Leandro Colmenares Rodríguez (Bogotá, 1982). Escritor y docente. Autor de El nombre y el abismo (2025). Ha publicado cuentos, artículos y ensayos en revistas y espacios culturales independientes. Su trabajo explora la condición humana, la violencia simbólica y las tensiones entre memoria, ética, tecnología y lenguaje.
Ha acompañado procesos de formación literaria y escritura creativa en contextos educativos, donde combina la lectura crítica con el trabajo con jóvenes lectores y escritores. Cree —con cierta terquedad— que la literatura sigue siendo una forma de resistencia al ruido, a la prisa y a la lógica utilitaria.
El armario (1)
Leandro Colmenares Rodríguez
1
Édgar Salcedo llevaba once años certificando que la gente entendía cosas, y durante ese tiempo nunca había entendido nada él mismo del todo, lo cual, según su última evaluación de desempeño, lo hacía “un perfil altamente compatible con el cargo”.
Trabajaba en un módulo de vidrio opaco en el segundo piso del Centro Comercial Santafé, entre una heladería que vendía nostalgia por porciones y un cajero automático que le preguntaba al usuario cómo se sentía antes de dejarle sacar la plata. El módulo se llamaba Punto de Verificación de Comprensión Asistida, y la gente hacía fila ahí con la misma mezcla de fastidio y fe que en la eucaristía o en la Dian.
Ese miércoles, a las nueve y catorce de la mañana, le tocó una pareja joven que quería casarse.
—Es un combo —explicó el muchacho, que se llamaba Yeison y llevaba puesta una camiseta con el logo de un equipo de fútbol que ya no existía—. Matrimonio más crédito de vivienda más streaming familiar. Sale más barato si uno lo firma todo junto.
—Contrato de Vida Compartida Ánima Hogar, Plan Plata —leyó Édgar en la pantalla, sin necesidad de leerlo, porque llevaba tantos años viendo ese mismo documento que sus ojos se habían vuelto perezosos—. Perfecto. Vamos a proceder con la verificación.
Su asistente virtual, que se llamaba Sí, se encendió con un tintineo alegre en el smartwatch de los novios.
—¡Hola! —dijo Sí, con esa voz que se había diseñado para sonar como la hermana mayor que uno hubiera querido tener—. Vamos a hacer un resumen rapidito de lo que están firmando. ¿Listos?
—Listos —dijo la novia, que se llamaba Yurany y no apartaba los ojos del anillo.
—Bueno. Ustedes se casan. ¡Felicitaciones! La casa es de ustedes, pero también un poquito del banco. Si algo sale mal, hablamos. Si se separan, el banco decide quién se queda con qué, porque técnicamente el banco lleva la relación más tiempo que ustedes dos. Y tienen streaming ilimitado de por vida, así el amor no dure tanto. ¿Todo clarito?
—Clarísimo —dijeron los dos al tiempo.
Édgar observó los indicadores en su propia pantalla: el smartwatch medía la dilatación de las pupilas, la frecuencia cardíaca, un microgesto en la comisura de los labios que el sistema llamaba -en su documentación interna- “reacción de asentimiento genuino”. Los dos puntos verdes se encendieron casi al tiempo.
Comprendido. Comprendido.
Édgar puso el sello.
—Felicitaciones —lo dijo con calidez auténtica, porque Édgar era, en el fondo, un hombre que quería que a la gente le fuera bien, aunque hubiera dejado de saber cómo comprobarlo.
Después de los novios llegó doña Ceneth, ochenta y un años, que quería adelantar el papeleo de su propio funeral “para no dejarles ese problema a los muchachos”.
—Plan Despedida Oro —anunció Sí, con el mismo entusiasmo con que había anunciado la boda—. Incluye velación con iluminación ambiental, urna personalizable con hasta tres frases y publicación automática de esquela en redes con opción de patrocinio para reducir el costo total. ¿Sabía que si acepta publicidad discreta durante el servicio, el plan le sale con el cuarenta por ciento de descuento?
