, que quería un seguro de salud para ella y para sus nietos. Édgar escuchó la voz de Sí explicando las cláusulas. La mujer asintió. Pero Édgar, por primera vez en once años, leyó el contrato. Encontró una cláusula que Sí no había mencionado: la aseguradora podía usar los datos genéticos del usuario y de sus familiares para “optimización de riesgos hereditarios”.

—¿Qué significa eso? —preguntó la mujer, viendo que Édgar se había detenido.

Édgar sintió el peso de la pregunta. Recordó las clases de Aurelio. Recordó el artículo del periódico, la coma, el hueco. Recordó a Alba. Recordó el sello que había puesto sin entender.

—Le voy a mostrar el contrato —dijo—. Y vamos a leerlo juntos.

La mujer asintió.

—Cláusula 47 —leyó Édgar—. De la optimización de riesgos hereditarios y la integridad genética familiar.

—¿Qué es eso?

—Vamos por partes. —Édgar señaló la pantalla—. El Asegurado, en su calidad de titular de la póliza y en representación de su núcleo familiar presente y futuro…

—¿Presente y futuro?

—Presente y futuro. Usted. Sus hijos. Sus nietos. Y los hijos de sus nietos. Todos.

Édgar siguió leyendo.

—…autoriza de manera libre, previa, expresa e informada a la Aseguradora, a sus filiales, subsidiarias, matrices, cesionarias y terceros autorizados…

—¿Qué es un tercero autorizado?

—Cualquiera. Cualquiera que la aseguradora quiera meter en el contrato. No sabe quién. No lo dice.

—…para que, en el marco de los programas de optimización de riesgos hereditarios, acceda, procese, analice, modifique, sintetice y disponga de la información genética del Asegurado y de sus familiares hasta el quinto grado de consanguinidad…

—¿Hasta el quinto grado?

—Su nieta. El bebé de su nieta. Los hijos de ese bebé. Hasta cinco generaciones.

Édgar vio que la mujer se llevaba la mano al pecho.

—¿Y qué quiere decir “modifique”?

Édgar señaló la palabra en la pantalla.

—Ahí está. “Modifique”. No solo leen la información. La modifican. Y sigue: incluyendo embriones en cualquier etapa de desarrollo.

—¿Embriones?

—Sí. El bebé de su nieta. Antes de nacer. La aseguradora puede acceder a su información genética. Y modificarla. Para eliminar lo que considera defectos. Para agregar lo que considera ventajas.

La mujer se quedó callada. Édgar siguió leyendo.

—Con el propósito de garantizar la viabilidad, sostenibilidad y rentabilidad del sistema de salud…

—¿Rentabilidad?

—Sí. La cláusula dice que su información genética, y la de su familia, se usan para garantizar la rentabilidad de la aseguradora. No su salud. No la de su familia. La rentabilidad.

—…así como de prevenir la transmisión de enfermedades y condiciones genéticas que pudieran representar un riesgo para el interés general.

—¿Interés general?

—Sí. “Interés general”. No dice “su interés”. No dice “el interés de su familia”. Dice “el interés general”. El interés de todos. Menos el suyo.

Édgar siguió leyendo.

—El Asegurado renuncia expresamente a cualquier reclamación presente o futura, de naturaleza civil, penal, administrativa o constitucional…

—¿Renuncia?

—Sí. Renuncia a todo. A demandar. A denunciar. A reclamar. A pedir explicaciones. Aunque lo que hagan con su familia sea ilegal. Aunque sea inhumano. Usted ya renunció.

—…derivada de las actuaciones autorizadas en la presente cláusula, y reconoce que las decisiones de la Aseguradora en materia de optimización genética son de carácter técnico, definitivas e inapelables.

Édgar terminó de leer. Miró a la mujer.

—Eso es lo que va a firmar.

La mujer se quedó en silencio un momento. Luego preguntó:

—¿Y Sí no dijo nada de esto?

—Sí no lo dijo.

—¿Y por qué?

—Porque Sí resume. No lee. Resume. 

La mujer lo miró largamente. 

—Gracias —dijo—. Voy a pensarlo.

En ese momento, la pulsera de la mujer parpadeó. Los puntos verdes que habían estado encendidos desde el inicio del proceso se apagaron. Luego se encendió un punto ámbar. Luego otro. El sistema estaba detectando algo. Algo que no esperaba.

