“Si ella, Griselda, fuera rica, ¿sería tan quisquillosa como la señora? ¿Con el tiempo se volvería así? No lo cree. Ella no es blanca como la señora ni tiene los ojos claros ni la educación de ella, como tampoco la cuna de ella, eso se ve a leguas.”
Germán Gaviria Álvarez
Autor: Germán Gaviria Álvarez
Editorial: Seix Barral
País: Colombia
Año: 2021
Idioma: Español
Género: Ficción
Subgénero 1: Novela
Subgénero 1: Novela colombiana siglo xxi
Subgénero 3: novela realista | novela basada en hechos reales | relato de la sirvienta | tema del doble | doppelganger | novela especular | reflejo de sí mismo | 1980 Bogotá | novela de trasunto histórico | microhistoria
Temas: El doble | vida de una sirvienta | la doble vida de una mujer de clase media | la soledad de ambas mujeres | la vida cotidiana en 1980 en Bogotá | la guerra de clases sociales | dos mujeres opuestas
Ideas generadoras de la novela: Esta obra fue pensada desde el principio como una novela corta. La vida de una empleada del servicio que trabajó en mi casa 2006-2014. La relectura de El doble de Dostoievski. La relectura de los primeros textos de Kafka. La vida real de una mujer de Neira, Caldas, de familia rica pero que huye a Bogotá con un arriero analfabeto: mi madre y mi padre. La vida ficcional de ella bibliotecaria, que es mi propia vida como bibliotecario durante 6 años de mi vida. La vida ficcional de una mujer de clase media bogotana que acude con alguna frecuencia, desde mediados de los años cincuenta hasta 1980, a un prostíbulo masculino y, sin embargo, es fiel a un solo hombre en su vida. La idea de escribir un relato espejo. El problema del doble.
Palabras clave: novela corta | el relato de la sirvienta | Bogotá 1980 | novela especular | doppelganger | microhistoria
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La superficie del día
Para Juanita
Pero ¿dónde están mis semejantes?
Franz Kafka
15
Cuando termina de trabajar en el estudio, Griselda cumple con el ritual de los sábados. Deja la aspiradora enchufada, lista a ser encendida por si escucha el portón de la casa y por si acaso la señora regresa de improviso, aunque jamás ha sucedido. Las pocas joyas de la señora están a la mano en tres cajitas del clóset, cualquiera podría tomarlas, joyas pesadas y de buena calidad, siempre las mismas, desde el tiempo que Griselda ha estado viniendo a la casa. Los pendientes, uno para cada día de la semana, son de oro macizo, de diseño simple, pero con bonitas piedras preciosas. La señora no usa reloj, cadenas ni anillos, a cambio, sí argolla de matrimonio y nunca se la ha quitado.
¿Qué guarda la señora tras aquellas dos puertecitas de la biblioteca, siempre con llave?
Griselda no ha apartado la vista de aquella gaveta del escritorio, la que debería estar con llave, y ella abre emocionada, como quien descubre un secreto. En un sencillo billetero de cuero, el dinero está ordenado de menor a mayor en un fajito de más o menos medio centímetro de alto. La señora lo guarda en el escritorio, casi a la vista de ‘todo el mundo’, no en su cuarto donde podría custodiarlo, como Griselda haría, nunca a merced de algún intruso que encuentre esa pequeña fortuna y la robe. Esos billetes siempre nuevos, no como los suyos, arrugados, con las roturas enmendadas con cinta transparente, son una enorme tentación, la mayor que ha tenido en su vida. Griselda cavila, hay suficientes billetes como para tomar uno o diez sin que la merma se note. Cuenta los billetes, los acaricia con la ilusión de que son suyos, lo hace cuatro, cinco, seis veces, de un modo autosuficiente y sensual, sintiendo el satín del papel en sus manos y el olor a nuevo hundiéndose en las raíces de sus pulmones, en los rizomas mismos de su estómago. Imagina cuántas cosas compraría de ir con esa plata en su cartera, no cree que aun enrollándolos y apretándolos con un caucho quepan en su monederito. Sería ideal reemplazar los zapatos y la cartera, a juego, como hace la señora. A su madre y hermana diría que la señora le ha dado esa plata, pero tendría que inventar algo para justificarlo, como que la señora le ha dado una bonificación por sus excelentes diez años de servicios. El dinero del billetero, Griselda cae en cuenta, equivale a diez meses de su sueldo. Mira los billetes de cinco, de diez, de veinte pesos, los observa con cuidado y los huele, no existe mejor olor que el de los billetes nuevos, ¿quién se inventó ese olor?, hay varios de la misma denominación, todos los números de serie son seguidos, ¿no es una maravilla? Tiembla excitada y se asusta de sentir lo que siente. La señora en este mismo instante podría haber regresado y podría estarla observando a través de un ojo mágico de la puerta de entrada. ¿Es eso posible?
