La superficie del día. Capítulo 13

“Si ella, Griselda, fuera rica, ¿sería tan quisquillosa como la señora? ¿Con el tiempo se volvería así? No lo cree. Ella no es blanca como la señora ni tiene los ojos claros ni la educación de ella, como tampoco la cuna de ella, eso se ve a leguas.”
Germán Gaviria Álvarez

Autor: Germán Gaviria Álvarez
Editorial: Seix Barral
País: Colombia
Año: 2021 
Idioma: Español
Género: Ficción
Subgénero 1: Novela
Subgénero 1: Novela colombiana siglo xxi
Subgénero 3: novela realista | novela basada en hechos reales | relato de la sirvienta | tema del doble | doppelganger | novela especular | reflejo de sí mismo | 1980 Bogotá | novela de trasunto histórico | microhistoria
Temas: El doble | vida de una sirvienta | la doble vida de una mujer de clase media | la soledad de ambas mujeres | la vida cotidiana en 1980 en Bogotá | la guerra de clases sociales | dos mujeres opuestas

Ideas generadoras de la novela: Esta obra fue pensada desde el principio como una novela corta. La vida de una empleada del servicio que trabajó en mi casa 2006-2014. La relectura de El doble de Dostoievski. La relectura de los primeros textos de Kafka. La vida real de una mujer de Neira, Caldas, de familia rica pero que huye a Bogotá con un arriero analfabeto: mi madre y mi padre. La vida ficcional de ella bibliotecaria, que es mi propia vida como bibliotecario durante 6 años de mi vida. La vida ficcional de una mujer de clase media bogotana que acude con alguna frecuencia, desde mediados de los años cincuenta hasta 1980, a un prostíbulo masculino y, sin embargo, es fiel a un solo hombre en su vida. La idea de escribir un relato espejo. El problema del doble.

Palabras clave: novela corta | el relato de la sirvienta | Bogotá 1980 | novela especular | doppelganger | microhistoria

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13

Al cabo de 40 minutos, la señora se levanta de la mesa del desayuno, va al baño del segundo piso y se encierra durante una hora. En el baño, además del gabinete blanco donde guarda el cepillo de dientes, el Colgate, un frasco de aspirinas, dos cepillos de pelo, cremas para manos, cuerpo y cara, hay una repisa con libros y un revistero junto a la puerta; adjunto, una canastica con media docena de lápices bien afilados, varios esferos y una libretica de apuntes, pero Griselda, siente miedo de mirarla cuando le toca hacer el aseo del baño, generalmente en la tarde, cuando la señora se ha ido, está a solas y puede hacer lo que le dé la gana, como leer lo de la libretica, si quiere. ¿Qué puede escribir una mientras está allí sentada, segura de demorarse al menos diez minutos, una o dos veces al día? No debe mirar lo que la señora escribe en sus libreticas, así como no debe probar la mermelada de naranja ni husmear en los cajones de la señora. También hay libros y revistas en idiomas extranjeros. Los libros son de varios tamaños, con tapas firmes, con cuadros, fotografías de gente famosa o esculturas en las portadas, la mayoría son en colores y traen sobrecubierta. El vapor del agua caliente los ha acartonado, aguarda el día que la señora se deshaga de ellos. Griselda vela porque estén alineados, le sorprende que las hojas gruesas estén cosidas con hilo, le atraen las fotografías, los planos de los monumentos, las imágenes de las ciudades, de las piezas de arte. 

Una parte de la ventana del baño tiene plantas y flores grabadas, mariposas de colores vivos que han de volar entre el vapor mientras la señora se ducha; la otra parte de la ventana es de vidrios martillados en persiana. El conjunto da al patio de tapia alta donde la enredadera hinca sus patas de araña, y, donde el muro termina, la enredadera de florecitas amarillo quemado, que tanto atrae a los colibríes, salta al árbol de duraznos. La señora usa un champú y un jabón de marcas que ella nunca ha visto en el mercado, un estropajo que cuando está medio usado cambia por uno nuevo, cepillo de cerdas largas para las uñas, y últimamente, piedra pómez. 

