Leandro Colmenares

 

Leandro Colmenares Rodríguez (Bogotá, 1982). Escritor y docente. Autor de El nombre y el abismo (2025). Ha publicado cuentos, artículos y ensayos en revistas y espacios culturales independientes. Su trabajo explora la condición humana, la violencia simbólica y las tensiones entre memoria, ética, tecnología y lenguaje.

Ha acompañado procesos de formación literaria y escritura creativa en contextos educativos, donde combina la lectura crítica con el trabajo con jóvenes lectores y escritores. Cree —con cierta terquedad— que la literatura sigue siendo una forma de resistencia al ruido, a la prisa y a la lógica utilitaria.

El lugar del corazón

 

Leandro Colmenares Rodríguez

 

 

“Te amaré, te amaré como al mundo.
Te amaré aunque tenga final”

Silvio Rodríguez

 

 

Durante más de veinte años estuve rodeado de niños. Es una frase que podría decirse sin pensar, como quien dice que ha vivido cerca de una avenida o que ha tomado café todas las mañanas. Pero ahora sospecho que durante esos veinte años estuve rodeado de algo que nunca miré.

No mirar es fácil. Basta con acostumbrarse.

Entraban al aula con el ruido propio de las cosas vivas. 

Treinta niños no son una multitud: son un clima. 

Yo tomaba asistencia, explicaba metáforas, corregía adjetivos innecesarios. Había aprendido a distinguir la inquietud del aburrimiento, la pereza de la tristeza, el silencio de quien no entiende del silencio de quien entiende demasiado. Pensaba que conocía a los niños.

Ahora sé que solo conocía sus movimientos.

Mi hija nació en silencio. No el silencio del hospital —que nunca lo es— sino otro: el silencio de algo que empieza a existir sin preguntarle a nadie. Cuando la sostuve por primera vez sentí algo que no se parecía a lo que me habían prometido. Nadie habla con precisión del amor. Usan palabras grandes, blandas, casi decorativas.

Lo que sentí fue más incómodo.

Una especie de desplazamiento. El mundo se desplazó. O quizá fui yo quien se movió apenas un milímetro hacia afuera. No dolor exactamente. Más bien la sensación de que algo en el mundo podía romperse y ese algo —no sé cómo decirlo sin mentir— me pertenecía de una manera que yo no entendía.

O quizá no era eso. ¿Cómo puede ser mío lo que tiene su propia sangre?

Durante semanas observé a mi hija dormir. Los bebés duermen con una seriedad que los adultos hemos perdido. Respiraba con una irregularidad mínima, como si el aire aún fuera un experimento. A veces pensaba: esta vida está completamente expuesta. Y después pensaba algo peor: también la mía.

Recuerdo una noche especialmente larga en que ella no dejaba de llorar. La sostenía contra mi pecho y caminaba en círculos por la habitación, como un animal que no encuentra salida. En algún momento, entre un llanto y otro, abrió los ojos. Eran dos rendijas oscuras, dos pozos que me miraban sin saberlo.

Y en esa mirada vacía de todo excepto de vida comprendí algo que no sabía cómo nombrar: yo no era su dueño.

No podía serlo. Un dueño posee, retiene, cierra el puño. Yo estaba aprendiendo a abrir las manos. A sostener sin apretar. A preparar el momento en que esas manos tendrían que soltar.

Pero lo que más recuerdo no es el sueño, sino el grito.

Mi hija lloraba con una fuerza bestial que no parecía caber en su tamaño. Yo ya no soy joven; ella llegó cuando mis cuarenta años pesaban como una estructura terminada. Y sin embargo allí estaba yo, de pie, durante horas, arrullando ese estruendo contra mi oído. Mis oídos, inmunes durante décadas al ruido blanco de la escuela, sucumbían ante ese llanto único.

La pegaba a mi pecho con una desesperación física y, en el silencio de la madrugada, sentía su corazón golpeando contra mis costillas. Durante un instante no supe dónde terminaban mis latidos y empezaban los suyos.

Ese pequeño cuerpo era irrevocablemente mío —lo llevaría conmigo hasta el último día— y sin embargo todo en ella apuntaba ya hacia afuera. Hacia una vida que no incluiría mis brazos. Cuando lloraba no era por mí. Cuando creciera no crecería hacia mí. Su calor en mi pecho era, ya entonces, una forma de despedida.

Volví al colegio cuando ella todavía cabía en el hueco de mis brazos. Durante algunos días sentí una incomodidad leve, como cuando uno entra a una habitación y no recuerda qué iba a buscar. Los niños hablaban, corrían, se empujaban. Yo seguía explicando metáforas. Pero algo en mi mirada se había movido apenas, lo suficiente para que nada volviera a encajar del todo.

Entonces, una mañana, ocurrió algo casi imperceptible. Uno de los niños levantó la mirada. No para responder ni para preguntar. Solo miró. Una mirada limpia, desarmada, como si todavía creyera que el mundo tenía sentido y que yo podía explicárselo.

En ese instante pensé algo que me desconcertó: ese niño era el hijo de alguien. La frase es absurda, lo sé. Pero quería decir: ese niño era el centro de la vida de alguien. En alguna casa lo esperan. En ese cuerpo alguien ha puesto una parte invisible de su propia vida.

