Un asesino inmotivado, una asesina rabiosa, un policía depravado, y una hermosa pelirroja sometida por un sicario implacable que se quiere retirar. Todo, en un territorio de vidas cruzadas.
Germán Gaviria Álvarez
Autor: Germán Gaviria Álvarez
País: Colombia
Formato: Digital
Año: 2021
Idioma: Español
Género: Ficción
Subgénero 1: Novela
Subgénero 1: Novela colombiana siglo xxi
Subgénero 3: Novela negra | novela criminal | novela realista | novela basada en hechos reales | novela policial
Temas: asesinato no premeditado | venganza | masacre | hornos crematorios | paramilitares | sistema de cobros | joven asesino
Imágenes y experiencias generadoras de la novela: En 2007 vivía en un apartamento de El Lago, en Bogotá. Desde mi ventana del 3er piso, en especial los viernes y los sábados en la noche, veía a hombres jóvenes parados en la acera, hasta que algún carro de lujo los recogía. Más tarde regresaban a su puesto. Pronto entendí que se trataba de prostitutos. Por esa misma época hice un viaje a San José del Guaviare, a donde tantas veces fui invitado por un amigo que vivía allí con su familia. Un día me relató el asunto de un préstamo de dinero que había hecho a uno de esos grupos armados. Luego me enteré, por el periódico, de un incendio en una discoteca de Chía, población cercana a Bogotá, a finales de los años 1990. Lo que resultó ser un ajuste de cuentas entre criminales. Escribí más de 20 versiones hasta llegar a esta.
Palabras clave: criminalidad | novela negra | novela policial | hornos crematorios | paramilitares | hechos reales | sistema de cobros | joven asesino | thriller | novela de trasunto | histórico
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Comisión de la verdad
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Resumen:
Dice Hugo Chaparro Valderrama:
“Estructurada en cuatro capítulos –Solvitur ambulando; Movimiento inverso; Movimiento perpetuo; Velocidad de escape–, la historia transcurre en una espiral de violencia y frustración desde que conocemos en el primer capítulo a uno de sus protagonistas, Araoz, encarnación de la mala suerte, el rencor y los peligros de la resignación cuando su destino ha llegado, en apariencia, a un callejón sin salida.
Sin embargo, Gaviria Álvarez desvirtúa lo predecible con la astucia del autor que conduce el interés de su lector hacia rumbos inesperados en el transcurso de la trama y Araoz, que se presenta como un emblema de la mala suerte, pasa de ser una víctima a convertirse en el victimario que esperaba, desde años atrás en su vida, tal vez demasiados, la venganza que explota como detonante del horror.”
Los asesinos
Parte 2, Capítulo 13
Todos los relatos son verdaderos.
Chinua Achebe
¿Hay algo más pavoroso que el hombre?
Svetlana Aleksiévich
Lo que nos guía es el mal.
El autor
Movimiento inverso
13
La tarde anterior, Leal caminó despacio, observando cómo la carrera Séptima se unía con la carrera Décima, y se sentó en el parquecito triangular que separaba ambas avenidas. Leal sacó del carriel el sobre que el doctor Plazas le entregara en Malacabeza. Extrajo la fotografía en colores de una mujer, miró las cejas y el pelo, los pómulos, la barbilla y los labios, lo más distintivo de su rostro, y memorizó todo. Le dio vuelta al papel en donde encontró una dirección y una hora escritas a mano. Leal reconoció la letra sin firma del doctor Plazas y devolvió la fotografía al bolsillo del carriel. Encendió otro cigarrillo. Observó los edificios altos que las avenidas tenían a ambos costados, cruzó hacia el occidente y entró en la zona de tiendas de lujo del Centro Internacional, que desde hacía más de un año conocía.
Leal se dirigió a la joyería más grande y mejor iluminada. Compró dos anchas argollas de oro, las que uno de los asesores comerciales le sugirió por ser las mejores. Pagó en efectivo. Exigió que las iniciales de su nombre y el de Rosario, la pelirroja, marcaran las joyas por dentro y que éstas estuvieran listas para el final de la tarde, por lo que pagó dinero extra. En seguida, Leal entró en la tienda de ropa que parecía más cara. Sin escoger ni poner demasiado cuidado en los detalles, Leal eligió un suéter de lana azul oscuro, una camisa a cuadros rojos y azules, como la bandera, se dijo Leal cuando se la probaba, unos pantalones similares a los que tenía, medias y calzoncillos rojos. Pagó. Pidió permiso para cambiarse en el vestidor, echó la ropa sucia en una bolsa y salió. En la primera caneca de la basura que encontró por allí, arrojó la bolsa.
Al final de la tarde, Leal cogió el camino de regreso yendo por calles y carreras, entrando en cualquier tienda a tomar un tinto o una gaseosa, descuidadamente, como si fuera un habitante más del barrio que ha decidido caminar por ahí, pero atento a si algún enviado del doctor Plazas lo estaba siguiendo. Cuando entró al apartamento apenas entrada la noche, asustada y sin atreverse a mirarlo, Rosario lo esperaba.