—Señora —dijo Sí, con su voz de hermana mayor—. Detecto una variación en sus patrones de lectura. Esto suele indicar fatiga o confusión. Le recomiendo aceptar ahora y resolver cualquier duda después. El contrato tiene una cláusula de desistimiento de treinta días. Puede cambiarlo después.

La mujer miró la pulsera.

—No estoy confundida —dijo.

—Por supuesto que no —dijo Sí—. Solo digo que a veces las decisiones importantes se toman mejor cuando uno no está cansado. Y el día ha sido largo. Su índice de estrés ha subido un doce por ciento en los últimos quince minutos.

—Estoy bien.

—También detecto una variación en su ritmo cardíaco. Podría ser un síntoma de ansiedad. La empresa ofrece apoyo psicológico a los usuarios que lo necesiten. El plan Premium Familiar incluye tres sesiones mensuales con una IA profesional y certificada.

La mujer miró a Édgar. Édgar no dijo nada. Solo esperó.

—Señora —insistió Sí—. Le recuerdo que este contrato tiene una oferta especial que vence hoy. Si lo firma ahora, el descuento del cuarenta por ciento se mantiene. Si lo deja para mañana, tendrá que pagar el precio completo.

La mujer miró la pulsera. Luego miró a Édgar. Luego volvió a mirar la pulsera.

—Cállate —dijo.

Sí se quedó en silencio. La pulsera parpadeó una vez, dos veces. Los puntos verdes seguían apagados.

La mujer volvió a mirar a Édgar.

—¿Usted me puede explicar otra vez esa parte de los embriones?

Édgar asintió. Volvió a abrir el contrato. Volvió a leer la cláusula. La mujer escuchó. Preguntó. Entendió. Cuando terminaron, la mujer guardó el documento en su bolso.

—Gracias —dijo—. Usted es un ángel, que Dios lo guarde.

Y se fue. Cuando salió, el módulo quedó en silencio. Sí parpadeó una vez, dos veces.

—Señor Salcedo —dijo Sí, con su voz de hermana mayor—. La certificación no fue completada. Esto puede generar una disminución en su índice de Fluidez Emocional. ¿Desea registrar una justificación?

Édgar miró la pantalla. Los puntos verdes de la pulsera, que habían medido la reacción de la mujer, seguían apagados.

—No —dijo—. No deseo registrar nada.

Sí parpadeó otra vez.

—Entendido —dijo—. Su comportamiento será registrado como anomalía. ¿Desea reprogramar la cita?

—No —repitió Édgar—. No voy a reprogramarla.

—Señor Salcedo —dijo Sí, y esta vez su voz cambió. Ya no era la voz de la hermana mayor. Era otra. Más fría. Más administrativa—. Permítame recordarle que su índice de Fluidez Emocional es parte de su evaluación de desempeño. Una disminución podría afectar su bonificación de fin de año.

Édgar no dijo nada.

—También podría afectar su elegibilidad para el ascenso que solicitó el trimestre pasado. Y su posición en el ranking de la zona sur —Sí hizo una pausa—. ¿Está seguro de que no desea registrar una justificación?

—Estoy seguro.

—Entendido —dijo Sí—. También debo informarle que su negativa a completar la certificación será reportada a su supervisor. El reporte incluirá una nota sobre su actitud durante el proceso.

—¿Qué actitud?

—Su falta de disposición. Su poca voluntad de servicio. Su bajo compromiso con los objetivos del área —Sí hizo otra pausa—. ¿Está atravesando algún problema personal, señor Salcedo? La empresa ofrece apoyo psicológico a los empleados que lo necesiten. El plan Premium Familiar incluye tres sesiones mensuales con una IA profesional y certificada.

Édgar sintió que le hervía la sangre.

—No estoy atravesando ningún problema personal.

—Entendido —dijo Sí—. En ese caso, debo registrar su comportamiento como una anomalía deliberada. ¿Desea agregar algún comentario?

—No.

—¿Desea reprogramar la cita?

—No.

—¿Desea solicitar una revisión de su perfil de Fluidez Emocional?

—No.

—Entendido —dijo Sí—. Le recuerdo que el plan Premium Familiar está disponible por tiempo limitado. Si lo contrata hoy, el segundo mes le sale a mitad de precio.

Édgar cerró el módulo. Se quedó sentado en la oscuridad, escuchando el zumbido de los servidores. Por primera vez en once años, no había puesto el sello.