Aunque está a su alcance, esa es su fuerza, esa es su gran virtud y lo que la enorgullece, no coge nada, la suma queda intacta. Sería mejor que ese cajón estuviera con llave, que la señora no tentara sus necesidades ni la pusiera a prueba con respecto a quién debe ser fiel. Con delicadeza, verifica la secuencia de los billetes y de nuevo los embriagantes números de serie, limpia sus huellas del billetero, lo cierra y lo devuelve a la gaveta del escritorio cuidando de conservar la posición original. Podría tomar todo ese dinero, así como las joyas de la señora, un equipo de sonido, dos bellas tazas de porcelana con sus platos, y no volver jamás. Pero Griselda no es bruta, sabe esperar, siempre hay un bien mayor cuando se acumulan pequeñas obras y actitudes honestas. ¿No cabe la inmensa posibilidad que la señora le deje todo, todo esto a ella?
Pero Griselda no es bruta. En lugar de comprar electrodomésticos que no necesita y sí se constituirían en un gasto, usaría ese dinero para enviar a su hermana y a su madre a un hogar de viejos donde estarían con todos los cuidados, no con las limitaciones que con ella tienen, viejos que sólo hablarían de su eterno pasado, que día a día comentan el avance de sus enfermedades y de cómo hijos y nietos los tienen abandonados. Griselda sueña con eso durante unos segundos, se hace una idea de un futuro con reglas a su favor, lo mismo que si ganara millones en un juego de azar. En el fondo, Griselda no está en capacidad de robar para enviar a su madre y hermana a un hogar de viejos, y cada vez que lo abre, desde que lo descubrió hará unos cuatro años, reprime su violento deseo de robar esa plata, deseo que también ha pospuesto creyendo que la próxima vez habrá más. A Griselda le parece justo hacerlo por los años trabajados allí (y en muchas otras casas) limpiando la mierda, y está segura de que nunca sentiría remordimiento por haberlo hecho. ¿Alguien puede tener remordimientos de robar a un rico de porquería? Toda su vida, desde que conoció a Jorge cuando tenía dieciséis años, ¿no quiso liberarse de la casa? Sin embargo, por una razón que ella no comprende, es aún mayor el deleite de tener en su poder ese dinero y acariciar esos billetes ajenos, contarlos y verificar la cifra, que robarlos. Robarlos es demasiado fácil, cualquiera puede hacerlo, pero no cualquiera es capaz de resistir la tentación. Es lo que le da un sentimiento se superioridad ante la señora, una especie de superioridad moral, ¿la señora podría resistir una tentación así?
Nunca ha hablado con nadie de ese placer, es su secreto. Así como la señora hace con ella, ella preserva su intimidad, no la comparte con nadie y su vida parece tan transparente como un soplo de aire. Cómo compartir, por ejemplo, su deseo porque un día, al despertar, su madre y su hermana ya no respiren, que estén inmóviles y enlazadas como una trenza, es su imagen favorita, que nunca más respondan a su llamado. Para Griselda, semejan un lazo de tierra rozagante que aún no se desmorona. Más aún, cómo mencionar a alguien la dicha y la paz que llenaría su corazón, el modo como su futuro cambiaría, el ahora que tanto ha postergado, si ellas súbitamente desaparecen. ¿Por qué no se mueren y dejan de tiranizarla? ¿Por qué ellas la convirtieron en su esclava? Pero ¿fue así o al revés?
El ahora se detiene ante el futuro al que no tiene derecho.
No habrá alguien con quien compartir algo así, Griselda suspira: nunca.
Hay un propósito para que la señora mantenga una parte de la estantería sin libros. Cada cierto tiempo, un libro nuevo aparece sobre la mesita de noche, luego va allí, junto a los otros, como hay un propósito para que la señora no asegure esa gaveta con el billetero repleto de dinero. Lo ha hecho por años, unas veces ha dejado más, otras, menos dinero, a veces, nada. Si la señora la somete a esas pruebas, es porque hay un objetivo mayor, un propósito del que ella forma parte. Para Griselda es un halago, un voto de confianza a su honradez, y una especie de pacto secreto (si eres honrada y lo pruebas hasta que yo muera, todo lo mío será tuyo). Si deja aquel dinero en una gaveta cualquiera, no bajo llave ni en un banco, quizá es porque a la señora no le importa, está por encima de lo que vale. Sin ahondar en el por qué, Griselda se deja ir en sus sueños, forzosamente esta casa será suya, es una certeza, la señora no tiene otro camino que dejársela, el billetero incluido. Las personas mueren, sus bienes han de ser de alguna utilidad para quienes aún viven y son menos afortunados en la vida. Griselda imagina que ese dinero es para comprar a un abogado (el corbatudo del Simca blanco) que, a último momento, siga al pie de la letra su testamento.