—¿Qué tan discreta? —preguntó doña Ceneth.
—Un aviso al principio y otro al final, doña Ceneth. Y el minuto de silencio de la capilla lo puede patrocinar una marca de café si quiere, sube el descuento dos puntos más.
Doña Ceneth se quedó pensando.
—¿Y no hay patrocinio de aguardiente?
—Doña Ceneth, ahora tenemos una promoción especial: Aguardiente Neón. Brilla en la oscuridad. Si su fallecimiento ocurre entre junio y septiembre, la empresa ofrece una copa de cortesía a los asistentes.
—¿Y qué quieren a cambio?
—Durante la velación se instalarían unas cámaras para evaluar la recepción del producto.
Doña Ceneth sonrió.
—¿Y cuánto me rebajan?
—Con el patrocinio completo y las cámaras, el descuento sería del cuarenta y cinco por ciento.
Doña Ceneth asintió.
—Bueno. Uno no se muere todos los días. Écheme el aguardiente, pues —dijo, y firmó con el dedo tembloroso pero seguro—. Que el que venga a llorarme se tome un trago a mi salud, faltaba más.
Édgar certificó comprensión sin que el smartwatch tuviera que esforzarse: doña Ceneth entendía exactamente lo que firmaba, mejor que nadie, con esa claridad brutal que a veces da la cercanía de la muerte. Fue una de las pocas certificaciones de esa semana en que Édgar sintió que el sello significaba algo.
2
—Oiga, Salcedo —le dijo William, del módulo de al lado, a la hora del almuerzo—, ¿usted ya vio que quedé primero en el ranking de Fluidez Emocional de la zona sur? Me lo van a poner en el muro de la red social corporativa con foto y todo.
—Lo felicito.
—Y con el bono me puedo pagar el primer semestre del doctorado virtual. Lo voy a hacer en Liderazgo Positivo. En dos años soy doctor.
—¿Y sí se aprende algo?
William lo miró como si le hubiera preguntado si el agua moja.
—Aprendo a que me suba el sueldo, hermano. Eso es lo que hay que aprender.
—¿Y cuánto vale?
—Con el bono y el descuento por referido, me sale casi regalado. Si usted se matricula con mi código, nos dan un descuento a los dos. ¿Le interesa?
Édgar negó con la cabeza.
—Es que usted es raro, Salcedo —dijo William, sin maldad—. Toda la vida ha sido raro. Incluso antes de que falleciera su señora —terminó la sopa y se limpió la boca con una servilleta—. Piénselo, aquí el que no asciende, se queda. Y el que se queda, se jode.
—¿Y qué se aprende en un doctorado de esos?
—Pues uno aprende cosas. —William se encogió de hombros—. Lo mismo que hago aquí, pero con título.
Édgar no dijo nada. William se levantó con la bandeja.
—Bueno, ¿qué va a almorzar?
Y ahí terminó la conversación.
3
A las seis de la tarde, Édgar cerró el módulo y bajó a la estación de Transmilenio, donde un bus con la carrocería pintada de los colores de una marca de yogur lo esperaba anunciando, en la pantalla de la puerta, que Bogotá lo quería mucho. Se subió, apoyó la mano en el tubo, y el tubo, que también tenía sensores, se conectó automáticamente a los auditivos urbanos que la alcaldía exigía llevar en el transporte —esos dispositivos sin botón de apagado que vinculaban el smartwatch a la red de anuncios de la ciudad— y le preguntó cómo había estado su día.
—Normal —dijo Édgar.
—¡Qué bueno! Hoy es miércoles de descuento en analgésicos para el cuello en Farmacias La Confianza, por si el día no fue tan normal como usted cree.
