Leandro Colmenares Rodríguez (Bogotá, 1982). Escritor y docente. Autor de El nombre y el abismo (2025). Ha publicado cuentos, artículos y ensayos en revistas y espacios culturales independientes. Su trabajo explora la condición humana, la violencia simbólica y las tensiones entre memoria, ética, tecnología y lenguaje.
Ha acompañado procesos de formación literaria y escritura creativa en contextos educativos, donde combina la lectura crítica con el trabajo con jóvenes lectores y escritores. Cree —con cierta terquedad— que la literatura sigue siendo una forma de resistencia al ruido, a la prisa y a la lógica utilitaria.
La mujer que no fue diagnosticada
Leandro Colmenares Rodríguez
“Ella no quiso ver sus caras de terror”
Fito Páez
A ella la trajeron sin nombre. Fue ingresada en el pabellón 7 del hospital central de Lima. La hoja de ingreso dice: “Femenina. Edad aparente: 35–40. Encontrada en la Avenida Javier Prado. Muda. Desnuda. Desorientada. Afasia parcial. Tenía las yemas de los dedos ennegrecidas, no por suciedad, sino por una presión constante contra superficies duras. Sus ojos no buscaban a los médicos, sino los ángulos de las paredes”. El médico de turno escribió eso con letra limpia, sin dudar. Luego añadió: “Posible brote psicótico. Evaluar diagnóstico diferencial. El técnico devolvió el escáner tres veces; el software se colgaba al intentar procesar el lóbulo frontal, arrojando un error de lectura que se manifestaba como una red de sombras filamentosas”, firmó.
Ella no habló durante las primeras semanas. Pero escribía. No cartas, no informes, no recuerdos: notas, fragmentos poéticos. Papeles sueltos aparecían bajo la puerta, doblados, escritos con grafito casi invisible. Nadie sabía cómo conseguía el lápiz. No la habían visto escribir, pero ahí estaban:
“Desperté sin mí,
palabras que dolían,
eran mi cuerpo”.
El psiquiatra jefe, al leer eso, pidió aumentar la dosis. “La paciente se resiste”, anotó en su historia clínica. En la ficha no hay antecedentes, ni familiares, ni pruebas. Su electroencefalograma salió normal; el escáner mostró “actividad dentro de parámetros” y la resonancia funcional no reveló áreas de daño.
A los ojos de la institución, ella no tiene nada. Pero es nadie. Un enfermero le preguntó una vez por qué escribía así. Ella escribió en una servilleta:
“Carne que resiste,
palabras frías,
ajenas,
yo digo: aquí estoy”.
Desde entonces, le cambiaron el formato de evaluación. Ya no rellenaban casillas. Solo escribían: “Estado: estable. Conducta: silenciosa. Lenguaje: disruptivo”. Un día, otro paciente entró en su habitación sin permiso. Salió llorando. Cuando insistieron, dijo:
—Me habló sin decir palabra.
—¿Y qué le dijo?
—No abrió la boca, pero sentí su voz como un tajo aquí mismo —dijo, señalándose el esternón—. Mire, jefe, todavía me supura.
Nadie sabe cuándo empezó. Al principio fueron errores menores: diagnósticos escritos en verso. El doctor Seier entregó una nota evolutiva que decía:
“Niega ver sombras,
niega oír presagios,
la clínica lo anota con pulcritud;
mas hay en su lengua un leve litigio,
una voz que habla usando su quietud”.
Se la devolvieron para que la reescribiera.
Poco después, la jefe de Enfermería encontró en la bitácora un registro que nadie reconoció haber escrito:
Signos dentro de rangos normales.
Ingresa consciente, vigil, colaboradora.
Glasgow 15/15, mirada fija.
Niega alucinaciones, niega ideas delirantes.
Orientada en tiempo, espacio y persona.
Sin alteraciones aparentes.
Voz normotónica, discurso organizado.
Inteligibilidad conservada, léxico adecuado.
Temperatura 36.5 °C; piel tibia, seca.
Afecto contenido, congruente.
La clínica no registra fisuras.
El cuerpo responde, la mente también.
Si no está loca… ¿y si solo está fuera del idioma?
Una médica residente fue a interrogarla. Ella le entregó un papel:
“Ustedes no escuchan,
solo esperan que repita su eco”.
La médica lloró sin saber por qué. No regresó al turno. Dejó su estetoscopio sobre la mesa de guardia. En su casillero solo encontraron hojas en blanco marcadas con las uñas.
Entonces llegó el comité. Le pidieron que firmara. Ella escribió:
“Nada firmo.
El aire les rompe venas de tinta”.
Durante esa semana, el consejo médico colapsó. Los monitores registraron arritmias agudas simultáneas; en los informes no constaba patología previa, solo el rastro de una falla sistémica sin origen biológico.
Una noche, un nuevo interno abrió su carpeta y se la llevó a casa. No regresó. Su madre llamó días después:
—El chico está bien, solo… ahora se expresa distinto. Ya no dice palabras. Pero cuando uno lo mira, lo entiende.
Un rumor circuló entre internos y residentes: los textos de ella curaban. No el cuerpo, sino el sentido. Un paciente con trastorno de identidad dejó de usar voces ajenas. No recuperó su nombre, pero empezó a repetir, como un mantra que no comprendía:
“Hoja o mariposa
el viento la levanta
duda en el aire”
Lo decía con una extrañeza tal, que parecía que las palabras le estaban naciendo en la boca por primera vez.
Los médicos se dividieron. Uno, empezó a recetar haikus. Sus fichas fueron confiscadas y él fue separado del servicio tras ser hallado en la farmacia, clasificando los sedantes no por miligramos, sino por el número de sílabas de sus nombres. Antes de irse dejó una última indicación:
“Tomar silencio,
tres veces al amanecer.
Que hable lo hondo”.
Un día, ella se detuvo. Solo dejó una hoja en el comedor:
“Mi silencio es un espejo:
en él, sus palabras se pudren como fruta olvidada
y al fin ven su propio veneno”.
Nadie comió ese día.
Vino la intervención del Ministerio. Sellaron la sala por miedo. Pero en la pared alguien había escrito:
“Ya no está aquí.
Ya no ocupa lugar bajo la piedra”.
Desde entonces, si alguien llega sin diagnóstico claro, se revisa si escribe. Si lo hace, lo derivan. Nadie dice adónde.
El hospital cambió de nombre. El pabellón fue clausurado. Un residente nuevo encontró una ficha sin firma. Fue al archivo a preguntar.
La archivista no levantó la vista. Sus manos temblaban sobre los legajos. Bajo sus dedos, ennegrecidos y gastados, los nombres de los otros se habían disuelto en costras que supuraban del papel. No dijo nada.
El residente tomó la ficha. Al contacto con el papel, sintió un punto y coma incrustado en la base de la lengua; al tragar, sangraba.
Esa noche, el director del hospital subrayó la última línea del informe y cerró el expediente para siempre.
Alta no concedida. Se escapó por las grietas del diccionario.