Le gustaría imaginar qué hace la señora durante una hora en el baño –a ella le bastan menos de diez minutos–, le gustaría imaginarla con alguno de aquellos libros en la mano y saber en qué páginas se detiene y por qué, le gustaría verla sentada en la taza del inodoro o en el bidet, no tiene una idea clara de cómo se usa este aparato ni para qué sirve, apenas lo intuye. ¿En qué momento se usa? Para lavarse las partes íntimas con un chorrito caliente. ¿Y esa manguerita…? Incluso le gustaría verla mientras ducha su cuerpo blanco, blanco y pulido como jamás ha visto en una persona, como no ha visto en una mujer, ni siquiera en el joven albino del barrio. El joven le produce repulsa, la señora, admiración, sorpresa, sentimiento de perfectibilidad, y que puede ser etérea. Le gusta imaginar a la señora en sus asuntos privados no por morbo, sino para constatar que es un ser humano de carne y hueso, una persona que lleva a cabo sus necesidades corporales como cualquier otra, no una especie de espectro que se pinta una máscara, que se pone una peluca, se viste y habla, un ser real que come y la comida cumple una función real dentro del cuerpo. 

El pelo rubio de la señora es demasiado perfecto, la piel demasiado clara, las cejas marrones sin depilar, pero bien delineadas, con ese contraste extraño, amenazador, más oscuro, y sus grandes ojos azules, tanto que aturden. Griselda ha llegado a los límites de ser intimidada por el solo aspecto exterior de la señora. En su imaginario, aquel que aún no es capaz de ser convertido en palabras, apenas en imágenes que se superponen, como cuando alguien habla de ciudades remotas, ha supuesto que la señora inventa su materialidad, aunque no busca un lugar en este mundo de gente que sufre. No se aventura a conjeturar qué edad tiene la señora, ya no le interesa. Ella misma ha dejado de recordar con exactitud qué edad tiene. Para ella, pensar en la edad, es hablar de enfermedades, dolores y limitaciones, como ocurre con su madre y su hermana, y es acercarse a la muerte, permanecer en un borde de inmovilidad y sufrimiento que nunca cesa, un sufrimiento sordo que convierte el alma en una especie de cosa material que al fin también muere. Lo de su madre y su hermana nunca termina, nunca va a terminar. ¿Cuántos años llevan postradas? Toda, toda la vida, o al menos desde lo ocurrido con su padre, hará casi cuarenta años. Ama la vida como la más preciada de sus posesiones, una vida sana y activa que vale la pena ser vivida a pesar de las miserias, con apenas lo necesario, Griselda no requiere de nada más. En el fondo, se dice, ella es más feliz que la señora.

Cuando empezó a trabajar con ella, hizo tantas especulaciones que ya no se atreve a suponer nada. La señora, salvo algunas señas de cansancio, salvo algunas arrugas en torno a los ojos y en el cuello, y salvo algunas pecas en el dorso de las manos, se conserva igual, se mueve de la misma manera, firme y determinada, sube y baja las escaleras con la misma energía de siempre. En todo caso, la señora es más joven que ella o quizá debe tener su misma edad, puede afirmarlo. Las mujeres blancas envejecen más rápido, es lo que ha oído, pero tampoco cree que sea estrictamente cierto. La diferencia es que el trabajo con las manos acaba con las personas, más a una mujer como ella que nunca ha dejado de servir a los demás y de limpiar sus porquerías; en cambio una mujer como la señora tiene que envejecer más despacio, pues nunca habrá hecho oficios pesados ni sufrido penalidades.