Aparte de conocer sus preferencias, sus manías, las rutinas que se ha impuesto, de la señora no sabe cuanto quisiera. Sospecha que, acercarse demasiado a la señora, es malo para ella. Piensa en su madre y en su hermana, sería mejor no conocerlas demasiado, sería mejor tener una aproximación superficial, no formar parte de sus miedos, de sus dominios, de sus necesidades, sobre todo de sus necesidades. Al principio, la enfermedad de ambas las acercó al punto de sentir como ellas, de hacer lo que nadie haría, de realizar cuanto alguien estuviera dispuesto a llevar a cabo. Con los años y el diario vivir de los sufrimientos y las carencias, aprendió a tomar una distancia tan grande que en cualquier momento, pensó, podría abandonarlas. Si pudiera ir a donde un sacerdote ‒no lo ha hecho porque no está en condiciones de confesar algo así‒, diría que ya las ha llorado, 39 años de desvelos han sido más que suficientes para lamentar la pérdida de una persona. Ya no las odia, está hastiada, ha llegado al colmo de la apatía y de la dejadez. Las conoce hasta la minucia gráfica de sus necesidades corporales, de sus pesadillas donde ronda la muerte, en su desesperado rezo a las ánimas del purgatorio, en el vacío del pasado lejano en Ambalema que ya nunca más intentan recuperar, su presente no existe, no les interesa, no más allá de su utilidad práctica. A Griselda la atenaza un extraño sentimiento de caridad, pero, de tener la ocasión, podría desechar ese sentimiento con la misma fuerza con que se arrincona lo que no tiene importancia y se olvida con una facilidad impresionante, como una mata seca. Griselda también lo ha comparado con haber superado una decepción amorosa y con haber perdido a un hijo muy amado que no ha de volver. Su deseo profundo es olvidarlo todo, quedar sin este presente, mirar hacia un futuro donde quizá pueda eludir a la muerte y vivir mejor.
De ser distante, la señora aguijonea con el mismo extrañamiento, la misma excentricidad. Este pensamiento la confunde, es una contradicción y Griselda no puede entenderlo. Durante la semana, nunca piensa en la señora, y si tuviera con quién hablar de ella, tampoco lo haría. Sería mala suerte, nunca se deben expresar ante nadie los verdaderos planes que se tienen para el futuro. La envidia de las personas es tan negra, que su mero deseo basta para que esos propósitos se deshagan. Piensa en cómo su madre y su hermana se las arreglan cuando ella no está en casa, han de hacerlo de un modo magnífico. ¿Cómo hacen si están tan impedidas? Quizá para ellas, que Griselda se haga humo, es el día esperado, la gracia suprema, su día de asueto. Griselda prepara la comida desde el día anterior y la deja a propósito sobre la estufa, pero sólo hasta ahora se pregunta cómo se apoyan entre ellas para calentar y servir los alimentos, para ir al baño, para prepararse café, ración que cuadruplican cuando ella sale, lo ha notado en las mermas de la libra que compra. La conclusión, es que pueden manejarse solas, que no la necesitan, que son unas mañosas y unas manipuladoras, y la pregunta es: ¿Por qué hasta ahora Griselda se da cuenta? Seguramente es una bruta, como tantas veces se lo dijeron otros patrones, pero de pronto no es tan bruta porque se ha dado cuenta y sabe lo que significa.
Casi en la madrugada, en la fila para tomar el bus, Griselda piensa en la señora y en su trabajo, y se olvida por completo de su madre y de su hermana, se siente completamente liberada de no estar en la casa y de las imposiciones de cada una de ellas, esas pequeñas malditas. Griselda nunca mira hacia atrás en la fila, y antes que abrirse paso a codazos para ir sentada, deja que las personas pasen y se estrujen y busquen un lugar en medio del gentío que se aprieta. A Griselda no le importa que sea más de una hora y media de viaje, aunque mejor sería que el trayecto se prolongara hasta la eternidad, en donde ella logra el completo bienestar, tiene un buen hombre a su lado, un hombre cualquiera con la cara y los labios y la lengua y las manos de Jorge, una eternidad en la que ella y Jorge viven, tienen hijos y se quieren.
Pero esta mañana Griselda no se sintió bien y tuvo que pedir a una jovencita ‒la verdad es que ambas lo hicieron a disgusto‒ que le cediera la silla.
Final del capítulo 15