Memoria 96

Memoria 96

 

 

22.11.2024 Byung-Chul Han. Últimamente, he estado leyendo libros de Han. El último, que compré aquí en Medellín, La tonalidad del pensamiento, particularmente me ha decepcionado. Nunca había leído ni he escuchado conferencias de este autor, un hombre que proviene de oriente y está deslumbrado por la cultura alemana. En este libro es particularmente repetitivo –aunque en las conferencias quiere emparentar sus ‘repeticiones, con las Variaciones Goldberg, de Bach–, y afirma que él no reitera, sino que son variaciones de sus posturas conceptuales, lo que sorprende mucho. Cómo un hombre que está profundamente influenciado por el pensamiento de Heidegger, cuya obra podría calificarse como variaciones de la obra de Heidegger, ¿no reitera? Se pinta ante un auditorio como un hombre tan inmodesto como contradictorio y poco consistente. Es cierto que, a fuerza de repetir –hay que diferenciar una repetición de una variación–, se consiguen variaciones de algo, sobre todo del pensamiento, como ya lo señaló Kierkegaard, a quien, entre otras cosas, no cita. Han, como buen escolar, dice que lo ‘acusan’ de repetirse. Yo estoy de acuerdo con que se repite, antes que desarrollar variaciones del pensamiento. Y se repite porque, al menos en unos 10 libros que he leído de él, algunos con verdadero placer, el concepto o conceptos que defiende, los enuncia con las mismas palabras. Han dice que ‘adora el idioma alemán’, que ‘adora los diccionarios etimológicos’, y si es así, ¿por qué enuncia conceptos con las mismas palabras? No conozco el idioma alemán, pero sí sé que su afinidad con la filosofía, como declaró Adorno y Han recoge de manera obtusa, es lo bastante fuerte comom para tener la maleabilidad de expresar variaciones de lo mismo, verbigratia Bach, con enunciados distintos. Si Bach escribió variaciones de un mismo tema, estas no sólo están en función de la repetición de lo mismo, sino de una alteración, a veces ligera, a veces casi imperceptible, a veces pronunciada para lograr un efecto sonoro único, excepcional, cosa que Han de ninguna manera hace. ¿Le echamos la culpa entonces a los traductores? Podría ser, así Han puede salvar su pellejo. En la escritura, cuando uno hace variaciones de algo, bien sea porque forma parte de su pensamiento y de su estilo, bien sea porque uno observa con los mismos ojos algo que vio antes de otra manera (como algún asunto espinoso, p.e.), o bien porque ha madurado como narrador y quiere mostrarle a sus lectores que el lenguaje ni el pensamiento ni los modos de narrar son estáticos sino que evolucionan continuamente, es para hacer que lo narrado sea cada vez más cristalino, más puro, más aparentemente simple para el lector, no más complejo desde el punto de vista del uso del lenguaje y en general de la gramática. En la escritura nada es más difícil que escribir con claridad y sencillez para expresar un pensamiento. Mientras un escritor conoce más fondo el lenguaje, menos palabras difíciles utiliza. Han pasa lastimosamente por alto que sus libros no son orales; es decir, que una cosa es expresar pensamientos para un público de manera oral, y otra escribirlos. Cuando se escribe, los pensamientos no sólo siguen un pensamiento que se autocorrige continuamente, que no cesa sino en el punto final, y me refiero al punto final de cuando el escriba cierra los ojos y el editor lo envía a la imprenta. El lapso que hay entre la primera palabra escrita de un libro y su impresión, es muy largo y sinuoso –cuando el escritor es serio y responsable–, y hay tantas, tantísimas correcciones, sobre las que, a la vez hay variaciones, que el escritor ya no quiere saber más y publica. O publica simple y llanamente por prepotencia, porque cree que su escrito debe ser leído por el público. En las conferencias, Han se muestra como un ser sensible amante de las flores y del mundo natural, como un ser sencillo y casi humilde que tiene dos pianos en su apartamento y no le importa imponer a sus vecinos los insoportables ejercicios de su práctica del piano. Es desconcertante. Han critica a la sociedad del rendimiento y de la auto explotación, pero, ¿su torrente de libros publicados no son un ejemplo de rendimiento? ¿O es que quiere imitar a Bach y componer más de 1.000 obras? Hasta dónde sé, Bach tuvo más de 10 hijos, quizá 11, aunque algunos murieron casi al nacer, ¿y Han? No tengo noticia ninguna de que tenga siquiera alguna amante o al menos un hijo. 

Pero eso es anecdótico.

Han, a quien antes yo consideraba no un filósofo sino un topólogo de conceptos, un alumno aplicado que se dedica a desentrañar a Heidegger, hoy ya no sé qué pensar. 

Con lo que ha escrito ha hecho dinero suficiente para dedicarse de lleno a lo que también dice ‘adorar’, la jardinería. 

Es tiempo de callar.

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