El armario (2)

Leandro Colmenares Rodríguez (Bogotá, 1982). Escritor y docente. Autor de El nombre y el abismo (2025). Ha publicado cuentos, artículos y ensayos en revistas y espacios culturales independientes. Su trabajo explora la condición humana, la violencia simbólica y las tensiones entre memoria, ética, tecnología y lenguaje.

Ha acompañado procesos de formación literaria y escritura creativa en contextos educativos, donde combina la lectura crítica con el trabajo con jóvenes lectores y escritores. Cree —con cierta terquedad— que la literatura sigue siendo una forma de resistencia al ruido, a la prisa y a la lógica utilitaria.

El armario (2)

Leandro Colmenares Rodríguez

 

6

Édgar salía del trabajo agotado. Había sido un día largo. Once certificaciones. Once sellos. Once veces el mismo timbre, la misma voz de Sí, los mismos puntos verdes encendiéndose casi al tiempo. Édgar cerró el módulo a las seis y caminó hasta la estación de Transmilenio con la sensación de que los hombros le pesaban.

El bus llegó lleno. Édgar subió, se sostuvo del tubo y miró hacia las ventanas. Eran ventanas de verdad: vidrio transparente, marcos de metal, el paisaje de la Caracas pasando detrás. Pero también eran pantallas. En el vidrio había una capa delgada, casi invisible, que en ciertos momentos se encendía. El sistema la activaba cuando el bus pasaba por ciertas zonas, cuando detectaba ciertas señales, cuando alguien se sostenía del tubo demasiado tiempo. Entonces el paisaje se borraba. Y en su lugar aparecía otra cosa.

Édgar suspiró. Los sensores del tubo registraron sus huellas, el smartwatch su pulso. La ventana parpadeó. Luego cambió.

Apareció Alba Lucía, de pie, con un vestido azul que jamás había usado en vida, hablando con su voz reconstruida por inteligencia artificial. La ventana del bus se había convertido en un escaparate. Y en el escaparate estaba su esposa.

—Yo morí tranquila —decía—, porque confié en Ánima Hogar. Mi familia no tuvo que preocuparse por nada. Ni por los papeles, ni por los gastos, ni por la despedida. Ánima Hogar se encargó de todo. Por eso les digo: no esperen. Aseguren su descanso hoy. Sus seres queridos se lo van a agradecer.

Detrás de ella había un paisaje de montañas, un cielo azul, una casa con jardín.

—Ánima Hogar —seguía la voz—. Porque la muerte también se planea.

Al final, esa recreación sonrió de una manera en la que Alba Lucía nunca sonrió en la vida real, porque en la vida real sonreía torcido.

Édgar se quedó quieto. El bus seguía avanzando. Los pasajeros seguían mirando sus celulares, sus audífonos, sus propias pantallas. Nadie volteó a mirar la ventana. Nadie vio a Alba Lucía. Era un comercial más.

Apretó el tubo. El tubo volvió a registrar su pulso. La ventana parpadeó otra vez. El comercial de Ánima Hogar se cortó. Pero esta vez no fue en la ventana. Fue en sus auriculares. Una voz distinta, suave, casi susurrante, le habló directamente al oído:

—¿Ansiedad? ¿Estrés? ¿Dificultad para dormir? Farmacias La Confianza tiene la solución. Flores de Bach, aceites esenciales, tés relajantes. Todo para que usted vuelva a sentirse bien. Porque su bienestar es nuestra prioridad.

Édgar se llevó la mano al oído. No había forma de apagarlo. Los auriculares no tenían botón de apagado. Nunca lo habían tenido.

—Farmacias La Confianza —seguía la voz—. Lo acompañamos en los momentos difíciles.

La voz se detuvo. Luego, en un tono casi cariñoso, añadió:

—Édgar, detectamos una frecuencia cardíaca elevada. Le recomendamos respirar profundo. Si desea, podemos reproducir una guía de respiración. Disponible en el plan Premium.

Édgar se quitó los auriculares. Los guardó en el bolsillo.

El bus se detuvo en la siguiente estación. Édgar se bajó. Caminó hasta una banca vacía y se sentó. Apoyó los codos en las rodillas y la cabeza en las manos. Cerró los ojos. El ruido del bus, de la gente, de la ciudad, seguía a su alrededor. Pero él no lo oía. Solo oía la voz de Alba Lucía diciendo yo morí tranquila. Solo veía su rostro sonriendo en la pantalla. Un rostro que no era el suyo. Una sonrisa que no era la suya.

Y entonces lloró.

