Leandro Colmenares Rodríguez (Bogotá, 1982). Escritor y docente. Autor de El nombre y el abismo (2025). Ha publicado cuentos, artículos y ensayos en revistas y espacios culturales independientes. Su trabajo explora la condición humana, la violencia simbólica y las tensiones entre memoria, ética, tecnología y lenguaje.
Ha acompañado procesos de formación literaria y escritura creativa en contextos educativos, donde combina la lectura crítica con el trabajo con jóvenes lectores y escritores. Cree —con cierta terquedad— que la literatura sigue siendo una forma de resistencia al ruido, a la prisa y a la lógica utilitaria.
Formulario 9-B
(relato)
Leandro Colmenares Rodríguez
“I’m not here. This isn’t happening.”
Radiohead, “How to disappear completely”
I. Contención emocional de bajo impacto
El hombre llegó un lunes a las 6:48 a.m. al liceo del barrio Goes, en Montevideo. Cargaba una carpeta gris, un maletín sin marcas y una credencial de cartón con la leyenda: “MLE – Nivel 2. Régimen Especial de Afectos. Área: Escolar.” El rector lo saludó sin entusiasmo. Ya lo esperaban. Era la tercera visita del ministerio en menos de dos meses.
—Hubo reportes —dijo el hombre, sin mirar a nadie.
Lo llevaron a la sala de orientación. Le dieron café sin azúcar. Le explicaron: los niños estaban llorando más de lo permitido. Llantos súbitos. No provocados. Llantos sin contexto.
—¿Y los protocolos? —preguntó él.
—Se aplicaron. Pero los estudiantes aún no justifican.
—¿Y el software de trazabilidad afectiva?
—Actualizado hace dos semanas.
—¿Psicoeducación emocional por núcleos temáticos?
—Ejecutada.
El hombre asentía. Tomaba notas. No opinaba. Solo estaba allí para observar, medir, reportar.
Su función oficial era analista de expresividad afectiva no verbal. Pero todos lo llamaban el censor del llanto. Había trabajado antes en jardines infantiles, centros de rehabilitación, cárceles para menores. Sabía distinguir entre un llanto leve, útil, transicional… y uno inorgánico. Era ese el problema ahora. “Los estudiantes lloran sin curva narrativa.” Eso decía el primer informe. Empezó por lo básico. Solicitó acceso al Registro de Incidencias Afectivas (RIA) de los últimos seis meses. Leyó más de cuatrocientos reportes. Casi todos iguales: “Estudiante presenta episodio de llanto no verbal en clase de Ciencias. Sin referir motivo. No reconoce detonante. Se le solicita justificar en formulario 9B. No responde. Permaneció llorando. En silencio. Doce minutos.”
Luego vino la inspección directa. Entró a un salón de cuarto grado. Los niños estaban dibujando células. Uno de ellos —niña, 9 años, gafas gruesas, apellido: Rincón— lloraba. Sin sonido. Sin expresión. Una sola lágrima bajaba cada 30 segundos. El funcionario la cronometró. Eran exactamente 30. Se acercó.
—¿Qué pasa, niña?
Ella lo miró.
—Nada.
—¿Estás triste?
—No.
—¿Algo te duele?
—No sé.
Abrió su maletín. Sacó el formulario 9B. Se lo entregó. Ella lo miró. Lo dobló en cuatro. Y se lo devolvió. Rígido, en blanco.
Esa noche, escribió el primer reporte parcial: “El llanto persiste. No se enmarca en patrón conductual habitual. No responde a estímulo. No remite a contenido.
El llanto ha dejado de significar. Se registra la incidencia.
II. Llantos sin relato
El miércoles, a las 10:07 a.m., un grupo de niños rompió en llanto al unísono durante el himno. No gritaban. No se tocaban. Solo lloraban, firmes, sin moverse. Un espectáculo limpio, carente de explicación.
El funcionario pidió los registros de alimentación emocional del día anterior. Todo estaba en orden. Sin detonantes. Sin traumas. Sin accidentes. Anotó en su informe: “Incidente múltiple sin causa identificable. Llantos sin relato. Posible imitación afectiva. Requiere intervención.”
Pidió reforzar la pedagogía insensible. Ejercicios de respiración. Lectura de cuentos con moraleja. Clases de inteligencia emocional nivel 1. Los docentes obedecieron. Pero al final de la jornada, la profesora de matemáticas lloró durante dieciocho minutos. Sentada. Con los ojos fijos en el pupitre. Cuando le preguntaron, solo dijo:
—No estoy triste.
—¿Entonces?
—No sé.
—¿Podés justificarlo?
Tampoco.
