Memoria 147
24.09.2026 Dos novelas de un académico. En el excelente magazín Generación número 56 de septiembre, aparece en primer plano la fotografía de un hombre mayor que llama la atención: es de frente amplia, su escaso cabello corto está bien peluqueado, lleva gafas rectangulares de marco parcialmente al aire, tiene el ceño fruncido y su mirada es severa y, como debe ser en los nuevos tiempos, su barba rala se ve blanca y grisosa, sus labios están cerrados, casi fruncidos, como el ceño, como regañando; el cuello delgado, que se ve tenso, emerge del cuello abotonado de su camisa blanca con pepitas, o algo así, y del saco de lana encima. Atrás, en segundo plano, una estantería con libros. Abajo, el titular: El jardín de Pablo Montoya, en altas sostenidas, conforme a lo que quiere transmitir el personaje: sufrimiento, rigor, mundanidad, intelectualidad; que es un ciudadano del mundo. Este magazín o suplemento de El Colombiano, trae una entrevista al académico y escritor, en la que habla de su última estancia en Europa de unos dos años, si mal no recuerdo, que, con la anuencia de la Universidad de Antioquia y el financiamiento, se entiende, no sólo aprovechó para hacer un posdoctorado, sino para investigar a fondo la vida de El Bosco y así escribir su novela El jardín el jardín del mundo. También dice en alguna parte que vivió durante unos 10 años en Francia, la Meca de todo escritor latinoamericano, y no sé dónde más. Cada vez que leo alguna entrevista o una intervención pública, lo saca a relucir. No sé qué pueda significar eso, supongo que lo internacionaliza, pues la idea es alejarse de esta parroquia de provincia del tercer mundo.
A medida que leía la entrevista más me iba molestando. En lugar de saltar a otra, decidí torturarme. El entrevistador, que al parecer no le ha echado al menos un ojo a los títulos de los otros libros de Montoya, no cuestiona lo fundamental: ¿por qué irse a Europa a investigar la vida de El Bosco? De Montoya, tengo que admitirlo, sólo soporté la lectura de Tríptico de la infamia, que también es una juiciosa investigación sobre el encuentro entre Europa y la recién descubierta América. La novela me pareció pretenciosa, pseudoerudita y pastosa. Además, no sólo era más de lo mismo (los horrores que cometieron los conquistadores españoles aquí, en América), sino por ser una novela maniquea y retardataria. Hasta ese momento, creo 2016 o 2017, cuando leí el libro, no había leído nada de Montoya. Me pareció un libro forzado y sumamente aburrido en el que pretende hilar tres historias que acaban siendo anodinas.
Sin duda, es un excelente académico que redacta muy bien, de manera clara y concisa como piden desde 1492 el señor Nebrija y los academicistas del siglo xix y bien entrada la segunda mitad del xx. Pero mi impaciencia creció cuando Montoya dijo que España nos tenía que pedir disculpas, “reconocer el genocidio y la brutalidad” de los conquistadores del siglo xvi. ¿Entonces para qué se va a hacer un posdoctorado a la Complutense, a una universidad pública; es decir, no debería mejor ir a un país cuyos financiadores de la educación no lo hayan ofendido? Me pareció leer que su hija también fue a estudiar en España, también con subvención del Estado. No es muy coherente que digamos. Mejor se habría ido a otro país, como Japón o Inglaterra, al menos muchos soldados británicos ayudaron a Bolívar en la Campaña libertadora, ¿no? Por mi parte, no necesito ningunas disculpas protocolarias ni sentidas de ningún alto mando español.
Sin embargo, se entiende que un académico que tiene cierto peso en la UdeA, y algún peso como escritor colombiano con cierto reconocimiento, diga semejante barrabasada. ¿Qué España tiene que pedirnos perdón? La verdad, no sé quién lo dijo primero, si Hugo Chávez o López Obrador; creo que Hugo, por allá en 2002 o algo así y después lo repitió en varias ocasiones, hasta cambió la fecha del 12 de octubre, Día de la raza, y puso el ridículo nombre Día de la resistencia indígena, pero bueno.
Es natural que un militarote ignaro devenido en dictador lo diga, o un político mexicano del tres al cuarto. Pero, ¿un académico con posdoctorado? Francamente, uno se llena de desánimo que esa sea la nueva intelligentsia colombiana del siglo xxi. Es precisamente esa mentalidad vindicativa que comenzó con los primeros escarceos organizados de la emancipación colombiana de España hacia mediados del siglo xviii, la que aún pervive y no nos deja avanzar y seguir adelante. La mentalidad de Montoya es la misma de aquellos críticos academicistas del finales del siglo xix colombiano que fueron incapaces de ver lo colombiano, ni cultura que luchaba por tener una voz propia, y se enlistaron, una vez instituida la Real Academia de la Lengua en 1871, a criticar lanza en ristre a quienes no se ajustaban a las reglas de Antonio de Nebrija, cosa que duró hasta bien entrados los años 1970.