No un llanto ruidoso. Un llanto seco, contenido, que le salía de algún lugar del pecho y le humedecía las manos. Las manos que sostenían la cabeza. Las manos que habían puesto el sello. Las manos que habían firmado el contrato. Las manos que no habían estado con Alba cuando murió.

Lloró sin mover el cuerpo. Sin hacer ruido. Solo las lágrimas cayendo entre los dedos, sobre los nudillos, sobre el cemento del andén. Y mientras lloraba, se dio cuenta de algo.

No había llorado cuando murió Alba.

No había llorado en el funeral.

No había llorado durante la cremación.

Había firmado papeles. Había recibido condolencias. Había organizado la despedida. Había vuelto al trabajo a los tres días. Había certificado comprensión once veces esa semana. Había puesto el sello once veces. Y no había llorado ni una sola vez.

Ahora, trece meses después, sentado en una banca de Transmilenio, lloraba por un comercial. Abrió los ojos. Un bus pasó. No lo tomó. Luego pasó otro. Tampoco lo tomó. Cuando por fin se levantó, ya era de noche.

 

7

Durante noches no durmió. Finalmente, una tarde, después de la jornada laboral, fue hasta las oficinas de Ánima Hogar y pidió una copia del contrato de Alba.

—¿Cita? —preguntó la recepcionista.

—No tengo cita.

—Sin cita no se puede. Descargue la aplicación, solicite una cita y vuelva el día que le asignen.

Édgar descargó la aplicación. Solicitó la cita. Le dieron una fecha para once días después. Cuando llegó, había más de noventa personas en la sala de espera. Solo tres módulos abiertos. A Édgar le tocó el turno 97. Esperó tres horas. Cuando por fin lo llamaron, la funcionaria le dijo que ese trámite no se hacía en esa sede. Que tenía que ir a la sede norte, que era la principal. Que pidiera otra cita por la aplicación.

Édgar pidió otra cita. Le dieron una fecha para ocho días después. Cuando llegó a la sede norte, le dijeron que el sistema estaba caído. Que volviera al día siguiente. Édgar volvió al día siguiente. El sistema seguía caído. Volvió al otro día. Esta vez el sistema funcionaba, pero le faltaba un formulario. Que lo descargara de la página web. Édgar lo descargó, lo llenó, lo imprimió, lo firmó, lo llevó. La funcionaria lo revisó. Le dijo que faltaba una copia del documento de identidad de Alba.

Édgar la llevó. La funcionaria la revisó. Le dijo que faltaba la partida de defunción. Édgar la llevó. La funcionaria la revisó. Le dijo que faltaba la certificación de comprensión del contrato original.

—¿Y esa certificación dónde la consigo?

—En la Defensoría del Usuario Emocional.

—¿Y allá cómo pido cita?

—Por la aplicación.

Édgar ya tenía la aplicación. Ya sabía cómo funcionaba. Pidió la cita. Le dieron una fecha para quince días después. Cuando llegó, le dijeron que la certificación no se expedía en ventanilla. Que tenía que solicitarla por escrito. Que la respuesta llegaba en diez días hábiles. Édgar la solicitó por escrito. Esperó diez días hábiles. La respuesta llegó: la certificación estaba en trámite. Édgar esperó otros cinco días. La certificación llegó. La llevó a Ánima Hogar. La funcionaria la revisó. Esta vez dijo que ya nada faltaba.

—Aquí está —dijo, y le entregó una carpeta con el contrato.

Édgar la abrió. Era un documento de ciento catorce páginas. En el folio 3 encontró la firma que lo dejó frío: Verificado por: E. Salcedo Ortiz, Certificador Nivel Básico. Índice de comprensión certificada: 100%.

Su propio sello. Puesto por él mismo, en una pantalla anónima.

Édgar leyó esa línea tres veces. Luego pasó las páginas. No entendió todo. Había cláusulas que se doblaban sobre sí mismas, frases que se contradecían, párrafos que parecían escritos para que el lector se cansara.

En la última página encontró el espacio donde debía estar la firma de Alba. Estaba vacío. No había rúbrica, no había huella, no había declaración. Solo una línea impresa: “Consentimiento generado a partir de parámetros biométricos compatibles con la comprensión. Verificación certificada por E. Salcedo Ortiz.” Junto a un código de barras.

 

8

Fue a la Defensoría del Usuario Emocional, que quedaba en el piso once de un edificio comercial.

—Quiero revocar el contrato de mi esposa.

—¿Qué contrato?

—El Plan Despedida Oro de Ánima Hogar. Generado el 12 de marzo de 2035.

El funcionario tecleó algo. Miró la pantalla. Luego miró a Édgar.