No le incumbe ni le interesa saber qué hace la señora encerrada en el baño durante una hora completa. Es un obstáculo, un lugar oscuro, un bache, algo imposible de dilucidar en lo que tiene que ver con la vida de la señora. La señora lee aquellos libros una y otra vez y escribe en su libreta. A diario, a Griselda la paraliza un sentimiento de violada impotencia cuando espera que su madre o su hermana, sentadas en aquel inodoro, acaben sus necesidades para limpiarles el trasero, subirles los calzones y la ropa de casa, para llevarlas de vuelta a la cama y taparlas con la colcha hasta la barbilla, con el sórdido fervor interior de que no se vuelvan a levantar y la colcha sirva de sudario. El baño está a un paso, el estrago que ellas dejan, al parecer sin darse cuenta de ello, parece un violento reclamo, un castigo, y es indescriptible. Contra su voluntad, ha tenido que verlas desnudas, semejan frutas deshidratadas, vegetales que se pudren, sin apenas voz que las identifique, sólo aquellos tejidos de rezos a medio tono y entre dientes. Ellas han estado totalmente impedidas en sus manos, a su merced, como viejas perras en pellejo; Griselda no ha hecho más que practicar su caridad cristiana. 

El primer día de trabajo, ante la demora de la señora, Griselda pululó atenta a los ruidos del segundo piso, a cualquier movimiento, preocupada de que le hubiera sucedido algo. La señora es joven, es sana, pero no por ello no puede ser víctima de una enfermedad o de un ataque súbito y devastador. Su hermana se ha desmayado en el baño, sabe lo que es eso. De tener agua caliente, está segura, habría muerto en el sopor caliente, el frío de la ducha la hizo reaccionar, el frío la ha salvado. Piensa en ello con inquietud, y piensa en lo que habría sucedido de no haber estado en casa. Y no debía estar en casa, a última hora resolvió no ir al parque a echarle migajas a las palomas. Ahora sale más, no puede permitir que la desidia de ellas se le pegue y acabe siendo como ellas. Su madre es más fuerte, resiste incólume el calmoso paso de los años, su interior parece haberse desecado. No existe posibilidad que alguna carcoma la ataque. De tener que afirmarlo, diría que en su rostro están todas las arrugas del mundo, sus huesos no se pueden reducir más, ya no pueden arrojar una gota de agua. Con los años, su hermana y su madre se han sintetizado, su estatura se ha reducido casi a la mitad. Comen en la misma taza, duermen en la misma cama, rezan cada noche sin pausa. A cambio, Griselda ha perdido parte de su fe, ya no reza, tiene más que suficiente con aquellos murmullos, no acude a la iglesia; antes, era un duro deber, su madre la obligaba. Diría que hay más espacio en su casa, y habría más si sacara las materas raquíticas, las matas muertas. Parece que los años, antes que disminuir a su madre y a su hermana, las han fortalecido, han sumado fuerza a esos cuerpecitos infatigables y a la inextinguible flama de sus vidas. 

Es un misterio que para los viejos el tiempo avance más lento, que para los jóvenes sea más rápido, como es un misterio que tras tantas noches de insomnio ella misma no se haya enfermado, que, al contrario, retenga líquidos y haya ganado peso. Ella no se achicará jamás ni llegará al estado en que ellas están, es mejor engordar más, y, si es el caso estallar de obesidad, pero al menos habrá disfrutado la vida.

Desde el primer día, cuando subió presurosa a preguntar a la señora si se encontraba bien, atentísima a los detalles, entre otras cosas, para narrar el drama de su madre y hermana, la señora cierra la puerta de su cuarto, incluso pone el seguro. Mientras esté en el baño, ella debe permanecer en el primer piso, es la recomendación que le ha hecho. Podría ser el momento de un Nescafé, si mantiene la puerta y las ventanas abiertas al tope, pero es mejor no arriesgarse. No sabe por qué, los olores siempre van hacia arriba y tienden a pegarse de las paredes y el techo. Es el momento en que trabaja en el antejardín de la casa, asimismo con pasto, rosales, bella helenas, violetas bien cuidadas, mirtos, cartuchos y azucenas. Lo piensa, pero también se abstiene de fumar un cigarrillo. Podría ir lentamente hasta la esquina de la cuadra mientras lo hace, en todo caso la señora nunca está lo bastante cerca de ella para darse cuenta que ha fumado. Griselda saca una menta, no la chupa, la mastica y traga, espera que la señora no advierta que se ha comido un dulcecito. Griselda arroja el papelito en la bolsa de la basura y la anuda.

Final del capítulo 13

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