Autor: Germán Gaviria Álvarez
País: Colombia
Año: 2025
Palabras: 4807
Idioma: Español
Género: Ensayo
Subgénero: Ensayo literario
Temas: creación literaria | narrativa | robótica | tecnología | dictadura
Ideas generadoras del ensayo: Este trabajo es una continuación del ensayo de 2019 “De los morfemas conmutables a los esperpentos computacionales”. La idea provino de la lectura de una entrevista a Colamadeci en el periódico El Colombiano de Medellín, el 12 de abril de 2025.
Autores relevantes relacionados con este ensayo:
El Colombiano
De los morfemas conmutables a los esperpentos computacionales
De la narrativa en el siglo xxi
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A principios de abril de este año salió la noticia en la que se revelaba que el filósofo chino Jianwei Xun, autor de Hipnocracia: Trump, Musk y la nueva arquitectura de la realidad, no era un persona. Este libro estaba arrasando en las librerías de Europa y era citado por críticos, académicos e intelectuales. Su verdadero editor-autor, es el italiano Andrea Colamadeci −que se autodenomina filósofo. Enseña teoría de los medios sociales en una universidad en Milán y forma parte del Instituto Europeo de Diseño, ha publicado varios libros y escribe semanalmente para Vanity Fair, lo que nos da una idea de la estirpe de su ‘pensamiento’. Escribo esta palabra entre comillas porque a la hora de la verdad, en el mundo, hay muy, muy, muy poco pensamiento y sí publicidad pura y dura devenida en moda, lo que ahora es la nueva forma de ser y de vivir. Generalizando, hoy nadie vive tranquilo si no chatea con alguien, se saca una selfi o si no postea algo, cualquier cosa, en las omnímodas redes sociales, que en sí mismas son matrices de modas, marketing y publicidad enfocadas solamente en lo mediático. Siguiendo con Colamadeci, basta echar un vistazo a uno de sus artículos en Vanity Fair en su columna semanal ‘Tómalo con filosofía’ para darse cuenta de que la ‘nueva filosofía del siglo xxi’ debe leerse en las revistas de moda. En una entrevista, Colamadeci dice que realizó un meta experimento con estudiantes de una universidad en Alemania en el que participaron inteligencias humanas y artificiales (ChatGPT y Claude de Anthropic), es decir IA. La metodología (no es una filosofía) de este meta experimento está en la Web a grandes rasgos, y cualquier persona puede acceder a ella. Digo a grandes rasgos porque es así, no están en ninguna parte las matrices epistemológicas. Colamadeci da a entender que empleó una heurística en el sentido blando, pero la verdad es que utilizó una metodología no rigurosa sino por tanteo y con reglas meramente empíricas. No podemos esperar más de un articulista de Vanity Fair.
Este escrito no tiene el propósito de adentrarse en la ‘ética’ de tal ‘meta experimento’ (un meta experimento arroja metadatos, no conclusiones dignas de ser socializadas con el rótulo de ‘filosofía’), a pesar de que, por el momento, de lo único que se habla es de una ética centrada en si hubo engaño al lector o no, y si es lícito ‘hacer filosofía’ utilizando la IA. Son discusiones idiotas que, como lo saben quienes las promueven, sólo conducen a la banalización de la filosofía, de la ética en todos sus niveles y, por su puesto, de la creación estética.