El funcionario recibió una circular nueva. Asunto: Protocolo de Incidencia Afectiva Exógena. Firmada por el Subdirector Nacional de Regulación Emocional Escolar. “Se reporta propagación de afectividad disruptiva en varias zonas escolares. Se recomienda reforzar la narrativa causal en el cuerpo docente. Toda lágrima sin justificación debe ser tratada como microfallo institucional. El silencio afectivo es sospechoso.”
El funcionario la leyó tres veces. Sintió un pequeño ardor en los ojos. Tomó agua y se frotó la cara. Marcó como leída. Al día siguiente, se reportaron siete casos de llanto sin formulario. Los estudiantes ya no aceptaban completar el 9B. Uno de ellos lo rompió en pedacitos y los sopló como confeti. El viento los arrastró por el pasillo. Un auxiliar del archivo dijo que, esa noche, al limpiar, encontró uno de esos fragmentos con algo escrito en lápiz: “Llorar no sirve. Pero tampoco pide permiso.”
El funcionario pidió una reunión con la orientadora. Quería entender. Ella le sirvió café. Lo miró fijo. Y dijo:
—¿Vos nunca lloraste sin saber por qué?
Él no respondió. No por miedo. Sino porque no lo recordaba. Y ese no recuerdo empezó a doler.
III. El fallo narrativo
El viernes no logró completar su informe. Lo intentó tres veces. Cada vez, las palabras se deshacían. “Los episodios de afecto no controlado siguen aument…” “El prot… El prot…” Su dedo temblaba sobre el teclado. El cursor parpadeaba como un ojo enfermo. Abrió otro documento. Escribió: “Hoy sentí algo que no estaba en la lista.” Guardó. Luego, lo borró.
A media mañana, recibió un memorando urgente. Asunto: Evaluación de desempeño emocional. “Su lenguaje institucional ha presentado inconsistencias. Se detectan desviaciones afectivas en su redacción. Se solicita reevaluación narrativa inmediata.”
El documento estaba firmado por él mismo. Con fecha del día anterior. Pero no recordaba haberlo escrito. Durante el recreo, se acercó a un niño de primero. Estaba en el suelo, con las manos en la cara. El funcionario se agachó.
—¿Qué pasa?
El niño no respondió. Solo levantó la cara. Tenía los ojos secos. Pero la mirada… lloraba por dentro.
—¿Estás bien?
El niño dijo:
—Vos también tenés ganas, ¿cierto?
El funcionario se levantó. Entró al baño. Cerró la puerta. Se miró al espejo. No había lágrima.
Solo el temblor del lagrimal que aún no se atreve. Esa noche, soñó con formularios. Miles. Todos en blanco. Cada uno con su nombre. Pero escrito con agua.
El lunes siguiente no se presentó. Mandó un correo que decía: “Requiero receso para reprogramación afectiva. Presento síntomas de narración difusa. No logro distinguir el porqué de lo que duele. O si realmente duele. O si ya no importa.”
El Ministerio respondió en ocho minutos. Asunto: Reasignación. Cuerpo del mensaje: “A partir de hoy, usted será derivado a sí mismo.”
El funcionario regresó a la escuela. Ya sin credencial. Sin carpeta. Solo con un pañuelo. Y una pregunta en la boca: “¿A qué edad empezamos a callar con más precisión que antes llorábamos?” Pero nadie supo responder. Y los niños seguían llorando. En grupos. En sueños. En silencio.
IV. La lágrima perfecta
Lo llamaron del Ministerio. Lo citaron en la sede central, en el cordón administrativo de Montevideo. Sótano 3. Sala de Reasignaciones Narrativas. Un asistente lo recibió con bata blanca. No saludó. Solo le entregó un formulario.
“Indique el origen de su llanto.” El funcionario no respondió. “Indique si su llanto obedece a causa externa, ideación emocional, trauma residual o error de procesamiento.” Ni una palabra. “Marque si desea conservar su historial afectivo.” Silencio. “Firme aquí.” Él levantó la mirada. Los ojos ya no dolían. Solo estaban llenos.
Entró solo a la sala. Una silla. Un monitor. Una cámara. Apareció un formulario en la pantalla. Se abría en tiempo real. Escribía por sí solo. “El sujeto ha sido identificado como portador de llanto no autorizado. El llanto no puede ser reinsertado. El sujeto será reseteado. El silencio es la única medida eficaz.”
El funcionario abrió la boca. No habló. Lloró. Una lágrima. Solo una. Vertical. Sin historia. Perfecta. La pantalla titiló. Quedó en blanco.
A la mañana siguiente, la escuela recibió una circular oficial. Asunto: Nueva política afectiva. “A partir de hoy, queda prohibido contener el llanto de los estudiantes. La contención ha sido identificada como represión narrativa. El nuevo protocolo es escuchar.” Nadie la firmó. Pero la esquina inferior tenía una gota.