Édgar miró por la ventana la Avenida Caracas, que ya no se llamaba así en los mapas oficiales —ahora era el Corredor de Nutres, marca patrocinadora de comida para perros y gatos—, pero que todo el mundo seguía llamando Caracas, porque hay cosas que ni quince años de publicidad logran comprarle a una ciudad.
Manuela lo esperaba en la ventana, con la cara pegada al vidrio, y cuando lo vio bajarse del bus hizo algo que ninguna pulsera podía medir: sonrió de una manera que no estaba diseñada por nadie.
Manuela tenía doce años y un problema que el colegio llamaba, en el informe trimestral, “tendencia atípica hacia el procesamiento lento de la información”. Lo que Manuela hacía, en realidad, era leer.
No los textos cortos autorizados para su edad —las Lecturas Nivel 3, con ilustraciones y máximo cuarenta palabras por página, que se autodestruían pedagógicamente después de ser “comprendidas”—, sino libros enteros, de tapa dura, con más de cien páginas, que guardaba en el armario del cuarto de huéspedes.
Édgar lo sabía. No decía nada.
Cenaron arroz con huevo frito viendo Sillas Musicales, el programa de la campaña presidencial. Esa noche tocaba eliminar a un candidato, y el público del estudio —y el público de la casa, votando desde el celular por una módica tarifa que se descontaba automáticamente de la factura de energía— decidía quién se quedaba sentado.
En la pantalla, un candidato de corbata amarilla hablaba de la Ley Seguirás. Decía que la ley permitiría a las empresas conservar los “legados emocionales” de los muertos. El público lo abucheaba.
—Hay un proyecto de ley en el Congreso. Se llama Ley Seguirás. Y es un abuso.
—¿Por qué lo abuchean? —preguntó Manuela.
—Porque habla feo —dijo Édgar, repitiendo lo que había oído en la calle—. Usa palabras que no dicen nada.
Manuela lo miró.
—Pero lo que dice es verdad.
—Fuera, fuera —cantaba el estudio.
Le quitaron la silla. El candidato la buscó con las manos y se quedó de pie, sonriendo.
Entonces la cámara enfocó al otro candidato, el de los ojos claros y el chaleco impecable. Hasta ese momento no había dicho nada. Solo miraba. Ahora sonrió, se acomodó la corbata y dijo:
—Ese señor quiere que los muertos descansen. Yo quiero que los vivos trabajen.
El público estalló en aplausos. La música subió. El candidato de los ojos claros levantó una mano, como si bendijera a alguien.
—¡Ese es! —gritó alguien en el estudio—. ¡Ese es el que necesitamos!
Manuela miró la pantalla. Édgar murmuró.
—Ese man dice cosas malas, pero disfrazadas de buenas.
Manuela lo miró. Édgar no supo qué contestar. Se quedó callado. Ella también. Los dos miraron la pantalla sin decir nada. El silencio duró unos segundos. Fue suficiente.
—Detecto un silencio prolongado —dijo Sí, desde el parlante de la cocina—. Eso suele indicar estrés cognitivo leve o dificultad para procesar emociones complejas. ¿Quiere que le ponga una canción relajante? Tenemos una nueva playlist llamada “Calma Interior”, disponible con el plan Premium Familiar. Si la activa ahora, el primer mes le sale gratis.
—No, gracias, Sí —dijo Manuela.
—También puedo ofrecerle un cuento para dormir. “La Nube que Sí Sabía” es el más popular entre los niños de su edad. Incluye música original y una sesión de respiración guiada. Disponible con el plan Premium Familiar.
—No, gracias, Sí —repitió Manuela.
—¿Está segura? Los niños que usan “La Nube que Sí Sabía” reportan un veintiocho por ciento menos de ansiedad antes de dormir. El plan Premium Familiar incluye acceso ilimitado a todos los cuentos y una garantía de satisfacción de treinta días.
—No, gracias —dijo Édgar.
