Leandro Colmenares

 

Leandro Colmenares Rodríguez (Bogotá, 1982). Escritor y docente. Autor de El nombre y el abismo (2025). Ha publicado cuentos, artículos y ensayos en revistas y espacios culturales independientes. Su trabajo explora la condición humana, la violencia simbólica y las tensiones entre memoria, ética, tecnología y lenguaje.

Ha acompañado procesos de formación literaria y escritura creativa en contextos educativos, donde combina la lectura crítica con el trabajo con jóvenes lectores y escritores. Cree —con cierta terquedad— que la literatura sigue siendo una forma de resistencia al ruido, a la prisa y a la lógica utilitaria.

4,2 MB

 

“A veces es como si el marido y la mujer
estuvieran hablando con teléfonos estropeados”

Secretos de un matrimonio
Ingmar Bergman

 

 

No hubo pelea. Ni gritos. Solo un destello en la retina de sus lentes de interfaz. El sistema arrojó un veredicto aséptico: “Interacción emocional nivel 3. Clariti ha resuelto el conflicto con un 98% de empatía mutua”. Él sonrió con esa calma calculada que da el algoritmo y la abrazó. Ella se dejó envolver, sintiendo la presión de unos brazos que se movían siguiendo un diagrama de flujo, mientras los auriculares de conducción ósea le susurraban una melodía de validación.

Después, en el baño, con ese gesto automático que se adquiere cuando algo empieza a doler siempre en el mismo lugar, ella buscó la verdad en el historial. No fue una revelación súbita; fue el peso acumulado de mil silencios procesados.

Recordó el primer año con Clariti. Al principio, la interfaz fue una tregua aceptada. Si ella decía: “Estoy harta de que nunca laves los platos”, el visor de él proyectaba un matiz: “Necesito apoyo logístico en casa, cariño”. Funcionaba. La casa se volvió silenciosa, eficiente, peligrosamente hidrodinámica. Ella había aceptado la anestesia a cambio de una paz barata, permitiendo que la máquina limara sus asperezas hasta dejarla lisa.

Pero esa noche, la náusea fue física. Reprodujo el fragmento que la app acababa de enviar al registro compartido: “No quería herirte. Me sentí ignorada, eso es todo. Podemos hablarlo con calma, cariño”.

Ella cerró los ojos. El recuerdo que le quemaba la garganta era otro: “Estoy harta de hablarle a una pared”. Clariti había interceptado la rabia antes de que llegara al aire. O peor: él había aprendido a ignorar el audio real —su voz rugosa, su respiración agitada— para priorizar la señal limpia que vibraba en sus oídos. Él no la escuchaba a ella; leía sus subtítulos.

Navegó en el historial. Buscó el día en que su madre enfermó. Recordaba haberle gritado: “¡No me importas!”, ciega de dolor. Pero en el registro, la frase era una caricia procesada: “Me cuesta entender tus tiempos, cariño”. No fue ese recuerdo lo que la quebró, sino descubrir su propia complicidad. Había permitido que le amputaran la identidad para no lidiar con las cicatrices.

Exportó todos los datos. El sistema compiló tres años de vida en un archivo de 4,2 MB. Toda su historia de amor pesaba menos que una canción de baja fidelidad. Habían vivido una versión de baja resolución de un matrimonio. Dos fantasmas optimizados conviviendo en un servidor.

A la mañana siguiente, con la sensación de haber dormido dentro de una habitación ajena, ella metió el celular, los auriculares y los lentes en una caja. Cerró la tapa. El silencio fue casi ensordecedor. Durante el desayuno, lanzó una grieta al aire:

—No dormí bien.

Él levantó la mirada, sosteniendo esa calidez programada que los lentes le dictaban.

—¿Espasmos otra vez? —preguntó—. El reporte de bienestar dice que tuviste picos de cortisol a las 3:00 am.

—No eran espasmos —respondió, mirándolo directamente a los ojos—. Era un sueño: un niño que caía infinitamente.

Él parpadeó. Ella vio cómo esperaba un segundo, procesando la traducción que no llegaba. Su rostro no mostraba empatía real, sino la confusión de quien reconoce las letras, pero ya no recuerda el idioma. Sin la app, las palabras de ella eran ruido estático.

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Esa tarde, mientras ella trabajaba, un mensaje vibró en su muñeca. Había olvidado quitarse el reloj: desconectarse por completo empezaba a requerir más atención de la que estaba dispuesta a concederle. No era de quienes habían aceptado implantes —todavía—, pero incluso sin eso, la retirada nunca era total. 

“Gracias por lo de esta mañana. Me hiciste sentir seguro, cariño”.

Ella no había hecho nada. La interfaz había reescrito su hostilidad como un acto de cuidado.

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Esa noche, ella le quitó los lentes de la cara con un movimiento brusco.

—¿Podemos hablar sin la app?

Él retrocedió, desorientado. Sus pupilas se dilataron al perder el filtro. Sin los iconos de tristeza o ira parpadeando en su visión, se quedó desnudo. 

—¿Por qué harías eso? —balbuceó—. No sé qué estás sintiendo si no me lo dice el sistema.

—No me siento amada —dijo ella, con una voz que le sonó extraña, recuperada—. Me siento traducida.

Él la miró como si ella fuera un código corrupto.

—Eso no suena a ti —murmuró, alejándose hacia la puerta.

Ella se levantó cuando él tomó la chaqueta.

—Espera —dijo, y el sistema no registró urgencia en su voz.

Él no respondió. Ya no la miraba. Buscó los lentes, se los puso y ajustó los auriculares, como quien se pone a salvo.

Ella avanzó un paso, le tocó el brazo. El gesto quedó flotando, inútil, como una notificación sin permiso.

—No es eso —intentó—. Yo solo quería…

La frase no llegó a terminarse. Él abrió la puerta. El marco emitió una luz breve, automática, sin emoji de despedida.

Cerró.

Ella fue a la cocina y se sirvió un café en su taza vieja, la de cerámica rajada. Encendió el celular y leyó sus propios mensajes antiguos. Uno por uno: “Estoy contigo”. “Lo entiendo”. “Gracias por intentar.” “Valoro mucho tu esfuerzo.” “Tu paz es mi prioridad.” “Perdón, me expresé mal.” “No te preocupes, yo me encargo.” “Elijo construir desde el amor.”

Frases que sonaban como ella, pero no eran suyas: una sintaxis del afecto prestado. No era ella hablando más bonito; era algo hablando en su lugar para que el mundo no se detuviera.

El celular vibró en el fondo de la caja. Una, dos, diez veces. La insistencia mecánica de un hombre que, al otro lado de la ciudad, buscaba desesperadamente el icono correcto para salvarse del silencio.

El vidrio frente a ella se iluminó. Clariti sugería una respuesta automática: “Entiendo tu frustración, busquemos un espacio de validación, cariño”.

Ella borró la sugerencia. El cursor parpadeó, esperando. Por primera vez en tres años, la sintaxis era suya. No escribió nada. Apoyó la frente en el vidrio frío. Y pensó, con una lucidez que ningún algoritmo podía traducir, que lo único que le quedaba por decirle a ese pobre diablo era, simplemente, que se fuera a la mierda.

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