Pero, ¿acaso la intelligentsia de los siglos xix y xx no se formó, como Montoya, allende el mar, en Europa y/o Estados Unidos? Es supremamente provinciano creer que, porque se maneja con cierta soltura aspectos de una cultura, la domina o pertenece a ella. Y es aún más provinciano pensar que una novela como Tríptico de la infamia pueda dilucidar eso del encuentro entre dos culturas y/o pedir cuentas al conquistador y a sus descendientes 500 años después. Y quizá el propósito último no sea intentar dilucidar nada, pues el arte literario no busca aclarar algo, es. O a lo mejor el propósito, aún más parroquiano, es escoger temas ‘eruditos’ para demostrarle al mundo todo lo que sabe, posición dominguera propia de los académicos colombianos, tan dados a hacer venias a las intelligentsias foráneas. Gadamer, en Verdad y método (1960) da el ejemplo de “un perro al que alguien trata de indicarle algo y que inevitablemente intenta morder la mano que indica, en lugar de ir hacia lo que ella señala”. Es lo que sucede con los literatos colombianos: la realidad indica ir hacia un más allá de lo inmediato, e incluso, a un más acá de un pasado que ya debimos entender, digerir y aceptar, pero no, estos literatos siguen mordiendo un pasado (del que sólo se tiene en cuenta lo deleznable/vendible) y un presente que para ellos es imposible de entender. ¿Y cómo lo iban a entender si sus ojos y anhelos se hunden y respiran en la nuca de Europa?
La pregunta obligada es, ¿estos dos libros de Montoya son arte? Él dice que sí. Lo mencionó de pasada en su discurso del aceptación del R. Gallegos, pero no profundizó en ello, y sí más bien hizo un anodino listado de los autores mundiales de lo que es deudor, aunque de muchos citados no lo parece. Y como pensé en 2016, tiempos del dictador Maduro y lo recuerdo ahora, ¿no le incomodó para nada recibir de Maduro un dinero que estaba ensangrentado? Del Celarg a El Helicode, esa espantosa cárcel en donde todavía se tortura y asesina no sólo a los opositores del régimen, sólo hay, creo, unos 15 minutos en carro, nada más. Como se dice, a Montoya le quedaba a tiro de piedra. También de ahí la frase de Montoya al final del discurso que me quedó sonando: “mi atalaya está sembrada en el cotidiano ejercicio de la disidencia” (¡¡!!). Las dictaduras, por definición, son disidentes de los derechos humanos: hacen de ellos su bandera libertaria en el sentido clásico-anarquista, se entiende, para de ese modo pasar por encima de la ley. En fin.
En 1921, en sus diarios, Bertolt Bretcht escribió que la literatura se estaba llenando de literatos. Creo que Montoya es un buen literato, juicioso, severo, bien preparado para sentar cátedra. Y sí, ahí están sus novelas. Las de un académico devenido en literato. Lo que no está mal, esta clase de libros muestran también un panorama de la literatura colombiana contemporánea, ni más faltaba. ¿Por qué yo, apenas un escribidor, iba a esperar algo distinto.
Lo que tampoco queda claro en la entrevista es si se trata de una novela histórica y su enfoque. Aunque se da a entender que sí es histórica, claro, pues hay un rigor investigativo, a pesar de que Montoya admite que se toma ciertas libertades compositivas. Lo que tampoco tiene nada de malo. Pues, ¿no es eso lo que hacen los literatos? Aquí ya no nos enfrentamos a una estética de lo real maravilloso de un Carpentier con el Siglo de las luces (1962), por ejemplo, ni muchísimo menos ante Noticias del imperio, de un F. del Paso (1987) que sienta la bases de la nueva novela histórica latinoamericana. Si bien F. del Paso usa una amplia variedad de técnicas narrativas (si no todas), y luego las siguió usando, ya el modelo, del que se han copiado tantos escritores y escritoras, está agotado. El asunto es que investigar un tema y redactar bien (redactar bien no es en modo alguno escribir bien) no basta para escribir una novela. Se necesita más. Mucho más. Se necesita que la novela venga de adentro, que se le imponga al escritor, no como una tarea para tener más títulos en vitrina de librería y ojalá en góndola de supermercados, sino como una necesidad de aproximarse a comprender lo propio, esta realidad tan compleja en Colombia que día a día tenemos que vivir.