Tampoco me interesa hablar sobre el futuro de la filosofía, ¿quién puede? Primero, porque no soy filósofo y, segundo, no estoy capacitado para intentar una aproximación siquiera. Quiero reflexionar sobre el quehacer literario (estético) en un mundo en el que, poco a poco, los ingenieros, los académicos mediáticos, perezosos y mal informados, los críticos y los filósofos de revistas de moda, y sobre todo, lo mediático enfocado en el hiperconsumo, moldean una nueva sociedad cada vez más tonta, fraccionada y robotizada. ¿Y por qué afirmo que avanzamos hacia una sociedad con estas características? Cada vez se necesitan más personas con mayor experticia en todas las áreas del conocimiento y de las técnicas desarrolladas por el hombre, y, como es evidente, no todos en el planeta Tierra somos técnicos. Lo que se está consolidando a paso rápido, es una sociedad amante de las máquinas, y para poder manejar una máquina, desde las análogas hasta las digitales, se necesita, más que de un entrenamiento, de un conocimiento cada vez más especializado. Se dirá que no se necesita ser ingeniero para usar un teléfono smartphone, un computador o un automóvil moderno, y claro, así es. Aunque es verdad que no hay que ser ingeniero, se requiere de un entrenamiento y de una pequeña variedad de conocimientos previos para acceder a un porcentaje (en todo caso menor del 50%) del potencial de estas máquinas. Se estima que, por desconocimiento, el 85% de estos dispositivos son subutilizados por los usuarios. Por mi parte, como no soy ingeniero ni técnico siquiera, debo recurrir a un técnico bien entrenado si quiero cambiar de teléfono celular o de computador sin perder información, sin contar que no tengo idea de cómo funcionan estas máquinas del teclado o de la pantalla para adentro. ¿Quién sí sabe? Un puñado de personas: los diseñadores de tecnología, ingenieros especializados y fabricantes, nadie más. Sin vergüenza reconozco que aprovecho apenas un 20% de mi celular y mi computador, o a lo mejor menos. En medio del avance hacia una sociedad banal y robotizada e impulsada por el marketing, la moda y la publicidad, ¿qué va a suceder con los que no somos expertos en sistemas digitales y tampoco nos interesa serlo? ¿Tendremos que convertirnos en técnicos competentes? Estamos demasiado lejos de eso. En Colombia, sólo el 6.7% de la población 25 a 64 años tiene estudios técnicos, tecnológicos o no profesionales, y sólo el 10,4 % tiene conocimientos profesionales especializados. Por otra parte, aunque no hay datos exactos, se estima que un 85% de la población mundial no sabe nada sobre ciencia y sus conocimientos técnicos son empíricos, bien porque no tiene acceso o bien porque no desea tenerlos. ¿Qué cabida tendremos los usuarios no técnicos ni expertos en la nueva sociedad que segundo a segundo se transforma y se fragmenta como comunidad? ¿Para dónde apuntan, por ejemplo, los genios creadores de Sophia desde 2021, el robot −no la robot, pues los robots no tienen sexo, ¿o sí?− de Hanson Robotics que, desde 2021 es capaz de sostener conversaciones estructuradas de alto nivel y hasta ‘brillantes’ (¿?), así las describen, con humanos? Estos genios ingenieros saben perfectamente que cuando utilizan en sus presentaciones lenguaje intencional, como la palabra ‘brillante’ para referirse al pensamiento, están diciendo que se trata de algo genial, único, como lo es el pensamiento independiente.
¿Colamadeci está descubriendo que el agua moja? No es más que un flojo oportunista.
Faltan al menos 10 años para que las máquinas desempeñen mejor que un humano pensamiento independiente, lo que es aterrador. En mi caso, como escritor de ficción y no ficción, sería ingenuo o cuando menos cándido creer que mi escritura no está condenada. El pensamiento independiente cada vez más será de casos aislados. En paralelo, seguirá creciendo la masa de sociedad manipulada por el marketing, la moda y la publicidad. Creer que prevalecerá mi pensamiento, es ignorar el poder inmenso de esta tríada a la que sólo les interesa la obediencia a través del el rendimiento y. del entretenimiento; es decir, de la autogestión del cuerpo y de la vida del individuo. Una autogestión basada en un enorme cúmulo de informaciones parcialmente ciertas, manipuladas y falsas, es lo que proporciona la visión de mundo de la publicidad; informaciones que fragmentan las comunidades humanas que se han construido históricamente en un relato, en una narrativa común a muchas personas que cohesionan la sociedad. Las informaciones, lo vemos todos los días, a cada segundo, son efímeras, falsas o manipuladas, y si son importantes, inmediatamente se convierten en anécdotas. Las narrativas que cohesionan a las sociedades, son cada vez más escasas. Son las que están fundamentadas en meta relatos y relatos llenos de un contenido tal que tienen permanencia a lo largo del tiempo. La afirmación anterior tampoco es ningún descubrimiento mío, ya lo había observado W. Benjamín en su texto ‘El narrador’, de 1936. Un ejemplo es el relato que subyace en algunas sociedades según el cual el lugar en el que las personas viven es un gran país y vale la pena morir por sus ideales de nación. Es el relato que une a las personas en las revoluciones, en las resistencias pacíficas frente a un poder ilegítimo o durante alguna catástrofe, por ejemplo.
