La superficie del día. Capítulo 9

“Si ella, Griselda, fuera rica, ¿sería tan quisquillosa como la señora? ¿Con el tiempo se volvería así? No lo cree. Ella no es blanca como la señora ni tiene los ojos claros ni la educación de ella, como tampoco la cuna de ella, eso se ve a leguas.”
Germán Gaviria Álvarez

Autor: Germán Gaviria Álvarez
Editorial: Seix Barral
País: Colombia
Año: 2021 
Idioma: Español
Género: Ficción
Subgénero 1: Novela
Subgénero 1: Novela colombiana siglo xxi
Subgénero 3: novela realista | novela basada en hechos reales | relato de la sirvienta | tema del doble | doppelganger | novela especular | reflejo de sí mismo | 1980 Bogotá | novela de trasunto histórico | microhistoria
Temas: El doble | vida de una sirvienta | la doble vida de una mujer de clase media | la soledad de ambas mujeres | la vida cotidiana en 1980 en Bogotá | la guerra de clases sociales | dos mujeres opuestas

Ideas generadoras de la novela: Esta obra fue pensada desde el principio como una novela corta. La vida de una empleada del servicio que trabajó en mi casa 2006-2014. La relectura de El doble de Dostoievski. La relectura de los primeros textos de Kafka. La vida real de una mujer de Neira, Caldas, de familia rica pero que huye a Bogotá con un arriero analfabeto: mi madre y mi padre. La vida ficcional de ella bibliotecaria, que es mi propia vida como bibliotecario durante 6 años de mi vida. La vida ficcional de una mujer de clase media bogotana que acude con alguna frecuencia, desde mediados de los años cincuenta hasta 1980, a un prostíbulo masculino y, sin embargo, es fiel a un solo hombre en su vida. La idea de escribir un relato espejo. El problema del doble.

Palabras clave: novela corta | el relato de la sirvienta | Bogotá 1980 | novela especular | doppelganger | microhistoria

Autores relacionados con esta novela:

Idea de dar razón de lo escrito

 

La superficie del día

 

Para Juanita

 

Pero ¿dónde están mis semejantes?
Franz Kafka

 

 

9

Aparte del desayuno sobre las siete y media u ocho, en toda la mañana la señora no come. Bebe una taza de té al mediodía, y a las tres de la tarde, sin almorzar, sale. Al principio, Griselda se ofrecía a prepararle el almuerzo, dejarle hecho un “arrocito”. Pero la señora no es de arrocitos ni mucho menos. ¿Qué almuerza y cena la señora? No lo imagina, es imposible saberlo, es todo un misterio. Griselda jamás podría vivir así, ¿cómo puede la señora? Y lo más estrambótico todavía, ¿cómo es que no come ninguna carne, ni un huevito tibio? ¿La señora es cuerpo glorioso? La impresiona ver a la señora en levantadora, sentada al comedor para cuatro personas, sola con el desayuno que ella misma prepara, pues no permite que Griselda, aparte de poner el agua para el té, ayude con lo de su desayuno. ¿A la señora le desagrada que toque sus alimentos? ¿Le da asco? La aterra, la conmueve, tiene la impresión de que la señora es un resplandor que lentamente se consume, y que la señora sea otra clase de persona, no en todo caso como las patronas que ha conocido, al final del día mujeres como ella, que les gusta empacharse de comida, ser dicharacheras, patronas a las que contó su historia, pero que no les importa en absoluto. 

