Memoria 145
10.06.2026 Eran las 5.05 am. cuando me desperté y fui al váter, como se dice. Cuando vi la hora pensé que, con el volumen de trabajo que tengo, tenía que quedarme en pie y venir a trabajar. Pero, como ayer, no tenía ganas de hacerlo. De regreso en la cama, mientras escuchaba el concierto de pájaros, incluido un solo de tenor del zorzal, sentí muchos deseos de dormir y descansar, aunque algo dentro de mí me decía que el trabajo me esperaba y que ya estaba colgado.
Me dolía la garganta seca y rasposa, la espalda baja, el estómago, me sudaban las piernas, las agujas de ácido úrico me pullaban los dedos gordos de los pies y no me dejaban acomodarme bien bajo el edredón, bajo el que sudaba y sentía frío.
La ventaja, cuando ya han pasado algunos años, es que uno aprende a conocer su cuerpo y puede prescindir de ciertos servicios médicos. Sé qué pepas tomar, las dosis y las frecuencias, sin tener que molestar a mi mujer para que me lleve al médico. Me dormí pensando en eso.
Me desperté antes de la 8, y ya mi mujer tenía organizado todo lo del desayuno. Yo estaba en mi punto más bajo; de estar sólo me habría quedado en la cama. Me parece que hoy estaré a media marcha, no me siento en condiciones de trabajar en algo que demande de mi atención mental. No tengo ganas ni de cocinar; mi mujer, al verme tan desanimado, se ha ofrecido a preparar sopa de pollo, que le queda fantástica y sé que me viene bien.