Nunca en la historia humana como hasta ahora −más de 5.200 millones de personas−, obedecen y rinden económicamente a un solo amo conformado por un triunvirato dictatorial: la moda, el marketing y la publicidad. ¿Y este triunvirato qué política determina? ¿Hay que decirlo? En 2011, durante su campaña a la presidencia, a propósito de la estafa multimillonaria de Jérome Kerviel a La Société Géneral por 50.000 millones de euros, F. Hollande dijo que los que gobiernan al mundo no son los políticos sino los bancos y el poder debía volver al gobierno. Si en esos momentos gobernaban los bancos, hoy gobiernan las transnacionales. ¿Por qué? Volvemos al concepto de la autogestión. Las transnacionales (redes sociales, bancos, tecnológicas, farmacéuticas, supermercados, etcétera) comprenden perfectamente la biopolítica foucaultiana del ser que se explota a sí mismo y genera su propia resiliencia para seguir reproduciendo el sistema. Esta palabreja, ‘resiliencia’, todos sabemos que en los últimos 10 años el triunvirato la ha puesto de moda. Es decir, durante la auto explotación (auto gestión) del trabajo diario, el individuo no sólo se daña a sí mismo y a su entorno humano y ambiental, sino que busca auto repararse cpn comida saludable, gimnasios, recreación, cuidar, educar y sostener una mascota, etcétera, y seguir dentro del sistema. Es falso que alguien esté por fuera del sistema, ni siquiera los locos ni desahuciados −son lo que más consumen servicios médicos, farmacéuticos y conexos−, ni siquiera los indigentes ni los presidiarios están por fuera: son indispensables dentro del sistema como ejemplo de lo que no debemos hacer y no queremos ser. De no existir el entretenimiento, no sólo no tendríamos con qué compararnos física, moral y económicamente, sino que, para no caer en el inmenso aburrimiento del mundo contemporáneo, careceríamos de conversación cotidiana. ¿O es que no son inmensamente entretenidos todos esos personajes del mundo político, criminal, social, científico, cultural, deportivo e intelectual al uso?
Estar por fuera del sistema es NO usar los dispositivos del sistema: tecnología, alimentos, transporte, educación, salud, diversión, vivienda, etcétera. ¿Estamos atrapados? Por supuesto, ¿quién lo duda? El lenguaje, al ser un dispositivo, es una herramienta lo bastante poderosa como para sostener una posición de pensamiento independiente; lo que es una excepción y probablemente una ventaja. Pero, de ese 10,4% de personas en el mundo que poseen formación profesional especializada, ¿qué porción es capaz de desarrollar pensamiento independiente?
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Parte de lo que está sucediendo desde la invención de la programación con chips a finales de 1950 y ahora mismo, está en mi ensayo de 2019 ‘De los morfemas conmutables a los esperpentos computacionales’, en donde muestro el avance firme y progresivo del poder de los ingenieros en el campo narrativo, y por ende literario. Y es narrativo porque estos genios ingenieros han venido desarrollando una narrativa computacional propia en la que se consolida, poco a poco, la visión de un mundo robotizado (no-humano) en el que sólo tienen cabida los técnicos bien capacitados y los ingenieros autorizados. Estos genios expresan conceptos mediante números, que es la narrativa de las máquinas.
En ese ensayo hablo de novelas ‘escritas’ por una máquina, o mejor, libros (no son obras) de ficción fabricados gracias a un programa que a su vez fue elaborado por un grupo de ingenieros como meta experimentos primero, como experimentos después, y plagio descarado más adelante. La publicidad ha logrado desde entonces degradar el significado de la palabra obra (opus, oficio, trabajo a mano de un humano) al punto de resignificar al libro como obra literaria y homogenizarlo como libro en general. Según lo anterior, ‘libro’ tiene el significado de manual de armado de algún artefacto o de un listado cualquiera de jugadores o cifras de algún deporte, de mascotas o un simple catálogo de ropa. Esta homogenización con lo efímero −lo efímero requiere actualizaciones periódicas, cada vez más cortas− es el último paso para llegar a lo obsoleto. Que el libro caduque y/o se vuelva obsoleto para que haya más y más producción y los problemas reales pasen como ‘libros aburridos o para expertos’, es tarea esencial del marketing, la moda y la publicidad.