—Ese contrato no está firmado por su esposa.

—Lo sé. Por eso quiero revocarlo.

—No se puede revocar un contrato que no fue firmado.

—Entonces anúlenlo.

—No se puede anular un contrato que ya fue certificado —el funcionario señaló la pantalla—. Aquí dice que usted certificó que su esposa comprendió. Índice de comprensión certificada: 100%.

—Pero yo no leí el contrato. Yo no vi su cara. Yo solo puse un sello.

—Eso no importa. Usted certificó que ella reaccionó de manera compatible con la comprensión. Con eso, el contrato es válido.

—¿Y ella? ¿Ella qué firmó?

—Nada. Ella no firmó nada —el funcionario se recostó en la silla—. Su esposa estaba en una clínica. La clínica monitorea a los pacientes. El smartwatch registra pulso, oxígeno, temperatura, sueño, presión. Todo. Esos datos son de la clínica. Y la clínica los vende.

—¿Los vende?

—A ver, le voy a hacer el favor de explicarle. La clínica es dueña de los datos. Los vende a empresas de publicidad. Las empresas de publicidad los compran, los analizan, los cruzan con otros datos. Y cuando detectan un perfil interesante, lo venden.

—¿Y Ánima Hogar compró el perfil de mi esposa?

—Sí. Edad, diagnóstico, familia a cargo, sin plan funerario, voz registrada en el sistema, etc. Generaron un contrato con esos datos. No necesitaban que ella firmara. Solo necesitaban que sus datos dijeran que estaba en un estado de comprensión plena.

—¿Y ustedes certificaron eso?

—Usted certificó eso, señor Salcedo. Usted puso el sello. Con eso, el contrato es válido.

Édgar se quedó callado. El funcionario esperó unos segundos. Luego añadió:

—¿Usted sabe lo que mide un smartwatch hoy?

Édgar no respondió.

—Mide el pulso, la oxigenación, la temperatura, el sueño, la presión arterial. Detecta caídas, accidentes, apneas. Sabe si usted está nervioso, si está cansado, si está tranquilo. Sabe si está durmiendo. Sabe más de usted que usted mismo.

El funcionario giró la pantalla hacia Édgar. En la pantalla había una gráfica. Una línea azul que subía y bajaba. Al lado, una fecha: 12 de marzo de 2035.

—Esta es la lectura biométrica de su esposa el día que se generó el contrato. Pulso estable. Respiración pausada. Pupilas dilatadas de manera compatible con la comprensión. Temperatura corporal dentro del rango de calma —el funcionario señaló la línea—. El sistema interpretó que su esposa estaba en un estado de comprensión plena. Por eso generó el contrato. Por eso usted lo certificó. Por eso es válido.

—Pero ella no firmó nada.

—No necesitaba firmar —el funcionario se recostó en la silla—. Una firma se puede falsificar. Una firma se puede obtener bajo presión. Una firma se puede negar después. Pero una lectura biométrica, no. Si el sistema dice que su esposa estaba tranquila, ¿quién va a contradecirlo? ¿Usted? ¿Yo?

Édgar no dijo nada.

—Su esposa ya no está, señor Salcedo. No puede declarar. No puede negar. No puede decir “yo no quería eso”. Lo único que queda de ella son los datos. Y los datos dicen que ella comprendió. Los datos dicen que ella aceptó. Los datos dicen que ella firmó, aunque no haya firmado.

—Eso es una mentira.

—Eso es un contrato. ¿Algo más, señor Salcedo?

—No —dijo Édgar—. Nada más.

 

9

Esa noche sacó del armario una caja de cartón que había estado guardando desde la muerte de Alba y que no se había atrevido a mirar: su ropa, su reloj, un rosario, y en el fondo, un cuaderno de pasta dura azul.

En la primera página decía: Para cuando alguien todavía quiera leer.

Édgar pasó las páginas. No era un diario. Era todo mezclado: apuntes de estudio, ejercicios de escritura, frases subrayadas de libros que Alba había leído, dibujos de Manuela cuando era chiquita, fotos de los tres. En una página había una lista de palabras. En otra, una frase tachada y reescrita tres veces. En otra, un párrafo entero subrayado con lápiz rojo. En otra, una foto de Manuela con un gorro de lana, sonriendo.

Édgar reconoció algunas de esas palabras. Sin embargo, no obstante, acaso, quizás, aunque. Palabras que servían para doblar una idea sobre sí misma. Intentó leerlo casi una hora. Entendió fragmentos, pero no el peso completo.