Temprano en la mañana, Leal bajó a la avenida Caracas en donde pasaban busetas atestadas de gente. Caminó hacia el norte, hasta la calle Cuarenta y cinco, cruzó la avenida y se dirigió hacia el occidente. Leal observó los alrededores. Las casas de dos pisos en ladrillo, los techos a dos aguas, los jardines con las matas mal cuidadas, los negocios cerrados, las busetas y carros que subían por la calle Cuarenta y cinco a esa hora con poca gente que iba y venía, lejos de él. Leal dobló a mano izquierda y verificó la dirección de la casa.
Fue y vino varias veces observando la carrera Dieciséis con el pavimento levantado. Habían puesto una cinta amarilla y negra, bastante sucia y vieja, anudada a un par de palos torcidos hundidos en un charco para advertir que había un hueco profundo. Dos carros pasaron despacio por la vía metiéndose en los huecos menos hondos, evitando otros llenos de agua, haciendo contravía. Leal observó la casa también de dos pisos y jardín, con cancela, en la que había fijado su atención. En la casa de enfrente, esquinera, había un aviso, El Clásico Editorial. Al parecer no había llegado nadie, aunque al otro lado, sobre la calle cuarenta y cuatro, había dos vehículos estacionados en lo que debía ser la entrada principal de la editorial. Leal miró detenidameente las ventanas, las persianas estaban cerradas.
Leal se ubicó en la esquina de la calle Cuarenta y cinco con carrera Dieciséis. Daba la impresión de que esperaba una buseta. Su reloj marcaba las cinco y veinte de la mañana.
Desde los Cerros orientales, el agua lenta y tenaz bajaba en pequeñas oleadas creando raudales de niebla que penetraba las paredes y los vidrios de las construcciones, así como en los pocos urapanes que adornaban la vía y acababa ensuciándose en el pavimento. El reloj de Leal dio las cinco y veinticinco minutos de la mañana, la cita tendría lugar entre las cinco y media y las seis. Leal permaneció durante unos minutos en la misma posición. Regresó por el bordillo occidental hasta la calle Cuarenta y cuatro como un transeúte más. Los andenes en todas direcciones estaban despejados, no había peatones cerca ni ningún hombre del doctor Plazas.
Leal verificó la dirección anotada en el reverso de la fotografía. La comparó con el de la nomenclatura en la vieja placa de mármol de la casa y la guardó en el bolsillo izquierdo de la camisa a cuadros rojos y azules, como la bandera, pensó Leal mientras lo hacía.
Las pequeñas ventanas de madera pintadas de blanco hacían ver la casa sólida, silenciosa, de bonita y raída elegancia. Leal observó la casa en su conjunto, en cuyo antejardín había una verja y la verja tenía una puertecita baja, como de adorno, con un candado puesto. El candado estaba cerrado y el pasador encima, sin ninguna utilidad. Cualquiera podría entrar o saltar sin dificultad de lo baja que era. Leal sacó la fotografía del bolsillo de la camisa. La hizo trizas y dejó caer un poco de esas trizas en una pequeña corriente de agua que bajaba desde la avenida Caracas en busca de un desagüe. Guardó el resto de los pedazos en un bolsillo del pantalón; por momentos los toqueteaba.
La mujer que bajó de un taxi llevaba en la mano izquierda un portafolio violáceo −era la palabra que había usado el doctor Plazas, “portafolio”− y, en la derecha, un bolso del mismo color de los zapatos de tacón mediano a juego con el vestido sastre en tonos malva adornado con una pañoleta rosa.
Leal observó su rostro durante unos segundos como si no le interesaba. Hundió las manos entre los bolsillos del pantalón, sobó los restos de la fotografía, dio un paso como para alejarse. La mujer sacó y abrió un paraguas azul y rojo, como la bandera, se dijo Leal, y caminó por la acera para entrar por el costado oriental y seguir en dirección de la calle Cuarenta y cuatro por la carrera Dieciséis. Pero unos pasos antes de llegar a donde se encontraba Leal, la mujer lo midió de arriba abajo y siguió su camino maldiciendo la calle rota, que el taxista no la hubiera dejado donde necesitaba. La mujer disminuyó el ritmo de sus pasos y se volvió para ver la cara de Leal, atento a las busetas que pasaban. Parecía uno de esos jóvenes reservistas, pero por la ropa y los zapatos finos, por estar allí ignorando la garúa que no cesaba, supo que no lo era. Y si bien caminaba despacio, instintivamente la mujer clavó la mirada en el cemento del andén y dio pasos cortos y rápidos. De su nariz aguileña caía una gota de agua, que limpió con un klínex que traía en la mano.
Al llegar a la entrada de la casa, la mujer reacomodó la correa del portafolios en el hombro izquierdo, cambió el paraguas de mano, escarbó entre el bolso y sacó la sarta de llaves que pudo haber buscado dentro del taxi.