Pero ¿de qué se trataron aquellos primeros meta experimentos de las décadas 1950-1960? Pues ni más ni menos que de extraer de autores como Shakespeare, Milton, Daniel Defoe, Faulkner, Wordsworth, Carroll, etcétera, textos al antojo de los programadores (estos clásicos no reclaman derechos de autor y cualquiera puede plagiar su producción) y armar con cierta lógica interna ‘libros’ de entretenimiento para el público. Naturalmente, en un mundo en el que la ignorancia sobre la creatividad estética descansa sobre las bases de la publicidad, para cualquiera estos son grandes logros de la inteligencia humana y de la computación. Lo que es falso. ¿Lo de Colamadeci es creativo? Claro que no, hay que estar muy mal informado o ser ciego para no verlo. Que un docente y sus estudiantes formulen un conjunto de preguntas a unas máquinas que a su vez han sido programadas por ingenieros para procesar en milisegundos una cantidad inmensa de información que puede ser asociada para proferir respuestas estructuradas, no quiere decir que sea algo creativo. Quiere decir que este docente-filósofo oportunista utilizó la IA como una herramienta que a su vez responde de manera estructurada de acuerdo con series de algoritmos predeterminados en su narrativa computacional; es decir, usó una metodología pre-determinada. ¿Y es que en la predeterminación y en la acumulación de información para proveer respuestas lógicas −que a la larga se convierten en libros− no hay creatividad? Otra vez: NO. Hay innovación y la innovación no es creatividad. Para la muestra un botón. Se cree que la rueda se inventó en la Edad de piedra. Entre la primera rueda y el diseño de ciertas partes estructurales con forma de rueda de la Estación Espacial Internacional o de los Rover enviados a Marte, en cuanto a diseño, no hay absolutamente ningún cambio. El o los primeros seres que le dieron forma de rueda a una piedra, o que utilizaron una piedra tallada por la naturaleza como tal, sí son creadores. Los que primero la fabricaron de madera, o los que le pusieron un caucho para amortiguar y prologar su vida útil, son innovadores. E innovadores e inventores ha habido y hay por millones en todo el mundo. Hay que tener presente que un innovador o un inventor, que están en la misma categoría epistemológica, no sacan sus ideas de la nada, nada sale de la nada (ex nihilo nihil fit), ya lo dijo Parménides hace más de 2500 años y todos los pensadores honestos lo saben. Los inventores o innovadores, que en la práctica son lo mismo, las deducen de lo que ven, leen, estudian, experimentan o sueñan. Creadores, son unos pocos, un puñado, diría yo. Y así con todo lo que nos rodea.
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Ahora bien, ¿me considero un creador narrativo? No, rotundamente no. Un escritor como yo, y segurísimo hay muchos que tienen un estilo de trabajo similar al mío, ¿qué hace todos los días? Lo primero y más importante: leer, es decir, aprender de otros. Y, aparte del placer estético e intelectual que suscitan las buenas lecturas, ¿qué aprende todo escritor cuando lee a otros? Muchas cositas: técnicas narrativas, técnicas de redacción, técnicas de armado de actos, de escenas, de secuencias, de estructuración de la historia, técnicas de montaje de escenarios y temporalidades, técnicas de uso de las figuras de sustitución retórica, técnicas de sustracción de campo, técnicas de uso de lenguaje, ritmos, puntuación, y un larguísimo etcétera de técnicas. Pero no sólo el escritor lee ficción y poesía, también lee no ficción en todas las áreas del conocimiento, o en casi todas, pues de otro modo, ¿cómo hacerse una idea más ‘real’ de este mundo si no es estando al tanto de lo nuevo, y es muchísimo, casi abrumador? Y bueno, una vez hago la tarea, que no es otra cosa que un perfeccionamiento de técnicas, ¿cómo las utilizo, por ejemplo, para escribir un texto de ficción? La respuesta, a pesar de la simpleza de la pregunta no es sencilla, y me atrevo a decir que tampoco tengo la respuesta o al menos sólo podré dar una respuesta parcial. Lo intentaré buscando ser ‘creativo’. Lo primero que hago