Autor: Germán Gaviria Álvarez
País: Colombia
Año: 2025
Palabras: 2727
Idioma: Español
Género: Ensayo
Subgénero: Ensayo literario
Temas: azar | destino | deseo
Ideas generadoras del ensayo: Este escrito data de noviembre de 2023, momento en que di por terminada la novela Vida de Helda H. y me rondaba la idea de destino, destino que dejé abierto a mi protagonista. Y lo dejé abierto justamente porque no creo que los personajes ficticios ni los de la vida real tengan uno. Asignar un destino a un personaje es pensar de manera determinista al estilo del siglo xix, tiempo en que los escritores trazaban un estilo de vida, una forma de ser y de actuar para personajes que se constituían en ‘ejemplo’ o ‘modelo’ social o seguir o condenar, lo que derivó en la fabricación de modelos o estereotipos que en el siglo xx se estandarizaron como patrones, en héroes de papel con poca o ninguna sustancia humana. Por otra parte, fijar o trazar un destino a un personaje equivale a creer que la vida real está prefigurada y carecemos de cierta libertad y autodeterminación. Ver la vida de esa manera es a la vez facilista y melodramática.
Autores relevantes relacionados con este ensayo:
S. Freud
A. Huxley
Azar, destino y deseo
1. La palabra ‘destino’ no ha cambiado mucho de significado a lo largo del tiempo, más o menos conserva el sentido original que le dieron los griegos: acontecimiento fatal predicho correctamente mediante oráculos o augurios. Por definición, es inevitable, un suceso que no se puede cambiar por estar determinado por una potencia superior y misteriosa (el oráculo o augurio) para un pueblo desde tiempos míticos, y para una persona desde antes de su nacimiento, de ahí la costumbre de, al nombrar a una persona, valorarla por su linaje. Era ineluctable para el dios, la persona o la nación de que el destino, fatalidad o mala Fortuna ocurriera: desde la estructuración de las teogonías (plagadas de seres y situaciones fatales) in illo tempore, hasta el cumplimiento del conocido destino funesto de Edipo. Esta fuerza o poder sobrenatural ineludible dio origen al nacimiento del héroe griego como ideal clásico y a la noción grecolatina de la imposibilidad de cambiar la naturaleza humana, como expone Séneca en su disertación sobre la felicidad. Se trata de una ley natural según la cual si alguien nace esclavo, morirá esclavo; si nace con un defecto físico o moral, morirá con él; si pertenece a una casta inferior, nunca será de la aristocracia, etcétera, a menos que esto lo cambiase la caprichosa buena Fortuna, o que por la naturaleza misma de la persona, su voluntad (ejercicio supremo de la libertad) cambiara el curso de esa ley ineludible. Pero no cualquiera podía, sólo por su voluntad, destruir el orden de la sucesión de pasos para llevar a cabo el cumplimiento de ese rito vital necesario para cumplir con un destino dado: debía estar de su lado la buena Fortuna, y con alguna frecuencia, la diosa Ocasión. Se necesitaba sí o sí el concurso de algún dios, pues la persona carecía de la fuerza suficiente y necesaria para eludir o torcer el curso de acontecimientos predeterminados. Pero sólo unos pocos se atreven a eludir o torcer una ley, pues quedan a merced otra ley dentro de la misma ley: la de pagar un precio por alterar una ley universal de orden superior; v. g. Prometeo, Fausto, Madame Bovary, Lucifer: único héroe mítico, que sin ayuda de ningún dios, desafió a la potencia suprema y perdió su lugar en el Paraíso por su propia voluntad, y al hacerlo impuso una nueva ley: la de seguir su propias reglas, no las del dios, por eso brilla con luz propia, no con luz dada por nadie. Lucifer (lux, lucis: luz + ferre: portar); o lo que lo mismo, ‘centella caída del cielo’, como dice de O. Paz. Lex, ley, palabra de origen religioso que significa ‘aplicación de las reglas para llevar adelante un rito’, y en latín la lex es una fórmula de obligatoriedad, por ello debe ser puesta por escrito para que fuera aplicada siempre igual, sin duda, y a lo largo del tiempo, más allá de la corta vida de los hombres. En Occidente cuando se pasó de la cultura oral a la cultura escrita hacia el siglo V a de C., lo escrito tenía fuerza de ley, de algo inamovible, fijo, como los ritos conformados por un conjunto de normas, v. g. los oráculos griegos y romanos y los ritos cristianos. No es gratuito que Sócrates jamás escribiera sus pensamientos y Platón desconfiara de la palabra escrita. En tiempos de Platón y hasta principios del siglo xxi la palabra escrita tuvo fuerza de ley. Pero con la hiper proliferación las informaciones a nivel global desde hará unos 20 años eso ha cambiado de manera radical. Tales informaciones, que por definición su contenido es volátil, falso, tendencioso y en sí mismas sin otro contenido que el publicitario, ya no tienen ninguna fuerza de ley. ¿Por qué? Parece ser que ahora mismo estamos viviendo un cambio de ese paradigma. Hoy, cada ser humano consciente de su principio de autodeterminación (es condición sine qua non), parece ser dueño de su destino.
