Leandro Colmenares Rodríguez (Bogotá, 1982). Escritor y docente. Autor de El nombre y el abismo (2025). Ha publicado cuentos, artículos y ensayos en revistas y espacios culturales independientes. Su trabajo explora la condición humana, la violencia simbólica y las tensiones entre memoria, ética, tecnología y lenguaje.
Ha acompañado procesos de formación literaria y escritura creativa en contextos educativos, donde combina la lectura crítica con el trabajo con jóvenes lectores y escritores. Cree —con cierta terquedad— que la literatura sigue siendo una forma de resistencia al ruido, a la prisa y a la lógica utilitaria.
Don’t Die Guatila
Leandro Colmenares Rodríguez
“Lo que pasa con estos muertos viejos es que en cuanto les llega la humedad comienzan a removerse.
Y despiertan”
El llano en llamas
Juan Rulfo
Cuando Bryan Johnson llegó a San Bernardo desde su fortaleza en Los Ángeles, nadie lo reconoció. Y eso, para un hombre cuya existencia era un ejercicio de visibilidad biométrica, fue el primer error del sistema. Había pasado la última década en su proyecto Blueprint, optimizando cada micra de su ser. Su ventana de alimentación era un rito de 16:8. Su tasa de envejecimiento epigenético marcaba un envidiable 0.64. Su hígado tenía la edad biológica de un joven de 18 años; su pene, 21; su colon, 17. Él, legalmente, tenía 53, pero su mente ya no procesaba números que no fueran métricas de rendimiento.
Llegó con su kit de supervivencia: suplementos diarios, una balanza de precisión, plasma enriquecido y una botella de agua con pH 8.5. En su muñeca, un smartwatch monitorizaba en tiempo real sus órganos y traducía el mundo a un español funcional. Bryan no vivía; ejecutaba un código de mantenimiento.
San Bernardo, Cundinamarca, era un glitch en su mapa. Un pueblo donde los muertos se negaban a la entropía. Lo había leído en un abstract marginal: el clima, el suelo o un error en la narrativa de la descomposición hacían que los cuerpos emergieran de la tierra intactos, como si el tiempo allí fuera un proceso sin buffer.
—It’s a data preservation problem —murmuró al salir de la cabina presurizada de su transporte privado, sintiendo que el aire no cumplía con sus estándares de pureza.
El pueblo lo recibió con un viento que no transmitía señal. En la plaza, un burro cargaba lechugas con una parsimonia que su algoritmo clasificó como “ineficiencia crítica”. Se hospedó en una finca que olía a algo que su base de datos no pudo clasificar: cilantro, madera húmeda, una vejez vegetal. La dueña, una mujer de manos gruesas y delantal floreado, lo miró sin preguntar. Solo dijo: “La pieza es al fondo”, y siguió pelando guatila.
Bryan sabía que en San Bernardo la muerte no seguía las reglas de la termodinámica. Había analizado los reportes: mientras el resto del mundo luchaba contra la oxidación celular, aquí los campesinos llegaban a más de cien años comiendo carbohidratos rústicos y, al morir, sus cuerpos se negaban a la licuefacción. Unos lo atribuían al consumo de guatila; otros a la ausencia de químicos en el agua, o a los hornos de cemento que, decían, cocían el aire hasta deshidratar el alma. Para él, San Bernardo era la anomalía estadística definitiva: una longevidad sin suplementos y una muerte sin descomposición.
Fue al cementerio con su escáner térmico. Buscaba el secreto de la incorrupción, una patente que la naturaleza le estaba robando. Al entrar al mausoleo, el sensor de proximidad de su reloj empezó a vibrar con una arritmia nerviosa.
—Error: presence detected. Pulse: 0 bpm. Status: optimal.
Vio a las momias. Cuerpos que habían escapado a los archivos, al diagnóstico, a la etiqueta final de la entropía. Alguien había dejado flores secas sobre una mujer de piel de pergamino. Más allá, un hombre conservaba los ojos abiertos, claros y brillantes, otro los dientes blancos, perfectos. Y entonces vio el gesto imposible: todos los hombres compartían algo en su fisionomía. Tenían una sonrisa de oreja a oreja, una mueca de placer tallada en el cuero de la cara, y una erección terca, plenamente visible, que desafiaba la rigidez de la muerte. No era un espasmo; era una última voluntad de la carne que la tierra había blindado.
Sintió envidia técnica. Él monitorizaba sus erecciones nocturnas como trofeos de juventud artificial, pero aquellos hombres las sostenían como una victoria del barro.
—¿Qué protocolo usan? —preguntó a la mujer del delantal, a quien le había pedido lo acompañara.
Ella lo miró un segundo de más.
—Aquí la muerte no termina de cerrar la puerta —dijo—. La gente se queda pegada al cuero, como si todavía tuviera algo pendiente con el aire.
Esa noche, Bryan soñó. Su protocolo de sueño profundo fue vulnerado por una imagen: su madre le servía una sopa espesa. Él intentó calcular los macros, pero ella le apoyó la mano en la mejilla. Pesaba. Olía a tierra.
—Drink it, honey —dijo—. This cannot be measured.
Al despertar, el hambre fue un grito analógico. Bajó a la cocina. Sobre la mesa, la mujer había puesto guatila. Le pareció un cerebro verde, arrugado y con pelos. El smartwatch lanzó una alerta roja: Unrecognized ingredient. Rejection suggested. Bryan ignoró el mensaje. Cortó un pedazo. No tenía código de barras; sabía a cerro, a sequía resistida. Al primer bocado sintió que algo se instalaba en su pecho. No dolor: calor. Un calor sin glamour que no pedía permiso.