En la última página encontró una dirección: San Andresito de la Sexta, local 213, preguntar por Nariño. Tardó dos sábados en decidirse a ir.

El local 213 no tenía aviso. Tenía a un hombre de chaleco de pana sentado detrás de un mostrador de vidrio donde había fichas de cartón con palabras escritas a mano. Detrás de él, estantes enteros: discos viejos apilados sin orden, películas en VHS con las carátulas desgastadas, pilas de libros usados con el lomo quebrado, cómics doblados, mangas con las pastas de colores desvaídos. Todo junto, como si el tiempo y el género no importaran.

—Buenas tardes —dijo el hombre, sin levantar la vista—. ¿Busca algo en particular?

—¿Usted es Nariño?

—Aurelio Nariño, para servirle. ¿Qué necesita?

Édgar no supo cómo empezar. Puso el cuaderno sobre el mostrador.

—Mi esposa tenía esta dirección aquí.

Aurelio miró el cuaderno. Luego miró a Édgar. Luego volvió a mirar el cuaderno. Algo en su cara cambió.

—Claro —dijo—. Como no, don Édgar. Siento mucho lo de su señora. Nosotros no fuimos amigos, pero sí nos conocíamos de años. Le gustaba venir a hojear, a comprar, a charlar —tomó el cuaderno con cuidado, como si fuera un objeto frágil—. ¿En qué le puedo servir?

—No sé —dijo Édgar—. En realidad en nada. Es que no sé si tiene sentido. Pensé que esta anotación era una especie de señal. Un mensaje.

—¿Un mensaje para qué?

—Para solucionar lo del contrato.

—Ya veo. ¿Me quiere contar?

—Mi esposa aceptó un contrato antes de morir. Un Plan Despedida Oro de Ánima Hogar. Y ahora la veo en los comerciales de Transmilenio. No sé qué hacer. No sé si puedo revocarlo.

Aurelio abrió el cuaderno. Pasó las páginas despacio. Se detuvo en una donde Alba había escrito la misma frase tres veces, tachada y reescrita. Se detuvo en otra donde había un dibujo de Manuela. Se detuvo en otra donde había una lista de palabras. Cerró el cuaderno.

—Yo algo sé de esos contratos —dijo—. Están muy blindados. Los redactan para que uno se canse antes de llegar al final. Pero no son infalibles. Requieren de un lector atento.

—¿Y yo puedo aprender a leer así?

Aurelio lo miró.

—¿Usted quiere aprender?

—Sí.

—Puede empezar con estas fichas. Pero no es suficiente. Las fichas son para recordar. Para aprender de verdad hay que sentarse a leer, a pensar, a preguntar —hizo una pausa—. Si quiere, yo le ayudo.

Édgar miró las fichas sobre el mostrador. La ficha de Pero costaba dos mil pesos. La de Sin embargo, ocho mil. Aunque, todavía, quizá, por qué, a pesar de. El subjuntivo completo venía en un sobre aparte de treinta mil pesos.

—¿Y por qué unas son más caras que otras? —preguntó.

Aurelio sonrió.

—Porque no todas son iguales. Pero es fácil, cualquiera la usa. Sin embargo es más enredada: hay que pensar dos veces. La gente ya no piensa dos veces. Por eso vale más. Y el subjuntivo… ese ya casi nadie lo usa. La gente ya no dice “si pudiera” o “quizás”. Dicen “es” y ya. El subjuntivo es pa’ los que todavía creen que las cosas pueden ser distintas.

—¿Y usted por qué las vende?

—Pues como todo aquí, papá. La gente copia la ropa, copia la música, copia las películas. Yo copio palabras. Las que ya no se usan. Las que se perdieron. Las guardo en fichas, las vendo, y la gente vuelve a usarlas.

Édgar tomó una ficha al azar. Decía aunque.

—Su esposa venía mucho. Le gustaba leer y escribir. Le costaba muchísimo el subjuntivo. Decía que después de tantos años en el colegio se le había atrofiado la duda —Aurelio hizo una pausa—. Me dijo que no le daba miedo morirse, sino terminar de embrutecerse.

Édgar se quedó callado. Afuera, en la calle, alguien vendía frutas y alguien discutía por el precio. Aurelio no apartó la mirada.

—El caso es que eso que usted quiere —siguió Aurelio— no se aprende en una tarde. Eso requiere sentarse a leer, a pensar, a preguntar. Y no le garantizo nada. De pronto, no soluciona lo del contrato, pero encuentra otra cosa. ¿Está dispuesto?

Édgar miró la ficha en la mano. La puso sobre el mostrador.

—Estoy dispuesto.

(espere la entrega 3)

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