Memoria 144

Memoria 144

 

 

09.06.2026 De la destrucción. Del olvido. Hoy me levanté achacoso. Seguía con esta tortícolis que tengo desde hace meses e intento combatir a punta de gimnasia si es posible todos los días de la semana; me dolía el costado izquierdo, lo que he denominado una semi inflamación del colon que aparece cada tanto, tenía algo de jaqueca; estuve tosiendo en la madrugada, tenía la garganta rasposa y me sentía con la nariz congestionada, como un comienzo de gripa, y para rematar, tuve sueños idiotas y no me sentía bien de ánimo. Cuando desperté hacia las seis y me volteé para seguir durmiendo hasta las 7.30, pensé en la Topología y en que debía echarle un último ojo antes de mandársela a Santiago, y pensé con fastidio que debía hablar con él por el descuido de no haber actualizado la página la semana pasada, si nunca antes le había sucedido. ¿Qué le pasó? No tenía ni tengo, todavía a esta hora, 9.30 am, ganas de llamarlo para preguntar qué pasó, aunque me imagino que tuvo exceso de trabajo. Y de ñapa, como si no fuera suficiente, cuando puse mis pies en entre las pantuflas para levantarme sentí las agujitas ácido úrico en el dedo gordo del pie izquierdo, lo que es el preludio de un ataque de gota, y además, para remachar el cuadro, dolor de espalda bajito, incisivo y punzante.

El día, además, haciendo honores a la lluvia constante de toda la noche -dijo mi mujer-, estaba opaco, frío y atarugado de nubes que descargaban una horrible lloviznita bogotana.

De todo esto, sólo dije a mi mujer, mientras organizábamos el desayuno, que tenía carraspera, si no guardaba por ahí strepsils, o algo así, y dijo que sí. Me sentía desanimado, sin ganas de nada, aunque ya organizando las cosas y hablando de cosas banales con mi mujer, la cosa fue yendo un poco mejor. Mientras, pensaba que tenía que iniciar hoy mismo un tratamiento con colchicina, tomarme un par de diclofenacos y sentarme a trabajar. Pero no tenía y no tengo ganas. De hecho, después del desayuno, de pie en la cocina, abracé a mi mujer y olí su nuca y su pelo y me parecieron los mejores olores del mundo, no sé cómo hace pero siempre huele delicioso, es una especie de mezcla entre su perfume natural y el que a diario se aplica. Después del desayuno, sacó una de esas cajas plásticas en las que tenemos medicamentos y se puso a buscar el strepsils, me recomendó gárgaras en la ducha con Isodine y cómo hacerlas, y mientras me hablaba casi no pude apartar mi mirada de sus ojos verdes y brillantes.

En el estudio, cerré la puerta como todos los día y me aplasté en la poltrona en donde a veces me siento a leer. Me sentía descompensado y casi temblando de frío, por lo que me metí en una chaqueta de casa muy abrigada y medias de lana y puse los pies encima de la silla, me dejé las gafas, me recosté y cerré los ojos con inmensas ganas de dormir, aunque sabía que sólo había una posibilidad de que ocurriera. Estuve ahí, media hora, sintiendo que me también me ardían los ojos, tratando de recordar si la dosis inicial de colchicina era de 0.6 o de 1.2 mg y decidí que 0.6 a las 9.30 y otros 0.6 en 12 horas. 

Cuando me levanté a las 9.30 y me tomé la pastilla y volví al escritorio, me di cuenta de que estaba de pie porque sentí el impulso de escribir esta memoria, la de un hombre quejoso que un día cualquiera no tiene el menor deseo de trabajar en la revisión de un libro, la Topología, aunque sí de escribir para quejarse.

¿Por qué, en el fondo, me he impuesto la tarea de editar 12 o 13 libros míos para colgarlos en Amazon en tiempo récord? Más que vanidad -creo que hay muy poca-, ¿qué es ese miedo secreto? Si yo soy destructible, un simple mortal que en cualquier momento lo fulminará un patatús. ¿Acaso espero que algo -mi literatura- no sea destructible y me sobreviva? Lo será en la medida en que sea olvidada. ¿Lo será?

Es mejor no pensar en esas banalidades, preparar un café y sentarme a trabajar. El pdf del libro está abierto y me espera.

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