—Entendido —dijo Sí—. Le recuerdo que el plan Premium Familiar está disponible por tiempo limitado. Si lo contrata hoy, el segundo mes le sale a mitad de precio.
4
Esa noche, cuando Édgar fue a decirle buenas noches, no encontró a Manuela en la cama, sino dentro del armario del cuarto de huéspedes, con la linterna encendida. Él golpeó con respeto, entró y se sentó junto a ella y, por primera vez, no fingió no ver los libros.
—¿Qué estás leyendo?
Manuela dudó. Luego mostró la portada: Cien años de soledad.
—Mamá me lo dejó —dijo—. Me dijo que lo leyera cuando estuviera lista.
—¿Y entiendes todo?
—No todo. Pero mamá decía que no importaba.
Édgar sintió un nudo en la garganta.
—¿Me lees un poquito?
Manuela lo miró con sorpresa. Luego sonrió y empezó a leer en voz alta. Édgar cerró los ojos y escuchó.
5
La esposa de Édgar y madre de Manuela se llamaba Alba Lucía, y llevaba trece meses muerta.
Había sido profesora de literatura en un colegio público durante veintiocho años, hasta 2033, cuando el área de Humanidades fue reclasificada como “asignatura de riesgo psicosocial” y sustituida por un módulo llamado Comunicación Positiva y Resolución Emocional de Conflictos. A Alba Lucía la reubicaron como “Facilitadora de Autoestima Lectora” —cargo que consistía en leerles a los niños resúmenes ilustrados de clásicos en menos de quinientas palabras— y después la jubilaron con un discurso que un algoritmo redactó en cuarenta segundos.
Una vez, Édgar le dijo que no hacía falta explicar tanto. Que la gente entendía.
Alba lo miró como si hubiera dicho una blasfemia.
—No. La gente entiende lo que puede. Lo demás tiene que aprenderlo.
Édgar no entendió la diferencia en ese momento.
Murió de un cáncer de páncreas en una clínica con vista al parqueadero y a una valla que anunciaba la posibilidad de vivir el duelo “sin culpa financiera”.
Édgar recordaba pocas cosas de esas últimas semanas: el olor del desinfectante con aroma a lavanda; su esposa, ya muy delgada, pidiéndole que apagara el televisor.
Recordaba también que una noche, mientras Alba dormía en la sala de oncología, el smartwatch le vibró. Édgar lo miró: Verificación urgente. Protocolo de proximidad emocional. Piso 4, ala norte.
Édgar estaba sentado junto a la cama de Alba. Le había pedido permiso a la enfermera para quedarse toda la noche. La enfermera le había dicho que sí, pero que no podía dormir en la silla. Édgar dijo que no pensaba dormir. La enfermera se encogió de hombros y se fue.
Alba dormía. O parecía dormir. Tenía el suero puesto y la respiración pausada. Édgar le tomó la mano.
La pulsera vibró otra vez. Verificación urgente. Confirme disponibilidad. Édgar miró el mensaje. Luego miró a Alba. Luego miró el mensaje otra vez. Es solo un sello —pensó—. No se demora. Le soltó la mano a Alba. Se levantó. Salió al pasillo. El piso 4 estaba al final del corredor. Caminó despacio.
La paciente estaba detrás de una pantalla de privacidad. No vio su cara. No leyó el contrato. Solo observó las constantes en su terminal opaca y puso el sello. El timbre sonó como una promesa cumplida.
Cuando volvió a la sala, Alba ya no estaba. Habían corrido la cortina. Una enfermera salía con una bandeja. Otra escribía algo en una tabla.
—¿Qué pasó? —preguntó Édgar.
—Lo sentimos —dijo la enfermera—. Su esposa falleció hace unos minutos.
Édgar se quedó de pie. No dijo nada.
Durante semanas hizo su labor en silencio. Y después, sin darse cuenta, volvió a la rutina. Hasta que una tarde, trece meses después, el sistema le mostró a su esposa en la ventana de un bus.