Mientras come sin prestar mayor atención a los platos, la señora lee el periódico que llega todos los días, y cuando Griselda entra, lo primero que hace es recogerlo del piso y ponerlo sobre la mesa. Entre tanto, Griselda en el cuarto de plancha junto a la cocina, hace lo posible por no molestar, pero quiere que la señora sepa que trabaja, que su salario está justificado a plenitud nada más con las pilas de ropa, y que merece ser recompensada más allá del simple salario. A Griselda le gustaría tener el suplemento del domingo anterior, las tiras cómicas. La señora lee con parsimonia y de manera ordenada, pero de atrás hacia adelante, la ha observado, se sienta a la mesa dándole la espalda. Su cabello rubio, liso y medio palmo abajo de los hombros, hace un hermoso conjunto con el azul cielo de la bata mullida. Jamás comenta las noticias con ella, ni siquiera los acontecimientos extraordinarios, como los que ahora mismo están ocurriendo en Bogotá, escuchó en el radio de la buseta en la que venía un resumen de lo sucedido hasta ahora, ella cree que va a terminar mal. Las catástrofes ni las buenas crónicas de la ciudad, del país, del mundo, entran en la casa, son acontecimientos que funcionan como un decorado de fondo. Sin mirar el reloj, emplea en todo ello un tiempo preciso: nunca más de cuarenta minutos. Por qué la señora hace semejante gasto suscribiéndose a un periódico que apenas lee, es algo que Griselda tampoco entiende. Cuando la señora lo cierra, pliega el periódico y se levanta de la mesa, dice que si lo desea puede llevárselo, en caso contrario, debe botarlo a la basura. Es la única ventaja si la señora está en casa. Si la señora sale temprano, se lo lleva, pues no lo lee durante el desayuno. 

No está segura si en aquellas palabras de la señora hay altivez, asentimiento, desprecio, indiferencia o generosidad. Ella agradece el obsequio, pero no contesta si lo quiere o no. Es su manera de exhibir cierta independencia de criterio, autonomía que no posee, que a la señora le es indiferente. Reconoce que está ávida de él (en todo caso, las noticias del periódico son más serias y verídicas que las de la radio, pues no sólo están escritas, sino que vienen acompañadas de fotografías), lo ambiciona para leer las noticias a su madre y a su hermana (siguen paso a paso, desde hace mes y medio, lo de la embajada), las tiras cómicas, los avisos clasificados y judiciales a lo largo y ancho de la semana. Lo hace cuando está desocupada, cuando, a media mañana o a media tarde no desea dormir con ellas ni semejarse a ellas. Porque duerme con ellas a cualquier hora, descansa de la agobiante imposición de su cuidado, recupera fuerzas para seguir adelante. De otro modo enloquecería. Su sección favorita es la crónica roja que, está segura, la señora nunca lee. 

Lo ha venido pensando. 

Aún si la señora no le da un aumento, a cambio de una nevera que de todos modos sería difícil mantener llena –entre semana y los domingos podría vender helados de fruta, así se ayudaría para pagar las cuotas o el recibo de la electricidad–, piensa comprar un televisor en colores con una parte de sus ahorros de diez años de servicio, ahorros que son una especie de seguro, ya siente la vejez. Nada sería mejor que ella, su hermana y su madre se entretuvieran con un televisor en colores, no en blanco y negro, ya muy viejo y con tan mala señal que hay días que toca apagarlo o pagarle a uno de esos muchachos desocupados para que reoriente la antena en el techo de su casa. Así las noches no serían tan desoladas, sería un bálsamo, se liberaría de la esclavitud del periódico al que no siempre tiene acceso, podrían seguir, no por comentarios de las vecinas, la telenovela de las diez. Sería el modo de mostrar que ha progresado, la única en la calle de su barrio con un aparato así. En todo caso, lo tiene que seguir pensando, sería un gasto extraordinario y ella todavía no está para darse esos lujos, ¿o sí? Lo malo es que su madre y su hermana le harían más exigencias, pues si tiene para un televisor tan caro, seguro tiene dinero para otras cosas, como, por ejemplo, mandar a tapar las goteras del techo, cambiar la estufa de la cocina o comprar un calentador eléctrico. Griselda está segura de que tiene la plata suficiente para comprar un televisor en color, pero sólo pensar que su madre y su hermana la presionarían para que empezara a hacer muchos otros gastos, prefiere guardar la plata para una verdadera emergencia. ¿Qué tal que ambas mueran al mismo tiempo y ella no tenga con qué enterrarlas?

Que mueran al mismo tiempo, es algo en lo que Griselda varias veces ha pensado.

Final del capítulo 9

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.