La superficie del día. Capítulo 17

“Si ella, Griselda, fuera rica, ¿sería tan quisquillosa como la señora? ¿Con el tiempo se volvería así? No lo cree. Ella no es blanca como la señora ni tiene los ojos claros ni la educación de ella, como tampoco la cuna de ella, eso se ve a leguas.”
Germán Gaviria Álvarez

Autor: Germán Gaviria Álvarez
Editorial: Seix Barral
País: Colombia
Año: 2021 
Idioma: Español
Género: Ficción
Subgénero 1: Novela
Subgénero 1: Novela colombiana siglo xxi
Subgénero 3: novela realista | novela basada en hechos reales | relato de la sirvienta | tema del doble | doppelganger | novela especular | reflejo de sí mismo | 1980 Bogotá | novela de trasunto histórico | microhistoria
Temas: El doble | vida de una sirvienta | la doble vida de una mujer de clase media | la soledad de ambas mujeres | la vida cotidiana en 1980 en Bogotá | la guerra de clases sociales | dos mujeres opuestas

Ideas generadoras de la novela: Esta obra fue pensada desde el principio como una novela corta. La vida de una empleada del servicio que trabajó en mi casa 2006-2014. La relectura de El doble de Dostoievski. La relectura de los primeros textos de Kafka. La vida real de una mujer de Neira, Caldas, de familia rica pero que huye a Bogotá con un arriero analfabeto: mi madre y mi padre. La vida ficcional de ella bibliotecaria, que es mi propia vida como bibliotecario durante 6 años de mi vida. La vida ficcional de una mujer de clase media bogotana que acude con alguna frecuencia, desde mediados de los años cincuenta hasta 1980, a un prostíbulo masculino y, sin embargo, es fiel a un solo hombre en su vida. La idea de escribir un relato espejo. El problema del doble.

Palabras clave: novela corta | el relato de la sirvienta | Bogotá 1980 | novela especular | doppelganger | microhistoria

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Pero ¿dónde están mis semejantes?
Franz Kafka

 

 

17

Desde el ventanal del segundo piso, Griselda ve la cabeza y la espalda recta de la señora en el antejardín de la casa, quien lleva el paraguas en la mano. La señora, tan alta, elegante y bonita, como sacada de una revista de modas, parece que se desvanece en el aire de la ciudad y produce la dulce sensación de que así sea. Aunque no es la más rica, es la señora más distinguida y refinada con quien ha trabajado. Subida en una butaca, Griselda permanece en la ventana que abrillanta con papel periódico, y aunque no lo desea, quiere que la vea trabajando. Minutos más tarde, llega un taxi. La señora debió llamarlo mientras ella estaba ocupada terminando de limpiar su baño. Expectante, Griselda espera a que ella suba y el taxi se deslice por la calle amparada por un contingente de nubes, por una bocanada del aire turbio de la ciudad.

Griselda queda inmóvil, cree que la señora se ha vuelto a mirar, cree que ha visto cómo la espiaba, sabe que Griselda hace tiempo para entregarse a algo indebido. Griselda se tambalea peligrosamente encima de la butaca. 

Griselda mira por encima de su hombro. Nadie ha hecho crujir el tablado del pasillo, nadie ha cerrado la puerta del patio, nadie la espera en los cuartos vacíos, nadie va a saltar sobre ella para matarla enterrándole un cuchillo en cada seno, en la matriz y en la vagina, pero Griselda siente el palpitar de un asesino feroz que acecha para apuñalearla y dejar las paredes y el piso llenos de sangre tras tasajear sus partes. Es el viento gris, es el viento ululante que hace remolinos entre las hojas de los árboles, en los arbustos, que agita los cables del alumbrado. Es el cuerpo del viento como el cuerpo de un hombre rudo e invisible dentro y fuera de la casa. 

Aguarda durante unos minutos hasta que el taxi desaparece al otro lado del parque. A Griselda la abraza un nuevo silencio, una inmovilidad inquietante que viene de los cimientos de la casa. Es el momento de volar al estudio y de fregarlo con infinito cuidado. Lo mejor es estar activa, hacer los deberes y cerrar los oídos a las vibraciones de la casa. No sabe qué la impulsa a cumplir su ritual de los sábados, quizá hoy la señora, al formular la pregunta, le estaba recomendando respetar y cuidar la propiedad ajena. Quizá su mirada tan abierta y luminosa, quizá el tono de voz, eran una advertencia.

Enciende el transistor de pilas, busca su emisora favorita. 

El locutor dice la hora después de cada canción, habla del clima, anuncia la canción que viene luego de un segmento de anuncios comerciales, no hay noticias de importancia sobre la embajada de República Dominicana tomada desde hace mes y medio por los guerrilleros. Son las 3.10 pm. Si la señora no usa reloj y en toda la casa no hay uno, quisiera saber cómo es que se orienta, cómo sabe que son las tres de la tarde y debe llevar su paraguas cuando no parece que vaya a caer un aguacero. Griselda emplea 20 minutos en el estudio, conoce bien su trabajo. También se sorprende de su capacidad para calcular el tiempo y hacer sus deberes con precisión de relojero.