¿Es así?
Paradójicamente, la llegada del cristianismo hace 2.000 años supuso reversar la doctrina del destino. Desde su nacimiento, el cristianismo introdujo la noción de que se nace en la desgracia de haber desobedecido a dios, lo que implica la condenación del alma al infierno. Pero gracias a una serie de ritos que deben ser consistentes a lo largo de la vida, e incluso en el último momento −el de la muerte− tal castigo puede cambiar: todo depende de haber seguido más o menos al pie de la letra, a lo largo de la vida −incluso en el último instante, con el arrepentimiento sincero−, con los ritos que exigen la vida sometida a dios; aunque también sucede, como en Fausto, que la condenación tiene lugar después de haber tenido una vida buena y sólo al final vende su alma al diablo. A la vez, al ser ‘hijos del dios cristiano’, tenemos sólo dos caminos en la vida o formas de destino: la condenación en el infierno del dolor físico y moral o la salvación en el cielo con el cese de todo dolor y el goce perpetuo. Pero en ambos casos, en el infierno y en el del cielo, el alma carece de libertad, pues se cancela de manera absoluta toda forma de voluntad. Tanto en el cielo como en el infierno está prohibido servir a dos amos al mismo tiempo: se vive en el reino del mal o en el del bien: son formas de renunciación a sí mismo y de entrega a un Señor. Pero quien escoge un camino u otro realmente no elige: está constreñido a encajar en una de las dos alternativas, no existe el término medio. ¿Por qué después de 2.000 años millones de personas aceptan sin chistar las leyes de un mundo arcaico en el que todo es negro o blanco? O, ¿la simplicidad del mundo y del ser humano son de una simpleza tal que sólo existen dos ángulos para reconocerlos y aceptarlos o rechazarlos (el bien y el mal)? Pues en ese mundo sólo existe aceptar o rechazar, no hay zonas indeterminadas. Se acepta o se rechaza no de acuerdo con hechos, sentido común o razonamientos, sino con la fe. Sin embargo, los seres humanos comunes y corrientes, con fe o sin ella, que somos todos, vivimos el día a día en ese término medio, estamos a medio camino entre el ‘bien’ y el ‘mal’, entre la aceptación y el rechazo familiar y/o social, entre lo que es bueno y lo que no lo es, entre lo que ‘debemos o no debemos hacer’, entre ‘el ser o el deber ser’ y no consideramos que, esencialmente somos seres caóticos que dependemos de nuestra autodeterminación o voluntad, que su vez están regidas por la historia propia de vida y sus factores intrínsecos (genéticos, familiares) y por factores extrínsecos (sociales, políticos, globales). Que tengamos mucha, regular o poca autodeterminación o voluntad para seguir o imponer nuestro pensamiento y nuestro deseo al destino prefigurado, depende de que ordenemos, como el Demiurgo-arquitecto griego, el universo caótico de nuestra vida interior. Pues al final la vida común y corriente, así como aquella extraordinaria de los personajes destacados, es eso: un ordenamiento de sentimientos y una afinación (arquitectónica) del pensamiento, no importa cuáles sean. Pero más que autodeterminación y voluntad, lo que gobierna nuestra vida cotidiana, la del día a día, la del sueño y la vigilia, es el deseo, como ya lo estudió Freud. Octavio Paz, en La llama doble lo expresa de la siguiente manera:
“Hay mil variantes del encuentro [entre dos personas] pero en todas ellas interviene un agente que a veces llamamos azar, otras casualidad y otras destino o predestinación. Casualidad o destino, la serie de estos hechos objetivos, regidos por una casualidad externa, se cruza con nuestra subjetividad, se inserta en ella y se transforma en una dimensión de lo más íntimo y poderoso en cada uno de nosotros: el deseo”.
