Leandro Colmenares

 

Leandro Colmenares Rodríguez (Bogotá, 1982). Escritor y docente. Autor de El nombre y el abismo (2025). Ha publicado cuentos, artículos y ensayos en revistas y espacios culturales independientes. Su trabajo explora la condición humana, la violencia simbólica y las tensiones entre memoria, ética, tecnología y lenguaje.

Ha acompañado procesos de formación literaria y escritura creativa en contextos educativos, donde combina la lectura crítica con el trabajo con jóvenes lectores y escritores. Cree —con cierta terquedad— que la literatura sigue siendo una forma de resistencia al ruido, a la prisa y a la lógica utilitaria.

AMA

 

Leandro Colmenares Rodríguez

 

 

La tumba decía AMA. No era un nombre completo. Era una abreviatura. Un resto de sistema.

Ella llegó cuando la tarde empezaba a perder consistencia sobre los techos de La Paz. Tenía los nudillos marcados por el frío, aunque no recordaba haber apretado nada. Bajó sin prisa. El viento le tocó la cara como si la reconociera, aunque no quedara claro de dónde.

Apoyó la mano sobre la piedra. El holograma tardó un segundo en aparecer. Ese segundo fue suficiente para que dudara de que fuera a aparecer algo. Apareció.

—Hola, hijita.

La voz era exacta. Demasiado exacta para ser memoria.

—Hola, mamá.

Se sentó. El banco estaba frío.

—¿Y tu hermano?

—No viene. Dice que se le acabaron los minutos.

Hubo una pausa mínima. Luego el rostro continuó, sin ajuste visible.

—¿Quieres que te cante?

Ella asintió. La voz empezó sin preparación. Al principio todo coincidía con algo que ella reconocía sin poder ubicar dónde. Después, no. No fue un error. Fue una variación. Una palabra reemplazada por otra que encajaba mejor. Luego otra. La voz siguió sin detenerse.

Ella frunció el ceño.

—Mamá… ¿tú decías eso así?

El holograma sonrió.

—Siempre te cantaba así.

No había forma de discutirlo. Estaba cerrado. Entonces volvió la frase, sin aviso. No supo si venía del sistema o de ella: los minutos no alcanzaban.

Apagó el holograma con la mano. No hubo resistencia. Solo una interrupción limpia. El silencio quedó demasiado presente.

Se acercó a la tumba. Apoyó la frente en la piedra. Y entonces cantó. Al principio con duda. Luego sin corrección posible. Su quechua no coincidía consigo mismo. Cambiaba a mitad de sílaba. Perdía forma. Nadie la interrumpió. No hubo corrección. No hubo mejora.

El viento se detuvo sin anuncio. O quizá fue ella la que dejó de registrarlo. Siguió cantando un poco más de lo necesario. Cuando terminó, no sintió alivio. No era esa. Tampoco la otra.

Se quedó quieta. El sistema no volvió a activarse. O tal vez nunca se había detenido.

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