Impaciente, se cambia el uniforme y los zapatos por su atuendo de diario, un vestido a la rodilla de tela estampada bastante gastado, y se calza los mocasines ya sin horma de hace años. Le gustan mucho sus pies gordos, juanetudos, los dedos y los talones fuertes. Los frota, pero a pesar de la actividad están fríos, la sangre ya no llega hasta ellos. Apaga el radio. Debe ahorrar pilas para el trayecto en bus de más de hora y media hasta su casa. Los sábados, al final de la tarde, los buses no se llenan, pero van más despacio, buscan pasajeros, desvían la ruta habitual, los choferes hacen que la registradora gire al revés, roban el dinero que los pasajeros entregan. 

Cada sábado, Griselda sueña que un hombre maduro y apuesto se sienta a su lado, le hace la charla, la corteja y la invita a beber algo; luego, no sabe con exactitud qué ha de seguir soñando, aunque tiene la certeza de que todo termina en un motel; entre un hombre y una mujer todo comienza y termina en un motel. Siente miedo de cómo habría de comportarse en la cama con un hombre, han pasado años sin pena y sin gloria y lo ha olvidado, si es que puede afirmar que olvidó algo que a duras penas empezaba a poner en práctica. En su adolescencia, nunca pudo decir sí o no a secas, como ahora lo haría, sin ningún rodeo, más cercana de la aprobación que del rechazo. Cuando era una niña, se le enredaban las palabras en el pecho, se angustiaba ante su padre. Nunca pudo decir no a su padre cuando éste, en la noche, entraba en las cobijas de su hermana mayor, que también eran las suyas, y las obligaba; un día una, un día la otra, y a veces las dos, es la verdad. Es un recuerdo demasiado asqueroso y demasiado lejano, como si ese padre fuera un hacha y cada vez que quisiera ser ella misma, le diera un hachazo. Griselda prefiere dejarlo ir, es mejor nunca más pensar en eso. En todo caso, su padre murió de un ataque, amaneció muerto, es lo que dijo su madre con cara de haberlo matado con algún veneno, él estaba muy joven, su madre no pudo tolerar aquello. Su madre sólo lloró frente a los vecinos, Griselda vio como, a escondidas, su madre escupió el ataúd. ¿O fue por celos? Entonces su madre era una mujer muy celosa, se llenaba de furia con facilidad y le daban tales arrebatos de ira que se arrojaba al piso, pataleaba, se sacaba sangre de la cabeza dándose contra los ángulos de cemento, echaba esa babaza maloliente y se le ponían los ojos blancos. A Griselda le habría gustado haber tenido la desenvoltura y la fuerza de ahora, ahora, cuando es tarde, cuando ya no hay manera de volver atrás ni de poner a prueba su nueva sabiduría. 

Con el transistor apagado, el enorme vacío de la casa parece continuar pegado a sus hombros y a sus sentimientos. El silencio de sombras que descienden del segundo piso es opresivo, blanco, se desliza en la madera encerada, reluciente al punto de reflejar los muebles de la sala. Con diligencia, por precaución, Griselda se apresura a cerrar la puerta del patio, cierra todas las ventanas de la casa. Le gustaría ser dura, tanto o más que la señora quien es capaz de vivir y dormir sola en este desierto lleno de miedos. Casi preferiría acabar de hacer el oficio que hace falta con las mismas energías de la mañana y salir, caminar un poco y encontrar un restaurante de su gusto, pero hoy el hambre la muerde de un modo anormal, sin contar que nadie le garantizaría que el restaurante esté abierto para cuando ella acabe.

Su boca se colma de agua y saliva de sólo pensar en el color y en el olor del pollo asado, uno entero para ella, es su sueño, es demasiado caro, aunque se lo puede permitir. Es posible que yendo hacia el sur encuentre un restaurante donde la comida sea barata, buena y abundante, donde pueda sentirse a sus anchas y disfrutar del sabor de la grasa caliente de la piel del pollo. Con el dinero extra que la señora le da para almorzar, podría comprar cerveza, dos cervezas es lo que quiere. De sólo pensar en el cansancio, en el imaginario olor a grasa le hace un agujero en su estómago. Nunca ha sentido tanta hambre ni tanta rabia por prolongar el almuerzo hasta tan tarde. Griselda piensa en el pollo dorado que venden en su restaurante favorito y en la abundancia de las porciones y se le hace la boca agua, traga saliva, se muerde los labios, y coge de encima de la mesita de la cocina los billetes y las monedas que para ella ha dejado la señora.

Tiene la sensación de aquellos billetes entre los dedos, la emoción la llena por completo, semeja a la frescura del uniforme limpio en la mañana, el que ella lava y plancha en su casa con esmero. Puede sentir el papel satinado de los billetes, el olor característico, el sonido al resbalar uno contra otro, el calidoscopio de aquellos colores relucientes y las series de números que dan forma a esa pequeña fortuna. En su interior, prevalece la sensación de que esos billetes son suyos, pero no es momento de gastarlos, son un gran ahorro para el futuro.

La prueba, es que tiene dos de esos billetes en la mano, no en su monedero, los ahueca entre la palma y los dedos e intenta que no se arruguen. Es el dinero que la señora cada sábado le entrega para que almuerce. La señora sabe que cuesta cinco pesos, pero le da tres pesos con veinte centavo, para Griselda es prueba de que la aprecia. A ese dinero se suma el sueldo del mes. La señora prefiere pagar un sábado 25, por ejemplo, a esperar hasta el sábado siguiente, pues no imagina que la cite para pagarle entre semana. Podría comer más barato o algo más ligero, pero no le apetece. Merece un buen almuerzo, no sólo por el trabajo del día, sino por los sacrificios de la semana.

Final del capítulo 17

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