El ser humano es un ser dominado por todas las formas el deseo. De la fuerza, la debilidad o la ausencia deseo depende el curso de nuestra vida.
2. Pronto, la noción de ‘destino’ generó el concepto de predestinación. Lo cual a su vez profundizó las divisiones por capas sociales y la estructura piramidal de la sociedad como hoy la conocemos. Asociar el origen de la palabra destino en sentido griego al concepto de división en la sociedad de clases sociales, significa no solo ir a la raíz de los males contemporáneos y de la macroestructura económica y política en Occidente (en Oriente es diferente), sino a hurgar en la naturaleza de tales conceptos en la cuna de nuestra civilización. Obliga preguntar por qué los griegos, en sus búsquedas por la naturaleza (ius) de las cosas, llegaron a la conclusión de que había una fuerza sobrenatural tan poderosa que regía, si bien a los dioses volubles y caprichosos, la vida de los seres humanos. Aunque la palabra destino en el mundo cristiano se ha entendido como fatalidad (Dios vigila nuestras acciones que, de ser ‘malas’ deben ser castigadas sí o sí, aquí o en el otro mundo), es sólo una interpretación arcaica. En Odisea, por ejemplo, en donde se menciona innumerables veces la palabra destino refiriéndose a los avatares de Odiseo, como sabemos, es la buena Fortuna la que guía todos los pasos, desde el principio hasta el final, del protagonista. Odiseo es el primer modelo de héroe en Occidente. Es lógico que los griegos no atribuyeran a los dioses el destino de los hombres, sino a las ‘fuerzas sobrenaturales’, a los ‘encadenamientos de hechos inevitables’, que estaban por encima de los dioses regidos por fuerzas más poderosas como las del Demiurgo, gran arquitecto, artesano ordenador y armonizador del Khaos material.
Pero en la vida cotidiana, ¿hay hechos que pueden ser controlados por nuestra voluntad? Sí. ¿Podemos evitar que suceda un hecho y de ahí una serie o sucesión de hechos encadenados e inevitables? Sí y no. Hijo espurio de la teoría del caos es el llamado ‘efecto mariposa’, que, en sí mismo, es positivista y de estirpe fantástica. El efecto mariposa es una interpretación probabilística de algo que puede suceder o no dentro un marco de referencia, según un experimento dado. Si por ejemplo en el experimento uso una mariposa o no, o un péndulo en esta o en aquella posición, los resultados son física y matemáticamente distintos. El ejemplo famoso de que el aleteo de una mariposa en Japón puede provocar un huracán en New York, es demostrativo. Todas las llamadas ‘coincidencias’, no son más que la consecuencia de una concatenación de probabilidades, en el sentido probabilístico, o lo que es lo mismo: una probabilidad experimental; es decir, puntal; o más exactamente, un juego mental para expertos. Si cada vez que aletee una mariposa en algún lugar del mundo se produjese un huracán al otro lado, viviríamos en un mundo ‘huracanalmente’ inimaginable. ¿Y quién dice que un huracán pequeño no puede anular uno de proporciones fantásticas? Trasladando la teoría del efecto mariposa al ser humano corriente, si ningún experimento mental que lo respalde, afirmo que éste no tiene lugar. La razón es que el efecto mariposa se aplica a sistemas deterministas no lineales. De modo que por mucho que haya n-probabilidades de que un suceso insignificante (que tienda a 0), lábil como el aleteo de una mariposa en la vida de una persona desencadene en ella una tormenta (un cambio radical en su vida), pero todo lo que la persona haga una vez haya dado el giro de 180° seguirá regido por algo superior al principio de autodeterminación o voluntad: el deseo. La voluntad de la que hacemos gala para hacer algo, como subir una montaña, dejar de fumar o simplemente levantarnos de la cama y no dejar que se peguen las cobijas, aunque parezca un ejercicio de la racionalidad, está dominada por el deseo. No son, por tanto, los sutiles y casi imperceptibles sucesos los que necesariamente desencadenan giros dramáticos de nuestra vida. Es el deseo de ser, de vivir, de cambiar o su carencia para hacerlo, y ser feliz o amargados, empáticos, tibios o solitarios no depende de otros sino de nosotros mismos. El deseo hace que nuestra vida tenga sentido: vivir y amar, compartir o no depende de él.