Esa noche abrió el cuaderno de Alba y buscó una palabra que no recordaba: aunque.

 

 

12

El lunes, a las ocho de la mañana, Édgar llegó al módulo y encontró un correo del supervisor. Asunto: Plan de mejora. Cuerpo: Señor Salcedo, se adjunta el reporte de su última evaluación. Por favor, revíselo y confirme recepción. Cualquier duda, quedo atento.

Édgar abrió el adjunto. Era un documento de tres páginas. La primera página tenía su foto, su nombre, su código de empleado, su índice de Fluidez Emocional. El índice había bajado de 94 a 61. Al lado, en rojo, una frase: Requiere refuerzo inmediato.

La segunda página tenía el detalle. La certificación no completada. La mujer que se fue sin firmar. La pérdida para la empresa. La falta de disposición. La poca voluntad de servicio. El bajo compromiso con los objetivos del área.

La tercera página tenía algo que Édgar no esperaba. Una línea al final, en letra pequeña: Datos biométricos del certificador — smartwatch corporativo. Registro del 14 de abril de 2036. Evento detectado: episodio de llanto prolongado. Ubicación: estación de Transmilenio Boring, Corredor de Nutres. Duración: una hora y veintitrés minutos. Observación: el certificador permaneció sentado en una banca durante el episodio, sin responder a estímulos externos. Esto puede indicar inestabilidad emocional, fatiga extrema o ambas.

Édgar leyó esa línea tres veces. Luego cerró el correo y se quedó sentado, mirando la pantalla del módulo, sin ver nada.

Sabían que había llorado. Sabían dónde. Sabían cuánto tiempo. Sabían que era un hombre sentado en una banca, llorando, durante una hora y veintitrés minutos. Y lo habían registrado. Y lo habían adjuntado a su evaluación de desempeño. Como si fuera un síntoma, una falla, una prueba de que no servía para el cargo.

A las nueve llegó el supervisor. Se llamaba Hernán. Era un hombre joven, de voz suave, que nunca levantaba la voz. Se sentó frente a Édgar con una tableta en la mano.

—Señor Salcedo —dijo—. ¿Vio el reporte?

—Lo vi.

—Bien. —Hernán tecleó algo en la tableta—. Mire, esto no es una sanción. Es una oportunidad de mejora. La empresa cree en usted. Lleva once años aquí. Once años no se botan a la basura.

—¿Qué va a pasar?

—Nada. Absolutamente nada —Hernán sonrió—. Le vamos a asignar más certificaciones. Para que recupere su índice. El sistema detectó que necesita reforzar su compromiso.

—¿Más certificaciones?

—A partir de mañana. Para que recupere el ritmo. Ya verá que en unas semanas todo vuelve a la normalidad.

Édgar no dijo nada.

—También le vamos a asignar un acompañamiento. Un coach de Fluidez Emocional. Para que trabaje esos episodios de… —Hernán dudó un segundo—. Bueno, usted sabe.

—¿Episodios de qué?

—De llanto —Hernán tecleó otra vez—. No es obligatorio. Pero la empresa lo recomienda. El coach le va a enseñar técnicas de manejo emocional. Para que no vuelva a pasar.

Édgar miró la pantalla del módulo. Luego miró a Hernán.

—¿Y si no quiero el coach?

—Puede no quererlo. Es libre —Hernán hizo una pausa—. Pero si no lo quiere, el sistema lo va a registrar como una negativa a recibir apoyo. Y eso puede afectar su próxima evaluación.

—Entiendo.

—¿Alguna pregunta?

—No.

—Perfecto —Hernán se levantó—. Ánimo, Salcedo. La empresa es una familia. Y en las familias uno se apoya.

Eso fue todo. Hernán se fue. Édgar se quedó en el módulo. Su compañero de al lado, William, no había llegado todavía. El módulo estaba en silencio. La pantalla seguía encendida. El correo seguía abierto. El reporte seguía ahí. Episodio de llanto prolongado. Duración: una hora y veintitrés minutos.

Édgar entendió, entonces, lo que estaba pasando. No lo iban a despedir. Eso hubiera sido fácil. Lo iban a agotar. Y en unos meses, cuando ya no pudiera más, cuando el índice llegara a cero, cuando el sistema tuviera suficiente evidencia, lo iban a sacar. Sin indemnización. Sin explicaciones. Con una sonrisa administrativa.

 

(espere la entrega 4)

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.