cuando me siento a escribir un texto nuevo es hacer todo a un lado. Hasta hace un año, más o menos, cerraba la cortina de la ventana, apagaba el teléfono, cerraba la puerta del estudio y no consultaba nada de Internet; para alguna consulta me fiaba de mis diccionarios físicos. Ya no hago esos pequeños rituales. Busco tranquilidad y todo el silencio posible, que es un imposible. Dejé atrás esas mañas ñoñas del escritor encerrado en su ‘torre de marfil’. Cuando digo: hago todo a un lado, me refiero a lo leído. No uso notas y sí más bien me concentro en escribir de manera clara y sin pretensiones fiado solamente de mi memoria. Le huyo a las ideas o imágenes de autores que admiro y considero verdaderos creadores literarios, como Kafka o Faulkner o Beckett. Lo cierto es que si no los hubiera leído y releído, a estos tres autores y a muchos más, no podría tener la claridad de escribir mis propias ideas y formar mis propias imágenes literarias. ¿Me estoy copiando de estos verdaderos creadores? De manera deliberada o consciente, no. A lo largo de los años he explorado mi universo interior y más o menos creo conocerlo bien. O al menos lo bastante como para no tener nunca que ‘buscar temas’ para escribir. El escritor que no pretenda copiar a otro(s), no busca temas, los temas salen de su interior, tienen la necesidad imperiosa de ponerse por escrito, o si no el escritor deja vivir en paz consigo mismo. Es decir: la escritura ‘obliga’ al escritor a expresarse, a tener una materialidad, una vida. Ahí el asunto radica en el talento que tal escritor tenga, mucho, poco o nada. En la Literatura, al ser un arte tan amplio, y a la vez tan restringido −amplio porque admite una variedad casi infinita de talentos, y restringido, porque de toda esa variedad de talentos sólo un puñado de escritores escriben dejando que las reglas internas de la escritura se impongan− cabemos incluso los que tenemos muy, muy poco talento. Pero, incluso en esta categoría en la que me encuentro, se necesita de un mínimo absoluto de consciencia literaria; una consciencia que impele al escritor a sacar de sí mismo, y sólo de sí mismo ese algo inasible que subyace a todo escrito y lo dota de razón de ser, vida y valor literario. El alma del texto no es otra que una fracción del alma humana. En realidad, lo que yo hago cuando leo desde un titular de prensa, una pancarta publicitaria, un menú en un restaurante, un libro sobre computación cuántica o sobre la violencia en Colombia, un libro de Agamben o de Heidegger o una novela de Kawabata, por ejemplo; es decir, cuando leo cualquier cosa, despierto mi consciencia a la realidad que me rodea y que para mí necesita de un sentido, pues soy un ser humano como cualquiera y veo y comprendo una realidad que no es la de mi vecino. Es más, mi visión del mundo es casi diametralmente opuesta a la de las personas que amo y son indispensables en mi vida. Y sin embargo, hay más. En el momento mismo de la escritura, cuando abro una página en blanco en mi computador y empiezo a teclear, si estoy lo suficientemente concentrado, el entorno desaparece y la escritura se convierte en un acto de razonar; en mi caso, la escritura es un acto del pensamiento que ha nacido en mí y gracias a mi bagaje (las técnicas aprendidas que mencioné arriba) y convierto, no sé cómo, en imágenes, pensamientos e ideas que hace tiempo venía rumiando o intuyendo con un lenguaje no siempre verbal sino no verbal (abstracto); imágenes, pensamientos e ideas que terminan escritas con su propia lógica interna en la página en blanco. Son imágenes, ideas y pensamientos que no sabía con exactitud que los tenía, pero intuía que estaban ahí. Es en la escritura libre, espontánea y abierta que toman forma. Una forma que yo no había predeterminado, pues ese pensamiento escrito tomaba su propia forma. ¿Hasta qué punto innovo o creo algo nuevo? Si bien utilizo las técnicas de muchísimos escritores de habla hispana, rusa, inglesa y francesa, comenzado porque escribo en español y en mí late la gramática de Lebrija, sin contar que también uso estructuras sintácticas predeterminadas, así como ecos