Memoria 94

Memoria 94

 

 

18.11.2024 Hoy es uno de esos días que no nada en particular qué decir. En frente de la ventana de este piso 9, las aves, quizá de unas siete u ocho especies según hemos contado con mi mujer, emiten toda clase de sonidos que yo no calificaría de canto, y antes bien suenan como chillidos. También hemos visto ardillas y mariposas y muchos insectos que no hay en tierra fría. Eso sin contar la gran variedad de matas, arbustos y árboles enormes que conforman un corredor verde muy agradable, como tantos que hay en Medellín, aunque al parecer en este, como en la mayoría, no hay guaduales ni una cañada. 

Aquí hay muchas cañadas de agua limpia que los constructores de edificios enormes de más de 15 pisos-al menos han sabido respetar, de modo que, a pesar del dominio del cemento y del infaltable ladrillo Santafé, la densificación urbana parece mitigarse. Muchas veces, desde la primera vez que vine con mi mujer hará unos 6 años, me he preguntado si me gusta o no tal densidad de construcciones que dominan el paisaje urbano de El Poblado. Visto desde donde me encuentro ahora, en Alejandría y con vista, además, a las montañas y viendo, además, las copas de los árboles a menos de 20 metros de distancia, hay tal variedad de estilos arquitectónicos en los edificios que uno diría que hay tal mezcolanza, que carece de estilo. O mejor, que el estilo de uno es el de todos y a fuerza de carecer de imaginación, algunos arquitectos han modificado la tradicional masa cuadrada o rectangular y en medio de tal uniformidad de formas y materiales, sobresalen algunas construcciones que se salen del esquema y lanzan sus verticales hacia una comprensión diferente del espacio. 

Si bien lo aprecia uno en la distancia, se observa mejor caminando, como hemos hecho mi mujer y yo cuando recorremos dos o tres kilómetros por andenes bien hechos, aunque estrechos, casi siempre llenos de hojas de los árboles. Andenes siempre trazando una raya a los hermosos jardines o sonoras cascadas que inundan las narices de fresca humedad de matas que absorben agua limpia. 

Desde el suelo, los edificios se estiran hacia arriba silenciosos, sordos y ciegos al entorno, tan sólidos como torres de Babel. ¿Y cómo semejantes construcciones no iban a evocar una Babel? ¿Es que los habitantes, pongamos por caso, del piso 8 hablan el mismo idioma de aquellos del piso 20? Sí y no. Primero, casi el único medio de conectarse los de un piso con otro es el ascensor. Y digo casi el único medio, pues mi mujer y yo somos de esos que no nos arredramos si hay que subir o bajar por las escaleras, pero las escaleras siempre están solitarias. De modo que ahí está el ascensor como casi único modo de comunicación entre vecinos de una comunidad. Pero, ¿esto es una comunidad? No, claramente no lo es. Yo, por ejemplo, no conozco a ninguno de mis vecinos de piso, y en este piso hay 8 apartamentos. Nunca los he visto en las 3 semanas que llevo aquí, de modo que no hay ninguna comunicación. Y las contadas veces que me he encontrado con alguien en el ascensor, no ha pasado de un saludo más bien seco o ningún saludo, como me sucedió un día. Suelo saludar. Y la vez que subí al ascensor y en él venía una pareja, un extranjero treintañero y muy bien parecido con una bonitica joven lugareña, y ambos inclinados tecleando en su celular, algo gruñeron, no sé qué y saludé de nuevo. El extranjero se echó contra un lado de manera displicente, la joven torció un gesto como de saludo muy rápido hacia mí y se pegó al hombre que poco cuidado le prestaba. 

Los observé unos segundos: la desgracia de este país: el hombre tiene el aspecto de que acabará muerto en uno de estos apartamentos…

No, esto no ninguna comunidad y en ningún edificio o conjunto residencial hay comunidad alguna. Y tampoco en los centros comerciales, en donde nadie habla espontánea, desprevenidamente con alguien. ¿Y en la calle? En la calle he observado que, por ser los andenes tan estrechos y por lo faldudas de las vías, la poca gente con la que uno se cruza saluda. Que aquí en El Poblado no exista una comunidad como tal, ¿es culpa de la densificación urbana? Yo diría que sí. En los barrios o sectores en los que hay casas o edificios de pocos pisos, y además tiendecitas de barrio y vendedores ambulantes, tiene lugar el saludo, la gente se conoce más o menos y hay formas inesperadas de acercamiento, como cuando va a la tienda y la persona que atiende lo reconoce a uno si va más de una vez, y hasta hay intercambios de palabras con doble sentido y se crean ciertos lazos de cercanía, aquellos que son tan comunes en los barrios. 

Aquí no. 

La única cercanía aquí es con los porteros del edificio, 3, que mi mujer y yo saludamos siempre y charlamos unos minutos antes de entrar o de salir. No más. ¿Es lo que mi mujer y yo queremos? Sí. Y es curioso. Sería sumamente sospechoso que, de repente, mi mujer fuese amiga de un vecino, a mí particularmente no me gustaría. Y sé que ella vería con mucha prevención que yo hiciera lo propio. La verdad, a mi mujer ni a mí no nos gusta, como a la inmensa mayoría de personas, que alguien se meta en nuestra vida privada. ¿Por qué? ¿Entonces vamos a vivir aislados? Yo sólo necesito un espacio para escribir y una silla en qué sentarme para leer, y, claro está, lo más importante: mi mujer y mi hijo y mi hermana en la distancia. ¿Y los demás? Los demás, como yo, están en sus cosas, poco se ocupan de mí, como poco yo me ocupo de ellos. Es la verdad.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.