Memoria 150
08.07.2026 Los pasos perdidos, de Alejo Carpentier. Santiago me acaba de enviar la premaqueta de Viajes y viajeros. Nada más comenzar a leer el primer ensayo, “Viaje y visión del ser en Los pasos perdidos”, sentí un estremecimiento y me emocioné mucho. A medida que leía, recordé de manera muy nítida la fuerte sensación que viví durante ese viaje por Venezuela y el Orinoco en especial, y los meses posteriores a mi regreso a Colombia. Fue un tiempo sumamente duro económica y emocionalmente, por demás, que me transformaron y acabaron de partir mi vida en dos. Transformación y división que yo mismo propicié y que seguí llevando a cabo de un modo tan apasionado que no me di cuenta, sólo hasta hoy, de lo que hice. Esos meses marcaron, literalmente, un antes y un después de lo que yo era, y, paradójicamente (o de manera inexplicable), seguía siendo el mismo. Ahora, este día, 23 años después, soy otro, aunque sigo siendo el mismo. Pero no me interesa hablar de eso, pues tales cambios y apasionamientos se han ido desgranado en todos mis escritos desde entonces. Para la muestra este ensayito, que acabo de leer y data de 2004.
En cierto sentido, este ensayito tiene los ojos bien abiertos, aunque está lleno de puntos ciegos.
Me sorprende y no me sorprende que haya sido publicado en España, y que me hayan pagado (dinero que me cayó muy bien). Me sorprende, porque en realidad el ensayito no es tan bueno, y sí más bien está plagado de ideas anfractuosas, por decir menos. Hay demasiada información y un exceso de sobre entendidos para un lector que no conoce Los pasos perdidos, y de remate, si conoce esta novela, tampoco va a entender tanto texto implícito, pues en mi ensayito doy por sentado que, quien lee, conoce con cierto detalle la biografía de Carpentier, ha leído Visión de América, sabe de los cronistas de Indias que menciono, de El Orinoco ilustrado del padre Gumilla y aparte de eso, Humboldt. Mejor dicho, es un ensayito pretencioso que exige un lector bien informado de muchos detalles; mejor dicho, es un ensayito para especialistas. Y creo que, ni por esas. Esos puntos ciegos no los descifra ni Mandrake.
Pero, en 2004, me dije cuando recibí el encargo, ‘debo estar a la altura’. ¿Lo estuve? Lo dudo, aunque pienso que me esforcé bastante. Lo malo es que, como en cualquier oficio, esforzarse no basta, se necesita más, y ese ‘más’, en ese momento no lo tenía. ¿En realidad en qué se centra el ensayito? ¿En Carpentier, en mí o en la noción de viaje? ¡Qué floja visión de viaje la mía de entonces! Pero fue la primera semilla, y eso fue muy bueno para mí, lo siento por los lectores. Lo que parece vislumbrar el ensayito es cómo Carpentier escribió su novela, pero no más. Más bien ese ensayito está centrado en mí, en mí y en nadie más. Quizá eso es lo conmovedor y por eso sentí ese choque ante un texto que hacía años no leía. Texto que es pura pasión, nada más. Quería dar la talla, y quien o quienes lo hayan leído, espero que hayan recibido algo de esa pasión. En todo caso está ahí. Me gusta pensar que para otra persona ese texto pueda ser la semilla de algo. Para mí, es la huella lejana, lejanísima, 20 años atrás, de mi Topología. ¡Ay! No sé cómo la vaya a mirar cuando me siente a trabajar la 2ª edición…
Por otro lado, no me sorprende que lo hayan publicado. A la hora de la verdad, si bien Cuadernos hispanoamericanos gozó hasta finales del siglo xx, de excelente reputación, pues allí publicaba la crema de la intelectualidad hispanoamericana, ya no es así. No sé cómo me contactaron desde España. Siempre he sospechado que fue a través del Conac –por entonces el Concejo Nacional de Cultura de Venezuela, desaparecido en 2008–, pues una de la condiciones de la beca era socializar mi investigación en ese país. Cosa que hice, con otro texto, en el Centro de Estudios Latinoamericanos, Celac, con una buena asistencia; creo que algún investigador oyó mi cháchara y me recomendó. Por esa época, no estaba de moda hablar de ‘creación literaria’, y supongo que, al enfocar mi ensayito en eso (no lo logro del todo), debió parecer ‘novedoso’. Aunque, ahora recuerdo que estaban esperando, seguramente, muy al estilo de la revista, no un ensayito literario (porque el mío lo es), sino un ensayito académico lleno de citas que hablara un poco de Los pasos perdidos. En todo caso, a estas alturas, ya no siento tanto afecto por la literatura de Carpentier, a pesar de que me enseñó muchísimo. Supongo que soy un discípulo malagradecido. Pero la literatura, la buena, no se hace rindiendo homenajes eternos a quienes a uno le enseñaron algo. Con excepción de Kafka…
***
Mi mujer ronda por el apartamento, y dice, ¡Qué calor!, ¡Qué calor! Entra en mi estudio repitiendo, ¡qué calor!, ¿no tienes calor? Y abre un poco más ventana por donde ya soplaba un vientecillo refrescante, aunque no estoy tan acalorado como ella. Bebo agua fría de mi vaso, y nada digo.
Miro el termómetro en el celular: 31 °C; 32 °C la sensación de calor. No es para tanto.