Memoria 148
26.06.2026 Una caminata. Algunas consideraciones acerca de mi relación con la literatura. Ayer, al final de la tarde, cuando mi mujer y yo salimos a caminar, no estábamos del mejor ánimo. Yo sabía que debía salir a caminar, pues he estado muy sentado esta semana trabajando en la Topología, y ha sido muy demandante. Cuando salíamos, ella preguntó por mi trabajo, y como no le contesté de buena manera, ella simplemente no preguntó más; quedó sentida. De momento, no caí en cuenta de mi respuesta esponjosa: “Cuando digo que voy a hacer algo, lo hago”, respuesta en la que hay un reproche solapado (en realidad yo no quería salir, pero ella presionó), y seguimos caminando y hablando de cualquier cosa. Por mi culpa los ánimos se habían fastidiado. La verdad es que más bien debería agradecerle velar por mi salud, en todo sentido.
Iban a ser las 6 de la tarde. El día había estado caluroso (31 °C), yo me sentía cansado física (al mediodía fui por ½h a la piscina) y mentalmente, y en realidad no tenía energía para esa caminata, pero le hice caso a mi mujer. Ya a esa hora el clima era una delicia, quizá 26 °C, había mucho tráfico y gente en la calle. Pero nos sentíamos relajados en ese ambiente y caminábamos a nuestro ritmo, yo más lento que ella, de la mano, de un modo muy placentero, aún con gafas de sol por la claridad deslumbrante a esa hora. Parecíamos un par de turistas, de esos que van por ahí.
Después, como suele suceder, hablamos y ambos nos disculpamos, pues había habido pullas de parte y parte. Nos tomamos un café, luego seguimos por la parte de abajo de la avenida El Poblado para completar el circuito de la caminata y volver al apartamento. Mientras íbamos tuve la sensación de una certeza. En realidad, pensé, esta es la realidad: la vida corriente, común, la que vivimos día a día con mi mujer, y supuestamente me esfuerzo en hacerla feliz, pues, ¿es la idea, no? Y viceversa. ¿Acaso no estábamos viviendo la vida tranquilamente, saliendo a caminar por gusto, bebiendo un café, igualmente por gusto, en un lugar que nos agrada por sus buenos productos, limpio, amable y ambiente tranquilo? ¿Acaso no estamos viviendo vidas humanas con sentimientos humanos no mediados por lo que hizo o dijo alguien, un escritor, p. e., y simplemente respiramos el aire tibio de la tarde? Mientras tomábamos el café (en realidad, ella una Bretaña) y comíamos alguna cosa, hablamos, nos bombardeamos un poco y luego le conté de mi trabajo, libro que espero tener listo para mandar a imprimir a finales de la semana que viene, o por mucho, a principios de la semana siguiente. Le conté un poco sobre la etapa en la que iba y se sorprendió de que el libro estuviera tan avanzado.
Si esa es la vida, la literatura es la literatura, como cualquier otro oficio, la literatura no es la vida cotidiana. Esa división se presentó como una certeza, no como una duda. Pensé en algunos escritores famosos agonizantes en su lecho y su mujer velando su muerte, separados sólo por lo que ambos en ese momento pudieran tener en mente: el escritor con los ojos cerrados, ido, pensando en las letras, la mujer acariciándole la frente y pensando en que, a pesar de todos estos años juntos, siempre estuvieron separados por la literatura porque él siempre sintió y consideró la literatura más importante que ella, su mujer. ¿Había valido la pena? ¿Kafka no le dijo a Felice Bauer en 1913 o 14 que no se casaría con ella porque la traicionaría todas las noche con la literatura? Evidentemente, no soy Kafka, no sólo porque ya dejé de aspirar a él, hace mucho, sino porque, a pesar de mis esfuerzos, jamás seré un escritor de ficción de primera. Ya me contenté con ser de segunda (no un segundón, en todo caso), no de tercera. Y está bien, tener eso claro ayuda a trabajar más y a esforzarme en hacerlo mejor. Es una posición que he conquistado gracias a mis puntos de vista propios y a la educación que yo mismo me he dado. Es probable que la Topología, por ser el libro que es, se acerque a un trabajo de primera, pero…
Recordé a un escritor que conocí en la universidad cuando ambos dábamos clases. A pesar de que tuvo su cuarto de hora –ya era un hombre mayor de 70 años–, no era un autor reconocido ni tampoco un excelente escritor, aunque allí y en otros ámbitos más o menos se le respetaba. En los últimos dos años, creo, a raíz de una enfermedad, su mujer lo acompañaba al trabajo. Era común verla en una banca o yendo por ahí, a la espera de que él saliera para irse juntos. Vivían en una población fuera de Bogotá, y su situación económica no era desahogada. No tengo idea si durante su agonía su mujer le puso la mano en su frente mientras él pensaba en las letras. Por lo poco que hablé y compartí con él, tiendo a pensar que sí, aunque es imposible saberlo. Imagino que en el momento supremo, sentir las manos de su mujer debió ser dulce y amargo.
Pero, me dije, en mi caso, ¿entonces, la literatura sólo es trabajo y nada más? De ser una aparente certeza, esto se convirtió en otro razonamiento. No es que la literatura sea más importante que mi mujer. Más bien es todo lo contrario. Lo que ocurre es que soy obsesivo y perfeccionista con mis letras y para mí es una prioridad sentarme a trabajar, y hacerlo bien, perfecto, dentro de todas las limitaciones que tengo, que son muchísimas. De ser consciente de mis limitaciones, me obligo a superarlas cada vez que me siento a trabajar, es un duelo constante, del día a día, y es en todo sentido agotador.
Últimamente me siento agotado.