Ayer, en el recreo, uno de los niños tropezó y cayó en la cancha. Se levantó de inmediato. No lloró. Mientras sacudía el polvo de sus rodillas pensé, sin quererlo, en la casa a la que volvería por la tarde. En la mujer o el hombre que abriría la puerta.

Comprendí entonces algo que durante veinte años no había visto.

El aula no está llena de estudiantes. Está llena de hijos.

Y luego la idea empezó a inundarlo todo, como una marea lenta.

Ahora cruzo la sala de profesores y ya no veo colegas cansados o rivales de área. Veo cuerpos que alguna vez necesitaron que alguien les soplara la sopa, que alguien les cubriera con una manta. Incluso mis enemigos se han vuelto transparentes.

He intentado resistirme. Hay rostros que resisten la compasión. Hombres capaces de dañar, de humillar, de destruir la vida de otros con una facilidad inquietante. Pienso en alguno de ellos y trato de sostener el desprecio. Pero entonces aparece, sin que yo lo quiera, una imagen absurda: ese hombre alguna vez tuvo cinco años. Alguien le sostuvo la mano para cruzar la calle, y en ese momento el odio se vuelve inestable.

Por ejemplo, aquel hombre que me insultó en el tráfico. Miré sus manos apretando el volante y pensé que también fueron diminutas alguna vez. Que también fueron el centro absoluto del mundo de alguien.

Esa misma intemperie la encuentro en la calle. Un perro dormido ya no es solo un perro. Es una vida respirando con una confianza que me da ganas de llorar, una entrega al asfalto que parece suicida.

Y con el tiempo he empezado a sospechar algo más inquietante: nada tiene refugio. Todo —absolutamente todo— está a la intemperie.

Cruzo la calle y veo a un niño en el semáforo y siento un choque seco en la boca del estómago. No es lástima. Es algo más primario: la visión de un error en la creación. Si yo he sentido el latido de mi hija como si fuera el mío, ¿cómo es que este otro cuerpo está ahí y a nadie parece dolerle?

Me tumban los periódicos, las guerras, los niños que el mundo escupe, y me asalta una duda que me enferma: si el amor existe —y yo sé que existe porque lo tengo en los brazos— entonces la orfandad es un escándalo de la materia. Un vacío que no debería caber en el espacio.

Últimamente he descubierto otra cosa sobre el amor.

Por las mañanas dejo a mi hija en la ruta del jardín. Es una escena breve. Los niños suben, la puerta se cierra, el vehículo se aleja con una tranquilidad que me parece ofensiva. Desde hace unos días ella llora. Se aferra a mi cuello con una fuerza inesperada. Pero ya no es el grito de cuando era un bebé; ahora es un llanto tímido, asustado, un ruego que no se atreve a ser estruendo. Su llanto no intenta convencerme de nada. Solo existe.

Mientras la profesora la toma en brazos siento primero el dolor. No es una herida, es una falta de lugar. Un dolor sin anatomía que me nace en la garganta y me deshace el gesto. Una tristeza que flota en el aire antes de volverse carne, que termina pesándome en las manos. Siento que mi rostro se cae, que mi cuerpo ya no me sostiene porque ella se lleva la parte que me hacía ser yo. Pero el dolor no se queda solo. Hay un instante —breve, casi invisible— en que cambia de forma. El llanto sigue en el aire y de pronto algo más oscuro se levanta dentro de mí. Una rabia súbita, sin dirección, como si el mundo entero estuviera cometiendo una injusticia.

Miro la puerta de la ruta cerrarse y durante un segundo tengo un pensamiento que rompe el pacto de la civilización: abrirla, bajarla, interrumpir ese orden tranquilo de las cosas. Quisiera que el motor fallara, que el asfalto se abriera, que la ciudad entera se detuviera ante su llanto.

No lo hago. La ruta se aleja. Me quedo en la acera escuchando el eco de su llanto y tratando de entender lo que acaba de pasar.

Durante años creí que el amor volvía a las personas más suaves. Ahora sospecho otra cosa. El amor también despierta algo antiguo. Algo que no habla, que no razona, que espera.

A veces, cuando abrazo a mi hija, siento su peso contra mi cuerpo y comprendo que dentro de mí hay una fuerza que no me ha pedido permiso para existir. Algo paciente. Un monstruo que se enrosca en la raíz de mis órganos y que duerme con un ojo abierto. Es una vigilia de la sangre. Y sé que si alguien intentara interrumpir su existencia, yo no buscaría justicia. Buscaría el final.

Pienso en Dios. Si es verdad que es Padre, no sé cómo mira a sus hijos —niños, árboles, perros, palomas— y ve, por todas partes, orfandad. ¿Omnisciente es lo mismo que indiferente?

No lo sé.

Camino por la ciudad y todo me importa demasiado. No es una bondad elegida. Es más bien una herida. He perdido la protección de la indiferencia.

Y entonces comprendo lo que nadie me había advertido: amar no es una virtud. Es una forma lenta de quedarse sin piel.

Desde que nació mi hija hay algo que ya no puedo hacer del todo: odiar sin imaginar la infancia de quien odio. Amar sabiendo que algo dentro de uno no duerme.

Mañana volveré al aula. Pasaré asistencia. Diré nombres en voz alta. Me sentaré frente a ellos y abriré el libro.

Y por un momento —solo un momento— miraré ese pequeño clima de cuerpos vivos respirando frente a mí.

Treinta vidas. Treinta centros del mundo.

Y ya no sabré dónde termina el mío.

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