Después vino el desorden. El reloj empezó a registrar datos imposibles. Su edad biológica osciló, se detuvo, desapareció. La pantalla se apagó. Su orina se volvió oscura. Tuvo una erección prolongada, torpe, sin ciclo registrado. Y luego soltó una carcajada que se transformó en llanto, y un llanto que se alimentaba de la risa. Reía con el cuerpo sacudido, con una alegría violenta, y al mismo tiempo lloraba. Cada vez más profundo, mientras la risa lo golpeaba, como si el llanto le alegrara el alma y la risa le lavara los conductos.
Al segundo día, el pinchazo en el dedo expulsó una gota de sangre espesa que el glucómetro de mil dólares registró con un mensaje que no figuraba en ningún manual: Irrelevant data.
Al tercer día, la sed de laboratorio fue sustituida por una urgencia mineral; terminó bebiendo agua directamente del pozo de los caballos. Sintió el sedimento y el sabor a establo raspándole la garganta y, por primera vez en su vida, no sintió la necesidad de cepillarse los dientes. Al cuarto, ya no buscó arrugas en el espejo, sino el rastro de esa escarcha blanquecina que anunciaba la incorrupción. Su piel ya no se sentía como plástico, sino como materia terca. Al quinto día vació sus frascos de plasma en las raíces de la guatila. Al sexto, el horario de sus suplementos se perdió en el sonido de las campanas; el hambre ya no era una métrica, era un latido.
La disciplina de Bryan se había convertido en una cárcel de aire. Ya no soportaba el zumbido de sus propios pensamientos ni la exactitud de su pasado. Salió a la calle bajo el sol canicular de la tarde, entregando su rostro al bombardeo ultravioleta sin un gramo de bloqueador; su segunda armadura se había quedado olvidada, como un pellejo inútil, sobre el mármol del baño. Cuando escuchó la música que subía del pueblo, no lo pensó. Caminó hacia el ruido, siguiendo el rastro del acordeón como quien sigue una señal de auxilio.
Al séptimo día, se fue de parranda.
Se hundió en la penumbra de una cantina que olía a sudor y cerveza derramada. Bebió aguardiente hasta que el fuego le quemó el esófago y le borró el Blueprint de la memoria. Se dejó llevar por manos que no usaban guantes quirúrgicos; besó a una mujer que sabía a tabaco, luego a otra que reía con todo el cuerpo. Reía él también, una risa ronca, mientras el alcohol le desarmaba la neuroquímica. Terminaron llevándolo a rastras hacia la finca, con los zapatos llenos de barro y la dignidad rota, mientras él, con la lengua pesada, intentaba cantar: “Peh-ro meh doy coo-en-ta que la vee-da es un sue-nyo, y an-tes de moh-reer, es me-jor ah-pro-ve-char-la”.
Al amanecer se dio cuenta de que el reloj se le había perdido en la borrachera. No lo buscó. El dispositivo quedó sobre una piedra, vibrando como un animal con hipo: Late warning: performance out of specifications.
Al décimo día, el cuerpo empezó a ceder. Bryan se arrastró hasta el patio, tomó una guatila y la sostuvo frente a la cara como si fuera una muestra defectuosa.
—You are not scalable —murmuró.
La lanzó contra el suelo. El fruto se abrió en dos con un sonido blando. Intentó provocarse el vómito. Nada respondió. Se golpeó el pecho como si pudiera reiniciarse desde adentro. Esperó una métrica. Una cifra. Un retorno.
No apareció nada. Solo el calor.
Se quedó ahí, sentado en la tierra, mirando las dos mitades del fruto. La pulpa blanca empezaba a oxidarse, a tomar un color pardo en los bordes. Bryan observó el proceso con atención clínica, como si aún pudiera extraer un dato de aquella descomposición minúscula. Pero no había datos. Solo un vegetal partiéndose al sol.
Pensó en llamar a alguien. No encontró el teléfono. Tampoco el reloj. Estaba solo, sin métricas, sin red, sin más testigo que la tierra seca y el fruto abierto. Treinta años optimizando el cuerpo, y ahora el cuerpo no respondía. Qué sentido había tenido todo, pensó, si al final iba a morir como mueren los perros en el campo.
Pasó horas jadeando. El calor del mediodía dio paso a una brisa que movía las hojas de la guatila. Bryan ya no pensaba en datos. Pensaba en su madre, en la sopa espesa del sueño, en la mano que le pesaba en la mejilla. Eso sí era real. Eso sí pesaba. Todo lo demás eran números en una pantalla.
Cuando la mujer del delantal se acercó al oscurecer, Bryan ya no respiraba. Tenía los ojos abiertos, fijos en la guatila. No hubo epifanías. La piel había perdido firmeza, los párpados comenzaban a hundirse. La erección, esa victoria absurda que había monitorizado durante años como trofeo de juventud artificial, cedió por fin, como una mentira mal sostenida.
Intentaron colocarlo en el mausoleo, junto a los hombres de la sonrisa eterna. Pero el encargado del cementerio, tras observar el cuerpo un largo rato, negó con la cabeza.
—Este no —dijo—. Está muy muerto para este cementerio.
El cuerpo se deshizo con una lentitud irregular, demasiado intervenido para la tierra, demasiado sucio para el sistema. No quedó momia. No quedó registro. Solo una anomalía menor: durante semanas, la guatila que creció cerca del entierro dio frutos deformes, arrugados, imposibles de clasificar.
La mujer se agachó, tocó uno con el dedo y lo dejó ahí.
No porque dieran miedo, sino porque ya no servían para nada.