del pensamiento de este o de aquel escritor que admiro, también es verdad que cualquier lector(a) de mis libros puede encontrar fácilmente huellas de Platón, Flaubert, Dostoievski, Kafka, Coetzee, Müller, etcétera. Pero, ¿innovo o creo? No me parece que esté innovando en nada, y si tal tuviese lugar, no es algo que haga de manera consciente. El innovador y el inventor son plenamente conscientes de su trabajo y se obsesionan de tal manera que sueñan con él, como le sucedió a Kekulé al hallar en un sueño la solución a la famosa estructura de la molécula de benceno. Cortázar estudió todas las formas de apertura y cierre de un cuento para no hacer lo mismo y formular algo nuevo; es decir, innovar. El asunto con Cortázar es que es (en presente) un escritor con mucho talento para crear situaciones y resolverlas, muy al estilo de Poe, al que tradujo magníficamente al español, por cierto, pero sus tramas y las soluciones de su cuentos y novelas tampoco son enteramente propias. Yo carezco del talento para crear situaciones, y cuando debo hacerlo, me cuesta un esfuerzo enorme. Entonces, ¿soy un creador? Lo dudo mucho. Todas las piezas de ficción y de no ficción que he escrito provienen de un inmenso trabajo de re-escritura que a su vez proviene de comparar lo que yo hago con otros escritores mejores que yo. Parece que esto me pone en un término intermedio entre el innovador y el creador. Ninguna línea de mis libros y escritos fue pensada y escrita de un sopetón; no, todas han sido pensadas en el momento de reescribir o de revisar un escrito, así sea de una sola frase. La obsesión porque una línea cualquiera diga exactamente lo que yo quiero, tampoco tiene lugar el mismo día. Es algo que sucede a lo largo de las semanas, de los meses, de los años. Es como si mi escritura requiriera que yo la moldease poco a poco, como el escultor con un cubo de mármol del que sacará una forma tridimensional compleja. De nuevo, ¿creo algo nuevo cuando escribo? Sí, rotundamente sí. He llegado al punto que puedo hacer a un lado las técnicas aprendidas y los conceptos de otros mejores que yo y dejar simplemente que mis dedos se expresen.
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La paradoja que atraviesa la permanente lectura de mi realidad inmediata, en ocasiones siguiendo puntos de vista de autores que admiro, es de naturaleza filosófica, por tanto es una aporía. Racionalmente, sé que no vale la pena que siga escribiendo, e impulsivamente sé que no puedo dejar de hacerlo. Para qué seguir escribiendo ficción y no ficción si, por mucho que piense o suponga que hago ‘buena literatura’ −en todo caso no basura de entretenimiento− y por mucho que vendiese miles de ejemplares para sentir que he triunfado o algo así, los libros en general están entrando en un ciclo histórico de transición −que no será superior a 10 años− en el que la IA será la que mande. Desde los textos fácticos para el mundo de los dispositivos (ciencia, educación, alimentación, transporte, cuidado personal, medicina, derecho, ingeniería, arquitectura, deportes, etcétera), hasta textos de ficción (literatura, cine, artes plásticas en general, arquitectura, ‘espiritualidad’ y ‘filosofía’ de revista) serán obra de máquinas auto entrenadas para recrear a los humanos con los avances técnicos y epistemológicos en todos los ámbitos. Es un hecho irrefutable que los escritores como yo y otros por el estilo y aquellos que sí son muy talentosos, estamos condenados a ser reemplazados por un algoritmo. El fondo de lo que hizo ese Colamadeci es que le entregó a la IA no sólo su perfil de razonamiento y sus preocupaciones intrínsecas al formular preguntas ‘inteligentes’ a la IA, sino también los perfiles de sus estudiantes. Ahora la IA ha almacenado también modos de formular preguntas por parte de un colectivo académico, sino sus intenciones en segundo y en tercer plano algorítmico. Es decir, lo que acaban de hacer Colamadeci y su grupo de neófitos es entrenar de manera experta a dos bots analíticos que, mientras sus entrenadores celebran su hazaña esperpéntica, siguen auto entrenándose sin descanso, día y