3. Lo que importa entender del mundo griego es que su poder epistemológico en general radica en el cambio de modelo de pensamiento heredado (mentalidad). Los griegos saltaron del pensamiento puramente religioso, atávico, causalista y arcaizante, al pensamiento filosófico, analítico y racionalista cuyas semillas epistémicas fueron recogidas más 2.000 años después por el relativismo. Sin embargo, este cambio de mentalidad no supuso las rupturas que implican los saltos, y el estilo de pensar arcaizante permaneció en el pensamiento griego y ha llegado a nuestros días influenciando las demás formas de pensamiento (político, económico, social, cultural, religioso), generando una simbiosis ‘perfecta’, en la que sólo hay héroes homéricos que a su vez cumplen (cumplir es una condición de obligatoriedad) con un destino que sólo sirve para perpetuar, ad infinitum, la visión sesgada de sí mismo de la sociedad y la economía. Los héroes contemporáneos, en todos los ámbitos de la vida, son una copia de la figura de Odiseo. A su vez, el antihéroe verdadero cumple con el destino que su personaje representa: ser un modelo de la modernidad que lucha de manera denodada y disruptiva por hacerse un lugar de excepción en la sociedad y le tiene sin cuidado las normas morales y éticas en el amplio sentido de estas palabras. En tal lucha, impone su principio de autodeterminación y su voluntad, guiado por el deseo.
También existe la otra cara de la moneda. En Contrapunto, Huxley defiende que todo lo que sucede, es intrínsecamente semejante a quien le sucede. ¿Qué significa? Más allá de ‘yo ser dueño de mi destino’, es gracias a mi carácter y a mis ‘decisiones equivocadas o no’ −está implícito que todo en nuestra vida es el fruto de nuestras decisiones−, que ‘corrijo’ o no de manera consciente e inconsciente, que moldeo mi vida. Así de algún modo alcanzo lo deseado (soñado o imaginado), así como lo no planeado de manera consciente. Lo no planeado con el deseo de manera consciente, es un mecanismo esencial del inconsciente que pone en juego las potencialidades ocultas y se convierte en propiedades intrínsecas. Todo lo anterior, es fruto sí o sí, de las propias decisiones, por trascendentes, insignificantes o involuntarias que aparentemente sean, y más que de todo ello, del deseo. Otras personas, guiadas por lo que creen es autodeterminación y voluntad, siguen el deseo general y simplemente cumplen con un destino colectivo. También, no hacer algo y dejar que las cosas sucedan, por la razón o las razones que sean, es una decisión intrínsecamente semejante a quien la toma, y proviene de su deseo o de su carencia. ¿Qué sentido tiene actuar según el principio de autodeterminación si, al final, seremos presas de un destino ya sea como seres del común, como héroes o como anti héroes? Destruir el concepto de destino impuesto (por la familia, la religión o la sociedad) y luchar por un destino distinto, es defender el deseo, y el deseo, es el alma de la libertad. Pero bien sabemos desde Hobbes que la libertad es imposible dentro de la sociedad, y sólo sería realizable fuera de ella. ¿Estaríamos dispuestos a renunciar a la sociedad, tal como el que renuncia a todo e incluso al lenguaje y deviene en un ser salvaje? El héroe de Los pasos perdidos de Alejo Carpentier fracasa en su intento de libertad porque no puede renunciar a la escritura, o lo que es lo mismo, al lenguaje.
Como cosa curiosa, seguir la ley del deseo de manera consciente y determinada, puede conducir a tomar decisiones que en un principio parecían apenas el aletear de una mariposa, decisiones lábiles, casi, casi insignificantes, pero que con el tiempo, gracias a ese deseo, se convirtieron en pequeños huracanes, en disrupciones impredecibles. Quizá una forma de vivir de acuerdo con los deseos profundos sea esa: dar un 180° al destino que creemos rige y empobrece nuestra vida.
Coda. En la literatura, fata Morgana es el hada que, mediante espejismos hace naufragar los barcos en el mar océano. Para aquellos de corazón débil, el destino es una hada mortal a la que, llevados por su voluntad, anhelan besar sus labios negros.