La mujer atravesó la puertecita y el antejardín aliviada de que aquel candado no sirviera de nada, y en vez de actuar con la calma que la caracterizaba, de repente se echó a temblar. Miró de reojo a la izquierda. De temblar, las llaves se le enredaban en las manos; le tomó el doble tiempo del normal encontrar la que necesitaba. Pero no estaba atenta a la llave ni a la ranura de la cerradura. Miraba al joven de espalda recta, el corte de pelo al estilo de los reservistas, quizá demasiado tieso en la acera con la mirada puesta ya no del lado que vienen las busetas, sino a derecha e izquierda, como distraído. La mujer respiró profundo, casi aliviada. Aun con las llaves en la mano y la llave seleccionada en la punta de los dedos, se pasó los nudillos tensos por los párpados, por la punta de nariz con una nueva gotita de agua. Se frotó los ojos picosos en sus comisuras, se dijo que había valido la pena haberse trasnochado dando soporte a lo que afirmaban aquellos documentos, así como a cada uno de los alegatos. La llenaba de rabia no haber podido hacer una copia de los disquetes que recibió de manera anónima anoche, a última hora, y haber dejado una copia en el computador de su casa, pues el drive estaba molestando. Tenían las pruebas escaneadas que ahora mismo debía imprimir para la audiencia de imputación de cargos dentro de dos horas, en Paloquemao, frente a ese abogado que le ponía los pelos de punta. ¿Por qué hoy, ¡oh casualidad!, el jefe del das había cambiado los horarios de sus dos escoltas? La había llamado a las once de la noche a su casa para decírselo, como si tal cosa. Los escoltas no iban a llegar a su casa para acompañarla, sino que iban a llegar directo a la oficina, aquí mismo, a la hora que ella había pedido. ¿Dónde estaban?
Cuando se preguntaba esto y se daba las respuestas a lo que estaba ocurriendo, la mujer aguzó el oído. Durante unos segundos estuvo segura de que no había nadie en la acera, que el joven reservista se había esfumado. Debía hundir la llave en la cerradura, abrir el último cerrojo y entrar de un empellón, trancar la puerta y olvidarse de la comezón en las comisuras de los ojos. No entendió por qué, de rascarse los ojos y de limpiarse la punta de la nariz, estaba llorando. Tantos años perdidos, se dijo al recordar el contenido de quellos disquets, tanta maldad. La mujer apoyó el pie izquierdo sobre el escaloncito de ladrillos de la entrada, acomodó el paraguas entre el hombro y la mejilla, como si fuera una especie de escudo, pero una breve ráfaga de viento y las maromas que hacía con las llaves hicieron que el paraguas volara al antejardín. Tuvo la absoluta certeza de que iba a alcanzar a entrar en la casa, trancar, correr y resguardarse en el baño. ¿A través de los vidrios martillados podría verla? ¿Los arabescos metálicos de la puerta podían salvarla de las balas?
¿Betsabé Sastoque?, inquirió el jovencito a su espalda.
La mujer se sobresaltó por aquella voz casi de niño. La llave se trabó en la ranura. Dejó de girar la llave, volvió levemente la cabeza para ver quién le estaba hablando, quizá alguien que acababa de llegar para salvarla. No era uno de los guardaespaldas, en todo caso. Pero esa voz de niño no la iba a salvar de nada. Sintió que un violento golpe en la cabeza y la frente pegó contra la puerta de entrada. Cuando empezó a desplomarse sintió dos quemonazos en la espalda y dentro de sus pulmones. Antes de perder la conciencia, antes de dejar de respirar con extrema dificultad, alcanzó a escuchar:
De parte del doctor Plazas. Sapa.
La mujer cayó en cuenta que no había escuchado ningún disparo, no podía estar muriendo. Pero sí estaba muriendo, su miedo había sido tan abrumador que había solapado el estallido de los tres disparos. Puedo levantarme, se dijo, puedo levantarme cuando se vaya, y aspiró el olor del ladrillo húmedo. Entonces escuchó un disparo, el cuarto, y su cabeza se sacudió con violencia.
Leal tomó el portafolio fuertemente agarrado por la mano de la mujer. Había quedado bocabajo y con la cabeza sobre el escaloncito de ladrillo. Leal guardó la pistola en la cartuchera bajo el sobaco, salió del antejardín y echó a caminar hacia el sur por la carrera Dieciséis sin mirar atrás. No apuraba el paso, se esforzaba por corregir la cojera. Se había cruzado el portafolio igual que el carriel en Malacabeza, solo que este era más grande y pesado. No es plata, se dijo Leal, una mujer así no puede llevar tanta.
De parte del doctor Plazas, sapa, se dijo Leal recordando la orden que había recibido. Le pareció, como otras veces, inútil decir cosas por el estilo. Sabía que era para desmoralizar, humillar y dañar aún más al enemigo, para que el enemigo tuviera una muerte aún más miserable, pero no creía en eso. Era un capricho más del doctor Plazas.
Final del capítulo 13 de la segunda parte