noche, sin fatiga, porque los bots nunca se detienen. Ya hay otros genios en otras latitudes imitando lo que hicieron en Alemania. El efecto es que la IA ahora, casi repentinamente, le está llegando de manera gratuita un cúmulo cada vez más alto de información experta en todas las áreas del conocimiento. Pues, ¿qué crítico, académico, historiador, ingeniero, médico, abogado, financista, ingeniero, físico, químico, matemático, biólogo, programador, ‘filósofo’, político, yutuber etcétera, no quiere hacerse célebre usando la misma estrategia (no es más que eso, una estrategia) de aquellos ‘pioneros’ y enriquecerse o al menos hacerse notar en este mundo dominado por la tontería y la publicidad? El problema con este modelo social que ahora los ingenuos habitantes de este planeta han impulsado gracias a la hiper conectividad es que, por definición, toda publicidad es pasajera, va al ritmo de las modas, y está al servicio de ellas. No hay agendas ocultas ni teorías de la conspiración ni nada por el estilo. Si según Statista algo más del 62% de la población mundial usa las redes sociales y la cifra sigue creciendo, y es esta población la que ha servido de ficha clave para que todas las transnacionales implanten el hiper consumo basado en la publicidad, ¿qué hay del resto de la población? ¿Qué hay de ese 38% restante? Si en Colombia, 40 de 53,5 millones que es el total de la población usan redes sociales, ¿puedo esperar que ese restante no esté subsumido por la publicidad? No. La publicidad no sólo está en las redes sociales: está en la radio y la televisión, en las vallas publicitarias, en la calle, en los almacenes y tiendas de barrio, etcétera. De modo que, ¿para qué seguir escribiendo si falta poco para que un bot pueda imitarme (no hacer lo mismo que yo, claro está) y las transnacionales dueñas de esa IA se llenen aún más los bolsillos de dólares? Claramente, pertenezco a un mundo que ahora mismo se está extinguiendo, y eso me descorazona.
Creo que por el momento no debo preocuparme por lo que aún no llega.
Por otra parte, cuando digo que impulsivamente sigo escribiendo es porque así es. Literalmente, no quiero dedicarme a ninguna otra profesión. El año pasado acaricié la idea de hacer una pequeña inversión y dedicarme al tema del café de especialidad. Estudié bastante, como suelo hacerlo cuando algo me apasiona. Pero no es lo mío como negocio de sobrevivencia. Lo mío es la escritura, llevo décadas en esto y me gusta mucho. No sé qué va a pasar en mi futuro próximo. ¿Seguiré pensando e inventando imágenes a través de mis dedos? Sí, seguramente. Desde que tengo la certeza de que el escritor será reemplazado por una máquina, he pensado seriamente en abandonar, y no sé si este periodo de cambios radicales en mi vida que empezó hace más de un año sea el preámbulo para que dentro de poco lo haga. ¿Y qué haré entonces? ¿Me convertiré en el necio que toda su vida fue hacia adelante con la idea fija de vencer y murió sin lograrlo? ¿Qué quiero lograr con mis libros si no escribo para entretener sino para ver a la sociedad y al colombiano más de cerca? ¿Mi arte narrativo debe seguir adelante pese a todo lo que suceda porque sigue siendo una herramienta para ver problemas puntuales de la sociedad? Las personas cooptadas ya por el pegajoso dictador que es el triunvirato moda/marketing/publicidad, ¿sienten el deseo de zafarse de lo efímero? No. Nada ha arraigado más en las sociedades modernas que el concepto de ‘bienestar’, y para que éste tenga lugar debe estar basado en la satisfacción por el consumo y el entretenimiento. Vargas Llosa, que acaba de morir, dijo muchas veces que esperaba que la muerte lo encontrara escribiendo. Yo también lo deseé durante un largo tiempo. Pero esta época de transición hacia un mundo robotizado me dice que a lo mejor la muerte me encuentre en un estado más feliz todavía que el de la escritura (lo que el fondo es una bobería). ¿Quién sabe? Ahora entiendo a plenitud lo que significa enfrentarse a un cambio: templar el ánimo y entregarse con el corazón abierto no al nuevo rumbo que venga, sino al que yo quiera darle a mi vida.