Memoria 146
11.06.2026 Enfermedad y libertad. Pues ha resultado que todo ese malestar desde hace dos días no era una gripa, como pensaba, sino una infección, como comencé a sospechar desde ayer por la mañana, al punto que constaté si tenía o no la caja de antibiótico que compré hace un año antes del viaje a Europa, y sí ahí estaba, pero aún por la mañana me resistí a creer que la necesitaría, y acabé tomándome la primera pastilla hacia las 4 pm. Me volví a impresionar del daño que puede hacer una infección: dolores agudos al orinar y en el bajo vientre, dolor permanente de estómago e intestinos, dolor de músculos del cuerpo y extremidades, jaqueca, inflamación de la garganta y producción de esputos, embotamiento cerebral, desánimo, inapetencia y una necesidad absurda de beber agua.
Sin embargo, sentarse a trabajar ayuda. Pero ayuda en la medida en que uno sabe que está libre, así de manera temporal, de toda responsabilidad: desde aquellas del hogar (mi mujer se puso la camiseta de inmediato y no me dejó hacer nada de los oficios domésticos que me corresponden), hasta las del trabajo: los proyectos para mostrar que están en marcha.
Estar enfermo o convaleciente trae la enorme ventaja de que uno está completamente eximido de responsabilidades. El enfermo, cuando lo está de verdad, está incapacitado y dadas las condiciones normales de la modernidad, no se le puede obligar a trabajar. Como yo no tengo un patrón distinto al de mi consciencia, puedo permitirme la licencia de no trabajar en mis proyectos para mostrar, y sí en cambio sentarme a escribir esto, simplemente porque me da la gana, porque es mucho más fácil que concentrarme como es debido en la edición de un libro, cosa que demanda energías mentales y físicas, de las que en este momento estoy al debe.
Es probable que en el cese de toda responsabilidad esté la raíz de la verdadera creación literaria, sin decir que esto que escribo ahora mismo lo sea. La liberación de aquello que constriñe cotidianamente al escritor: trabajo para conseguir dinero, vida familiar y/o de pareja, asuntos sentimentales y emocionales, deberes con otros seres queridos, compromisos sociales, obligaciones personales como tener que afeitarse, vestirse adecuadamente, ducharse, etcétera, y arrojarse a los brazos de la desidia y a un no hacer nada durante horas o unos días, también puede conducir al escritor a escribir con una libertad nueva que antes no tenía, y que viene de golpe, de un momento a otro, porque aparece de la nada una enfermedad. En este sentido, pareciera que enfermedad y libertad se buscan mutuamente y se alimentan al punto de establecer una relación simbiótica en la que una no puede vivir sin la otra. ¿Es por eso que incluso aquellos que no escriben intentan prolongar el tiempo en que dura una enfermedad para así auto eximirse de responsabilidades? Supongo que es el caso de los enfermos imaginarios, como los llamó Molière.
Supongo que volverse un enfermo imaginario (conozco a varios(as)), además de ser imaginativo, conlleva a tomarle gusto a la enfermedad y a los centros de salud. A los medicamentos y al olor antiséptico, a los olores corporales en todas sus manifestaciones y a lo que se llama ‘condición humana’ o ‘miseria humana’, pues justamente es a los hospitales, centros de salud, clínicas, etcétera, donde los ‘enfermos reales’ y ‘los enfermos imaginarios’ confluyen y comparten un estado común: la libertad de la que hablaba arriba, lo que a su vez induce a estados que pueden ser morbosos, en el sentido de Freud, y, claro está, en el sentido de Bataille, para quien la enfermedad era un estado ideal del ser.
¿La libertad sólo puede encontrarse entonces en la enfermedad y no en la vida cotidiana? ¡Claro! ¿Dónde más iba a estar? Si embargo, en este razonamiento hay tanta verdad como falacia. Ya Foucault nos mostró en la segunda mitad del siglo xx que el Estado se apropia de nuestros cuerpos -aliviados, enfermos o muertos- y que a la hora de la verdad la libertad tampoco existe, o sólo existe en términos hobbesianos: por fuera del Estado y de la sociedad. Si el Estado es propietario de nuestros cuerpos, a esa pequeña evasión que tiene lugar durante la enfermedad y la convalecencia, ¿la podemos llamar libertad? ¡Claro! Sí y sólo sí tenemos las suficientes energías mentales y físicas para crear algo. Si nos la pasamos todo el tiempo lamentándonos, autoflagelándonos, rumiando o rabiando, es decir, si nos la pasamos sin intentar hacer nada en serio por retomar el control físico y mental, no hay libertad posible. Pues porque precisamente se trata de eso: el acto creativo es un poder que se ejerce durante la retoma física y mental de nuestras facultades físicas y mentales. Sólo cuando ya no podemos y la enfermedad empieza a ganar terreno, o cuando la enfermedad avanza a tal punto que nos dice que ya no hay marcha atrás, es cuando entendemos que hemos perdido no sólo la posibilidad de ser libres en sentido creativo, sino que hemos perdido nuestra lucha contra el Estado que es dueño de nuestro cuerpo. Pero aún queda un último reducto: todavía con la última consciencia en la enfermedad final, podríamos entrar en la última posesión posible en el último instante de nuestra vida: la de la muerte. La muerte, algo que todos vemos desde afuera y única y exclusivamente, sólo ve el falleciente, que tiene la posibilidad última de saber qué es.
¿Qué es la muerte? Es seguro que este enigma milenario jamás sea dilucidado, y es una inmensa alegría que así sea. Nada sería más aburrido que tener la certeza de que según nos hemos comportado en la vida iremos a un cielo idílico o a un infierno horrendo, o que si somos ateos rabiosos como soy yo, nuestro espíritu, o bien se mantendrá vigente durante un tiempo en las obras que hemos creado, o se disolverá en la nada. Eso, las obras creadas, porque nuestro cuerpo desaparecerá para siempre, de manera irremediable.